Los Juegos Olímpicos: un encuentro de dignidad
Juegos Olímpicos

Martín Arellano Solorio

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Martín Arellano 

Los juegos de la esperanza, de miles de jóvenes luchando por un sueño, de miles de rostros mostrando su mayor esfuerzo, está el reflejo de lo que nos hace verdaderamente humanos, la hermandad, la fraternidad, la ilusión por un mundo en paz.

Más allá del grotesco negocio que impide que millones puedan ver el ejemplo de miles de jóvenes y convertirlos en su modelo de vida, está eso, que la juventud llama a la juventud, que los sueños deben atraer a los sueños, no es fácil, tras cada mujer u hombre que está en la justa, hay muchos años de trabajo, de esfuerzo, de dedicación.

El ser atleta de alto rendimiento es todo un reto, tal vez habría que dejar a la tecnología de los trajes, equipos y materiales fuera, tal vez va más allá de lo razonable, sin embargo, diez mil horas requiere un atleta para dominar una disciplina, falta agregar las horas de competencia en ese nivel, donde ya hay otros antes, que no sólo han acumulado capacidad, sino también experiencia, han aprendido a “jugar el juego”, esto significa algo más allá del dominio técnico y la capacidad física, es una habilidad que permite al atleta influir en su contrincante, administrar los momentos de acuerdo a las circunstancias y el resultado, es algo que muchos nunca aprenden.

Han terminado los juegos, donde miles son el ejemplo para millones que en muchos casos solo los ven como diversión o como algo lejano en sus vidas, los juegos donde lo sueños están en cada arco, en cada salto de caballo, en cada brazada; en cada bloqueo en la red; en cada rostro que se aprieta, en cada brazo que cruje; en cada grito de esfuerzo; en cada mirada perdida en el campo; en la fosa o en el gimnasio.

El deporte inicia como un juego, luego como un sueño, luego como todo para quien compite, es dejar amigos y fiestas, es sacrificar viajes y comidas, es mirar de lejos cumpleaños y fiestas especiales, luego es tener a toda esa gente que te ha apoyado tras la pantalla de televisión, sintiendo que se le sale el corazón de orgullo, que llora y que ríe, que impulsa a miles de kilómetros de distancia.

El deporte es como un hijo que inicia para muchos boteando en camiones y calles ante la falta de apoyo, luego siguen los primeros grandes triunfos que a nadie le importan, que no salen en los medios, hasta que comienzan las olimpiadas estatales, luego las nacionales y entonces aquellos que nunca sintieron interés están ahí, tratando de llevarse una historia que no les pertenece, porque nunca estuvieron presentes.

Al tiempo, vienen centroamericanos, panamericanos, campeonatos del mundo y olímpicos, una vida de por lo menos 10 años dedicados, de vidas entregadas, para que su historia se defina en 10 segundos, en un salto mal ejecutado, en una caída del caballo o simplemente en un mal día, porque no nos han enseñado a respetar al deportista, a reconocerlo más allá de una medalla, porque no se le sigue, poco o nada se sabe de él, su camino rumbo a cada competencia se desconoce, solo se menciona si ya llegó a la final, si ya está cerca, porque nos hicieron resultadistas y a los medios carroñeros.

Los juegos son sin duda el sitio más digno para ver lo más hermoso de la juventud humana, su esperanza, su ilusión, su energía, su humanidad puesta en toda su capacidad en cada competencia, más allá de la grosera e inmoral comercialización y del significado político, los juegos valen la pena por ver cada rostro, cada esfuerzo, cada lágrima y cada sonrisa de esos jóvenes que viven su gloria tan solo por haber llegado, por estar con otros y compartir su humanidad, su cultura, su historia y la fuerza de su gente.

 

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