Del feminismo sexista sobre el tema de la sexualidad, la perspectiva de María Teresa Döring

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Por Alberto Farfán

Una de las cuestionables contradicciones en que incurren persistentemente algunas de las feministas de hoy, es la relativa a diluirse en la visión que cuestionan. Es decir, ésta las permea hasta reducirlas al sexismo radical. Y no sólo eso, sino que además las conduce a la exposición de argumentos ajenos a una mínima de objetividad.

La psicóloga y doctora en sociología María Teresa Döring realizó una serie de entrevistas con respecto a la expresión sexual de nuestra sociedad, 26 preguntas que se aplican tanto a hombres y mujeres especialistas en la conducta humana como a no especialistas, que se recopilan en el volumen El mexicano ante la sexualidad, libro que ha sido importante al respecto que ya presenta varias ediciones desde que se publicó.

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Desde un inicio, Döring establece que el sexo “está dado por la biología”, en tanto que el género “por las estructuras, valores y normas sociales”. De este modo, el género se constituye en la “introyección de roles, posibilidades y prohibiciones, propiedad e impropiedades asignadas a cada uno de los sexos”.

Llama la atención, por otro lado, que Döring intercale en cada una de las respuestas registradas un comentario posterior. Ya que impide que el entrevistado tenga la posibilidad de puntualizar. Por ejemplo, de cara a las siguientes declaraciones a todas luces de carácter machista e inaceptables, en efecto, nuestra autora inmediatamente intervendrá de forma implacable y pueril, cuando por la obviedad del caso no se requería hacer patente dicha orientación sexista. Esto es, frente al tema de la violación el sacerdote católico expresará: “es el hacer uso indebido” de una persona. Y Döring apuntará: “¿Es posible ‘hacer uso debido’ de una persona?”

Por su parte, el psicoanalista y psicoterapeuta familiar varón expondrá que en primer lugar hay que considerar y tratar al violador, puesto que sufre de “perturbaciones graves”; y posteriormente a la mujer ultrajada, pues “muchas veces esas mujeres violadas en alguna forma están promoviendo o dando la posibilidad de ser violadas.”

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Esto último coincide con lo asentado por el homosexual varón, quien lo sintetiza de manera peculiar, afirmando: “Confucio dice: ‘Disfrútalo y no digas nada’. Es lo que recomienda a la mujer violada y con razón”. Ante lo cual Döring arremeterá con: “¡!¡!¡!¿?¿?¿?*&#%” (sic), cuando ella misma había dicho con respecto a ciertas expresiones verbales (tomar, chingar y otras más contundentes o soeces), que “el lenguaje utilizado refleja una forma de pensar y sentir y, por tanto, de actuar”. (¿Se deduciría entonces que la doctora hubiera golpeado al interfecto sólo por no convenir con ella?).

Pero cuando Döring interviene en las respuestas de las mujeres entrevistadas ocurre algo curioso. Ya no se mostrará inquisitiva, sino complaciente. Pues dice sobre el tema de la manifestación de la sexualidad: “Juzgamos que la búsqueda es válida, aunque no se sepa hacia dónde se llegue, si uno sabe de dónde quiere salir”, cuando la feminista militante asegura que en su medio hay “una especie de gran transición hacia quién sabe qué, pero permeada de una gran confusión respecto de quiénes somos”. (Hay una transición confusa de individuos confusos, pero no importa mientras seas mujer y feminista; sería mi interpretación).

Entre otros puntos más que son adversos a El mexicano ante la sexualidad, se podría concluir que, sin duda, en este libro se confirma la tesis del género, aunque de forma indirecta e involuntaria. Pues si por un lado los entrevistados varones se auto evidencian machistas, en razón de su condicionamiento social; por el otro, la autora hace lo propio en su actitud intransigente para con ellos y con respecto al trato favorecedor otorgado a sus congéneres, lo cual se llama, aseverado por ella misma, sexismo; es decir, la discriminación del otro en función de los órganos genitales correspondientes.

 

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