
Rodolfo Soriano-Núñez Miércoles, 25 de Marzo del 2026
Sin importar las consecuencias, jerarcas como el arzobispo Rogelio Cabrera, protegen a clérigos mientras destruyen a víctimas de abuso.
Perdónalos, señor ofrece el detalle de esos intentos para destruir a la autora, así como un recuento devastador de su experiencia como sobreviviente de abuso.
Por Rodolfo Soriano-Núñez
Este martes, poco antes del mediodía, la ciudad de Monterrey atestiguó un hecho dolorosamente frecuente y, al mismo tiempo, esperanzador: una víctima de abuso sexual que mantuvo durante varias décadas en silencio su experiencia y dolor se liberó al presentar un libro en el que narra su experiencia.
Los detalles de su experiencia se pueden encontrar en el libro Perdónalos, señor. El título deja ver la manera en la que la autora, Sandra Valdez, resume su difícil experiencia.
No es un acto primordialmente de denuncia, aunque si la incluye. Es un acto por el que autora se libera a sí misma del pesado fardo del daño que le causó una experiencia que ni buscó, ni provocó, pero que lamentablemente en México sigue siendo vista con sospecha.
Sandra clara en los señalamientos que hace respecto de sacerdotes y obispos de la que fue su religión, incluido quien la atacó, Erasmo Morales Manzano. De manera notable, la parroquia de Monterrey, la de San Juan Bosco donde trabajó hasta su muerte en 1989, aún tiene su nombre como uno de los antiguos vicarios parroquiales ahí.
Lo que Sandra deja ver en el texto que publica y en la presentación que hizo del mismo es las muchas contradicciones de sacerdotes que, lejos de comprometerse con los ideales o principios de la religión a la que pertenecen, los usan como muletillas en su prédica y práctica. Lo que emerge de lo dicho durante la presentación y, sobre todo, en el libro mismo, el tipo de comportamiento asociado, similar a una mafia, de omertá, que Los Ángeles Press ha documentado en otros casos en México y otros países.
Morales Manzano murió hace años. Sin embargo, las secuelas del ataque, los efectos de largo plazo y la complicidad creada para acallar o minimizar todavía ahora los efectos del abuso siguen ahí.
Como hace ver Cristina Sada Salinas, quien presentó con la autora el texto, Perdónalos, señor, «no se trata solamente de una catarsis personal, sino principalmente de la necesidad urgente de socializar sus terribles experiencias, “su dolor que no acaba nunca”, para intentar que como sociedad nos enteremos y nos hagamos cargo de que “esto sí sucede”, ante lo cual deberíamos comprometernos.»
Respeto
Sada Salinas es quien encabeza Spes Viva, una organización civil que promueve el respeto a los derechos humanos y que, de manera más específica, busca que se cumpla ese respeto en el caso de quienes han sido víctimas de abusos sexuales.
Dado que el depredador falleció, no es de esperarse algún proceso judicial que perturbe el sueño de la Conferencia del Episcopado Mexicano, aunque en otros escenarios, en los que las leyes mexicanas y las policías y tribunales se tomaran más en serio sus tareas sería posible imaginar consecuencias institucionales para la arquidiócesis de Monterrey.
Basta ver lo que ha ocurrido en Estados Unidos en arquidiócesis como Los Ángeles, Boston o Nueva York para ver la manera en que se puede construir el argumento de la responsabilidad institucional, pues Morales Manzano no operaba en un vacío. Tuvo como superior primero a Alfonso Espino Silva, arzobispo de 1952 a 1976; a José de Jesús Tirado Pedraza, quien fue el titular de 1976 a 1983, justo cuando los dos ataques a Sandra ocurrieron y Adolfo Suárez Rivera, quien se hizo cargo en 1983 y se retiró en 2003.
Todos ellos tuvieron responsabilidades institucionales respecto de la conducta de Morales Manzano, que han sido minimizadas, negadas, eludidas incluso cuando, en 2018, el actual arzobispo de Monterrey, Rogelio Cabrera López, aceptó tener una reunión con Sandra.
Lejos de mostrar algún interés o empatía con lo que vivió Sandra, Cabrera López, se arrellanó en su posición jerárquica, en una interpretación rigorista tanto de la legislación mexicana como, sobre todo, de lo que han dicho todos los papas desde Juan Pablo II hasta, en ese momento, Francisco respecto de la crisis de abusos sexuales.
Atrapada en una dinámica contradictoria, en la que el propio León XIV, como antes Francisco, no logran convencer a “sus hermanos obispos” de cumplir con lo que les piden que hagan y en la que, además, se habla del abuso de una manera en español y de otra muy distinta en inglés o se guarda silencio, Cabrera López, que fuera presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano de 2018 a 2024, eludió tanto su responsabilidad personal, que la hay respecto de la atención de casos históricos, como el de Sandra, como la responsabilidad institucional de la arquidiócesis de Monterrey.
Reconocer la realidad
Y no es que Sandra espere alguna compensación que la convierta en millonaria. Lo que ella esperaba del encuentro con Cabrera López era el reconocimiento de una realidad que el todavía arzobispo de Monterrey se negó el día que se reunió con Sandra a aceptar: hay un problema que obispos como él hacen todo para no reconocer.
Baste apuntar que, en México, la CEM, la entidad que Cabrera López presidió, 44 por ciento de las diócesis del país siguen sin cumplir con lo que el papa Francisco pidió en la lógica de crear una comisión para prevenir abusos en cada diócesis, como se puede confirmar en el texto enlazado después de este párrafo en la sección, “Datos de baja calidad”.
Sandra ha logrado procesar el daño causado por las violaciones a las que fue sometida por Morales Manzano en los setenta, pero no fue gracias a alguna ayuda de la institución para la que el depredador trabajaba, a la que, en la lógica de la Iglesia Católica, “dedicó su vida”.
Procesó esa realidad gracias al trabajo que ha hecho por su cuenta en los últimos 50 años, uno de cuyos puntos culminantes ha sido, precisamente la publicación del libro que presentó hoy en Monterrey con Cristina Sada Salinas este martes.
Quienes insisten en negar el alcance del problema han hecho de la sospecha un arte y un arma contra personas como Sandra. Lo hacen al usar la Guerra Cristera y lo que vino después de ella en México como “evidencia” de una gigantesca conspiración anticatólica que amenaza su derecho a creer en Dios.
Lo que pierden de vista es que, al actual así, lisian la capacidad de la Iglesia Católica para comprender el verdadero alcance del daño, pues encuentran más sencillo atacar a sobrevivientes que atraviesan su experiencia en profundo aislamiento, culpa y dolor.
Hace unas semanas, la serie que Los Ángeles Press publica los lunes sobre la crisis de abusos sexuales consideró el caso de Alicia Garza Martínez y la manera en que la Universidad de Monterrey trató de destruirla al correrla de su empleo por pedir que alumnos de una clase de inglés leyeran noticias en inglés que, por razones fuera de su control, incluyeron en algún momento noticias sobre el abuso sexual en la arquidiócesis de Boston.
Estado de sitio
La misma actitud que llevó a la UDEM a despedir a Alicia ha sido taladrada en la mente de los fieles católicos mexicanos hasta hacer de cualquier crítica o señalamiento un ataque y de cualquier crítico un enemigo a quien se debe excomulgar primero y destruir si es necesario.
Lo que el caso de Sandra demuestra es cómo esa actitud, cuando se trata de las víctimas directas de abuso, se convierte en un sistema que encubre el abuso, que lo tolera, lo edulcora, lo alienta e incluso lo premia cuando el depredador es “exitoso” en otras dimensiones de su vida pública, especialmente cuando es un buen organizador y más cuando es, ante todo, un buen recaudador.
Conviene destacar que, aunque Sandra ya no era una niña de diez años, era una adolescente de 16, había vivido toda su vida en “ambientes católicos”, estudiante de un colegio de monjas en Monterrey, sus hermanas trabajaban en la arquidiócesis de esa ciudad y su casa era visitada frecuentemente por jerarcas de la época que, como ella logra demostrar en el texto, ya eran conscientes de lo que ocurría en la parroquia en la ella trabajaba como voluntaria.
Algo que muchos católicos en México y América Latina todavía tienen problemas para reconocer es que las víctimas suelen ser las personas más cercanas a los sacerdotes, las que confían más en ellos por el hecho de ser sacerdotes. Ello hizo de Sandra, una “víctima perfecta” y, como describe ella en su libro, Morales Manzano, “su” depredador era consciente de su poder y de su capacidad para usar esa mentalidad de secta, de estado de sitio, contra una joven de 16 años a quien, en la lógica de Morales Manzano, nadie en el muy católico Monterrey de los setenta le iba a creer.
El vídeo de la presentación en Facebook
El caso de Sandra es, en ese sentido, una calca de lo ocurrido a Silvia, una víctima, también mujer, también objeto de repetidos ataques de al menos dos sacerdotes y de la cultura de silencio, impunidad y encubrimiento mutuo que existe tanto en Monterrey, como en la diócesis de San Juan de Los Lagos, en el corazón del Bajío mexicano. El caso de Silvia está disponible en el texto que aparece enlazado después de este párrafo.
Mismo guión, distintos actores
Lo que es peor, es también del todo similar a los casos de las víctimas de Felipe Berríos en Chile y de Marko Rupnik, en distintos países de Europa, de los que se dio cuenta en el texto enlazado después de este párrafo. Todos ellos contradicen la narrativa perezosa adelantada por Benedicto XVI de que el problema del abuso es un problema de homosexuales infiltrados en la Iglesia Católica como sacerdotes, pues todos son casos de mujeres víctimas.
Y efectivamente, ese el calvario que Sandra narra y al que Rogelio Cabrera López volvió a someterla cuando el arzobispo dedicó unos minutos de su tiempo en 2018 para una audiencia. Lamentablemente, el encuentro sólo confirmó las peores sospechas de Sandra pues enfrentó a un obispo que simplemente quería acabar con el encuentro y pasar al siguiente asunto de su agenda.
Cabrera cumplió 75 años recién en enero de este año, por lo que es inevitable que en cualquier momento se nombre a un sucesor que, si fuera sensato, debería aprender de los errores del actual titular de la arquidiócesis.
El breve libro de Sandra es uno más de los ejemplos que prueban qué peligroso es insistir en presentar los casos de abuso como un problema definido, en mayor o menor medida, en la lógica de la pederastia.
Sandra, como muchas otras personas, mujeres y varones, no fue víctima de abuso cuando era niña. Lo fue cuando ya era adolescente y meses después de haber empezado a prestar sus servicios como voluntaria en las oficinas de una de las parroquias de mayor prestigio en Monterrey.
Apenas antier en estos espacios se daba cuenta del problema que plantea el que para la Iglesia Católica y los medios que cubren lo que ocurre en ella, la atención se centre en la experiencia de quienes padecieron el abuso cuando eran menores de edad.
Después de este párrafo, como PDF, se incluye la introducción y un fragmento del primer capítulo del libro de Sandra Valdez. Quien desee conseguirlo, puede ponerse en contacto directamente con ella en su dirección de correo electrónico ssandravaldez@gmail.com.