¿Mover a México?: el reformismo estructural de Peña Nieto

Guadalupe Lizárraga

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Maestros del CNTE bloquean TV Azteca. Foto: perfil de Martin Moreno

Maestros del CNTE bloquean TV Azteca. Foto: La Jornada

Francisco Bedolla Cancino*

A unos días del primer informe de gobierno de México, el reformismo estructural de Enrique Peña Nieto atraviesa por su peor momento y, de acuerdo a lo que es posible observar, atraviesa por un estado de crisis irreversible y terminal. Las tarjetas que el gobierno de EPN se mandó a hacer para presentarse a sí mismo y a su agenda de gobierno como una fuerza modernizante, a la altura de las expectativas de los poderes globales, marchan aceleradamente en la ruta que conduce al basurero de la historia. La pregunta relevante es ¿por qué el sueño idílico de las reformas estructurales está a punto de convertirse en la peor pesadilla de la elite gubernamental el turno y, posiblemente, de las cúpulas partidocráticas que le impulsaron?

La pinza filosa que se cierne sobre la yugular de El Pacto por México encuentra hoy en el despliegue de la movilización magisterial del CNTE, que amenaza en sus términos la reforma constitucional educativa aprobada hace meses; y en la movilización en ciernes en contra de la iniciativa de reforma, que amenaza con forzar la “vuelta atrás”, en caso de aprobarse ésta en los términos en que fue presentada. Por si eso fuese poco, Andrés Manuel López Obrador está de vuelta en la escena política y, si el termómetro del mitin del 8 de septiembre así lo indica, tendría la mesa puesta para presionar el cierre de dicha pinza. Ironías de la historia: cuando todo parece indicar que el líder opositor de mayor relevancia en los últimos 15 años ha pasado a mejor vida, sus detractores le ponen la mesa para una reactivación triunfal. De nueva cuenta, la pregunta relevante es, ¿cómo ha sido posible dicha paradoja?

Sin que en ello se agote, la clave de las respuestas a ambas interrogantes se encuentra en la evolución histórica de los mecanismos corporativistas prohijados, cuando no directamente generados, por el régimen presidencialista en la década de los treinta del siglo pasado y, de modo particular, por el rumbo en que se enfilaron dichos mecanismos en los dos sexenios de las administraciones panistas, es decir, en el lapso de la orfandad del yugo priista que los forjó y de la férrea y ciega disciplina presidencialista en la que se educaron y operaron durante los casi setenta años de la hegemonía priista.

Para decirlo sin rodeos, el punto es que los mecanismos corporativos, particularmente los grandes sindicatos, lejos de desaparecer con la alternancia panista, ganaron en autonomía respecto de la institución presidencial y se fortalecieron en la negociación con las presidencias panistas de Fox y Calderón que, salvo raras excepciones, encontraron mayor rentabilidad política en aprovecharse de los servicios de representación cupular que en desmantelar las redes administradas por los líderes corporativos de las grandes centrales sindicales. Probablemente, el caso de éxito por antonomasia del corporativismo vigorizado sea el SNTE de Elba Esther Gordillo, pero no el único.

El error en la apreciación de la elite gubernamental, así, estribó en suponer acríticamente que los mecanismos corporativistas, fieles a la costumbre del viejo régimen, se sumarían sin chistar al llamado de su padre genético: el presidencialismo priista; o bien, que una estrategia selectiva de decapitación, al más puro estilo salinista, bastaría para sumar a los mecanismos corporativizados a las exigencias de legitimidad y consenso que reclama el desahogo de la agenda de las reformas estructurales. Por desgracia para EPN y las cúpulas partidarias que le acompañan, las estructuras corporativas tienen vida propia e intereses disonantes con los de la elite gubernamental, y se mueven atendiendo a su propia agenda. Por si eso fuese poco, el propio clima de la competencia política al interior y entre los propios partidos políticos ofrece incentivos poderosos para que las elites conspiren en contra del Pacto y tejan alanzas con las movilizaciones corporativistas.

En el contexto descrito, cobra su justa relevancia el factor AMLO, que puede potenciar e incluso radicalizar las movilizaciones antirreformistas, particularmente las relacionadas con la reforma energética, pero también las relativas a la reforma educativa y a la ya de por sí controversial reforma hacendaria, que contempla tasar con el IVA a los alimentos y a las medicinas. Así las cosas, y para ser justo con los hechos, hay que buscar las razones de la probable debacle reformista del inicio de sexenio en la simplicidad de los diagnósticos y de las estrategias de la coalición pactista, y no en la labor del que actualmente es el principal líder de oposición en nuestro país.

Sin demérito del diagnóstico de que son imperativas las reformas educativa, hacendaria y energética para promover el desarrollo nacional, y pese a las prisas de los cultivadores de las visiones tecnocráticas e ingenieriles del cambio, es punto menos que obligado echar la mirada hacia la pertinencia y la legitimidad de los mecanismos empleados en la construcción y desahogo de la agenda política nacional. A los expertos tecnócratas e ingenieros de la política que, presos de la fascinación por sus modelos y teorías, les estorba y les molesta hacer política, cabe recordarles que el interés público, o se construye politizando democráticamente los temas políticos o no es tal.

Nunca como hoy se revela frente a nuestra mirada la vieja y consabida regla de experiencia de que las grandes transformaciones políticas se logran a partir de la construcción de amplias bases de consenso y legitimidad. Ignorar tal lección nos tiene hoy al borde de una situación de confrontación. Para muestra, un botón. EPN declaró en estos días que el rechazo de los maestros a la reforma educativa es por desinformación. Suponiendo, sin conceder, que eso es cierto, la pregunta es, ¿por qué las autoridades no previeron el tiempo y los recursos necesarios para informar a los maestros y a la opinión pública de las bondades de la reforma?

Quizás en el slogan que cobija a la propaganda gubernamental “mover a México” se encuentre la clave de su debilidad y, eventualmente, de su fracaso. Un proyecto que se coloca a sí mismo en la disyuntiva de apoyarse en un pacto cupular o en un acuerdo nacional, y opta por lo primero, asume los riesgos del rechazo, aún sea por desinformación. El punto, para hacer eco de Arquímedes, estriba en que sin una palanca y un punto de apoyo, que necesariamente es la voluntad nacional de cambio, ninguna ilustrada razón basta para mover a México.

• Analista político

@franbedolla

 

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