Camino rojo, camino verde: la homofobia en la UNAM
El camino para bicicletas en el Campus de Ciudad Universitaria, de la UNAM: Foto: Wikimedia Commons.

Antonio Rosales

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El Camino Verde simboliza los espacios donde el deseo convive con la violencia, la extorsión y el silencio impuesto por la homofobia.

Por Antonio Rosales

El informe de la organización Letra S, titulado "El impacto de la violencia por prejuicio. Homicidios de personas LGBT+ en México 2025", tan solo en ese año, fueron asesinadas 60 personas por motivos relacionados con su orientación sexual o identidad de género. Si bien la tendencia va a la baja tras un pico en 2019, los crímenes por homofobia en el país persisten.

Las menciones al “Camino verde” y Ciudad Universitaria en el siguiente poema hacen referencia a la zona popularmente conocida como “Camino verde” en la UNAM, famosa entre la comunidad LGBT+ de Ciudad de México por ser un lugar de encuentros sexuales.

Cada día, noche y tarde coinciden

en un camino, variopintos hombres

(formales, informales y de todas edades)

buscando, en un orgasmo,

escapar del tedio diario

sin importar cuantos

mueran por el espejismo, engañados:

¡Que más da, que más da

si los matan después de penetrarlos!

Ciudad Universitaria guarda un camino

y tentadores rincones para los ya iniciados,

pero no es el único lugar

donde el arcoirís grita temerario:

Baños, antros, hoteles, vagones y callejones

celebran secretos de "machos" y "maricones"

que sudan deseos devorados al momento

de un instinto, en apariencias cubierto.

Sangre, sudor y semen reclaman

como tributo los dioses del alba;

silencio, indiferencia y desprecio

son cerrojos

con los que la noche tapa el secreto,

y los cuerpos deshechos

y los trozos de ropa desperdigados en el suelo,

y los gritos de auxilio sin nombre, ni eco...

Porque muchas familias no quieren verlos

ni muertos, ni vivos, ni heridos;

porque los mataputos son intocables

y para los machistas, amigos admirables;

porque entre repulsión e hipocresía

todos llevan

ambrosía para diablos y bestias.

Y por eso mujeres casadas con gays

sostienen con pinzas un hogar,

ciegas de conformidad...

Y por eso pocos quieren denunciar

extorsión, violaciones y asaltos:

Familias, amigos y conocidos se burlarán,

los juzgarán, criticarán

hasta que, despedazados,

balbuceen piedad.

Y la autoridad culpa a la víctima

(no al agresor)

por presentarse en rincones así.

Y la iglesia los condena a un infierno

donde delincuentes de cuello blanco

(mientras sean heterosexuales)

serán ángeles y santos...

Y el resto se zafan del problema

entre risas y burlas

de una homofobia celebrada.

Y millares de vidas se desperdigan

como pepitas en barrancos de Auschwitz,

de carne, cieno y olvido, olvido

del olvido de quien se asquea y ríe, ríe, se ríe

de cada homosexual golpeado por su pareja,

de cada homosexual asaltado una noche pasajera,

de cada homosexual asesinado por un ladrón,

un prostituto, un homofobico, un demente,

o un policía, o un drogadicto, o un borracho,

o un millonario, o un "hombre decente":

Un millón de disfraces y un solo enemigo...,

de aquellos que ya no vuelven del antro,

ni del cruising, ni de su cita con un desconocido...

Y nadie quiere investigar, ni denunciar, ni hablar...

¡Porque profundísimas cloacas habría que destapar!

Todo hombre homosexual debería saber

que no hay príncipe sin algo de hiel,

todo hombre homosexual debería entender

que vale más la vida que una última cama,

todo hombre homosexual debería saber

que aún existe el rechazo de Marte

y que Ganimedes firmó un pacto

volviéndolos innombrables.

Freud atribuyó al falo

un poder que el gay considera sagrado

pero sagrado no significa

estar obligado

a devorar desesperado

sobras y migajas que el mundo avienta.

Pero muchos homosexuales también se ríen,

se ríen, se ríen, se ríen

de aquellos que resultan golpeados...,

y se ríen más porque se creen inmunes

aunque dejan de reírse unos segundos,

cuando también los extorsionan

por besarse, tocarse o tan solo mirarse.

Hay un misterio atrayente

en entregarse a un desconocido;

hay un final triste

para quien no oye alarmas de su mente

y deja a su cuerpo arder ardiente.

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