El Siqueiros de Julio Scherer
América Tropical en el Homenaje a Siqueiros en Los Ángeles, California. Foto: iqimage.net

Abelardo Gómez Sánchez

Compartir

Agréganos como fuente preferida en Google

"Siqueiros, la piel y la entraña", de Julio Scherer, en el que destaca su oficio periodístico y la vena literaria.

Por Abelardo Gómez Sánchez

Los hay conmovedores, vibrantes, electrizantes, patéticos o punzantemente pavorosos. Otros enternecedores, entusiastas, divertidos, regocijantes o rotundamente hilarantes. El hecho es que los cincuenta y un relatos de Siqueiros. La piel y la entraña de Julio Scherer García (México, D. F., 1926) son la crónica íntima de largo aliento, la concelebración escrita de los sobresaltos retrospectivos o evocativos del artista emblemático que fue David Alfaro Siqueiros (1896-1974). Producto de entrevistas —realizadas durante el último encarcelamiento político (1960-1964) del pintor en el penal de Lecumberri— este libro, publicado originalmente en 1965, explicita su propósito etopéyico, no la denuncia, sino: “saber del personaje como hombre, afán que el pintor desestima”; y agrega: es “una semblanza, el apunte de un carácter”. Así, todos los recursos de aquel periodista treintañero se afinan para oficiar su retrato.

“Siqueiros es como los abultados y estallantes músculos de sus óleos”. Y en este óleo periodístico (acerca de un magistral retratista pictórico: Siqueiros) se trazan rasgos elocuentes de su personalidad. Una decisión narrativa: Scherer elude la consabida cronología del artífice, la de sus haceres político y plástico, para recobrar el tiempo de una estimulante introspección vital. No las externalidades que conformaron una imagen pública hecha para la monumentalidad (por ejemplo el alud declarativo que concitó hace cuarenta años, 6 de enero de 1974, la ceremonia luctuosa del “último Grande de la Edad de Oro del muralismo” dijera Carlos Monsiváis).

Aquí el autor —a contracorriente, y fiel a su itinerario: de la dermis a las vísceras—remonta la inexpugnabilidad del personaje histórico, del conocido teórico artístico e ideólogo político; y nos deja ver las estratigrafías psíquicas de Siqueiros: al pintor primerizo e inseguro que, frente a un divo de Hollywood, Charles Laughton, acompañado de Chaplin y Marlene Dietrich, no sabe cuánto cobrar por sus cuadros. Al preso que anhela muros para vaciar su esteticidad en ellos, pero se ve confinado al caballete: ahí, en Lecumberri, pinta su famoso Visita dominical a la penitenciaría; al revolucionario impertérrito en su autoimagen: “no se quiebra, trabaja su pedestal”. A aquel Siqueiros cuya capacidad de indignación burlesca llama “Gusaneyra” a Alfonso Guzmán Neyra presidente de la Suprema Corte de Justicia en su periodo carcelario.

Ese preso que, aunque flaquea, “al cerrar el día se mira en su propio mural”; pero también, al Siqueiros que en diversas situaciones confiesa un medio atroz: ese loco de desesperanza que, ante el próximo fusilamiento, tiene el impulso, finalmente contenido, de besar las botas de sus inminentes ejecutores. Al niño y adolescente que sufre y despotrica de la relación con su padre —un abogado tan inteligente como prototipo del porfirismo— y adversario político vitalicio; el mismo que, “en una de las últimas veces que lo vio”, ahí en Lecumberri le dijo: “Esta gente no sabe quién eres, no sabe que con tus ideas equivocadas y todo lo que se quiera, estarías dispuesto a morirte en la cárcel antes que renegar de ellas”. Al esposo que desespera ante la tardanza de la visita a la cárcel de Angélica.

Al nacionalista y su conversión de la barbarie revolucionaria en idílico costumbrismo mexicano: en su primer viaje a Europa, y ante un grupo de azorados españoles, narraba: “Hace apenas unos días, antes de embarcar una amiga mía le dijo a otra amiga mía. ‘Oye tú, ¿nos matamos?’. ‘Pues nos matamos’. Y se mataron.” Y para el joven oficial Siqueiros, recién licenciado del ejército revolucionario, en ese hecho de matarse por matarse radicaba lo extraordinario del país. Vemos también su fraternidad polémica con Diego Rivera, su admiración por, y desencuentros con José Clemente Orozco en Nueva York; sus francachelas pantagruélicas con el magnífico compositor de Rapsodia en azul George Gershwin. Y claro, un selecto anecdotario oscuro o luminoso, de ese bestiario, sórdido y sublime, que configuran los personajes de un presidio.

Políptico o discurso narrativo fragmentario, con cincuenta y un facetas, Siqueiros, la piel y la entraña libre de lo cronológico también desdeña el relato lineal —nota innovadora en un libro periodístico que se publicó hace medio siglo—: la secuencia de sus escenas, su disposición estructural, es barajada por el típico impulso de la memoria; y ese es un mérito compositivo central: esclarece la naturaleza caprichosa del recuerdo, su fluir ni rígidamente calendárico ni esclavo de una ruta que va de un antes a un después; sino acompasado por la vorágine intempestiva de lo emocional, por la remembranza como correlato del pathos. De ahí que la destreza del reportero/escritor logra un certero paralelismo literario: que lo que sedimente en la memoria se decante en la escritura.

Siqueiros es de esos personajes cuya prevalencia biográfica es la notación —consonante o disonante— de su época. Y, semblanza personal, el libro es también, a trasluz, estimulante fresco de época. Intermitentemente, aparecen ires y venires cotidianos de la Revolución mexicana, la guerra civil española, los regímenes posrevolucionarios, o la vieja izquierda, esa que inevitablemente encarnó la sintomatología estalinista y en boca de Siqueiros pontificó: “No hay más ruta que la nuestra”.

Por lo demás, en esta ópera prima, se manifiesta el ya conocido estilo de Julio Scherer García: su prosa de la precisión, esa severa perspicacia que se cristaliza en esclarecedora concisión; y una acuñada factura que hace de relatos como “Sólo puede suceder en México” cuentos non fiction bien logrados. Adicionalmente, —el o la atenta lectora ya lo dedujo: esta obra nos permite vislumbrar al Scherer reportero, al informador de hueso colorado, en sus afanes previos a los del ejecutor de la batuta —de alta sonoridad crítica— en sus dos célebres orquestaciones periodísticas: Excélsior (1968-1976) y Proceso (1976-1996). En esta última, como presidente del Consejo de administración, sigue siendo la figura tutelar.

Referencia:

Julio Scherer García, 1996, Ed. Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Lecturas Mexicanas. Cuarta serie, México. D. F.

americatropical

América Tropical, tras Siqueiros. Los Ángeles, California. Foto: www.getty.edu

Agréganos como fuente preferida en Google