
En algunos estados piensan que es un enviado de Dios para ser presidente de los EEUU.
Por José luis González
El 8 de noviembre de 2016 tuve la oportunidad de seguir en directo, en el cuartel general de los Demócratas de Carolina del Norte (uno de los habituales ‘swing states’-estados balanza- de los Estados Unidos) la victoria de Donald Trump sobre Hillary Clinton. Decir que aquel hotel era un velatorio es decir poco. Trump asumió el cargo como 45º presidente de los Estados Unidos el 20 de enero de 2017 pese a que Clinton ganó el voto popular por casi tres millones más de sufragios.
El denominado ‘cinturón del óxido’ fue clave y giró el voto de la clase trabajadora hacia el candidato republicano en esos estados tradicionalmente demócratas como Pensilvania, Wisconsin, Michigan u Ohio. Fue en ese preciso momento cuando la tozuda realidad reflejó fielmente los vaticinios de Joe Bageant en su maravillosa ‘Crónica de la América Profunda’, un ensayo escrito durante la última administración Bush, centrado en la deprimida Virginia de la que era oriundo, y que nos proyectaba a un escenario en el que los blancos pobres, sin coberturas sanitarias, poca o nula formación que representan un tercio del electorado estadounidense, iban a convertirse en la ‘guerrilla’ del gran capital para ‘asaltar’ la Casa Blanca o lo que hiciera falta.
Los escuderos del ‘cinturón de la Biblia’ tampoco iban a defraudar en esta tormenta perfecta, nueve estados donde son más ‘trumpistas’ que Trump y piensan que es un enviado de Dios para ser presidente de los EEUU. La estrategia del ideólogo y asesor Steve Bannon, fundamentada en el populismo, la manipulación y la desinformación, con la injerencia clave del Kremlin, cosechaba sus primeros resultados en aquellas presidenciales. El modelo estaba perfectamente engrasado para desarrollar franquicias por todo el Mundo. Desde entonces, en Europa, España, con Madrid como punta de lanza, pero también en la Comunidad Valenciana o en Alicante, tenemos, y ahora muy crecidos, nuestros ‘cinturones del óxido y de Biblia’.
El culmen de la obra de Bannon llegaba con uno de los golpes más duros a la vieja democracia de los Estados Unidos: el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021 por parte de la ‘guerrilla trumpiana’. Bannon acabó en prisión, aunque casualidades de la vida -también conocidas como lawfare-, un juez lo ha puesto en libertad justo ahora, a unos días de las elecciones, sumándose de lleno a la campaña más sucia de los últimos años, y ya es decir.
Tras la comentada victoria de Trump en 2016, vino a la Universidad de Valencia uno de los teóricos más prestigiosos sobre sistemas mediáticos comparados o modelos de relación entre los medios, la comunicación y la política, Dan Hallin, a quien tuvimos el placer de entrevistar en la prestigiosa Universidad de California San Diego (UCSD) donde es profesor. En aquella entrevista y en aquel foro, Hallin fue de los primeros expertos norteamericanos en relacionar empíricamente el ‘trumpismo’ con un peculiar y peligroso neofascismo. Relacionar a Trump con el fascismo escandalizaba a algunos tanto como asegurar ahora que lo que está haciendo Israel en Gaza es un genocidio.
Lo cierto es que desde entonces han pasado casi ocho años y en esta campaña electoral estadounidense, desde las propias filas del Partido Republicano, antiguos colaboradores de Trump (incluidos militares) lo han calificado como un fascista de manual. Dice, con razón, el profesor Ignacio Sánchez Cuenca que la desintermediación de todo lo relativo a la información política resulta de especial importancia para entender la crisis democrática presente. El apoyo a estos populismos antisistema se ha puesto de moda desde 2016 y es la manifestación más visible del estado de desorden en que se encuentran muchas democracias representativas, como la de Estados Unidos.
En un escenario de desorden político, desintermediación que avoca a la desinformación y la manipulación y que ha generado una polarización nunca vista, se repite la historia: Trump (misógino y racista) contra una mujer, en este caso racializada (Kamala Harris), jugándose la presidencia entre los mismos óxidos y biblias que en 2016 y 2020. Será el voto moderado conservador de esos estados balanza el que lleve a uno u otra a la Casa Blanca; también será clave en esos mismos territorios la abstención de los más izquierdistas que recelan del papel jugado por la Administración Biden en el conflicto de Oriente Medio y al que el hastío les ha podido llevar a no inscribirse para votar.
Será clave el voto de las minorías humilladas: “Puerto Rico es una isla de basura flotante”, ha sido la última perla racista de Trump en un mitin en el Madison Square Garden, en Nueva York. Y finalmente, resulta muy inquietante pensar en que se repita de nuevo el escenario de no aceptación de la derrota por Trump y que las turbas de la versión moderna de los ‘filántropos en harapos’ (Robert Tressell, 1914) tomen las calles y ejecuten el plan de caos, desorden y enfrentamiento que generaría el poder y los beneficios inherentes a sus multimillonarios amos.
Este artículo se publicó originalmente en Información.es