Una mirada a la crisis en la Iglesia de la Unificación
Al centro, con arreglos florales en sus ropas, Sun Myung Moon y su entonces esposa, ahora viuda y heredera, Hak Ja Han, 2003. Wikimedia.

Rodolfo Soriano-Núñez

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Fundada por el reverendo Moon en 1954, la Iglesia de la Unificación logró ser un actor clave durante la Guerra Fría gracias, en buena medida, a sus prácticas sectarias.

Las prácticas sectarias de la Iglesia de la Unificación llevaron al gobierno japonés a revocarle el reconocimiento y exención fiscal como organización religiosa.

Por Rodolfo Soriano-Núñez

Una crisis que pasa prácticamente desapercibida en México y América Latina es la que actualmente consume a la, así llamada, Iglesia de la Unificación, conocida a finales del siglo pasado como Moonies y cuya denominación oficial es la de la Federación de la Familia por la Paz Mundial y la Unificación.

Esta organización nunca fue un movimiento masivo como tal, pero ganó notoriedad, en un sentido, por las ceremonias masivas, casi siempre celebradas en grandes estadios deportivos de distintas ciudades del mundo que tenían como uno de sus momentos culminantes la bendición que Sun Myung Moon, el líder supremo de la organización impartía a un gran número de parejas que celebraban de esa manera un matrimonio en esas condiciones.

Moon es una figura que recuerda a muchos fundadores de organizaciones marcadas por prácticas sectarias y depredadoras y, de hecho, la crisis que actualmente vive esta organización fue detonada por las acusaciones que el familiar de antiguos miembros de la agrupación lanzó en el contexto del magnicidio que perpetró contra una de las figuras emblemáticas de la vida pública de Japón en los últimos 50 años, el dos veces primer ministro Shinzo Abe.

El responsable del magnicidio es Tetsuya Yamagami, un veterano de la Marina de Japón, quien acusó durante el juicio que se le siguió por el asesinato de Abe a la Iglesia de la Unificación de haber abusado financiera y psicológicamente de su madre y de otros familiares a quienes, en su opinión, despojó de sus bienes, manipuló y usó para sus fines.

Sin entrar en los detalles de la biografía de Yamagami, baste señalar que su madre en algún momento fue capturada por las redes de la Iglesia de la Unificación que le explotaron económicamente al punto de perder su patrimonio.

La madre de Yamagami habría donado cantidades considerables de dinero a la Iglesia de la Unificación para garantizar lo que en las tradiciones cristianas de pensamiento religioso podría ser equivalente al “descanso eterno” de familiares que murieron en condiciones de adicción y violencia que provocaban angustia en la señora. Las prácticas religiosas de Japón, Corea y otros países de Asia incluyen creencias similares que impulsaban a la señora a entregar el dinero para de esa manera garantizar el “descanso eterno” de quien fue su marido.

Yamagami resentía esa conducta y, en algún momento de junio de 2022 renunció a un empleo en la prefectura de Osaka, y empezó a planear el ataque que, finalmente, consumaría poco antes del mediodía del 8 de julio de ese año en el perímetro de una estación del Metro de esa ciudad de Japón, cuando asesinó al exprimer ministro y entonces miembro de la Dieta nacional japonesa, quien celebraba ahí un mitin de campaña.

A diferencia de otros magnicidios, que no siempre son lo suficientemente cabales para llegar al fondo del problema, la investigación del gobierno japonés cimbró las estructuras de su sistema político, pues se ventilaron muchos de los acuerdos formales e informales que hacían que la Iglesia de la Unificación operara como un actor marginal en el mercado religioso de ese país, pero como una figura clave en la operación político-electoral del Partido Liberal Democrático (PLD), al que Abe pertenecía.

Abe durante su visita oficial a Estados Unidos en 2015. Redes sociales de John Boehner.

El entonces primer ministro de Japón Shinzo Abe durante su visita oficial a Estados Unidos en 2015. Redes sociales del entonces presidente de la Cámara Baja John Boehner.

Es imposible describir con toda la profundidad que merecerían los vínculos entre la Iglesia de la Unificación y el PLD, pero debería bastar que el escándalo en Japón fue suficiente para detonar tanto investigaciones serias del alcance de la relación como, sobre todo, el reconocimiento de la dirigencia de PLD de lo peligroso que era depender de ese vínculo. Gracias a ello, una vez que concluyó el juicio, el PLD públicamente quebró su relación con la Iglesia de la Unificación.

Para la Iglesia de la Unificación ese vínculo le garantizó tanto las exenciones fiscales que reciben otras organizaciones religiosas en Japón, como sobre todo un margen de impunidad que pareció en algunos momentos en los últimos tres años frenar las investigaciones y las denuncias que distintos medios hicieron.

La Iglesia de la Unificación, por ejemplo, ofrecía a sus fieles como voluntarios que estaban dispuestos a apoyar las actividades de los candidatos del PLD a distintos cargos de elección popular.

Otra decisión clave del gobierno japonés fue la de cancelar el reconocimiento a la Iglesia de la Unificación como una organización religiosa legítima. Ello implicó la pérdida de las exenciones fiscales de las que disfrutó durante varias décadas y que le permitieron hacer de Japón una de las bases financieras de sus operaciones.

Al otro lado del mar

Las revelaciones fueron tan graves que sus efectos se hicieron sentir en la costa occidental del Mar de Japón, el cuerpo de agua que separa a Japón de Corea. Aunque los Moonies nacieron en Corea y fueron capaces de construir ahí buena parte de su estructura financiera y de negocios y también desarrollaron una relación muy cercana con las élites de la política de Corea del Sur, como en Japón, nunca desarrollaron una base de fieles notable por sus números.

Si en Japón los estimados más optimistas les reconocen un máximo de 60 mil miembros y un mínimo de 30 mil, en Corea del Sur, dependiendo de qué medida se use, el número oscila entre los 10 mil y los 20 mil miembros como máximo. Ello es más notable cuando se considera que una de las bases teológicas de la Iglesia de la Unificación es la idea de que los coreanos son el verdadero “Pueblo Elegido de Dios”.

El lado coreano de la crisis en la Iglesia de la Unificación es más reciente, pues fue sólo a mediados de este año que tribunales de Corea del Sur señalaron a Hak Ja Han la viuda y heredera de Moon como líder de la iglesia de distintos cargos por corrupción.

La condena difícilmente es simbólica, poco menos de dos años y todavía podría ser apelada. Lo importante es si Corea del Sur seguirá el ejemplo de Japón al despojar a la Iglesia de la Unificación de las protecciones de que disfrutan organizaciones religiosas y, sobre todo, si las autoridades ahí buscarán fiscalizar sus actividades e impedir que recluten más miembros en las condiciones en las que lo hacen ahora.

Debe quedar claro que el problema no es el escándalo en torno al juicio de Han. Ya en los ochenta hubo escándalos que revelaron qué tan profunda era la relación de la iglesia de Moon con la Agencia Central de Inteligencia de Corea y sus vínculos con su contraparte en Estados Unidos. Esas relaciones fueron tan sólidas que le permitieron a la Iglesia de la Unificación desempeñar algún papel, secundario pero notable, en los conflictos vinculados a la Guerra Fría en América Latina.

Entre los más notables fue su papel en el escándalo Irán-Contras en el que Moon y sus asociados se encargaron en algún momento de apertrechar a los Contras con uniformes. Es difícil saber si su papel fue más complejo dada la naturaleza de aquella operación y la dificultad para acceder a toda la información.

El problema es que esa participación en las querellas de la Guerra Fría en Asia y América Latina hizo que, en algún momento a finales del siglo XX, Moon pudiera actuar con casi absoluta impunidad.

Ello le llevó a pensar también en la posibilidad de crear un vasto territorio, tan grande como el de Inglaterra, al adquirir grandes extensiones de terrenos en Brasil y Paraguay. La idea era construir el “Rancho Nueva Esperanza” como un gigantesco territorio “libre de la influencia del comunismo”, uno de los enemigos declarados de Moon, la Iglesia de la Unificación y sus aliados.

Además de sus bases en Japón, Corea y América Latina, Moon también fue capaz de construir alguna infraestructura para reclutar en Estados Unidos, además de que fue capaz de construir una red suficientemente sólida de contactos con las organizaciones más ferozmente anticomunistas de ese país.

Ello le permitió comprar, en algún momento a finales del siglo XX, The Washington Times, un diario en la capital de Estados Unidos en el que las voces más fervientemente anticomunistas del mundo angloparlante siempre encuentran espacio y más en la nueva realidad de los medios electrónicos en la que ya no es necesario hacer la inversión en papel o preocuparse por la distribución física del diario como tal.

En los últimos 15 años de la vida pública de Estados Unidos, la década y media que ha marcado, de una manera u otra, Donald Trump, la vasta red de intereses que construyó Moon en Estados Unidos para la Iglesia de la Unificación ha logrado mantenerse.

Es difícil imaginar a figuras clave del actual gobierno de Estados Unidos iniciar algo semejante a la investigación que, en Japón, derivó en la disolución de la iglesia creada por Moon en 1954, cuando instituyó la Asociación del Espíritu Santo para la Unificación del Cristianismo Mundial, pero es claro que además de la Iglesia de la Unificación hay otras organizaciones religiosas en Estados Unidos señaladas por la manera en que mezclan, en más de una ocasión de manera predatoria, las convicciones religiosas con la militancia política.

No es claro, por el momento, qué agenda tendrá la muy probable mayoría demócrata que emergerá de las elecciones intermedias en Estados Unidos en poco menos de tres semanas, pero no sería difícil que haya quienes, en esa nueva mayoría busquen imponer controles a la manera en que la religión se ha convertido en un vehículo no sólo de movilización política o de prácticas abusivas de sus fieles, sino de la confluencia entre esas dos formas de usar las creencias religiosas de las personas.

Teología única

Es un hecho que la teología de la Iglesia de la Unificación incluye ideas que le ganaron a Moon ser excomulgado por la Iglesia Presbiteriana en la que originalmente se formó.

Sun Myung Moon nació en 1920 en la provincia de Pyongan del Norte, en lo que hoy es territorio de Corea del Norte, cuando la península formaba una sola entidad territorial, bajo la ocupación colonial japonesa.

Fue en ese contexto que su familia entró en contacto con las misiones que la Iglesia Presbiteriana de Estados Unidos envió desde finales del siglo XIX. Sus primeras experiencias místicas y su actividad como predicador heterodoxo comenzaron en los años 30 y 40 en el norte, en particular en el entorno carismático de Pyongyang, que entonces era llamada la “Jerusalén del Este”.

Fue entonces cuando la jerarquía presbiteriana local lo excomulgó por herejía en 1948 y cuando, de manera casi simultánea, el régimen comunista emergente lo encarceló en el campo de trabajo de Hungnam.

Moon logró huir al sur en el contexto de la Guerra de Corea (1950-3) gracias a un avance de las fuerzas aliadas en 1950. Ello le permitió trasladarse al sur, primero a Busan y luego a Seúl.

Aunque sus doctrinas y visión teológica se gestaron cuando Corea era un solo país, la institución jurídica oficial —la Asociación del Espíritu Santo para la Unificación del Cristianismo Mundial— se registró formalmente en Seúl en mayo de 1954, una vez que la península ya había sido dividida en dos Estados tras el armisticio de 1953.

Ese origen norteño explica muchas de las actitudes sectarias que le caracterizaron y que transmitió en la estructura y la práctica de la Iglesia de la Unificación como tal y en una constelación de organizaciones paralelas que compartían dirigentes y cuadros y que respondían a él como un mesías, un caudillo llamado a dirigir a un pueblo que, según su teología, estaba llamado a suplantar a Israel como pueblo elegido.

Y si se busca más profundamente en la teología de Moon, se pueden encontrar afirmaciones como la de verse a sí mismo como el verdadero redentor de la humanidad, uno capaz de enmendar los errores que, según él, cometió Jesucristo mismo.

Aunque la teología pueda parecer herética o incluso repugnante desde la lógica de las tradiciones cristianas más reconocidas, el problema no está ahí. El problema es la manera en que organizaciones religiosas como la Iglesia de la Unificación logran combinar, nunca de manera coherente, pero siempre con algún grado de eficacia, características propias de una institución total, una capaz de anular por completo a la persona como individuo y someter a cada uno de sus miembros a sus caprichos.

El paso dado por el gobierno japonés y los que pudiera dar el gobierno de Corea del Sur en los próximos meses pueden ser muy útiles, pero no bastan, como tampoco basta decretar una separación “tajante” entre religión y política.

Como lo ha demostrado el caso de la organización NXIVM, activa en Estados Unidos y México entre otros países, el problema de las prácticas sectarias puede provenir de agrupaciones que dicen no ser religiones como tales pero que, de todos modos, exhiben muchas de las mismas prácticas y actitudes que caracterizan a grupos religiosos sectarios como la Legión de Cristo, el Sodalicio de Vida Cristiana o los Arautos del Evangelio, del que en fechas recientes se ha publicado una serie que culminó con el texto enlazado después de este párrafo.

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