La crisis de abuso sexual cumple 40 años con 100 obispos “renunciados“

Rodolfo Soriano-Núñez

Compartir

A 40 años del inicio de la crisis de abuso sexual, el obispo Richard Stika de Knoxville es el obispo número 100 forzado a renunciar.

Religión y vida pública: Jason Berry y Richard Sipe ofrecieron dos elementos clave para comprender la crisis de abuso sexual: una narrativa centrada en la rendición de cuentas y el concepto del vínculo escarlata.

Por Rodolfo Soriano-Núñez

En algún momento de julio de 1983, el entonces sacerdote Gilbert Gauthe fue relevado de sus funciones en la parroquia de St. John en la diócesis de Lafayette en Luisiana. Su retiro, descrito con precisión por Jason Berry en una serie de historias publicadas en 1985, inició lo que ahora es una crisis de abuso sexual en la Iglesia Católica que cumple 40 años.

Durante las últimas cuatro décadas, una avalancha de noticias sobre sacerdotes depredadores sexuales ha inundado los medios de comunicación de todo el mundo. En toda su miseria, la crisis ha ayudado a que seamos conscientes a escala global de la crisis en la Iglesia Católica, en otras organizaciones religiosas y en muchas otras instituciones y contextos.

Cuando uno compara a Gauthe con otros sacerdotes depredadores mundialmente conocidos como el mexicano Marcial Maciel, el chileno Fernando Karadima o el australiano Gerald Risdale, con los 72 cargos que lo tienen encerrado en la prisión de Port Phillip en Australia, no hay algo especial. en Gauthe.

Él es el nombre que podemos usar como punto de partida de lo que ahora es una crisis global, con consecuencias devastadoras para la institución más antigua del mundo occidental y ramificaciones en otros ámbitos del comportamiento colectivo. Hoy en día, la política, las finanzas, la academia, los deportes, la moda, el mundo del espectáculo, el entretenimiento y los medios de comunicación, todos esos contextos tienen su propio Gilbert Gauthe, su propia especie de "paciente cero".

En cierto modo, porque como indican distintos informes sobre abusos en la Iglesia Católica en varios países emitidos en los últimos diez años, los abusos han ocurrido por lo menos desde la década de los cuarenta. Sin embargo, Gauthe marca un momento clave en la historia de la crisis de los abusos sexuales en el catolicismo.

Es un momento en el que los más leales de sus fieles, los que probablemente toleraron durante siglos el acoso sexual, las insinuaciones y los ataques del clero, rompieron la disciplina y desestimaron las súplicas, tal vez las órdenes, de sus obispos de guardar silencio, de “evitar el escándalo” que resulta de una llamada a la policía o, peor aún, a los medios de comunicación.

Hablar con otros sobre la conducta depredadora sufrida a manos de los sacerdotes equivalía a dañar a la Iglesia; equivalente a atacar a un sacerdote que, si uno ha sido educado como católico, se le hace creer que es nada menos que la representación viva de Cristo, un Alter Christus.

Una narrativa centrada en la rendición de cuentas

También marcó el momento en que los medios, tal vez imbuidos de un nuevo sentido de propósito después del papel que desempeñaron en los movimientos sociales de la década de los sesenta, los Papeles del Pentágono y, más notablemente, el escándalo Watergate, no actuaron como socios o cómplices de otros poderes, a saber, la jerarquía católica; actuaron como un poder autónomo, con capacidad para decidir por sí mismos.

Si Carl Bernstein y Bob Woodward demostraron cómo los medios de comunicación podían obligar a "el hombre más poderoso del mundo" a renunciar a su cargo, Jason Berry y sus colegas en los medios de comunicación de todo el mundo han desempeñado un papel en obligar a dejar el cargo al menos 100 obispos católicos e innumerables sacerdotes, por su papel en la crisis de los abusos sexuales.

Gracias a Berry y a quienes lo siguieron, como los periodistas del equipo Spotlight de The Boston Globe, se arraigó una narrativa centrada en la necesidad de responsabilizar al clero de su comportamiento.

Jason Berry en 2019. Escribió el primer reportaje del caso Gilbert Gauthe en Luisiana en 1985.

Para cuando surgieron Internet y las redes sociales, trayendo dinámicas que eran impensables a principios de la década de los ochenta, periodistas como Berry habían establecido una suerte de plantilla de una narrativa sobre la necesidad de hacer que los sacerdotes y obispos rindan cuentas de sus actos, especialmente del abuso sexual.

Hoy en día, incluso la extrema derecha católica usa una versión de dicha narrativa para legitimar sus ataques contra el clero que no les agrada por otras razones. Ese fue el caso de las difamaciones racistas de Militant Church, un medio de comunicación de la derecha radical en Michigan, contra Wilton Gregory, el arzobispo de Washington, DC. Sus ataques resultaron tan chocantes a otros obispos, que el arzobispo de Detroit les desconoció como obra vinculada a la Iglesia Católica. Algo similar puede decirse del espionaje de la bitácora de la derecha radical católica conocida como The Pillar a la vida privada de un exalto funcionario de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos, USCCB, que los editores de esa bitácora disfrazaron como periodismo de investigación.

Sus versiones de esa narrativa enfatizan el abuso homosexual a expensas del abuso que sufren las mujeres. Hacerlo no es una decisión neutral. Se ajusta a una larga tradición de defensa de la institución, de la Iglesia Católica. Algunos elementos de esa tradición ya estaban presentes en los siglos XVI y XVII, cuando la entonces Santa Inquisición tenía poderes para castigar con cárcel o incluso con la pena de muerte a los católicos en los territorios del antiguo Imperio español.

En los archivos de la Inquisición en Sevilla, España, Ciudad de México y Lima, Perú, las tres sedes de los tribunajes mayores de esa institución, se pueden encontrar los archivos que dan cuenta de la manera en que sacerdotes de aquellas épocas abusaban de mujeres y varones, de niñas y niños desde Manila hasta Sevilla, desde la Ciudad de México hasta Rosario, en la Argentina contemporánea o en lo que hoy es Santiago de Chile.

El hecho de que los informes anteriores sobre el abuso sexual del clero tuvieran una mayor proporción de hombres menores de edad encaja con la posición doctrinal de la Iglesia sobre la homosexualidad. Ayudó, de una manera bastante perversa, a mantener viva la guerra contra las personas homosexuales, mientras desviaba la responsabilidad institucional de la Iglesia por las muchas vidas destruidas por los sacerdotes depredadores.

No fue culpa de la Iglesia, o eso solían decir. Eran las proverbiales “manzanas podridas”, pudriendo el resto de las manzanas en la caja.

Iglesia como víctima

En las primeras etapas de la crisis, la narrativa oficial enfatizaba el abuso homosexual de niños menores de edad. En ese momento, la curia que servía bajo Juan Pablo II trataba de convencer a otros de que era sólo un caso de una o dos manzanas podridas. La jerarquía hacía todo lo posible para eludir la realidad: es un problema sistémico que afecta a la Iglesia en todo el mundo.

Esa narrativa fue útil para lograr varios objetivos. Por un lado, desviaba las críticas al celibato, una característica clave de lo que ahora conocemos como la Iglesia Católica, desde el siglo V. También fue útil para desviar las críticas sobre el papel que han jugado la ética y la moral sexuales en el desarrollo de la teología cristiana.

También fue útil para mantener viva la idea de la Iglesia como víctima de una conspiración destinada a destruirla. Ese ha sido desde el pontificado de Pío IX (1846-1870) un poderoso motor para movilizar apoyo, material, financiero y político, hacia las causas que la jerarquía de la Iglesia elige como dignas de su apoyo.

Para alimentar esa idea de victimización, los obispos usaron una suerte de plantilla o de guión que presentaba el abuso por parte de sacerdotes depredadores como eventos aislados, derivados de impulsos homosexuales que iban en contra de la doctrina de la Iglesia.

Esta narrativa nunca fue cuestionada; de hecho, fue llevada a su conclusión lógica por Juan Pablo II y Joseph Ratzinger, más tarde Benedicto XVI. Lo hicieron, no por preocupación por el bienestar de las víctimas. Fue, sobre todo, una narrativa desarrollada para diluir la responsabilidad, incluida la responsabilidad jurídica, de la institución, los obispos y otros altos funcionarios de la Iglesia de los efectos devastadores del abuso.

Sin embargo, a principios de la tercera década de la crisis, surgió un nuevo patrón. Ya no se trataba sólo de sacerdotes homosexuales como Gauthe y Karadima o bisexuales como Maciel, que abusaban mayormente de niños menores de edad, sino de sacerdotes heterosexuales y bisexuales que abusaban de mujeres , tanto laicas como religiosas, así como de niñas, como en el caso del legionario de Cristo originalmente nacido en Irlanda, pero que desarrolló el grueso de su carrera eclesiástica en Chile, John O'Reilly, quien abusó de niñas menores de diez años.

Nuevas fronteras

Es el lugar donde se encuentra una de las “nuevas” fronteras de la crisis. Es ahí, en ese límite, donde hoy en día nueva evidencia sobre el alcance de la crisis en formas que los informes anteriores no pudieron documentar. Ese es, como ejemplo, el tipo de abuso que obligó a dejar el cargo a Michel Aupetit quien, como arzobispo de París, Francia, acosó al menos a una de sus empleadas.

En los casos extremos de este “nuevo” patrón, el abuso sexual se mezcló con las historias contradictorias de sacerdotes extremadamente exitosos que nunca estuvieron dispuestos a desafiar la doctrina establecida de la Iglesia sobre el aborto. Ese fue el caso del jesuita chileno Renato Poblete. Desempeñó un papel clave en el desarrollo de la Doctrina Social Católica en América Latina. Poblete, en algún momento de su vida, fue visto como el sucesor de Alberto Hurtado, un sacerdote jesuita que fue declarado santo en una multitudinaria ceremonia en Roma allá por 2005, en los albores del pontificado de Benedicto XVI.

A pesar de tales asociaciones y de la fama pública como sacerdote de proximidad con los desfavorecidos chilenos, Renato Poblete obligó a algunas de sus víctimas femeninas a abortar, para que su carrera eclesiástica no se viera afectada por las evidencias de abuso sexual.

Sacerdote jesuita chileno Renato Poblete (centro).

La otra “nueva” frontera de la crisis está en los casos de algunos de los “héroes” de la jerarquía católica, aquellos dispuestos a ir a la guerra por la Iglesia utilizando la milenaria narrativa del cura malo por homosexual que, a pesar de todas sus acciones en público como ases de dicha guerra, eran, en realidad, también depredadores en la misma liga que Maciel, Karadima y muchos otros.

Uno de ellos, es el exarzobispo y excardenal de la Iglesia Theodore McCarrick, paladín de todas las causas que involucran a la Iglesia Católica en Estados Unidos, América Latina e incluso China.

A pesar de tales credenciales ahora sabemos, a través de un informe oficial emitido por la Secretaría de Estado de la Santa Sede, que abusó de adolescentes y jóvenes a su cargo que eran seminaristas. Lo hizo desde sus días como sacerdote en la ciudad de Nueva York en la década de los sesenta. Continuó haciéndolo hasta su retiro como emérito de la arquidiócesis de Washington, Distrito de Columbia.

Otro ejemplo es el sacerdote francés Tony Anatrella, quien se hizo de un espacio propio en la Iglesia en Francia y en Rcomo "experto" en todo lo relacionado con la enseñanza sexual católica. Fue el feroz capitán de su propia cruzada en Francia contra el matrimonio de personas del mismo sexo y la adopción de niños por parejas del mismo sexo. Los obispos y políticos del flanco derecho del espectro político francés solían citarlo como la voz capaz de unir los ámbitos del conocimiento científico, los valores tradicionales y la teología.

Desde mediados de la década de 1990 hasta principios de la de 2010, los cardenales y obispos franceses enviaron a sus seminaristas "que tenían problemas" para discernir su propia sexualidad al consultorio de Anatrella como psicoanalista. Su fama llegó a Roma, por lo que Joseph Ratzinger primero como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y luego como Benedicto XVI lo invitó a ofrecer sus puntos de vista muy ortodoxos sobre la sexualidad humana.

Este artículo de investigación en Chicago Unbound, una revista académica de la Universidad de Chicago, cita doce ejemplos que dejan ver qué tan influyente fue Anatrella en la configuración de los puntos de vista de los obispos franceses y la Santa Sede sobre la "ideología de género".

Anatrella logró tales proezas porque, como tantos otros sacerdotes y laicos del mundo católico y evangélico, prometía curar la homosexualidad. Dicha cura es más relevante para el catolicismo ya que sus candidatos al sacerdocio deben lidiar con sus impulsos mientras están en el seminario sin expectativas de tener una pareja heterosexual estable en la vida.

Hasta donde es posible deducir de los testimonios publicados en los medios, Anatrella trataba de "curar la homosexualidad" con más homosexualidad, realizada por él. La cura era una dosis de su exaltado ego.

Tony Anatrella en 2012. Foto: Peter Potrowl

El depredador como lobo solitario

Las acusaciones contra Anatrella ganaron fuerza en los medios franceses después de que algunas de sus víctimas presentaran denuncias formales y mientras otros miembros del clero francés expresaron su indignación por la forma en que citaba incorrectamente las Escrituras para encajar su narrativa en los libros que publicaba, las conferencias que ofrecía y en entrevistas en medios de habla francesa.

Más tarde, cuando terminó el espectáculo, la explicación proporcionada por la jerarquía francesa fue nuevamente la idea del sacerdote depredador como una especie de “lobo solitario”, actuando por su cuenta, con poco o ningún conocimiento por parte del liderazgo de la Iglesia.

Al igual que con Maciel, Karadima, McCarrick o Carlos Miguel Buela en Argentina, los obispos franceses intentaron presentar a Anatrella como el depredador-como-lobo-solitario, un individuo capaz de tejer poderosas redes dentro de la Iglesia, para destruir la Iglesia.

 

 

 

 

Sin embargo, esto sucedía casi 30 años después de que Berry desacreditara esta idea del depredador-como-lobo-solitario tan apreciada por la jerarquía de la Iglesia. Primero, lo hizo allá en los ochenta, cuando primero publicó sus reportajes sobre el caso de Gauthe. Luego, lo volvió a hacer al publicar libros como Lead us not into temptation (1992), Vows of silence (2004) y Render unto Rome (2011). En español, es posible consultar El legionario de Cristo, publicado en 2006 con Gerald Renner.

A pesar de ello, Joseph Ratzinger, primero como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y más tarde como Benedicto XVI, se aferró a la idea del depredador-como-lobo-solitario, un depredador que actúa por su cuenta, con poco o ningún conocimiento de los obispos y otros funcionarios de la Iglesia.

Richard Sipe, un exsacerdote que, en la década de los sesenta, supervisó un programa para rehabilitar a sacerdotes pedófilos financiado por la Conferencia Nacional de Obispos de Estados Unidos, hizo estallar esa idea del depredador-como-lobo-solitario cuando acuñó el concepto del vínculo escarlata o Scarlet Bond.

En 2010, ocho años antes de su muerte, mientras reflexionaba sobre las posibilidades de que Benedicto XVI dejara el papado, explicó ese concepto así:

El secreto (el vínculo escarlata) dentro del sistema clerical católico es la piedra angular de la construcción social del celibato clerical y su violación. La reverencia otorgada a la confesión sacramental se extiende más allá de toda razón para cubrir y justificar las conocidas violaciones y relaciones sexuales del clero.

Después de Sipe es casi imposible creer que algún obispo diga que desconocía los abusos perpetrados por uno de los sacerdotes bajo su cuidado.

El concepto de vínculo escarlata de Sipe es lo que vuelve absurdos los relatos originales del principal fiscal de abuso sexual de la Iglesia Católica, el arzobispo maltés Charles Scicluna. Esa es la idea, por ejemplo, con la que trata de explicar los dos casos más dañinos en América Latina: Marcial Maciel y Fernando Karadima.

Es imposible creer que tanto los obispos de México y Estados Unidos, en el caso de Maciel, como la jerarquía chilena en el de Karadima, tuvieran poco o ningún conocimiento de la manera en que ambos depredadores fueron capaces de perpetrar el abuso por el que llegaron a ser conocidos.

Y es que, a pesar de los reportajes de Berry y el análisis de Sipe, altos funcionarios católicos de todo el mundo se aferran a la narrativa del depredador-como-lobo-solitario una y otra vez.

Los dos casos más recientes de obispos que se enfrentan a las secuelas de los escándalos de abuso sexual, el obispo Richard Stika en Knoxville, el centésimo prelado católico obligado a renunciar a su cargo hasta el momento, y el cardenal y arzobispo alemán Rainer Maria Woelki en Colonia, enfrentan el tipo de problemas que están enfrentando mientras escribo estas líneas precisamente por cómo fingieron no estar al tanto de los abusos que ocurrían bajo su vigilancia.

Una base de datos con todos los nombres de los 100 obispos que han sido obligados a renunciar a sus cargos, en algunos casos incluso laicizados, como en el caso de Theodore McCarrick, será publicada más adelante en esta serie para conmemorar el 40 aniversario de esta etapa de la crisis de los abusos sexuales en la Iglesia Católica.

Esto es más relevante cuando se considera la etimología griega de la palabra obispo, episcopos, que significa "el que vela, el que vigila". Su principal deber es vigilar. Y lo hacen.

En América Latina y en otros lugares, estaba claro que lo estaban haciendo cuando los sacerdotes decidieron mezclar y combinar la Doctrina Social Católica con el marxismo. El castigo fue inmediato. Cuando el problema era el abuso sexual, los obispos eran tan conscientes de ello como lo eran con las “fallas doctrinales”.

La cuestión no es si los obispos actúan contra un sacerdote que se pasa de la raya. Ese es su trabajo. El problema es que actúan con rapidez contra los sacerdotes que coquetean con la teología de la liberación u otras supuestas herejías, pero entran en “modo secreto”, en la dinámica del vínculo escarlata, cuando se trata de abuso sexual del clero.

De ahí la relevancia de la narrativa centrada en la rendición de cuentas desarrollada por Berry ya desde que descubrió los detalles del caso Gauthe en 1985. Esa narrativa ha impedido que altos funcionarios de la Iglesia utilicen sus redes densas, a veces multinacionales, de amistad y lealtad para impedir o reprimir el debate público y la denuncia de abusos, o la discusión sobre el alcance y los efectos de la crisis de abuso sexual del clero en general, o para influir en los resultados de episodios específicos, como cuando algún caso va a juicio.

Sin embargo, hay que ser consciente de que dicha narrativa necesita algo más que buenos periodistas como Berry o la buena intuición de alguien como Sipe, que pasó de ser parte del sistema puesto para controlar la crisis a ser crítico de ese sistema. La próxima semana continuaré con este resumen del estado de la crisis de abuso sexual del clero que cumple 40 años.