Clave en el abuso por Trump y académicos, el complejo de credibilidad
Clave en el abuso por Trump y académicos, el complejo de credibilidad

Rodolfo Soriano-Núñez

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Según Tuerkheimer, la cultura y el sistema de justicia configuran el complejo de credibilidad de una víctima

La letra con abuso entra

Por Rodolfo Soriano-Núñez

El mediodía de ayer 9 de mayo, el ciclo de noticias quedó marcado por la rápida decisión que un jurado en Manhattan tomó de declarar culpable de abuso y difamación al expresidente de Estados Unidos, Donald Trump.

No lo declaró culpable de violación, pero le ordenó pagar cinco millones de dólares como compensación por esos actos a E. Jean Carroll. Ella es una periodista de quien sabemos poco en el mundo de habla española, pero que ha formado parte de los corrillos que dan forma al gusto, la moda, y la opinión pública en Nueva York en los últimos 40 años.

La periodista E. Jean Carroll en 2006. Foto: Julieannesmo, Wkimedia.

El caso es relevante para cualquier discusión del abuso sexual, las condiciones que lo hacen posible y los efectos que tiene en las vidas de las personas que lo padecen, porque Trump es, en más de un sentido, el proverbial “macho alfa”.

Trump es una figura pública. Relativamente exitoso antes de ser presidente de su país como anfitrión de un programa de televisión, que apelaba al sentimiento de muchas personas para mejorar sus vidas. Por si fuera poco, supo construirse un nicho de mercado político cuando participó en uno de los “arcos” que suelen guiar a los encuentros de la lucha libre profesional.

Está lejos de ser uno de los más ricos individuos de su país, pero ha tenido los suficientes recursos como para llevar una existencia desahogada y contar con aviones, hoteles y casinos a su nombre, lo que hicieron de él una suerte de ejemplo a seguir de algún segmento del electorado de Estados Unidos que, no en balde, ahora le perdona todo.

En algún momento, a principios de este siglo, incluso creó algo que él llamó una "universidad", que era un remedo de escuela, que engañó a quienes pagaron colegiaturas ahí, pero que le sirvió para construir el mito de sus supuestas habilidades empresariales.

Esas características le dieron alguna ventaja por sobre los políticos profesionales a quienes derrotó primero en la primaria del Partido Republicano de 2016 y posteriormente a una política profesional que tenía todas las condiciones para derrotarlo.

Y de hecho Hillary Clinton derrotó a Trump en el voto popular de la elección de ese año, pero—dadas las características del sistema político de Estados Unidos—no pudo hacerlo en el recuento de los votos electorales.

Trump representa una versión más cruda, descarnada, despojada de cualquier pretensión de idealismo, de lo que Boaventura de Sousa Santos representaba en el mundo académico hasta hace unas semanas, cuando fue acusado de abuso por algunas de sus exalumnas.

Proteger al depredador, culpar a la víctima

Trump representa también la encarnación de lo que Deborah Tuerkheimer, una académica estadunidense que ha dedicado varios años a estudiar el abuso sexual, ha llamado el complejo de credibilidad (credibility complex).

Este concepto lo desarrolla en un libro de 2021 titulado Credible. Why we doubt accusers and protect abusers (Creíble. ¿Por qué dudamos de quienes acusan y protegemos a los abusadores?), editado por Harper Collins.

Ese concepto de complejo de credibilidad es tan importante para comprender el abuso que, cuando recién inició el juicio contra Trump, The New York Times le pidió a Tuerkheimer escribir un texto que diera cuenta del significado de la demanda.

Antes, en 2020, el diario peruano El Comercio publicó en español un texto de Tuerkheimer que analiza las consecuencias del fallo en el caso del productor cinematográfico Harvey Weinstein.

Tanto el libro como los artículos destilan la experiencia de Tuerkheimer, primero como abogada en la fiscalía de Nueva York, especializada en casos de violencia doméstica y abuso de menores durante cinco años. Luego, de lo que ha investigado como profesora en la Northwestern University, una de las universidades más importantes de la zona metropolitana de Chicago.

En ambos roles debió enfrentar los efectos de un modelo de administración de justicia que, a pesar de las ventajas de la Common Law británica sobre los sistemas derivados del derecho español y francés, como los que existen en América Latina, hace difícil probar el abuso.

No me es posible traducir al detalle lo que Tuerkheimer llama el complejo de credibilidad, pero creo que es una herramienta conceptual muy útil para dar cuenta del abuso y la depredación sexual en sus distintas expresiones, tanto en ámbitos políticos, religiosos como académicos.

Ley, cultura y abuso

Para Tuerkheimer este complejo está integrado por un conjunto de fuerzas, en el que dominan dos factores clave que, en mi opinión, son dos caras de la misma moneda.

El primero es la cultura, entendido como sistemas de significados, relevantes porque el abuso sexual ocurre en contextos marcados, delimitados, por expresiones concretas de esa cultura que incluyen “jerarquías, desigualdades, vulnerabilidades y privilegios”.

El segundo es la ley, el derecho o, de manera más abstracta, el sistema de justicia.

Creo que ambas son caras de una misma moneda, pues la noción misma de justicia es un producto de nuestra cultura. Como sea, quien esté interesado en el trabajo de Tuerkheimer haría bien en leer su argumentación sobre la manera en que estos dos factores se combinan para explicar por qué no se les cree a las víctimas.

Esas razones son más relevantes ahora que sabemos los excesos de los que son capaces figuras públicas como el ministro de la Suprema Corte de Justicia de Estados Unidos, Clarence Thomas.

Más allá de lo que ProPublica y otros medios, como The Washington Post, han publicado de su permanente disposición a mentir o, por lo menos, a no ser preciso al rendir cuentas de sus actos, sería bueno recordar que cuando George Bush padre nominó a Thomas para ocupar una de las sillas del máximo tribunal de Estados Unidos muy pocos creyeron a quien en 1991 nos advirtió a todos acerca de Thomas, la ahora profesora de derecho Anita Hill.

Anita Hill en 2018. Foto: Gage Skidmore. Wikimedia.

Hill resultaba difícil de creer en 1991 por las mismas razones que, diez años después, era difícil que muchos creyeran en las acusaciones de abuso sexual contra Marcial Maciel en México o las que, ya para entonces había en Argentina contra Carlos Miguel Buela y que, no en balde llevaron a los obispos argentinos, Jorge Mario Bergoglio incluido, a pedirle a Juan Pablo II que suprimiera la orden fundada por Buela, el Instituto del Verbo Encarnado.

Hill fue presentada en aquel entonces como una mujer oportunista y resentida, dispuesta a mentir para descarrilar el nombramiento de Thomas durante las comparecencias que el Senado de Estados Unidos celebró en 1991 para ratificar a Thomas como ministro.  

A la memoria me vienen las palabras de Norberto Rivera Carrera, arzobispo primado de México contra los periodistas que en 1997 traducían lo que la prensa católica de Estados Unidos publicaba sobre Marcial Maciel: “dinos, ¿cuánto te pagaron?”.

Las convicciones, el habitus

Mientras que Thomas encontró apoyo partidista en los senadores republicanos y de género en los senadores demócratas, entre ellos Joe Biden, quien presidía entonces uno de los comités involucrados con esos procedimientos, Anita Hill fue destruida por la prensa y la clase política estadunidense. Su testimonio, ahora más valioso que hace 30 años, fue motivo de escarnio en los programas de comedia tanto como en los de comentario político.

Tuerkheimer dedica varias páginas de su texto a analizar el caso de Hill. Quien desee aprender más, a partir de esa experiencia concreta, puede hacerlo en las páginas 18 a 20 y 203 a 204 de ese libro.

Tuerkheimer se vale de la psicología cultural para decir que la psique humana es al mismo tiempo un producto de la cultura y una productora de la cultura. Quienes hemos sido formados en las tradiciones del análisis sociológico lo podemos vincular fácilmente con la idea del habitus, la estructura estructurante, que originalmente desarrolló el francés Pierre Bourdieu.

Más allá de la tradición académica con la que uno se identifique, lo importante es reconocer que personajes como Trump en Estados Unidos, como Maciel en México, Buela en Argentina o el jesuita Pedrejas en Bolivia, operan en contextos que les dan ventajas sobre sus víctimas. No operan en un vacío social ni institucional.

Maciel, Buela, Pedrejas y muchos clérigos derivan esa ventaja de su condición de sacerdotes, lo que para muchas personas es en sí mismo una garantía de confianza, de credibilidad.

Otros, como en el caso de Trump, cristalizan esas ventajas, esa condición de superior, gracias al dinero del que disponen. Otros más, se insertan en las complejas jerarquías en que se organiza el trabajo académico: los grados académicos, el tipo de plaza que alguien ostenta, la universidad en la que trabaja, la cantidad de libros y artículos que uno ha publicado, así como el número de ocasiones en que uno de esos libros o artículos han sido citados por otras personas en el marco de sus investigaciones.

Las paredes hablan

En la primera entrega de esta serie se incluyó una referencia a un texto académico escrito por Lieselotte Viaene, Catarina Laranjeiro y Miye Nadya Tom, titulado “Las paredes hablaban cuando nadie más lo hacía”.

 

Ellas se encuentran entre las víctimas de Boaventura de Sousa. En ese documento uno puede apreciar cómo el abuso de De Sousa iba más allá de lo sexual. Estaba vinculado con la preservación de una jerarquía en la que él aparecía como el “profesor estrella”. La estructura estructurante de Bourdieu.

Un elemento clave de esa condición de “profesor estrella” es que sus víctimas replicaran sus métodos, argumentos y que citaran en sus tesis, artículos y otros textos, los libros y artículos de De Sousa. Sus exalumnas Viaene, Laranjeiro y Tom lo plantean así:

Numerosas son las historias acerca de cómo el Profesor Estrella obligaba a sus estudiantes a citarlo extensamente y a utilizar su marco conceptual y analítico como principal referencia académica en su trabajo. Al mismo tiempo, cuando se sentía amenazado por la investigación de otras personas, podía convertir a sus asistentes y estudiantes en víctimas perfectas para desahogar sus frustraciones. Este tipo de relaciones académicas generan tensiones por exclusividad, elitismo y, en consecuencia, celos y competencia entre investigadores con poca experiencia (p. 6).

Es pues, una realidad construida a partir de símbolos. No son los símbolos teológicos, los sacramentos y sacramentales, que intercambian los clérigos denunciados como depredadores sexuales, que se analizan—entre otros asuntos—en la serie Religión y vida pública de Los Ángeles Press,  como, por ejemplo, las confesiones del cómplice que eran la especialidad de Marcial Maciel en la Legión de Cristo y que, apenas ayer nos enteramos, eran también el “plato del día” en el abuso sexual perpetrado en la provincia boliviana de la Compañía de Jesús.

 

 

A pesar de ello, es algo igualmente etéreo y simbólico. Trump, como Weinstein, el productor cinematográfico o Jeffrey Epstein, el financiero que se suicidó en una cárcel de Manhattan mientras se cumplían los plazos de su juicio por diversos cargos de abuso, contaron con el prestigio asociado o derivado de ser ricos, que en una cultura como la nuestra es sinónimo de ser exitoso, de saber hacer las cosas.

Boaventura de Sousa y muchos de los depredadores sexuales en las universidades en México y América Latina, lo hacen gracias a la manera en que el habitus académico construye jerarquías que, directa o indirectamente, legitiman distintas formas de abuso.

¿Abogada o cocinera?

Esa construcción de jerarquías que legitiman el abuso ocurre en las universidades públicas tanto como en las privadas. No importa que quienes estudian en aulas privadas paguen, semestre a semestre las ingentes colegiaturas que cobran esas instituciones. Ello no les garantiza ser menos vulnerables.

En la Universidad Anáhuac, fundada por el macho alfa del clero mexicano, Marcial Maciel, una alumna de la licenciatura de derecho daba cuenta en 2021 de la manera en que dos de los directivos de la institución lejos de proceder contra un profesor que acosaba a sus alumnas, llamaron a las alumnas a reconocer la jerarquía. A adaptarse e insertarse en lo que un sociólogo como yo ve como una estructura estructurante, un habitus:

Se organizó una junta con Carlos (Ortiz) Solalinde y Eréndira Salgado (autoridades de la facultad) para explicar lo que había pasado, mis compañeras empezaron a hablar y Solalinde justificaba o restaba credibilidad a los testimonios.

Que el maestro está mandando mensajes: sólo son mensajes inofensivos y no significan una amenaza. Que está invitando a salir a las compañeras o las ve de manera inadecuada… Incluso el maestro en el salón de clase solía “tocarse” de manera inadecuada, pero esto (a los ojos de las autoridades) era exageración.

Y lo peor: al final con mi testimonio (la oferta de aprobar a cambio de relaciones sexuales) Solalinde no pudo justificar al maestro pero, algo que no esperaba, es que la doctora (Francisca) Eréndira Salgado (Ledesma) guardó silencio para, al final, rematar con el comentario:

Miren, ustedes son mujeres que estudian derecho, eso significa que deben hacerse de carácter ante estas situaciones, de lo contrario, si no pueden hacerle frente, váyanse a cocinar una cordon bleu.

Lo digo porque en su momento me pidieron que no lo dijera; me costó mucho trabajo porque el maestro en su momento me estuvo tratando de contactar y, como no pudo, contactó a mis compañeros para difamarme. Me sentí culpable por quedarme callada, por no haberme dado cuenta que el maestro buscaba algo más que una amistad y perder el control de la situación.

Lamentablemente, la alumna de la Anáhuac se siente culpable por haber aprendido a respetar las jerarquías que le fueron impuestas a lo largo de su vida, reafirmadas por la voluntad de sus padres para costear su educación ahí.

A su vez, la señora Salgado recurrió a un mecanismo para reafirmar la jerarquía, sin importar las posibles consecuencias: acepten esto como parte de la realidad o conviértanse en cocineras. 

El fallo contra Trump en Nueva York no tendrá consecuencias prácticas inmediatas en México. De hecho, no creo que E. Jean Carroll vaya a recibir pronto el dinero. Sin embargo, ha servido para que tenga lugar una discusión más amplia acerca de las condiciones que explican, que hacen posible el abuso sexual.

Una de ellas son las convicciones que dan forma al complejo de credibilidad. Ojalá sirva para que seamos capaces de escuchar a las víctimas sin tratar de reafirmar las jerarquías con las que nos identificamos.