Martín Arellano Solorio Viernes, 07 de Agosto del 2020, 11:01
Martín Arellano Solorio
Vivimos un tiempo en que los youtuberos son periodistas y los periodistas youtuberos, y donde los tuiteros son analistas y los analistas tuiteros, paradojas de un tiempo que se derrumba, aunque nunca fue, nunca existió como algo real, siempre fue una fantasía.
Así en un momento de la historia del país en la que se esperaba una reconstrucción después de años de saqueo y corrupción, no solo nos toma el derrumbe de todo el sistema que durante décadas manejo la vida nacional, sino que coincide con el fin de una era en todo el mundo.
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Tal vez la mayor sorpresa ha sido darse cuenta de que, todo el planeta estaba igual, una fantasía llamada democracia manejada por un imperio que ponía e imponía, que decidía a través de otros y que terminó por hundir los principios, valores y cultura del resto de las naciones.
Durante décadas el periodismo se lleno de finas plumas, de bellas voces, de trajes de alta costura y de noticias cortas, seleccionadas, poco profundas y manipuladas.
Quienes hacían el periodismo aprendieron muy rápido que la información deja más fuera de los ojos del lector, del escucha o del televidente, así se construyó una gran empresa que vendía noticias, que convertía la información en un producto terciario, luego de procesarla y darle un sentido que valía más afuera del mercado masivo.
Los lectores y los comentaristas se hicieron de grandes fortunas tan solo por ser la voz y el rostro de los noticiarios de cada día, yates, autos, casas y condominios en Miami eran el precio por ser la voz creíble, por ser el gran embustero de cada día.
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La noticia pasó a ser información, porque ésta se maneja, se manipula y hasta se construye, su venta fue dirigida a los mercados masivos, y se construyó por encargo, hasta que no hubo drenaje que pudiera con tanta basura, hasta que la verdad comenzó a salir por las cloacas de la nación.
Pasó mucho tiempo para que la sociedad comprendiera la verdad, fue el esfuerzo de muchos, con periódicos gratuitos en el metro, en las calles, en autobuses, luego en las redes sociales, vídeos y blogs, hasta que la sociedad se apoderó de las redes y como hongos salen canales de gente que tiene algo qué decir, que quiere compartir algo.
Han aparecido y desparecido personas, otras han perdurado y se han ganado un espacio, con sus errores, con sus limitaciones y a veces con su pobreza en el oficio han logrado avanzar y posicionar la noticia ciudadana, la opinión del pueblo y la fuerza que cada mañana va construyendo un nuevo modo de entender este país.
Es cierto, se siguen nutriendo de las notas de los grandes medios, pocos producen, sin embargo, su mayor logro es la minería de datos, la minería de la información que ha servido para despertar consciencias, para acorralar a quienes por años se pensaron intocables, para señalar y desnudar a quienes ocultaron la información o la torcieron.
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Éste es el gran valor de lo que sucede en las redes sociales actualmente, el riesgo es que se creen ídolos, personajes que se aprovechan del momento, vividores de la coyuntura y del trabajo de otros, que van construyendo sus pequeños imperios y tomando poder, que logran posicionarse y llevar a sus espacios a personajes importantes tan solo por el número de seguidores, incluso a sabiendas de que éstos se pueden comprar.
No producen información, solo venden aquello que la gente desea escuchar, lo que les da fuerza y se convierten en manipuladores de las emociones.
No se puede pasar de la ignorancia al fanatismo, hay la necesidad de construir audiencias informadas no seguidores zombis.
Las redes sociales deben ser libres, y permitir a quienes están en ellas informarse y crecer en la diversidad, hallar más respuestas en la variedad y ser más ricas, lejos de quienes los usan, manipulan y engañan.
No se puede caer en el otro extremo, pasar de vivir dormidos al fanatismo, de tener un periodismo profesional de forma a tener un puesto de verduras, los extremos son malos, y ahora como nunca hay la posibilidad de que todos esos jóvenes yuotuberos se conviertan en medios informativos digitales de alto nivel.
Que aprendan a crecer y a mantener su independencia, sobre todo que puedan reconocer cuando lo que vende es la información y no el formato, no el talk show.
Vivimos tiempos complejos llenos de oportunidad, donde tenemos que apostar a desarrollar mentes más complejas, medios más profesionales, lo cual significa informados y éticos, que cumplan su función social, que permitan a la sociedad estar más alerta y comprometida, que le den a la información su real poder de transformación, lejos del poder de despertar la codicia de algunos como ahora sucede.
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