La política desprecia el sacrificio de millones de migrantes mexicanos
Trabajadores migrantes en los campos estadounidenses. Foto: cibercuba.com

Daniel Lee

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Los migrantes sostienen a millones de familias, pero reciben indiferencia y cálculos partidistas desde México.

La mezquindad de la política frente a la grandeza del sacrificio de nuestros paisanos migrantes.

Por Daniel Lee

Tal vez el voto migrante no haya sido decisivo en las elecciones pasadas ni lo sea en las futuras —espero no sea así—. Pero reducir la importancia de la comunidad mexicana en el exterior a una cuestión electoral sería un error monumental. Los migrantes representan mucho más que una bolsa de votos: constituyen una fuerza económica, social y moral que sostiene a millones de familias y mantiene vivo el vínculo entre dos naciones.

La política mexicana tiene una deuda histórica con ellos. Y cada vez que los partidos privilegian sus disputas internas por encima de la defensa de quienes sostienen al país desde el extranjero, esa deuda no hace más que crecer.

Y mire usted, hay causas que deberían estar por encima de los partidos, de las disputas ideológicas y de los cálculos electorales. La defensa de los migrantes es una de ellas. Sin embargo, una vez más, la clase política mexicana demostró que, cuando se trata de anteponer intereses partidistas al bienestar de millones de compatriotas, las convicciones suelen ceder ante la conveniencia.

A los migrantes mexicanos, nuestros paisanos, no se les puede ni se les debe regatear absolutamente nada. Mucho menos la solidaridad. Son ellos quienes, desde hace décadas, han cargado sobre sus hombros una parte fundamental de la economía nacional. Son hombres y mujeres que abandonaron sus hogares para enfrentar la discriminación, la persecución y la incertidumbre para ofrecer una vida mejor a sus familias. Mientras muchos políticos construían carreras y discursos desde la comodidad de sus oficinas, millones de trabajadores sostenían jornadas extenuantes en campos agrícolas, restaurantes, hoteles, obras de construcción y servicios domésticos.

Las cifras hablan por sí solas. Año tras año, el dinero enviado desde el extranjero sostiene a millones de hogares, revitaliza economías locales y amortigua las profundas desigualdades que persisten en numerosas regiones del país. Pero el aporte de la diáspora mexicana no se limita al ámbito económico: también ha sido indispensable para el funcionamiento de amplios sectores productivos en Estados Unidos. Sin la mano de obra migrante, buena parte de los servicios que hoy disfrutan millones de estadounidenses simplemente no existirían.

Por eso resulta incomprensible —y profundamente mezquino— que algunos actores políticos hayan decidido dar la espalda a un pronunciamiento colectivo en favor de los derechos de los mexicanos que viven y trabajan fuera del país. Lo que estaba sobre la mesa no era un respaldo al gobierno en turno ni una adhesión ideológica a Morena; se trataba de enviar un mensaje de unidad frente a los abusos, las deportaciones y el endurecimiento de la política migratoria impulsada por Donald Trump.

Imagen elaborada con IA por el autor.

Sin embargo, el cálculo político volvió a imponerse. El PRI fue el primero en desmarcarse. Alejandro Moreno Cárdenas rechazó sumarse al posicionamiento bajo el argumento de que no estaba dispuesto a compartir una causa con quienes, según él, mantienen vínculos con la delincuencia. La postura no solo resulta contradictoria, sino profundamente oportunista. Pretender dar lecciones de autoridad moral desde un partido marcado por décadas de escándalos de corrupción y descrédito político constituye, cuando menos, un ejercicio de cinismo.

¿De verdad piensa la dirigencia priista que los migrantes desconocen la historia política del país? ¿Cree que quienes han vivido durante años en Estados Unidos ignoran los señalamientos que pesan sobre distintos actores del sistema político mexicano? La comunidad migrante no vive aislada ni es ajena a la realidad nacional. Sabe perfectamente que ninguna fuerza política está exenta de errores, excesos y contradicciones.

El caso del PAN tampoco estuvo libre de matices. Mientras la diputada Kenia López Rabadán decidió respaldar el pronunciamiento del Congreso en favor de los migrantes, una parte importante de su bancada optó por mantenerse al margen. La decisión evidencia las tensiones internas de un partido que, por un lado, intenta presentarse como defensor de los mexicanos en el exterior y, por el otro, ha alimentado narrativas que terminan fortaleciendo los discursos más agresivos de la política estadounidense.

No deja de llamar la atención que algunas de las voces más críticas del oficialismo mexicano hayan recurrido sistemáticamente a la denuncia internacional y al señalamiento constante de supuestos “narcopolíticos”, buscando incluso la intervención de autoridades estadounidenses. Pero cuando se trata de construir una posición común para exigir respeto y justicia para millones de connacionales, las diferencias partidistas reaparecen y desplazan el interés colectivo.

La comunidad migrante jamás ha condicionado su respaldo al país según el partido que ocupe el poder. Su compromiso con México ha permanecido intacto a través de distintos gobiernos y coyunturas políticas. Entendieron, desde hace mucho tiempo, algo que buena parte de la clase política parece incapaz de comprender: que la nación está por encima de cualquier disputa electoral.

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