Impunidad de sacerdotes en Ciudad Juárez por el 'vínculo escarlata'
Ordenación de un diácono de la arquidiócesis de Guadalajara a cargo de Juan Sandoval, 2010

Rodolfo Soriano-Núñez

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El vínculo escarlata une a los clérigos católicos en una red de complicidad para protegerse sin importar las consecuencias.

Religión y vida pública: Lejos de seguir la lógica oficial de la espiritualidad de la reparación, el clero católico sigue las dinámicas derivadas del vínculo escarlata.

Por Rodolfo Soriano-Núñez

Inmediatamente después de la II Guerra Mundial, la Iglesia Católica de Estados Unidos se dio cuenta de que tenía un serio problema en sus manos: demasiados de sus sacerdotes agredían a sus fieles, había quien lo hacía con mujeres, otros más con varones -a veces eran adultos, pero también ocurría con muchos menores de edad. En algunos casos, esas agresiones iban a acompañadas de otros problemas como el abuso en el consumo del alcohol.

Para hacerle frente a lo que ya entonces era una crisis los obispos crearon una suerte de “casa de retiros” a poco más de 530 kilómetros o 330 millas al norte de de Ciudad Juárez, en la pequeña población de Jémez Springs, Nuevo México.

A cargo del establecimiento, llamado el Monasterio de Vía del Cielo, el Via Coeli Monastery, como todavía le llaman algunos católicos en Estados Unidos, en una extraña combinación entre inglés y latín, estaba el sacerdote Gerald Michael Cushing Fitzgerald, originalmente formado en la congregación de la Santa Cruz, pero que—dado su interés en ayudar a sacerdotes y clérigos afectados por alcoholismo o por ser depredadores sexuales—creó una congregación distinta.

Esta nueva congregación u orden religiosa se identificó a sí misma como los Siervos del Paráclito. Paráclito es uno de los nombres que la teología católica da al Espíritu Santo, una de las tres personas o expresiones de Dios según esa misma teología. Su sitio de Internet no se ha actualizado desde 2014 y, de hecho, ya sólo queda de él un ingreso con clave que no es claro si lleva a algún sitio real.

 
El papa Pablo VI y el padre Fitzgerald, Roma, ca. 1968.

Hasta donde me ha sido posible investigar, sólo sobrevive en la actualidad la rama femenina de esa orden, conocida como las Servidoras de la Preciosa Sangre o, en inglés, Handmaids of the Precious Blood que, de ser una orden femenina dedicada a ayudar directamente en el tratamiento de sacerdotes alcohólicos o depredadores sexuales, se ha convertido ahora en una orden contemplativa, es decir, sus integrantes se dedican sólo a la oración.

En concreto se dedican a orar por sacerdotes con problemas. De manera más o menos regular, su cuenta de la red social antes conocida como Twitter publica los nombres de sacerdotes de la diócesis en la que se encuentran en la actualidad, por los que piden en sus oraciones. La más reciente lista incluye a cuatro sacerdotes. Al final de la lista aparece una cruz y en latín la frase, “Ave Crux, spes unica”, es decir, “Te saludamos, Cruz (la cruz de Cristo), nuestra única esperanza”. 

De la rama masculina, en cambio, es casi imposible decir algo más que no sea lo que publicaban en los primeros años de este siglo y que puede consultarse ahora sólo gracias al Internet Archive.

El secreto como clave

La biografía del padre Fitzgerald, íntimamente asociada a la historia misma de los Siervos del Paráclito, se puede consultar por medio del Internet Archive en esta dirección que fue capturada hace ya casi 20 años, en junio de 2004.

El mismo Fitzgerald, al explicar las ventajas que tenía Jémez, hacía ver que, además del clima de Nuevo México, libre de los extremos del noreste de Estados Unidos, ofrecía soledad. También le gustaba la actitud de las personas que vivían ahí, pues esas personas eran “cálidas y no juzgaban”.

La soledad era, sin embargo, la clave. Ya en 1954, Emmet McLoughlin, un exsacerdote vinculado a la orden de los franciscanos publicó una autobiografía, titulada People’s padre, o El Padre del pueblo, en la que daba cuenta de la existencia del “monasterio” de Jémez y la manera en que atendía a sacerdotes alcohólicos, insubordinados o “que habían incumplido con las normas en el reino del celibato”.

Jémez era tan importante en la geografía del catolicismo global, que incluso los obispos australianos enviaron a algunos de sus más notables depredadores, como Gerald Risdale, a ser atendidos por los Siervos del Paráclito.

En los sesenta del siglo pasado, cuando el Monasterio de Vía del Cielo vivía su apogeo, había otras instituciones dedicadas a tratar a los sacerdotes católicos que abusaban de sus feligreses.

Y es que la idea de atender a los sacerdotes o clérigos con problemas de ese tipo no era nueva. Ya desde antes de la II Guerra Mundial, había en la confluencia entre las ciudades de Baltimore y Washington, DC, otra institución dedicada a un propósito similar, aunque el contexto urbano donde estaba situado el así llamado Seton Psychyatric Institute, o Instituto Psiquiátrico Seton, hacía más difícil atender el tipo de problemas de los clérigos católicos.

 

El Retiro de Mount Hope luego llamado Instituto Psiquiátrico Seton en Baltimore, Maryland.

Ahí en el Seton trabajó durante la década de los sesenta quien entonces era un monje benedictino, Richard Sipe. Ordenado en 1959, Sipe creía, como lo hacían también los Siervos del Paráclito en Nuevo México, que era posible ofrecer una solución a los sacerdotes afectos a abusar sexualmente de sus fieles, hasta que, luego de muchos fracasos y de enfrentarse con la indisposición de sus superiores en la orden benedictina y de los obispos de Estados Unidos dejó de hacerlo.

Pidió ser laicizado. Se le aceptó y se mantuvo como un terapeuta que, ya libre de la obligación de obedecer a los obispos, ofrecía sus servicios a sacerdotes que buscaban ayuda, así como a víctimas de sacerdotes.

Vínculo Escarlata

Fue luego de muchos años de esa práctica como terapeuta que acuñó el concepto de vínculo escarlata, para explicar el tipo de relaciones que se traban entre los clérigos para protegerse mutuamente. Al final de este texto se presenta un resumen de los once rasgos que dan forma al vínculo escarlata, como una suerte de dispositivo que garantiza, por medio de la mutua complicidad y el secreto, la impunidad de los clérigos.

Lo que sigue es un intento de mapear, de manera muy concreta, el tipo de vínculos que se han trabado entre tres de los cuatro obispos que han dirigido la diócesis de Ciudad Juárez.

El primero de este grupo de tres obispos, el actual cardenal Juan Sandoval Íñiguez, llegó ahí como una suerte de cuña impuesta por el entonces delegado apostólico en México, el italiano Girolamo Prigione, luego de que la diócesis de Juárez, la arquidiócesis de Chihuahua capital y otras de las que entonces existían en ese estado amagaron con organizar una “huelga de cultos” en el verano de 1986.

Como señalé en la segunda entrega de esta serie, la huelga serviría para protestar, de esa manera, contra el fraude electoral que, en su opinión, operó el entonces secretario de Gobernación del gobierno federal, actual director general de la Comisión Federal de Electricidad, Manuel Bartlett Díaz, contra el candidato del Partido Acción Nacional, Francisco Barrio Terrazas, en beneficio del candidato del Partido Revolucionario Institucional, Fernando Baeza Meléndez. La huelga, al final, no se materializó.

 

 

Sandoval tendría como resultado de ese papel de "cuña" una carrera espectacular. Como se puede apreciar en la infografía adjunta, él participó en la consagración como celebrante principal o secundario, de al menos 21 obispos, sus discípulos como se ha optado por identificarlos aquí. Al terminar su rápido paso por Juárez, primero como “obispo coadjutor con derecho a sucesión”, de 1988 a 1992, luego como titular de esa diócesis, de 1992 a 1994 fue designado titular de la muy poderosa arquidiócesis de Guadalajara, Jalisco.

Llegó ahí luego del asesinato de Juan Jesús Posadas Ocampo en 1993 quien había tenido un desempeño similar al de Sandoval, pues la tarea que les encomendó Prigione a ambos fue la de desmovilizar a las estructuras de las diócesis que puso en sus manos. Sandoval lo hizo con Juárez, Posadas Ocampo lo hizo, desde 1982, con Cuernavaca.

La diócesis de la capital del estado de Morelos se había convertido a finales de los setenta en una suerte de Meca del catolicismo mexicano "de izquierdas" bajo la conducción de Sergio Méndez Arceo. Más allá del uso de los mariachis u otros géneros de música vernácula mexicana, las homilías o sermones de Méndez Arceo recibían más atención que la de cualquiera de los otros 80 obispos que había en México en aquel entonces.

 
Sergio Méndez Arceo, obispo de Cuernavaca, Morelos, 1970. Foto de Svobodat en Wikipedia.

Sus críticas punzantes, acertadas, afectaban lo mismo a los principales funcionarios de los gobiernos federal, de Morelos, Guerrero y otros estados del sur de México, además del gobierno de Estados Unidos, por las guerras civiles entonces en curso en América Central y la promoción de golpes de Estado en distintos países de América del Sur.

Desmovilizar

A pesar de que Méndez Arceo no estaba obligado a renunciar a su diócesis, él cumplió con la norma que el Concilio Vaticano II impuso a todos los obispos nombrados después de la celebración de ese concilio y renunció justo al cumplir los 75 años. Roma, harta de las críticas a la clase política mexicana de quien era llamado de manera despectiva por la prensa mexicana de derechas “el obispón rojo”, aceptó dos meses después la renuncia y al frente de la diócesis, con un programa de desmovilización pastoral llegó el 28 de diciembre de 1982 Juan Jesús Posadas Ocampo.

La tarea de Sandoval en Ciudad Juárez fue similar: desmovilizar a los fieles, desactivar las comunidades eclesiales de base, evitar la “contaminación política” y reforzar las dinámicas del así llamado vínculo escarlata para el encubrimiento de los clérigos involucrados en prácticas de abuso sexual.

Cuando Posadas Ocampo fue asesinado en mayo de 1993 en lo que, según la explicación oficial de los gobiernos federal y del estado de Jalisco, fue un error cometido por narcotraficantes en las afueras del edificio principal del aeropuerto Miguel Hidalgo de Guadalajara, Sandoval se convirtió en sucesor de quien le había sugerido su nombre a Prigione como ideal para desmovilizar a Juárez.

 
Primera plana de El Sol de México, mayo 25 de 1993.

Además de Sandoval, para comprender la manera en que un sector importante de la Conferencia del Episcopado Mexicano ha protegido a los sacerdotes que depredan a sus fieles es necesario considerar dos casos más, también promovidos por Prigione como parte de la purga y reconfiguración del episcopado mexicano que condujo desde principios de los noventa y prácticamente hasta sus últimos días en México en 1997.

Uno es el ahora arzobispo emérito de León, José Guadalupe Martín Rábago, quien en los setenta y ochenta fue, junto con Sandoval Íñiguez, prefecto del seminario de Guadalajara. Quienes los conocieron en esa época incluso los presentan como una suerte de pareja de policías en el que uno, Sandoval, era el policía rudo, el policía malo, quien aplicaba implacable la autoridad del entonces arzobispo de Guadalajara, José Salazar López, mientras que Martín Rábago era el policía bueno, el diplomático, ocupado de asuntos académicos.

El otro es el actual obispo de Zamora, Michoacán, Javier Navarro Rodríguez. Tanto Navarro como Martín Rábago fueron ordenados en 1992 como obispos auxiliares de Posadas Ocampo en Guadalajara.

Responsabilidad de los obispos

Ellos tres son importantes porque, como se puede ver en la infografía que acompaña a este texto, por su cuenta, en alguna combinación o incluso ellos tres juntos promovieron a algunos de los obispos que han sido señalados por las organizaciones de defensa de víctimas de abuso sexual Spes Viva y Bishop Accountability por encubrir a sacerdotes que han abusado o depredado de víctimas o, por lo menos, por entorpecer de alguna manera la acción de las autoridades.

 

 

Uno de los más notables discípulos de Sandoval es el ahora arzobispo emérito de Oaxaca, José Luis Chávez Botello, quien fue primero promovido a obispo auxiliar de Guadalajara por Sandoval mismo en 1997. De ahí pasó a ser brevemente, por dos años, titular de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas y de ahí pasó a ser arzobispo de Oaxaca capital.

Ahí tuvo uno de los peores desempeños de los que se tenga memoria en la historia de los abusos sexuales a manos de clérigos en México, pues protegió durante muchos años a al menos uno de los más notables depredadores, Gerardo Silvestre Hernández.

Otro caso que conviene tener en cuenta, sobre todo porque fue consagrado por los tres discípulos de Posadas y Prigione en los que se ha centrado este texto (Sandoval Íñiguez, Martín Rábago y Navarro Rodríguez) es el del antiguo obispo auxiliar de Guadalajara Miguel Romano Gómez.

Desde hace más de nueve años, no hay una explicación oficial de su renuncia. Sólo hay rumores que van desde la explicación extraoficial de una suerte de agotamiento general, hasta las que hablan de que se casó y vive en una relación “normal” con una señora, hasta las que hablan de abuso. En todo caso, como no hay una explicación oficial de su renuncia cualquier explicación es posible.

Apariciones hondureñas

Algo similar se puede decir de uno de los discípulos del propio Romano. En 2007, Romano, el entonces arzobispo de Hermosillo, José Ulises Macías Salcedo, así como el obispo de Culiacán, Benjamín Jiménez Hernández, consagraron a quien era entonces, con poco más de 40 años, el obispo más joven de todo el mundo, el sinaloense Emigdio Duarte Figueroa. Tres años después, Duarte desapareció de manera similar a como lo hizo Romano.

Algún periódico local de Sinaloa publicó que Duarte se había ido a estudiar a Tierra Santa, explicación tan absurda que ese diario de Sinaloa ya no conserva esa “noticia”. Durante más de diez años no se supo cosa alguna de Duarte.

Fue durante el desarrollo de la pandemia que, en alguna información acerca de lo que ocurría en ese momento en Tegucigalpa, Honduras, saltó el nombre del antiguo obispo auxiliar de Culiacán quien, sin embargo, ya no firmaba como obispo el comunicado que los obispos hondureños publicaban en los servicios de información de la Santa Sede, sino sólo como “reverendo padre”, como sacerdote, como si nunca hubiera sido consagrado obispo en su vida. Ello además de que ese título de "reverendo padre" suele ser usado sólo por los sacerdotes que son miembros de alguna orden religiosa, mientras que los diocesanos como Duarte simplemente se les identifica como "presbítero".

Algo similar puede decirse del obispo mexicano pero que ejerció en la diócesis de San José del Amazonas, Perú, Alberto Campos Hernández. De él tampoco hay una explicación oficial. Ni de la Conferencia Episcopal Peruana, ni de la diócesis que presidió, ni de la Orden de los Frailes Mínimos, los así llamados franciscanos a la cual pertenecía antes de ser consagrado por Juan Sandoval Íñiguez en 1998. Sólo hay una breve nota en el sitio de Internet de la diócesis peruana que da cuenta de su paso, sin dar razones para su renuncia anticipada.

En el caso de Campos es posible que más que una promoción planeada por Sandoval, como en el caso de Romano y otros de los auxiliares de Guadalajara, haya sido a propuesta de la orden franciscana que solía ser responsable de la diócesis de San José del Amazonas en Perú.

Como se puede apreciar en la infografía que acompaña a este texto, Sandoval Íñiguez, Navarro Rodríguez y Martín Rábago, han sido todos señalados por Spes Viva y Bishop Accountability por encubrimiento de abusos. Esa condición se ha marcado con el uso de la letra o grafía zhe del alfabeto cirílico (Ж). Cuando los señalamientos o acusaciones proceden de otras fuentes, como en el caso de Miguel Romano Gómez, se ha usado la letra o grafía zha del mismo alfabeto cirílico (Щ).

 
El vínculo escarlata que une a varias diócesis de México. Para una versión más grande haga clic con el botón secundario de su señalador y pídala en una pestaña distinta o vea la versión en pdf abajo.

Incluso si me limito sólo a los 15 obispos referidos por Spes Viva y Bishop Accountability conviene considerar que la mayoría de los señalados por esas dos organizaciones sociales fueron formados en diócesis del Bajío mexicano y que, aunque es muy probable que en todas las diócesis de México existan casos, hasta ahora son las diócesis encabezadas por obispos procedentes de esa región las que parecen ser más propensas a que sus titulares encubran a sacerdotes depredadores sexuales.

 

La versión en pdf de la infografía.

Debe quedar claro que, además de Sandoval, Navarro y Martín Rábago, se debe considerar en algunos casos a Emilio Berlié Belaunzarán, que fue obispo de Tijuana, donde sucedió a Posadas Ocampo a sugerencia del malogrado arzobispo de Guadalajara.

Berlié, por ejemplo, participó junto con Sandoval de la consagración del ahora arzobispo emérito de Oaxaca, nacido en Autlán de la Grana, Jalisco, Chávez Botello, uno de los casos más notables de encubrimiento, aunque no se sabe en realidad el alcance de los casos que encubrió.

Se sabe que encubrió, como ya se apuntó a Gerardo Silvestre Hernández, pero se sabe también que Roma “aguantó” su renuncia más de dos años a la espera de que resolviera algunos de los casos pendientes de abuso que no atendió durante los primeros de sus 15 años de gestión ahí.

De regreso a Juárez

Para reemplazar a Sandoval en Ciudad Juárez en 1994, Prigione recurrió a Renato Ascencio León. Él no era un desconocido para Prigione. Seis años antes había sido nombrado por el delegado apostólico para desmovilizar otra de las diócesis “revoltosas” de Chihuahua, la ahora llamada diócesis de Cuauhtémoc-Madera, pero que, en 1988, era la prelatura de Madera, que integra todavía ahora algunas de las zonas más rurales, pobres y aisladas del estado de Chihuahua, en la frontera con Sonora.

Ascencio formó parte de una generación de sacerdotes nacidos en los estados de Guanajuato, Jalisco, Michoacán y Aguascalientes que ocuparon posiciones clave en ciudades de la muy dinámica frontera México-Estados Unidos. Es cierto, solía ser que los principales estados mexicanos que expulsaban población a Estados Unidos eran justamente esos estados.

Sin embargo, además de la dinámica de la migración, había una historia de preferencia de Roma por los sacerdotes del llamado Bajío mexicano que fue limitada, pero nunca compensada por la emergencia en los sesenta y setenta del así llamado “Grupo Tampico”, encabezado a finales de los ochenta por Ernesto Corripio Ahumada, entonces arzobispo primado de México, quien se trabó en una sorda disputa con Prigione por la conducción de la Iglesia en México, que finalmente perdió Corripio cuando Roma resolvió su sucesión en favor de otro de los favoritos de Prigione, el ahora arzobispo emérito de la Ciudad de México, Norberto Rivera Carrera.

Mientras Ascencio era titular de Juárez promovió como su auxiliar a José Guadalupe Torres Campos, actual obispo de la ciudad fronteriza quien, sin embargo, tuvo oportunidad de probarse como obispo titular durante seis años, de 2008 a 2014, en la duranguense diócesis de Gómez Palacio, de donde regresó a Juárez, justo antes de que estallara la cloaca del caso de Aristeo Baca, al que se dedicó la entrega previa de esta serie.

La semana próxima daré más detalles acerca de la manera en que, en Ciudad Juárez, este modelo del vínculo escarlata de Sipe se ha adaptado a una realidad en la que, a diferencia de Estados Unidos, es más fácil intimidar a las víctimas de abuso sexual, corromper a policías, fiscales y jueces y, de manera más general, torcer lo que la ley establece para proteger a los depredadores y no a las víctimas.

Lo que es peor, al actuar así, como se ha apuntado en distintas oportunidades en esta serie, la jerarquía católica refuta y desestima lo dicho por el papa Francisco acerca de la necesidad de desarrollar una espiritualidad de la reparación.

El vínculo escarlata de Sipe

Richard Sipe desarrolló la idea de vínculo escarlata, como parte de un sistema propio de la Iglesia que “produce y protege a un cierto número de clérigos sexualmente activos, algunos de los cuales abusan de menores”. Sipe presenta esta idea a partir de once tesis que, resumidas, son:

  1. El clero católico se somete a la regla del celibato requerido para ordenar sacerdotes.
  2. El celibato (la abstinencia sexual) no es una práctica común o persistente del clero católico.
  3. Los clérigos sexualmente activos y aquellos con una historia de actividad sexual corren el riesgo de exponerse a sí mismos si denuncian las actividades sexuales de otros clérigos.
  4. Las experiencias sexuales con compañeros seminaristas o profesores que sean sacerdotes en el seminario son comunes en las casas de formación (se estima que un 20 por ciento de los seminaristas tienen contactos sexuales) y la jerarquía lo sabe.
  5. El contacto y las aventuras homosexuales son tan comunes entre el clero que el Vaticano ha inventado una categoría pseudocientífica para esta conducta (homosexualidad transicional)
  6. Incluso el involucramiento temporal de un sacerdote en una relación sexual o la experimentación con otro sacerdote lo pone en un estado de temor y en una suerte de “chantaje sistémico”. No puede exponer a otro sacerdote sin exponerse a sí mismo y sin arriesgar su situación y carrera.
  7. A veces los curas o los profesores del seminario están involucrados en relaciones homosexuales con seminaristas o jóvenes sacerdotes. Más adelante, el profesor es promovido, incluso quizás hecho obispo. Cuando los clérigos que han estado involucrados en relaciones sexuales y luego quieren ser célibes quedan atrapados en el círculo de secrecía que encubre también el abuso sexual de menores.
  8. Hay un vínculo escarlata de secrecía que se inculca en el sistema clerical (reforzado por medio de la confesión), apoyado desde la cúspide de la jerarquía y preservado por los obispos y otros superiores por miedo a que se exponga el sistema o las personas que forman parte de él. Los candidatos al sacerdocio aprenden esta dinámica de secrecía sobre la actividad sexual y el abuso desde sus primeros días de formación.
  9. Siempre que uno encuentra una cliqué de clérigos depredadores, uno puede encontrar a un superior sexualmente activo que tolera la actividad sexual y el abuso. La actividad sexual del superior muy probablemente no es abuso de menores; pero la actividad sexual con adultos capaces de consentir, mujeres o varones, basta para sellar el vínculo escarlata. Todos los clérigos están atrapados en este sistema que requiere, a toda costa, del encubrimiento para salvarse ellos mismos del escándalo.
  10. La verdad, la honestidad, la transparencia, la responsabilidad y las personas laicas no tienen lugar en el vínculo escarlata. Negar es la defensa psíquica más común para sellar el vínculo escarlata desde dentro. La racionalización y la contención mental son empleadas libre y frecuentemente, incluso cuando se está bajo juramento civil de no mentir.
  11. Debemos depender de las víctimas para ayudarnos a quebrar el vínculo escarlata y descubrir quién abusa, sino—si es que no desean ser célibes—¿cómo es que llegaron a violar a menores? ¿Hay elementos sistémicos que facilitan este comportamiento?
 
Richard Sipe, ya como laico, en 2013.

Estas once tesis sobre el así llamado vínculo escarlata se tomaron del texto “Consideraciones preliminares para comprender la genealogía del abuso sexual por clérigos católicos” (original en inglés como “Preliminary considerations for the understanding of the genealogy of sexual abuse by Catholic clergy”), de Richard Sipe.