El Mundial que derriba muros
Jugadores migrantes en un torneo local en México. Foto: Luis Torres / EFE

Daniel Lee

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El talento migrante convierte cada partido del Mundial en una evidencia contra los discursos que presentan la movilidad humana como amenaza.

Por Daniel Lee

Esta noche, México enfrenta a Ecuador en un partido decisivo del Mundial. Ojalá llegue una nueva victoria. Pero, mientras millones de personas estarán pendientes del marcador, vale la pena detenernos unos minutos en una historia mucho más grande que la que ocurre dentro de la cancha.

La Copa del Mundo más vista del planeta se está jugando, en buena medida, gracias a migrantes, refugiados y a los hijos de quienes un día cruzaron una frontera buscando una vida mejor. Es una realidad que difícilmente aparecerá en las conferencias de prensa o en los análisis deportivos, pero que explica una de las mayores contradicciones de nuestro tiempo.

Mientras algunos gobiernos prometen levantar muros, endurecer las políticas migratorias o acelerar las deportaciones, millones de aficionados celebran los goles de futbolistas cuyos padres o abuelos fueron precisamente migrantes. Durante noventa minutos desaparecen los prejuicios. Ya no son extranjeros, solicitantes de asilo o indocumentados; son figuras nacionales, símbolos de orgullo y esperanza.

Este Mundial, organizado por México, Estados Unidos y Canadá, trasciende lo deportivo precisamente por eso. Se disputa en tres países profundamente marcados por la migración y que hoy viven intensos debates sobre fronteras, asilo, deportaciones y seguridad. Sin embargo, mientras esos temas polarizan a la política, dentro de los estadios ocurre exactamente lo contrario: la diversidad une.

Nadie pregunta el origen de los padres del delantero que marca el gol del triunfo. Nadie cuestiona el apellido del portero que detiene un penal. La camiseta nacional basta para que millones de personas los reconozcan como propios. El fútbol está desmontando, partido tras partido, uno de los discursos políticos más repetidos de los últimos años: que la migración debilita a las naciones.

Los hechos cuentan otra historia.

La Organización Internacional para las Migraciones estima que más de 280 millones de personas viven fuera del país donde nacieron. Lejos de representar una carga, investigaciones del Banco Mundial, la OCDE y las Naciones Unidas muestran que la población migrante impulsa la innovación, cubre vacantes en los mercados laborales, crea empresas, paga impuestos y fortalece las economías que la reciben. Sus remesas sostienen además a millones de familias y, en numerosos países, representan una fuente de ingresos superior incluso a la ayuda internacional para el desarrollo.

México conoce mejor que nadie esa realidad. Durante años, las remesas enviadas por las y los mexicanos que viven en el exterior se han convertido en uno de los principales motores de la economía nacional y en el sustento de miles de comunidades. Detrás de esos recursos no hay una amenaza; hay historias de trabajo, sacrificio y una enorme contribución al desarrollo del país.

Lo que sucede en las canchas refleja lo que ocurre todos los días fuera de ellas. Hospitales, universidades, centros de investigación, industrias, empresas agrícolas y tecnológicas funcionan gracias al trabajo de millones de personas migrantes que rara vez reciben el reconocimiento público que sí obtiene un futbolista cuando anota el gol del campeonato.

Desde hace años, organizaciones binacionales como #FuerzaMigrante han insistido en que las comunidades migrantes no deben ser vistas únicamente desde la óptica del control fronterizo o de la asistencia social. Son una fuerza económica, social y cultural que genera inversión, empleo, innovación y desarrollo en ambos lados de la frontera. El Mundial confirma, frente a miles de millones de espectadores, una realidad que la evidencia económica lleva décadas demostrando.

Cada partido deja al descubierto una contradicción imposible de ignorar. Los mismos países que endurecen sus políticas migratorias celebran los triunfos construidos por hijos de migrantes. Los mismos discursos que presentan al extranjero como una amenaza terminan rindiéndose ante el talento cuando ese talento viste la camiseta nacional.

Quizá el trofeo más importante que está en juego no sea el que entregará la FIFA al campeón del torneo.

El verdadero partido enfrenta dos modelos de sociedad.

Uno levanta muros, alimenta el miedo y convierte al migrante en enemigo.

El otro entiende que la identidad nacional nunca ha dependido del lugar de nacimiento, del color de la piel o del apellido, sino de la capacidad de construir un proyecto común. Entiende que el talento no tiene nacionalidad y que la diversidad no debilita a las naciones: las hace más fuertes, más competitivas y más preparadas para enfrentar el futuro.

Hasta ahora, al menos dentro de la cancha, el marcador parece inapelable.

La migración sigue ganando por goleada.

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