
Las redes sociales someten el cerebro adolescente a estímulos que debilitan la concentración y favorecen respuestas impulsivas.
Por Alberto Farfán
En esta columna se ha abordado en diferentes ocasiones la temática de las plataformas digitales, tanto desde un ángulo político, social y también cultural. Sobre todo porque es un asunto controversial y de gran actualidad, amén de que siempre resulta bastante difícil llegar al justo medio en términos de libertad de expresión o derecho a la información.
No obstante, si investigamos más a profundidad pero ahora dentro del terreno fisiológico estoy convencido de que las opiniones que se puedan verter coincidirán con la conclusión que emití en mi columna anterior: se debe implementar la prohibición de las redes sociales a menores de 16 años sin mayor objeción. Y aunque el texto que comentaré aborda a TikTok, por el scrolling que se efectúa me parece que por extensión las afirmaciones de la autora también aplican a las demás redes.
Para Ana Laura Colín González, Química Farmacobióloga con doctorado en Ciencias Biomédicas (gaceta.unam.mx, junio 2026), la estructura cerebral del adolescente aún se encuentra en periodo de madurez en su corteza prefrontal, debido a lo cual es más susceptible a la gratificación inmediata, y hasta lograr su desarrollo es que podrá permitirse regular sus impulsos y perseverar hasta alcanzar un objetivo, mientras tanto en virtud de lo cual se libera la dopamina, neurotransmisor primordial que regula la motivación, el aprendizaje, la memoria y el sistema de recompensa.
“En la adolescencia —escribe la autora— el cerebro reorganiza sus conexiones (sinapsis) aplicando el principio fundamental de o lo usas o lo pierdes en un proceso llamado poda sináptica. Las habilidades que más se practican se fortalecen, las que se usan poco pierden espacio. Los contenidos ultracortos en línea ofrecen estímulo constante al sistema de recompensa, un conjunto de regiones cerebrales que se activan cuando algo nos da placer, liberando dopamina, neurotransmisor esencial en la motivación. Si se pasa mucho tiempo consumiendo estos contenidos el cerebro se acostumbra a buscar placer inmediato en detrimento de la paciencia y concentración que exigen otras actividades”.
A su vez, ocurre que en la corteza prefrontal se presenta una liberación en exceso de glutamato, “neurotransmisor —escribe la especialista— que participa en la excitación de las neuronas. Como medida de protección, el cerebro aumenta el precio de usar esa red neuronal” con el objetivo de buscar tareas más simples. “En consecuencia, el sistema apaga el control cognitivo y te empuja hacia opciones baratas, es decir, acciones impulsivas que requieren poco esfuerzo y ofrecen recompensas inmediatas”.
“Cada notificación —dice Colín—, cada imagen llamativa y cada recompensa social exigen un ajuste en la corteza prefrontal. Con el tiempo esa demanda repetida hace que concentrarse se vuelva más costoso y menos eficiente. Este fenómeno se conoce como fatiga cognitiva: un cansancio mental que reduce la capacidad de concentración, dificulta mantener la atención en tareas prolongadas y afecta la memoria de trabajo”.
Como bien se desprende de lo anterior, el problema no radica sino en la falta de madurez fisiológica del cerebro de niños y jóvenes, que acaso sea irreversible, pero el tiempo nos dirá la respuesta. En consecuencia, nada que ver con ópticas políticas, sociales, culturales, educativas o morales. No es adicción en un sentido literal, sino la respuesta de la corteza prefrontal, dos neurotransmisores: la dopamina, el glutamato, y la fatiga cognitiva. Todo lo cual no lo dudaría ya lo conocían los dueños de las empresas tecnológicas y ciertos Gobiernos.