Etiopía, la seductora o Ahí tengo que ir
Indígenas del valle del Olmo. Foto: survival.es

Abelardo Gómez Sánchez

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El paralelo etíope de Olavarría retoma la tradición de la crónica de viajes para explorar territorios, culturas y experiencias personales en Etiopía.

Por Abelardo Gómez Sánchez

En su origen occidental —en el registro del acontecer humano que hicieron algunos oriundos de Asia menor, la Anatolia de los antiguos griegos— la crónica abreva en los viajes. El paralelo etíope de Diego Olavarría (Ciudad de México, 1984) cumple puntualmente con esta arcaica y muy sólida tradición que paraleliza relato e itinerario.

La travesía, a la que aquí se nos convoca, pasa por una lista de antojos toponímicos, cuya sola pronunciación nos permite degustar los rasgos de esa lejanía que es la otredad: Adís Abeba, Omo del Sur, el monasterio de Entos Iyesus, Aksum, las iglesias de Lalibela, Harar y las montañas Simien—. Cada uno de estos fragmentos geográficos de Etiopía marcan umbrales que, una vez cruzados o mejor: asumidos por el cronista, desplegarán la diversificación de su registro, y nos revelarán, según la vocación primordial del sitio, las atmósferas históricas, políticas, etnológicas y religiosas, pero también, las enigmáticamente biográficas del autor.

Adís Abeba, primer punto del relato y cuyo nombre significa flor nueva, es la capital de Etiopía, y fue fundada —con el sueño decimonónico del mito del progreso— en 1889 por el emperador Menelik II. Sin embargo, esta ciudad es la promesa de modernidad siempre postergada, la florescencia urbana abortada por convulsiones políticas que, sin importar su signo ideológico-político, han repetido los sórdidos patrones de comportamiento del autoritarismo y el extremo empobrecimiento. En efecto, de la invasión italiana que, de 1936 a 1941, la reconvertirá en Abisinia y parte de la África oriental Italiana, a la instalación noventera del EPRDF encabezado por Meles Zenawi, y pasando por los liderazgos (que de los cuarentas a los setentas del siglo xx fueron alta e internacionalmente esperanzadores) como el de índole anticolonial y panafricana de Haile Selassie, o el de corte socialista conducido por el derg y Mengistu, esta ciudad quedó exhausta. Así lo grita su pasado palaciego convertido en una infraestructura turística destartalada y xenófoba. Así, una miseria que no se instala en la periferia, como es común en el subdesarrollo, sino que hipnotiza por su centralidad al visitante extranjero, y colapsa los sueños del turista incauto.

Tras pisar el valle de Rift, “Edén de los antropólogos”, por los hallazgos paleo-antropológicos que sitúan ahí el origen del ser humano, llega a Omo del Sur, sitio que descaradamente convierte sus culturas originarias en espectáculo etnológico. Ahí se encuentra con los Mursis, etnia celebérrima por la estética del extremo estiramiento labial de sus mujeres para embellecerlos con platos, y quienes, gracias a sus metamorfosis corporales, fortificaron —contra el embate familiar— al quinceañero Olavarría en la certeza espiritual de su argolla en la nariz.

Dos sitios sagrados: primero Aksum, capital de Tigré, provincia famosa por la hambruna de 1983-1985, primera desgracia televisada para todo Occidente. Aksum “la ciudad más sagrada de Etiopía”, y capital del imperio antiguo más poderoso de África: contemporáneo de Atenas y Roma. Después, las iglesias de Lalibela: conjunto formado por tres templos —Bet Mehane, la iglesia de Bet Maryam, y “la más importante”, Bet Giorgis— que son visitados por centenares de miles de peregrinos, que a la vista del autor celebran su heteróclito ritual navideño. O sea, no obstante su magnífico valor arqueológico, se trata de templos vivos.

En Harar, el autor, explota narrativamente sus ricas vetas historiográficas. Destaca la presencia en este inhóspito lugar del vidente de la poiesis Arthur Rimbaud y sus cuitas de mercader. Finalmente, arribará a las montañas Simien, a 3 800 m de altura, será la única ocasión para una comilona, y la aproximación gozosa con un walia ibex: animal del que sólo quedan 500 ejemplares. Aquí confirmará una convicción: los placeres turísticos se basan en la injusticia, y una mezquindad, “fuera de serie” dice Olavarría, contra los nativos.

Capítulo clave es “Cerca de Entos Iyesus”, porque su monasterio es destino imperioso, y trazado —larga, seductora y tenazmente— por esos guiños que surgen desde la ausencia de un rostro que llamamos augurios. Augures que emergen de un cuadro cuyos viajeros etíopes acompañan a Olavarria toda su vida, pero cuyo contenido se le revela tardíamente (el piensa de niño y de adolescente que son lancheros mexicanos) y lo hace exclamar: “Ahí tengo que ir”. El viaje tiene varios inicios, dice Olavarría pero, para mí, el más significativo es el que irrumpe atemporalmente, y es invocado por lo que el romanticismo alemán llamaba las afinidades electivas, fórmula consagrada para nombrar los paralelos existenciales.

Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2015, El paralelo etíope (Fondo Editorial Tierra Adentro, conaculta, Ciudad de México, 2015) es una crónica que le apuesta a la función expositiva de la prosa (a la transparencia descriptiva) pero, también a la reflexión; periplo de un viajero experimentado y documentado que nos libra, respecto al país visitado, de ese velocípedo de la desinformación que es la vorágine noticiosa cotidiana.

Por lo demás, nos corrobora otra de las vocaciones primigenias del género: acercarnos a los otros, para reconocernos en ellos, aportarnos el antídoto espiritual contra los etnocentrismos que surgen en cualquier latitud y en cualquier época: justo como, increíblemente, lo señala Heródoto de Halicarnaso en la época de Sócrates, lo enfatiza Ryzard Kapuściński como elemento central de su pedagogía periodística, y lo incluye en su cerebral reflexión el gran Hegel en su Filosofía de la Historia.

Junio de 2016.

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