Canetti, testigo de las multitudes
Elías Canetti, imagen disponible en Wikicommons.

Miguel Ángel Sánchez de Armas

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En las obras de Canetti se mezclan el rumor de los mercados de Marrakech con la sombra de Kafka, las confesiones de su juventud vienesa con las multitudes anónimas que estudió en Masa y poder.

La obra de Canetti es un registro de calles, pregones y silencios y revela su capacidad para escuchar y traducir en palabras la densidad de lo colectivo, de las multitudes.

Por Miguel Ángel Sánchez de Armas

Desde niño, Elías Canetti escuchó en casa ese castellano antiguo, el ladino, que los judíos sefardíes expulsados de los reinos de Castilla y Aragón en 1492 conservaron con terquedad como una patria portátil.

Ese español arcaico lo acompañaría siempre como una música de fondo, incluso cuando su vida lo llevó por Austria, Inglaterra y Suiza. Incluso cuando se convirtió en un escritor de lengua alemana. En ese detalle biográfico se revela la paradoja de Canetti: un autor universal, políglota, marcado por el exilio y, a la vez, anclado en una memoria familiar y lingüística que lo conectaba con la península ibérica y, de manera indirecta, con América Latina.

Su obra más extensa en el terreno de la memoria es la autobiografía en tres volúmenes que lo consagró como uno de los grandes cronistas del espíritu europeo del siglo XX: La lengua absuelta, La antorcha al oído y El juego de ojos no son meros recuerdos de infancia y juventud, sino un mural de la cultura en el que desfilan escritores, artistas, científicos y agitadores políticos. Allí se refleja su educación sentimental e intelectual, su encuentro con la Viena de entreguerras, su paso por Zúrich y su instalación definitiva en Londres.

Si su autobiografía desata el principio de las revoluciones internas con el que nos evangelizaba Oscar León Camelo, en mi caso dos de sus libros, Las voces de Marrakech, de 1968, y El otro proceso de Kafka, de 1969, me llevaron del asombro a la turbación, como si los hubiera escrito para mí. Ambos textos revelan a un Canetti atento a las grietas entre lo público y lo privado, entre lo político y lo personal, entre la multitud y el individuo.

En los setenta, estuve en Marruecos. En Marrakech, medité a la sombra del Palacio Verde y recorrí los zocos. Luego me perdí en los Montes Atlas en un viaje que me cambió la vida. Pero, cuando a mi regreso a México ,encontré el texto en donde Elías, en tono entre antropológico y poético, registra las calles, los pregones y los silencios de aquella ciudad marroquí y revela su capacidad para escuchar y traducir en palabras la densidad de lo colectivo, me di cuenta de mi cortedad. Ambos recorrimos la misma geografía, pero visitamos universos diferentes. Desde entonces me obligué a ver el mundo no sólo con los ojos, sino con las emociones.

Una de las puertas del Palacio en Fez, Marruecos, llamado “verde“ por el decorado que lo distingue. Foto de Pranav Bhatt en www.flickr.com/photos/pranavbhatt/31899520670/in/photostream/.
Una de las puertas del Palacio en Fez, Marruecos, llamado "verde" por el decorado que lo distingue. Foto de Pranav Bhatt en www.flickr.com/photos/pranavbhatt/31899520670/in/photostream/.

El ensayo de 1969, donde examina la relación de Franz Kafka con Felice Bauer, cayó en mis manos poco después de que la lectura de Cartas a Felice me dejara estupefacto al entrar en ese rincón del alma del autor a quien, hasta entonces, sólo conocía por su Metamorfosis, su Castillo y su Amerika. Sentí lo mismo que Elías cuando escribe: “Sólo puedo decir que esas cartas me han penetrado como si fueran una auténtica vida, y que ahora me resultan tan enigmáticas y familiares como como si me pertenecieran desde la época en que comencé a tratar de ubicar a las personas por entero en mi mente, para llegar, una y otra vez, a comprenderlas.”

La influencia de Canetti alcanzó a México aunque él mismo nunca puso un pie en nuestras tierras. Uno de sus discípulos fue José María Pérez Gay, quien se encargó de traducirlo, difundirlo y comentarlo, y a través de él la obra de Canetti encontró resonancias en el debate intelectual mexicano. La recepción de Masa y poder, su libro más conocido, fue particularmente fecunda en un país que conoce de cerca los dilemas de la política de multitudes, del poder autoritario y de la violencia como mecanismo de control social.

En las aulas y en los ensayos de varias generaciones de filósofos y críticos, la sombra de Canetti estuvo presente como un referente que permitía pensar la historia reciente con mayor profundidad.

Canetti recibió el Premio Nobel de Literatura en 1981 pero es un escritor inclasificable: novelista, ensayista, memorialista, filósofo de la historia y de la política, pensador de la literatura. Su novela Auto de fe sigue siendo un monumento narrativo de difícil acceso pero de enorme potencia simbólica, donde ya aparecen las obsesiones que desarrollaría en Masa y poder. Su vida, marcada por el exilio, por la experiencia de la Segunda Guerra Mundial y por la conciencia de pertenecer a una minoría siempre desplazada, lo convirtió en un observador privilegiado de los resortes del poder y del miedo.

Quizá por eso, su lectura resulta tan actual en un México donde seguimos lidiando con la relación entre poder y violencia, entre masa y caudillo, entre las palabras y los silencios que sostienen a la política. Que Pérez Gay lo haya traído a nuestro horizonte intelectual es una de esas casualidades afortunadas que nos recuerdan que las ideas viajan y se transforman al tocar otras tierras.

Elías Canetti murió en 1994 en Zúrich. Pero quedó su mirada, su oído, su escritura, esa herencia que mezcla el rumor de los mercados de Marrakech con la sombra de Kafka, las confesiones de su juventud vienesa con las multitudes anónimas que estudió en Masa y poder. Quedó, también, ese eco de la lengua sefardí que lo ligaba con una España ausente y, por caminos indirectos, con nuestro continente. Y quedó la certeza de que, como decía en sus memorias, lo propio no se limita a lo que está en casa, sino a aquello que uno encuentra en el trayecto, en la búsqueda, en el juego incesante de los ojos.

Cuando, allá por 1992, tomé la decisión de escribir una columna a manera de manda para cumplir con una promesa que me hice a mí mismo en una de las clases de la inolvidable María Andueza, cayó en mis manos El juego de ojos en la edición de Muchnik y tomé prestado el nombre. Tuve la seguridad de que el búlgaro estaría de acuerdo con el principio poético de lo mío, donde lo encuentre, aunque tristemente no le pude preguntar pues murió en agosto de 1994 y no vino a México como lo habían invitado unos discípulos suyos. Nos tuvimos que conformar con un bello evento en su memoria en el auditorio de la Facultad de Medicina de la UNAM.

Pregunté a un estudioso por qué es importante hoy leer a Canetti y esto me respondió:

“Porque los grandes escritores no envejecen: esperan. Esperan a que el mundo alcance las preguntas para las que ellos ya habían encontrado una forma de mirar. Canetti escribió sobre el poder, la memoria, el miedo y la multitud, pero en el fondo escribió sobre la fragilidad del individuo frente a las fuerzas que buscan diluirlo. Sus libros nos recuerdan que la verdadera resistencia comienza en la conciencia de uno mismo, en la capacidad de observar antes de repetir, de escuchar antes de gritar, de conservar una voz propia cuando todos hablan al unísono. Por eso leerlo sigue siendo una experiencia tan perturbadora como necesaria. No porque nos explique el pasado, sino porque nos ayuda a reconocer el presente y, acaso, a defender nuestra libertad interior antes de que alguien venga a arrebatárnosla.”

13 de jujio de 2026

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