


Rodolfo Soriano-Núñez Lunes, 21 de Septiembre del 2026
¿Qué impulsó el desarrollo de tantos grupos católicos con rasgos tan similares a los Arautos o Heraldos del Evangelio en Brasil?
No ayuda insistir en el enfoque del «monstruo de la semana». Aquí se traza la manera en que textos papales de los ochenta alentaron a grupos como los Arautos del Evangelio en Brasil.
Por Rodolfo Soriano-Núñez
¿Por qué el catolicismo, durante el último siglo aproximadamente, desarrolló un número bastante elevado de organizaciones de tipo orden con muchos de los rasgos distintivos de agrupaciones marginales o sectarias? La pregunta resulta relevante como medio para comprender una de las manifestaciones más recientes de ese proceso: los Heraldos del Evangelio o, como se les conoce en su natal Brasil y en toda América Latina, los Arautos.
Este no es el relato habitual sobre el malvado fundador de una organización religiosa abusiva. Ya existen relatos sobre la ruta que siguieron João Scognamiglio Clá Dias, el fundador oficial de los Heraldos, y su relación con Plinio Corrêa de Oliveira. Están disponibles en portugués, inglés y español.
En pocas palabras, Corrêa de Oliveira (1908-1995) fue un líder de la extrema derecha católica brasileña y latinoamericana. Logró ganarse el favor de acaudaladas familias de terratenientes e industriales brasileños que le ayudaron a expandir su influencia a otros países de América Latina y más allá.
Desarrolló una teología política que llevó al extremo el rechazo del socialismo y el comunismo presentes en las enseñanzas papales desde Pío IX (1846-78) y el rechazo intransigente a cualquier cambio en el catolicismo presente en las enseñanzas de Pío X.
Añadió la versión más romántica de la dictadura portuguesa de António de Oliveira Salazar (1932-68), al tiempo que usó al máximo el contexto de la Guerra Fría para desarrollar una versión católica del macartismo estadunidense que prosperó durante las dictaduras militares en Brasil y Argentina.
Sus ideas prosperaron en círculos de la extrema derecha de América Latina, conmocionados por el triunfo de la revolución cubana (1953-9), lo que contribuyó a difundirlas por la región y más allá. En México, como en otros países, sus ideas encontraron terreno fértil entre los miembros de la extrema derecha que ya echaban a andar el llamado Yunque y el más efímero, pero mucho más violento MURO.
Clá Dias (1939-2024) conoció primero a Corrêa de Oliveira en 1956, antes de la fundación de Tradición, Familia y Propiedad, el proyecto que los mantuvo unidos durante la mayor parte de sus vidas. Fue hasta una etapa bastante tardía de su vida, tras la fundación en 1999 de los Heraldos del Evangelio o Arautos, cuando a los 65 años, Clá Dias fue ordenado sacerdote (2005). Tres años más tarde, recibió el título honorífico de monseñor, algo que la mayoría de los sacerdotes católicos nunca alcanzará, y un año después, en 2009, Benedicto XVI le otorgó la medalla Pro Ecclesia et Pontifice, una distinción reservada a quienes han prestado servicios distinguidos a su iglesia.
Si se quisiera contribuir a la literatura de los estudios de carácter de los fundadores abusivos de organizaciones religiosas predatorias hay un registro de Clá Dias como sujeto de un arresto el 15 de diciembre de 1969 por participar en lo que, en otro contexto, sería identificado como una organización paramilitar de derecha, a veces conocidas en México y otros países de la región como “guardias blancas”.
Como miembro de Tradición, Familia y Propiedad en Brasil, Clá Dias estaba dispuesto a combatir a “los rojos” a morir con armas. Cómo, a pesar de ese precedente, el obispo italiano Lucio Renna le ordenó sacerdote el 15 de junio de 2005 es difícil de discernir.
Pero no debería sorprender. Cuando le arrestaron, la policía también arresto a Aldo di Cillo Pagotto quien, el 10 de septiembre de 1997 fue nombrado por Juan Pablo II como obispo coadjutor de Sobral.
Tristemente, fue sólo en 2022 cuando el diario brasileño Estadão publicó detalles de los arrestos de Clá Dias y Pagotto en una columna sobre los casos en los que las fuerzas armadas y agencias de seguridad de Brasil fueron complacientes con el extremismo de derecha. La columna aún está disponible, pero sólo en portugués y tras de un muro de pago aquí.
A pesar de la condecoración, para 2017 existían denuncias de abuso que obligaron a Clá Dias a dimitir de su cargo como superior general de los Heraldos, momento en el que comenzó la intervención de Roma sin un final visible a la vista.
El riesgo de profundizar en los detalles biográficos de Clá Dias es convertir esto en un texto más sobre un fundador malvado, capaz de destruir la vida de personas inocentes por su cuenta, con poco o nulo apoyo de la institución de la que deriva su poder.
Ese enfoque del «abominable depredador solitario» ha sido objeto de críticas en esta serie, porque omite e incluso borra la responsabilidad de las instituciones religiosas que fomentan este tipo de organizaciones similares a órdenes religiosas. La más reciente, vinculada abajo, fue una crítica de la miniserie de HBO Maciel, el lobo de Dios.
Durante los últimos 20 años se han publicado revelaciones similares, sobre todo en forma de libros o ensayos de gran formato, sobre Carlos Miguel Buela, el fundador del Instituto del Encarnado del Verbo argentino; sobre el depredador en serie chileno Fernando Karadima; y sobre Germán Doig y Luis Fernando Figari, los fundadores del Sodalicio peruano, hoy suprimido canónicamente.
Por muy útiles que sean esos trabajos, en su mayor parte centran la explicación en los aspectos más oscuros y predatorios de sus personalidades. Algunos de ellos son excelentes estudios de sus psicologías y personalidades. En muchos sentidos son el equivalente católico de la serie Hannibal del autor Thomas Harris. Algunos son excelentes, pero se centran en los rasgos narcisistas de la personalidad de estos depredadores a expensas de una explicación de por qué cierta práctica religiosa, especialmente las impregnadas de algún inminente «fin de los tiempos» o comprometidas con una moral sexual estricta, parecen correr un mayor riesgo de facilitar los abusos, sexuales o de otra índole.
En algunos casos, estos estudios centrados en el fundador de estas organizaciones son útiles para comprender cómo construyeron sus «órdenes» como fachadas para complejas operaciones de abuso, casi siempre combinadas con algún compromiso con causas apreciadas por la Iglesia Católica, lo que les permitía codearse con las élites del ámbito financiero o político de sus países.
Estos trabajos resultan útiles para comprender las redes de relaciones informales y de poder que los fundadores de estas organizaciones de tipo orden lograron construir a lo largo del tiempo. Esto es relevante porque ayuda a entender por qué, como uno de los muchos ejemplos posibles, la familia más rica de México, los Slim, dueños entre muchos otros activos de Teléfonos de México, fueron leales a Marcial Maciel hasta el amargo final de su vida.
Lo mismo podría decirse de algunas de las familias patricias de Chile, entre las que destacan los Matte-Capdevilla, vinculados al consorcio CMPC, la llamada Papelera, un actor relevante en el sector de la madera y el papel en América del Sur, cuyo compromiso con Karadima incluyó dinero para su defensa legal, al tiempo que apoyaban a la Legión de Cristo en Chile.
Rasgos
La capacidad de estas organizaciones, incluso las extremadamente pequeñas, como la de Karadima en Chile, que nunca traspasó los límites del Arzobispado de Santiago, para atraer mecenas de la élite no era accidental sino un rasgo clave de un modelo.
Tras más de cuatro décadas de crónicas aisladas de los reiterados problemas en la Iglesia Católica por los abusos sexuales del clero, más que un nuevo «monstruo de la semana», se necesita explicar por qué un modelo pastoral de los ochenta alimentó tendencias hacia el abuso sexual clerical que ya estaban presentes entonces.
El modelo alentó la creación de organizaciones proclives al abuso que van desde los Kikos en España y en los mundos hispanohablante y angloparlante, al Emmanuel en el mundo francófono, hasta los Arautos en el universo de lengua portuguesa.
Como en muchos otros entornos, el poder de los depredadores deriva de su capacidad para intercambiar bienes materiales o simbólicos con sus mecenas. Maciel y Karadima, intercambiaban ayuda para anular matrimonios canónicamente o para facilitar el acceso a cardenales o al papa en funciones.
Y, además de las familias acaudaladas con antecedentes empresariales, como los Slim mexicanos y los Matte-Capdevilla chilenos, están los mecenas políticos. La evidencia más reciente de esa relación la ofrece el presidente colombiano Bernardo de la Espriella y su Arauto-palooza en la Plaza de Bolívar, de Bogotá, de la cual la entrega anterior ofreció una serie de imágenes además del video después de este párrafo.
Por muy relevante que sea la comprensión de tales relaciones, un enfoque extremo en los fundadores y su capacidad para reunir ese tipo de apoyo conduce, para sorpresa de nadie, al callejón sin salida similar que se encuentra en el memorándum de Catharina Verboonen respecto a los Arautos.
En el documento, la fiscal de São Paulo, protagonista de la entrega anterior de esta serie, vinculada tras este párrafo, archivó una investigación penal de varios años y confirmó lo que ya sabíamos: el abuso ocurrió porque Clá Dias y su círculo íntimo fueron capaces de crear el tipo de «institución total» analizado la semana pasada. El principal problema es que, aunque el memorándum de Verboonen es útil, ofrece poca o nula posibilidad de hacer justicia a las víctimas, sus familiares y amigos.
El documento de Verboonen es un ejemplo brasileño de cómo los sistemas de justicia de América Latina son incapaces de ofrecer soluciones a problemas como la prescripción del delito o de reconocer que, cuando el abuso ocurre en entornos institucionales, no solo lo cometen los individuos; también las instituciones.
Por muy buenos que sean los relatos centrados en el «abominable depredador solitario», validan la narrativa de las «manzanas podridas», impulsada con frecuencia por la Iglesia Católica en los países donde operaban dichos fundadores y en Roma, a pesar de otras posturas más sólidas sobre la naturaleza sistémica e institucional del abuso, sexual o de otro tipo, en contextos religiosos, católicos o de otra índole.
Un síntoma de lo peligroso que resulta confiar en explicaciones individuales de lo sucedido en los Arautos o en cualquier otra organización religiosa empañada por prácticas sectarias y casos de abuso, es el hecho de que, tras la muerte de Clá Dias, la actual cúpula de los Heraldos del Evangelio hace todo lo posible por deslegitimar la intervención, al utilizar el mismo argumento que empleó Verboonen para explicar su decisión de archivar la investigación como excusa para intentar forzar a Roma a poner fin a la intervención: Clá está muerto.
Y lo que es peor, esto ocurre con pocas o nulas posibilidades de encontrar verdaderamente una solución a largo plazo a estos problemas, porque hasta donde es posible ver, los líderes de los Heraldos del Evangelio no solo cuentan ahora con todo el respaldo de las autoridades colombianas, sino que también son plenamente conscientes de los límites del cardenal brasileño Raymundo Damasceno Assis, responsable de la Visita Apostólica a los Arautos, para lograr algo concreto.
Ya está a punto de cumplir 90 años. Hace casi un año, el 18 de noviembre de 2025, cuando estaba claro que el tiempo no jugaba a su favor, circularon rumores sobre su inminente salida de la Visita Apostólica. En última instancia, lo que ocurrió fue que el Vaticano nombró a dos auxiliares.
Por un lado, a José Aparecido Gonçalves de Almeida, obispo de Itumbiara, quien es el comisario auxiliar principal de Damasceno Assis. Asimismo, a la hermana Marian Ambrósio, IDP, religiosa y actual superiora general de las Hermanas de la Divina Providencia, para encargarse principalmente de los asuntos en las ramas femeninas de los Arautos.
Incluso si el triunvirato Damasceno-Gonçalves-Ambrósio alcanzara sus metas, se debe examinar qué explica la existencia misma de los Arautos o Heraldos, conscientes de que no constituyen un hecho aislado en la historia reciente de la Iglesia Católica.
Pioneros
Lo que parece faltar es una explicación de lo que hizo posible el surgimiento de los Heraldos del Evangelio, cuando se tiene en cuenta que los Arautos, la variante brasileña de organizaciones sectarias y depredadoras en el mundo católico, difícilmente son pioneros en la materia.
Por ello es necesario analizar el asunto desde un prisma diferente, preguntarse qué hizo posible la fundación de los Arautos a finales del siglo XX.
Los pioneros fueron el Opus Dei en España y la Legión de Cristo en México. El hecho de que ambas organizaciones surgieran en países afectados por conflictos militares donde la religión tuvo un papel fundamental no debe percibirse como una rareza.
Muchos de los rasgos de ambas organizaciones, su disciplina de estilo militar, la interpretación imbuida de conspiracionismo de su propio papel, los atributos del liderazgo de sus fundadores y cómo percibe cada una, hasta el día de hoy, su posición tanto en el mundo en general como en la Iglesia Católica, reaparecen como una rima recurrente en una letanía en otros grupos similares, desde el Sodalicio de Vida Cristiana en Perú hasta el Instituto del Encarnado del Verbo en Argentina.
Incluso grupos aparentemente menos rígidos como el Camino Neocatecumenal, los llamados Kikos, nacidos en la segunda mitad del siglo XX en España, donde el abuso es común, comparten muchos de los rasgos que, a finales del siglo XX, fueron llevados a un nuevo nivel por João Clá Dias cuando creó, en una relación simbiótica con Tradición, Familia y Propiedad de Corrêa de Oliveira, a los Arautos.
Una diferencia importante, tal vez, radica en que mientras el Opus Dei, la Legión de Cristo, el Instituto del Encarnado del Verbo y el Sodalicio comenzaron como «nuevos movimientos eclesiales», como los denominó cierta escuela de estudios católicos a finales de los ochenta, y sólo más tarde se abrieron paso en los sistemas políticos de los países donde operaban, los Arautos surgieron de las entrañas mismas de Tradición, Familia y Propiedad, una entidad que ha sido, al menos desde 1960, una organización «cívico-política», tal como se le define en Brasil y en otros países de América Latina.
La diferencia no es menor. Si se repasa la historia del Sodalicio existen afirmaciones sobre cambios radicales en las ediciones de sus libros fundacionales, donde eliminaron referencias al pensamiento político radical, moderaron los aspectos más evidentes de sus ambiciones políticas para complacer tanto a Roma como a las alas menos radicales de la Conferencia Episcopal Peruana, mientras aparentaban ser obedientes a la jerarquía e incluso atenuaban las pretensiones de ser «mitad monjes, mitad soldados», los Arautos hicieron lo contrario.
Si los clérigos asociados al Opus Dei, la Legión de Cristo, el Sodalicio o el Instituto del Encarnado del Verbo nunca estuvieron dispuestos a vestir más que sotanas elegantes o la eventual camisa de cuello romano con un traje de casimir negro azabache, los Arautos se las ingeniaron para crear un «hábito» que materializa la noción misma del «mitad monje-mitad guerrero», con la que el Sodalicio solo soñó en las primeras iteraciones de sus documentos fundacionales.
Lo hacen con una vestimenta tan pulcra e inmaculadamente planchada, que recuerda a una almidonada camisa blanca de esmoquin, mientras llevan el tipo de botas de cuero que sólo se usan en las competencias olímpicas de adiestramiento ecuestre. Los Arautos son, en ese y en muchos otros aspectos, una quimera católica, algo tan intrincado que parece más cercano a las imágenes sacadas directamente de las páginas de un libro de manga japonés que a una copia del tapiz de Bayeux.
Y peor. Los Arautos fueron aceptados como entidad diocesana por Emílio Pignoli, entonces obispo de Campo Limpo, Brasil, en 1999. Ese fue el año en que el Instituto del Encarnado del Verbo estuvo a punto de ser suprimido en Argentina y dos años después de que Jason Berry publicara algunas de sus textos más reveladores sobre la Legión de Cristo y sus actividades en Estados Unidos, y más de una década después de que empezara a informar sobre la escala de los abusos en las diócesis de Luisiana.
A un ritmo vertiginoso, el Vaticano aceptó a los Arautos como Asociación Internacional de Fieles dos años después, en 2001, diez meses antes de que Bernard Law debiera renunciar, en medio de un escándalo internacional, como arzobispo de Boston para refugiarse en Roma.
¿Nuevo Pentecostés?
Cuatro años más tarde, en 2005, los Arautos que son sacerdotes y hermanos religiosos de votos perpetuos adoptaron su denominación actual como Sociedad Clerical Virgo Flos Carmeli, mientras mantenían el Arautos o Heraldos para una amalgama de grupos más compleja, que recuerda los esquemas que se encuentran en la relación entre la Legión de Cristo y los grupos en el Regnum Christi, o entre los distintos grupos asociados al Opus Dei.
Cuando Roma aceptó a los Arautos como Asociación Internacional de Fieles, los excesos de Marcial Maciel, entre muchos otros depredadores, ya eran el secreto peor guardado de la Iglesia Católica. Lo que es peor, cuando Clá Dias logró esa hazaña, era plenamente consciente de hasta dónde Maciel había sido capaz de torcer las reglas en Roma y lo fácil que resultaba para un fundador ambicioso «aceitar la maquinaria» en Roma para eludir cualquier pretexto de que los Arautos fueran simplemente un «nuevo movimiento eclesial» más dispuesto a participar en lo que Germán Doig, uno de los fundadores del Sodalicio, llamó un «nuevo Pentecostés».
Esa noción se fraguó lentamente a lo largo de diez años. Primero, en 1988, Juan Pablo II publicó lo que hoy es un documento fundamental, conocido por su título en latín como Christifideles Laici o Los fieles laicos.
Ahí, Juan Pablo II estuvo dispuesto a abrir las puertas a lo que denominó, diez años después, «una respuesta providencial» a «una cultura secularizada» en forma de una «creatividad pastoral» sin restricciones para los movimientos dispuestos a abrazar su propia teología política, centrada en la noción de una condena radical del aborto como la única prueba de fuego de la acción católica en la esfera pública.
El numeral 30 de Christifideles Laici expone los «Criterios de eclesialidad» para las asociaciones laicas. Al pensar en el llamado del papa Wojtyła resulta difícil no evocar lo que 30 años antes había hecho Mao Zedong en China al pedir que «cien flores florezcan juntas».
Mirar hacia otro lado
A diferencia de enfoques anteriores, Juan Pablo II codificó un marco que priorizaba el «celo pastoral», la lealtad al Magisterio y la defensa pública de la doctrina de la Iglesia Católica por encima de todo. En la práctica, esto creó un entorno donde la alineación ortodoxa —especialmente en torno a la moral sexual y el activismo antiaborto— se convirtió en una excusa para legitimar cualquier exceso como Donald Trump hizo primero el 17 de mayo de 2023 (contenido en inglés) o como hizo antes Daniel Ortega en Nicaragua.
Mientras un movimiento creciera rápidamente, fuera leal y participara en lo que después se entendería en Estados Unidos como las «guerras culturales», Roma miraba hacia otro lado en materia de gobernanza interna, las estructuras autoritarias o los informes tempranos de abusos. Y más cuando, además de relajar los requisitos, las flores en floración estaban dispuestas, como hacía Maciel, a «compartir la alegría del efectivo» entre monseñores romanos deseosos de mirar hacia otro lado.
Si decir que Roma miraba rutinariamente hacia otro lado parece «exagerada», basta recordar cómo el propio Vaticano publicó un informe que aborda las consecuencias de que Theodore McCarrick se convirtiera en el personaje clave de artículos que examinaban cómo un superdepredador como él llegó a ser titular de la arquidiócesis de Washington, D.C., y un cardenal clave durante el pontificado de Juan Pablo II.
A lo largo de las 461 páginas del único informe oficial de la propia Iglesia Católica, queda claro que en múltiples ocasiones, a lo largo de los 50 años de carrera eclesiástica de McCarrick, alguien en Roma, en Nueva York o en otro lugar «miró al otro lado», lo que permitió la ordenación de McCarrick, su promoción a obispo auxiliar, su nombramiento como titular de diócesis en Nueva Jersey y, de ahí, directo a la sede de la capital estadounidense, hasta permitirle convertirse en miembro de uno de los clubes más exclusivos de todo el mundo: el Colegio de Cardenales.
Por si fuera poco, el informe ofreció una ventana enredada, parcial, pero útil sobre cómo Carlos Miguel Buela, fundador del Instituto del Verbo Encarnado, contó en McCarrick con un amigo en las altas esferas tanto de Roma como de Washington, D.C., lo que permitió que continuara los abusos en esa organización similar a una orden que la Conferencia Episcopal Argentina, con Jorge Mario Bergoglio como uno de sus miembros, intentó suprimir sin éxito cuando, a finales del siglo XX, ya era arzobispo de Buenos Aires y vicepresidente de esa entidad.
El informe, disponible aquí, aunque en inglés, fue un componente del texto publicado tras la muerte de McCarrick en 2025, disponible tras este párrafo.
La postura de Juan Pablo II devino en una aprobación generalizada de la «creatividad pastoral», al tiempo que pedía a los obispos y a la Curia Romana acoger a los nuevos movimientos con «afecto filial» y evitar impedir la «espontaneidad» del Espíritu Santo.
Los líderes de los movimientos —los más notorios Maciel, Figari, Argüello y Clá Dias— usaron este lenguaje papal preciso para eludir la supervisión episcopal local. Lo hacían al presentar cualquier escrutinio o crítica diocesana como «resistencia al Espíritu» o acción motivada por la «envidia», mientras buscaban a los movimientos antiaborto locales como aliados y hacían todo por reclutar miembros y demostrar lo efectivos que eran sus modelos para garantizar su reproducción y de la Iglesia Católica en general gracias a las, así llamadas en la jerga católica, “vocaciones”.
Aclamar a los monstruos
Para cuando se realizó la vigilia romana de 1998 con los Nuevos Movimientos Eclesiales, organizada por el cardenal James Francis Stafford, entonces presidente del Pontificio Consejo para los Laicos en Roma, un año antes de la fundación oficial de los Heraldos del Evangelio en Brasil, Juan Pablo II estuvo dispuesto a saludar y respaldar, entre otros, a Jean Vanier, más tarde acusado de cometer reiterados actos de abuso sexual en el movimiento L’Arche, y a Francisco José Kiko Argüello, el cacique del Camino Neocatecumenal.
Pocos meses después, uno de los fundadores del Sodalicio, Germán Doig, llevó el argumento de Juan Pablo II a su consecuencia (teo)lógica. Afirmó que los Nuevos Movimientos Eclesiales habían sido suscitados por el Espíritu Santo como una suerte de «nuevo Pentecostés» de la Iglesia Católica en el mundo de hoy. Lamentablemente, el texto de Doig, titulado «Juan Pablo II y los nuevos movimientos eclesiales», ya no existe en Internet. Hasta 2021 estuvo disponible en www.clerus.org/clerus/dati/2004-06/25-15/catmovi, pero aún se puede consultar mediante el Internet Archive, aquí.
Curiosamente, si uno estuviera dispuesto a creer en la premisa del papa polaco, el Espíritu Santo estaba dispuesto a dispensar su bendición, sin reparar en los abusos de Vanier, Maciel, Doig y muchos otros depredadores en aras de permitir que floreciera todo tipo de radicalismo religioso de extrema derecha.
Y no fue sólo el papa Wojtyła. Tras su muerte en 2005, uno de sus aliados en la Curia Romana, el cardenal esloveno Franc Rodé, estuvo dispuesto a desestimar los crímenes de Maciel calificándolos de «peccata minuta», como relató el texto de esta serie vinculado tras este párrafo en 2024.
Como se narró allí, a pesar de la «sanción» impuesta por Benedicto XVI a Maciel, Rodé continuaba en 2007, seis años después de la creación de los Arautos, el llamado a que la Legión de Cristo se mantuviera viva. En ese texto se da cuenta del elogio de Rodé al Regnum Christi, al tiempo que alababa explícitamente a Marcial Maciel, a pesar de que este ya había sido «condenado» a una vida de «oración y penitencia» por el papa Ratzinger.
Un año después, en 2008, Rodé viajó a México. Allí fue más allá, según informó la Associated Press en su momento (contenido en inglés). Tras la muerte de Maciel, elogió al fundador de la Legión de Cristo al decir que dado «que el fruto (de la Legión) es bueno, ¿podemos decir entonces que el árbol es malo? Desde un punto de vista puramente lógico, yo diría que no». De modo que Rodé, el cardenal encargado de velar por la disciplina de las órdenes religiosas católicas, procedió a afirmar: «Absuelvo al padre Maciel. No lo juzgo».
Piruetas teológicas
Es imposible saber si Rodé era consciente del tipo de gimnasia teológica que realizaba. Sus palabras constituyen, hasta el día de hoy, un sombrío recordatorio de lo dispuesta que ha estado la Iglesia Católica a caer en la misma trampa del fin que justifica los medios en la que caen tantas organizaciones más pequeñas.
¿Es realmente posible aceptar, de manera tan displicente como lo hizo Rodé, la noción de «si el fruto es bueno»? ¿Cuántas instancias de abuso sexual por parte del clero valen los «frutos» de la labor de Maciel? Resulta imposible no preguntarse: ¿qué hay de las «limosnas» entregadas por notorios capos del narcotráfico latinoamericano a diócesis y parroquias en regiones marginadas de México o Colombia? ¿Son esos «frutos» lo suficientemente buenos como para ignorar la violencia que instigan los cárteles?
Aquí es importante destacar que, aun cuando las prácticas sectarias y sus peores efectos, como en el caso del abuso sexual del clero, no se han limitado a los movimientos religiosos conservadores y de extrema derecha, lo cierto es que el Pentecostés de finales del siglo XX de Juan Pablo II mostró una clara preferencia por las organizaciones de derecha y extrema derecha, con poca o nula tolerancia hacia los movimientos provenientes del lado opuesto del espectro político.
Lo que es peor, a más de cuarenta años del inicio de la crisis de abusos sexuales del clero, es necesario reconocer que durante el mandato de Juan Pablo II, la Iglesia Católica creó un marco teológico y eclesial que recompensó sistemáticamente a ciertos movimientos con una clara preferencia por prácticas sectarias que, no por casualidad, en su peor escenario, como el Sodalicio, están más que dispuestos a atacar al propio papa reinante. Con excepción del Sodalicio, ese marco rociado con agua bendita por Juan Pablo II en 1998 permanece prácticamente intacto, aun cuando la acumulación de evidencia demuestra que muchos de esos movimientos comparten patologías.
Lamentablemente, la jerarquía de la Iglesia Católica parece no estar dispuesta a admitir que muchas organizaciones celebradas por Juan Pablo II como signos de renovación se vieron afectadas, desde su nacimiento, por patrones recurrentes de abuso, autoritarismo, secretismo, culto a la personalidad o impunidad institucional.
Aun así, el surgimiento de los Arautos en el último año del siglo XX plantea otra interrogante fundamental. Por muy absurdas y abusivas que sean las prácticas de la Legión de Cristo y del Opus Dei, cuentan con algún motivo histórico que las explique. Ambas organizaciones similares a una orden surgieron en la primera mitad del siglo XX tras profundos conflictos en sus países de origen. En ambos casos existía una razón detrás de la disciplina de corte militar, el secreto, la lealtad absoluta al fundador y el respaldo a sus prácticas por parte de Roma.
En Brasil no existe registro alguno de algo similar al antiguo artículo 130 de la Constitución mexicana de 1917, a la Guerra Cristera (1926-9) ni a la Guerra Civil española (1936-9). En ese sentido, lo que haya estado detrás del diseño del hábito y de las prácticas de los Arautos por parte de Plinio Corrêa de Oliveira y João Scognamiglio Clá Dias pertenece al ámbito de sus propios temores, y resulta casi imposible entenderlos como una respuesta, por errónea que fuera, a una amenaza real (y mucho menos existencial) contra la Iglesia Católica en Brasil.
La amenaza más significativa para la Iglesia Católica en Brasil ha sido su incapacidad para conectar con las generaciones más jóvenes y pobres de brasileños que, en las últimas décadas del siglo XX, solían sumarse a las diversas variedades del pentecostalismo activas en el país, pero que hoy en día se integran, como ocurre en la mayoría de los países de América Latina, Europa, Estados Unidos y Canadá, a la categoría cada vez más numerosa de los «sin religión», los así llamados nones, como relataron los textos vinculados antes y después de este párrafo hace unos meses.
Eso es lo que hace que la decisión del Vaticano en 2001 de acelerar la transición de los Arautos de una asociación diocesana a una internacional resulte más desconcertante. ¿Por qué un proceso que, en el caso del Sodalicio peruano, tomó más de 20 años, desde su fundación en 1971 hasta 1997, cuando fueron aceptados como Sociedad de Vida Apostólica de Derecho Pontificio, sólo requirió dos años para los Arautos?
Al hacerlo, Roma repitió errores previos con otros beneficiarios del «nuevo Pentecostés»: alentó prácticas y comportamientos sectarios, minó la autoridad de los obispos, pues siempre se podía apelar a Roma con alguna cita sacada de Christifideles Laici.
Por si fuera poco, ya existían pruebas de cómo emular el comportamiento de Maciel para «repartir la alegría» en Roma mediante sobres cuidadosamente repletos de dinero en efectivo suficiente para resolver cualquier inconveniente.
Nadie debería sorprenderse, por ello, de que muchos de los Nuevos Movimientos Eclesiales se convirtieron en máquinas de recaudación de fondos, cuyos recursos se destinaban a sostener el estilo de vida opulento de sus fundadores, los fondos para agilizar procesos en Roma, junto con la presión constante para reclutar miembros dispuestos a entregar su vida a la organización. Muchas de las acusaciones de explotación laboral en el Opus Dei, la Legión de Cristo-Regnum Christi, el Sodalicio y los Arautos se derivan de este diseño.
Si se buscara un perfil de estas organizaciones, habría que añadir el rechazo vehemente al aborto como único criterio para tener algún tipo de actividad en la esfera pública, lo que a menudo abrió oportunidades para convertir a estas organizaciones en elementos clave de bloques de votación.
Lo que hay que tener presente es que, durante la era Wojtyła, Roma creó y premió un modelo de organización eclesial cuyas patologías recurrentes se hicieron visibles en múltiples países, fundadores y décadas, y que sin embargo continuó recibiendo legitimidad institucional, a veces a costa de permitir una corrupción generalizada en la Iglesia Católica, como documentó Jason Berry para el caso de la Legión de Cristo en su libro de principios de la década previa Las finanzas secretas de la Iglesia.
Cuando escribe sobre el Padre A, lo describe como un hombre que tenía una forma particular de «hacer amigos» en Roma, mientras relata la historia de cómo le entregó un sobre con 90 mil dólares a los pies del cardenal Eduardo Martínez Somalo (p. 195). O cuando habla del Padre B y su «elegante forma de dar un soborno» en la sección homónima que comienza en la página 191 de la edición en inglés, ambas en el capítulo «Maciel, señor de la prosperidad», para ver el contexto completo.
Incluso si los Arautos estuvieran exentos de sobornos, lo que permanece es el sustrato de prácticas sectarias similarmente depredadoras, justificadas de algún modo bajo la noción de que representaban la vanguardia de movimientos destinados a restaurar el Reino de Dios en la Tierra.
Cabe señalar que, aun cuando la mayor parte de la Iglesia Católica durante las décadas de 1980 y 1990 estuvo dispuesta a dar crédito a semejante noción, han sido únicamente los devastadores efectos de la crisis de abusos sexuales del clero los que han obligado a algunos de sus miembros a examinar las tempranas advertencias sobre cómo la era Wojtyła recompensó el modelo que hizo viable y protegió al Opus Dei, a la Legión de Cristo, a Karadima, al Instituto del Encarnado del Verbo, al hoy suprimido Sodalicio y a los Heraldos o Arautos.
Allá en los noventa, al observar los primeros efectos de la Christifideles Laici, José María Mardones ya sonaba desde España, su patria, todas las alarmas a su alcance. Denunció la Kulturkampf de Juan Pablo II como una apuesta arriesgada; también advirtió sobre el reduccionismo moral centrado en el aborto y el riesgo de apostar todo a una concepción laxa del carisma que hacía de los fundadores de estas organizaciones religiosas santos vivientes, a pesar de las múltiples señales inquietantes que ya existían entonces.
Después de todo, España había incubado tanto al Opus Dei como al Camino Neocatecumenal, los Kikos, y aún ocupa una posición clave en la narrativa mítica de Maciel acerca del éxito de la Legión de Cristo, lo que hacía sus llamados tempranos especialmente agudos. Mardones fue testigo de primera mano del impacto local directo del golpe de timón pastoral dado por Wojtyła en el que era, todavía entonces, uno de los bastiones europeos del catolicismo.
Lejos de frenar su comportamiento sectario, Roma hizo todo lo posible por silenciar, desestimar y castigar a los críticos de este modelo, tachándolos de enemigos de la Iglesia Católica, mientras premiaba a fundaciones como la de los Arautos.
* * *
Un resumen de este texto está disponible en audio después de este párrafo.
Your browser doesn't support HTML5 audio. Here is a link to the audio instead.
Nota de producción: El texto del resumen, como el principal, fueron escritos y editados sólo por el autor. La grabación de la lectura del audio se hizo con una herramienta de texto-a-habla (Microsoft Word vía Web). La IA se usó sólo para generar la voz y no para la creación del contenido.