Los migrantes no necesitan voceros de ocasión
Pedro Haces, dirigente de la Confederación Autónoma de Trabajadores y Empleados de México (CATEM). Foto: red

Daniel Lee

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Los migrantes quedan en el discurso público, pero no en una defensa laboral sostenida.

Por Daniel Lee

Ciudad de México, 2 Julio 2026.- Cada vez que la relación entre México y Estados Unidos entra en una zona de turbulencia, los trabajadores migrantes reaparecen en el discurso político nacional. Se les recuerda cuando conviene hablar de remesas, cuando hay que defender el T-MEC o cuando resulta útil recordar que millones de mexicanos sostienen buena parte de la economía estadounidense. Después, vuelven al olvido.

Las recientes declaraciones de Pedro Haces, dirigente de la Confederación Autónoma de Trabajadores y Empleados de México (CATEM), tras la decisión de Washington de someter el T-MEC a revisiones anuales, ilustran perfectamente esa lógica. Su pregunta —¿qué haría Estados Unidos sin los mexicanos y los latinos durante un solo día?— pretende convertirse en un argumento de negociación frente a Donald Trump. La frase tiene fuerza política. Lo cuestionable es quién la pronuncia y desde dónde la pronuncia.

Es innegable que millones de mexicanos sostienen sectores estratégicos de la economía estadounidense. Trabajan en el campo, en la construcción, en los hospitales, en la industria alimentaria, en el transporte, en la hotelería y en la manufactura. Sin ellos, numerosas cadenas productivas simplemente dejarían de funcionar. Ese reconocimiento no es nuevo; los hechos lo han demostrado durante décadas.

Lo que sí resulta nuevo es observar cómo algunos dirigentes sindicales descubren el valor estratégico de los migrantes únicamente cuando las tensiones comerciales amenazan la estabilidad económica.

Durante años, los trabajadores mexicanos en Estados Unidos han enfrentado explotación laboral, accidentes de trabajo, discriminación, robo de salarios, amenazas de deportación y enormes dificultades para organizarse sindicalmente. En muchos casos han debido defender solos sus derechos, apoyados únicamente por organizaciones comunitarias, iglesias, abogados laborales o asociaciones civiles. Difícilmente la voz de los grandes liderazgos sindicales mexicanos estuvo presente de manera constante para acompañarlos.

Ahora, cuando el T-MEC convierte los temas laborales en un elemento central de la negociación comercial, los migrantes aparecen como argumento económico.

No deja de ser una paradoja.

Pedro Haces sostiene que México debe dejar de competir únicamente mediante mano de obra barata y apostar por trabajadores más capacitados y mejor remunerados. La idea merece respaldo. Sin embargo, la pregunta obligada es por qué ese mismo compromiso no ha colocado históricamente a los millones de trabajadores migrantes mexicanos como una prioridad permanente de la agenda sindical nacional.

Porque hablar de los migrantes implica mucho más que reconocer su importancia económica.

Significa defender sus derechos laborales dentro y fuera del territorio nacional.

Significa exigir mejores mecanismos de protección consular cuando sufren abusos.

Significa impulsar acuerdos binacionales para proteger sus condiciones de trabajo.

Significa respaldar a quienes enfrentan represalias por intentar organizarse sindicalmente en Estados Unidos.

Significa reconocer que las remesas récord que llegan cada año representan el esfuerzo cotidiano de hombres y mujeres que muchas veces trabajan en condiciones extremadamente difíciles.

Los migrantes no pueden reducirse a una cifra económica ni convertirse en una carta de negociación frente a Washington.

Tampoco deberían ser utilizados únicamente para demostrar que Estados Unidos depende de la mano de obra mexicana.

La verdadera discusión consiste en preguntarnos qué hace México por esos trabajadores mientras producen riqueza del otro lado de la frontera.

La respuesta sigue siendo insuficiente.

La representación sindical mexicana ha permanecido prácticamente ausente de los grandes conflictos laborales que afectan a comunidades migrantes. Salvo casos aislados, pocas organizaciones nacionales han construido una estrategia permanente de defensa internacional de los derechos laborales de quienes trabajan en Estados Unidos.

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