Antonio Rosales Flores, el héroe de Culiacán

Guadalupe Lizárraga

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Antonio Rosales, el héroe, pintado por Rina Cuéllar

Antonio Rosales, el héroe, pintado por Rina Cuéllar

El 22 de diciembre de 2014 se conmemora el 150 Aniversario de la Heroica Batalla de San Pedro, cuando los “muchachos de Culiacán” derrotaron al ejército francés, considerado el mejor del mundo.

Por Miguel Alonso Rivera Bojórquez *

Cabalgaba con decisión y valor, en silencio, con expresión severa, al frente de sus hombres. Sigiloso, astuto y agazapado, en ocasiones entre los caminos de agrestes matorrales, siempre esperando el momento oportuno para actuar y, cuando por fin estaba ante el peligro, surgía su explosiva personalidad, que iba de arrebatos casi suicidas ante el enemigo, con ira y crueldad, a una asombrosa sangre fría, en situaciones extremas.

Sin embargo, era de exterior modesto: enjuto de carnes, rígidos músculos, de una estatura mediana, de ojos claros y serenos, bigote negro y poblado, oscuro y lacio el cabello, las cejas juntas y espesas, velludo hasta en las manos, el pecho un tanto hundido, angostas y arqueadas las espaldas, de hablar pausado y discreto.

Fue poeta, periodista y escritor, pensador, liberal e idealista, patriota, misericordioso con el enemigo vencido, pero bravo y guerrero implacable en el campo de batalla.

Habían pasado diez meses desde que José Antonio Abundio de Jesús Rosales Flores, mejor conocido en la épica sinaloense como Antonio Rosales -parafraseando al poeta Juan de Dios Peza-  inspirara recelo, por ser un desconocido para todos. Y al preguntarle su partido y sus proyectos respondió: “Mi partido lo ignoro, pues no tengo. Yo no defiendo personas sino a la patria y al pueblo, y mi proyecto se cifra en lograr de mi Gobierno, que al batir a los franceses, a mí me mande primero”.

Rosales no era un hombre común. Joven apasionado, republicano, político. Hoy es el personaje vivo, en la memoria de la historia, a casi dos siglos de su nacimiento.

Homenaje al héroe de Culiacán. Foto: Ernesto Alonso López Uriarte

Homenaje al héroe de Culiacán. Foto: Ernesto Alonso López Uriarte

Ignacio Ramírez “El Nigromante”, en sus cartas a Guillermo Prieto en febrero de 1865, escribió:

“Rosales, aquel Rosales de quien te he hablado tantas veces, acaba de dar una zurra a los franceses, que llegaban más bombásticos (engreídos) y más faroleros que nunca.

Lo curioso, lo más curioso de todo, es que después de la batalla (de San Pedro) entraron a Culiacán más prisioneros que vencedores. Me parece que no ha habido en el mundo muchas refriegas así.

Un zuavo quiso besar la mano de Rosales y el héroe se rehusó diciéndole: ¡Quite usted! En mi país no se acostumbra besar la mano de los hombres”.

(Zuavo es el nombre que se dio a ciertos regimientos de infantería del ejército francés a partir de la década de 1830.)

Uno de los máximos honores que se le confirieron a Rosales, poco después de su muerte, fue que el Congreso del Estado de Sinaloa, en el año de 1872, le adjudicara su apellido al naciente colegio de instrucción secundaria denominándolo “Liceo Rosales”, inaugurado por Eustaquio Buelna, antecedente histórico de la Universidad Autónoma de Sinaloa, también llamada por tal motivo “casa rosalina”.

“Antonio Rosales Flores, El Héroe” es la última obra de Gilberto J. López Alanís, director del Archivo Histórico General del Estado de Sinaloa, en coordinación con La Crónica de Sinaloa, A.C. y el Instituto Municipal de Cultura. Sale a la luz como la primera entrega de la colección editorial Culiacán, Ciudad Heroica, en el marco del 150 Aniversario de la Batalla de San Pedro, a celebrarse el 22 de diciembre de 2014. El libro me lo obsequió Gilberto, en un encuentro fortuito, precisamente por la Avenida Rosales, y de su valioso contenido comparto estas líneas.

El antropólogo e historiador Joel Isaías Barraza Verduzco, Director de Patrimonio Cultural del Instituto Sinaloense de Cultura, destaca en su Proemio, las hazañas de un hombre ilustre y las virtudes del legendario personaje, protagonista de epopeyas que dieron gloria a Sinaloa y a las armas nacionales.

El insigne poeta Jesús G. Andrade, en el año de 1900, ofreció un poema a Rosales, personaje inmortalizado en plazas públicas, monumentos, calles, escuelas, obeliscos y murales:

“¡Nadie podrá olvidarte! Te inmortaliza el Arte para que siempre te bendiga el hombre: un templo del saber toma tu nombre, tu figura en cincel el bronce labra, te presta sus colores la paleta, la música te canta, y el poeta te apostrofa, con épica palabra, duerme, titán, que tu memoria vuela de gente en gente, con eterna vida; duerme, titán, en tu sepulcro vela la imagen de la Patria redimida.”

Fotografía editada de Rosales.

Fotografía editada de Rosales.

La sombría desnudez del alma de Rosales, el poeta rebelde

José Antonio Abundio de Jesús nació el 11 de julio de 1822, en un “lugar de flores”, que tal es el significado del pueblo de Juchipila, Zacatecas, donde sus pobladores naturales eran los chichimecas antes de la llegada de los españoles.

Hijo de don Apolonio Rosales y doña Vicenta Flores. Abuelos paternos: don Justo Rosales y doña Josefa Serrano; abuelos maternos: don Nicolás Flores Alatorre y doña Josefa Carrillo, padrinos don Pablo Núñez y doña Teodosia Flores Alatorre.

Antonio Rosales, formado en esta familia de buenos recursos, estudió en el Seminario Conciliar de San José de Guadalajara separándose de la institución por la rebeldía juvenil que no pudo contener.

Sus convicciones patrióticas lo llevaron a combatir en contra de los invasores norteamericanos en Monterrey, como miembro de la Guardia Nacional en 1847, como simple soldado. Esta participación lo marcó de por vida y lo identificó en el ideal liberal de su tiempo.

Por su posterior participación política, sabemos que Rosales fue un hombre de fuerte personalidad, determinación y recio carácter. No era un hombre de sentimientos a medias. “En 1851 -narran sus contemporáneos Hijar y Vìgil-, Rosales publicó un pequeño periódico intitulado El Cantarito, en que hacía una guerra sin cuartel al partido moderado que entonces se hallaba en el poder; esto le valió algunas persecuciones; fue preso en un cuartel y de allí salió para Sinaloa, en donde emprendió la carrera militar”. Estos autores califican su situación emocional a esa edad – 29 años, que para ese tiempo era más de media vida-, la “sombría desnudez de su alma”, y citan el poema donde Rosales, en la Aurora Poética de Jalisco, dice:

“¿Quién es Dios? “¿Quién es Dios? ¿Su excelsa lumbre/Plugo velar a míseros humanos,/Y en el alto solio e inaccesible cumbre/Ve con desprecio la obra de sus manos?”

(Plugo es la tercera persona de singular del pretérito perfecto simple de placer, que denota el agrado o el gusto por algo, y solio se refiere al trono con dosel, refiriéndose al reino de Dios).

Antonio Nakayama, en “Juárez. Rumbo y Señal de Sinaloa” narra que Rosales cumplió misión diplomática con Plácido Vega al rescatar la goleta Reforma, del gobierno de Sinaloa en 1860 en poder de marinos norteamericanos, exhibiendo una determinación que maravilló al “Nigromante”. “Nigromante” era el pseudónimo del periodista e ideólogo liberal Ignacio Ramírez, reconocido masón ateo oriundo de Guanajuato. Nigromante es aquél que practica la adivinación a través de los muertos, su pseudónimo era una ironía de algo en lo que no creía Ignacio Ramírez, quien manifestó su admiración por Antonio Rosales.

Rosales fue redactor del Periódico Oficial y alcanzó la Secretaría General de Gobierno para después ser Gobernador del Estado, al que le entregó la mayor victoria lograda por un gobernante local, en la famosa Batalla de San Pedro, alcanzada con la participación de los “muchachos” de Culiacán.

Rosales había hecho un pronunciamiento público donde agradeció la nominación alcanzada como gobernador, el 20 de octubre de 1864: “Tomaré para la guerra los recursos estrictamente necesarios sin entrabar en nada el movimiento industrial y mercantil; y para tener soldados, no forzaré a nadie a ser patriota y héroe contra su voluntad; sino que apelaré a los que espontáneamente sientan brotar en su alma aspiraciones nobles y elevadas. El patriotismo no se desarrolla a latigazos, sino que se provoca dando ejemplos de probidad y de abnegación en los puestos públicos, y de arrojo y valentía en el campo de batalla”.

La decisión de Rosales, Gobernador y Comandante Militar del Estado de Sinaloa, de enfrentar a los franceses, tuvo una circunstancia alentadora ya que meses antes, el 26 de marzo de 1864, la corbeta de guerra francesa Cordelliere fue derrotada en Mazatlán. Corona y Rosales habían decidido no enfrentar a los franceses en Mazatlán. Con tácticas de guerrilla, Rosales enfrentó a las fuerzas intervencionistas desde el sur. De esos episodios se recuerdan los tres incendios que sufrió Escuinapa por las fuerzas del imperio de Maximiliano I.

El primero en quemar Escuinapa fue El Tigre de Alica y después los franceses, durante su retirada. Antonio Rosales se impuso con 300 hombres al fiero ataque de 2500 indígenas bajo el mando de Manuel Lozada “El Tigre de Alica” que, enloquecido, ordenó incendiar la población. ¿Podía el coronel Rosales quedar menos ante los hechos de los aguerridos soldados que enfrentaron La Cordelliere en Mazatlán? Por supuesto que no: Los franceses habían desembarcado en el puerto de Altata, y fueron derrotados por Antonio Rosales, el 22 de diciembre de 1864, cuando nuestro héroe tenía 42 años de edad. El ejército francés, profesional y superior en número y recursos, considerado el mejor del mundo en ese tiempo, fue derrotado por un batallón de voluntarios patriotas.

Álamos, su sepulcro al morir en combate contra los franceses

Después de la sangrienta batalla de San Pedro, la actividad del Dr. Ignacio Praslow y las damas que atendieron a los heridos en la Casa de Moneda de Culiacán, habilitada como Hospital Militar, se prolongó hasta principios de 1865.

Un fragmento del comunicado que escribió Rosales al siguiente día de la batalla al Ministro de Guerra y Marina de la República, decía:

“La brigada de Sinaloa, compuesta de poco menos de 400 hombres a mi inmediato mando, batió y derrotó a un cuerpo de 500 hombres, franceses y mexicanos intervencionistas. Después de dos horas de combate sangriento, se obtuvo por la tropa de mi mando, el aprisionamiento de 98 franceses y argelinos (Legión Extranjera), y casi el doble número de intervencionistas”.

El 9 de enero de 1865, el presidente Benito Juárez le escribió al Gral. José María Patoni:

“… quedé impuesto con suma satisfacción del importante triunfo que alcanzaron nuestras fuerzas sobre los franceses y los traidores … Por el mérito distinguido que ha adquirido el coronel Rosales rindiendo al invasor extranjero en defensa de la independencia nacional, le he conferido el ascenso de General de Brigada del Ejército de la República”.

Antonio Rosales murió, el 24 de septiembre de 1865, en la Batalla de Álamos, durante la Segunda Intervención Francesa en México. El General Rosales falleció en el fragor de la batalla, defendiendo a la población que era atacada por milicianos yaquis, coras y mayos.

Ignacio Zaragoza murió a los 33 años de fiebre tifoidea, fatigado y enfermo por la campaña militar, cuatro meses después de la Batalla de Puebla del 5 de mayo de 1862, en cambio, Antonio Rosales, nuestro héroe, murió en combate a los 43 años de edad.

Arrojado en la pelea, existe la versión no confirmada sobre su trágico final: que desfalleciente por la hemorragia de una herida, la vista y el pulso pudieron haberlo traicionado al disparar al enemigo, muriendo bajo los golpes de un indígena.

Sus restos reposaron en Álamos hasta 1923 cuando fueron trasladados a la Rotonda de las Personas Ilustres en la Ciudad de México. Sin embargo, en el panteón de Álamos aún se conserva el obelisco original de su sepulcro.

Así concluye el libro de Gilberto López Alanís, que presentará el viernes 26 de septiembre, en el Modular Inés Arredondo:

“El general Antonio Rosales se enfiló hacia el norte, llegó hasta el Real de Álamos y al tratar de luchar por la plaza, una intensa luz se filtró entre las torres de la Parroquia de la Purísima Concepción, para cegarlo por siempre; desde entonces, la profecía nigromántica traspasó el tiempo, quedando en el alma del pueblo”.

* Periodista miembro de La Crónica de Sinaloa, A.C.

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Fotografías editadas por Ernesto Alonso López Uriarte.

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