
El amiguismo y la opacidad detrás de Pemex destaca especialmente en áreas estratégicas como Comunicación Social.
Especial
Por años, Petróleos Mexicanos ha sido símbolo de soberanía energética y orgullo nacional. Pero detrás del discurso oficial de “rescate” a la paraestatal se tejen historias de opacidad, amiguismo y decisiones administrativas que comprometen su futuro. Un caso emblemático es el de Gasolinas Bienestar SA de CV, una filial creada con bombo y platillo, pero sin claridad ni rumbo. Hoy, más que una solución energética, opera como un espacio de acomodos políticos.
Una figura central en esta historia es Octavio Cristóbal Dávila Rojas, quien pasó de atender asuntos jurídicos desde la dirección general de Octavio Romero Oropeza, a ser enviado a la Subdirección de Comunicación y Mercadotecnia desde el cubículo A-11, como coordinar especialista y posteriormente asumió el control de Gasolinas Bienestar. En ninguno de estos cargos mostró experiencia técnica comprobable en el sector energético. Lo más preocupante no es su ascenso, sino el silencio institucional con que se manejó su nombramiento y el surgimiento mismo de la filial, sin comunicación interna ni transparencia hacia los trabajadores.
El hermetismo se agudizó cuando surgieron reportes sobre presuntas ventas o donaciones de combustibles a Cuba, sin notificación previa a las áreas correspondientes. Al estallar el escándalo en medios, la entonces subdirectora de Comunicación de Pemex, Jimena Alvarado Cruz, ordenó un control de daños inmediato, no por institucionalidad, sino para cuidar posibles intereses personales. No olvidemos que fue ella quien aprobó el ingreso de José Luis Dávila Rojas, hermano de Octavio Cristóbal, sin experiencia alguna, al área de comunicación.
El piso 43 de Pemex dejó de ser una oficina estratégica para convertirse en una plataforma de poder personal y redes de favores. Alvarado Cruz ejecutó despidos sin contemplaciones mientras colocaba a amigos cercanos, muchos de los cuales permanecen en la nómina gracias al vacío de liderazgo que dejó tras su salida. Uno de los casos más cuestionables es el de Alan Ricardo Martínez Orozco, recomendado por su hermano Alejandro Isauro Martínez Orozco, exintegrante de la Ayudantía del presidente López Obrador, quien logró ascensos sin méritos, incluso promoviendo al exinstructor de gimnasio Fernando David Salmerón Ramírez como subgerente de Información.
Pese a la salida de Alvarado Cruz, Salmerón y Martínez Orozco conservaron sus cargos bajo la nueva dirección de Jorge Rodolfo Zarco Casillas, quien asumió el cargo de Gerente de Comunicación. Ambos supieron adaptarse al relevo, aunque fueron figuras cercanas a la anterior gestión. En lo que algunos describen como un gesto oportunista, no tardaron en desmarcarse de Alvarado Cruz, criticándola en reuniones internas para congraciarse con su nuevo superior.
Cabe recordar que Alvarado implementó severos recortes en Comunicación Social, despidiendo personal sin miramientos. A la par, colocó a colaboradores cercanos que hoy siguen activos, protegidos por la falta de reestructuración bajo Zarco Casillas. Martínez Orozco, por ejemplo, llegó a Pemex de la mano de Alvarado y con el respaldo de su hermano, aún vinculado a círculos cercanos al poder presidencial.
La red de influencia fue tan profunda que, al dejar Pemex para integrarse al Infonavit junto con Romero Oropeza, Alvarado se aseguró de mantener el control a través de sus personas de confianza. Aunque la versión oficial asegura que dejó "todo en orden", al interior los trabajadores relatan un legado de arbitrariedad, venganzas internas y una cultura tóxica en la gestión de recursos humanos.
La pregunta es inevitable: ¿cómo se permitió que intereses personales operaran por encima del interés institucional en una empresa tan estratégica como Pemex? La reciente y silenciosa salida de Alan Ricardo Martínez Orozco, sin explicaciones claras, apunta a un intento de encubrir responsabilidades ligadas al caso Cuba y al fracaso operativo de Gasolinas del Bienestar.
Hoy, el futuro de la comunicación institucional en Pemex recae en manos de José Arnulfo Domínguez Cordero, quien tiene la oportunidad de limpiar una de las áreas más golpeadas por el amiguismo y la incompetencia. Si realmente se busca salvar a Pemex, el cambio no debe ser solo estructural, sino moral. Y eso empieza por quitar la costra de corrupción interna que aún infecta sus oficinas.