El otro poder de Texas habla español
Mexicanos participan en la economía de Texas desde el trabajo, el emprendimiento y los negocios que conectan a ambos lados de la frontera. Foto: Dallas News.

Daniel Lee

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Texas se beneficia del trabajo, el consumo y los negocios de origen mexicano, con una influencia social que sigue creciendo.

Por Daniel Lee

El dinero, el trabajo, los negocios y el peso demográfico de los mexicanos están transformando Texas. Su influencia crece, pero el gran desafío sigue siendo convertir esa fuerza económica y social en poder político efectivo.

Texas tiene sus contrastes: mientras algunos sectores políticos convierten la migración en bandera electoral y endurecen sus discursos contra los extranjeros, la economía del estado depende, en buena medida, del trabajo, el consumo, el talento y la iniciativa empresarial de la población de origen mexicano.

El poder mexicano en Texas no necesita presentarse con un solo rostro. Está en el trabajador que levanta edificios, en la mujer que administra un negocio familiar, en el empresario que cruza mercancías por la frontera, en el profesionista que dirige una compañía y en las nuevas generaciones que crecen entre dos idiomas, dos culturas y una misma realidad económica.

No se trata solamente de cuántos mexicanos viven en Texas, sino de cuánto pesa su presencia en el destino del estado.

Durante décadas, la imagen dominante del mexicano en Estados Unidos estuvo asociada al trabajo físico, a los salarios bajos y a la vulnerabilidad migratoria. Esa realidad persiste para millones de personas, pero resulta insuficiente para explicar la dimensión actual de una comunidad que participa en prácticamente todos los niveles de la actividad económica.

En Texas, la relación con México no es un asunto distante ni una cuestión exclusivamente diplomática. Es parte de la vida cotidiana. El comercio fronterizo, las cadenas de suministro, la industria manufacturera, la construcción, la agricultura, los restaurantes, los servicios y las inversiones mantienen una relación permanente entre ambos lados de la frontera.

Cada mercancía que cruza, cada empresa que contrata trabajadores y cada negocio que atiende a consumidores mexicanos forman parte de una red de interdependencia que difícilmente puede romperse mediante discursos políticos.

Texas necesita a México, pero también necesita reconocer el valor estratégico de los mexicanos que viven dentro de sus propias fronteras.

Del trabajo al poder económico

El verdadero cambio está en la transformación de la comunidad mexicana. Ya no basta con describirla como una reserva de mano de obra. También es una fuerza emprendedora, un mercado de consumo, una fuente de talento profesional y una conexión privilegiada con una de las economías más importantes del mundo.

Miles de familias mexicanas han construido patrimonio mediante pequeños comercios, empresas de servicios, restaurantes, compañías de transporte y actividades vinculadas con la construcción. Otras han abierto camino en la educación superior, la tecnología, la medicina y las profesiones especializadas.

Ese patrimonio tiene un significado que trasciende lo individual: genera empleos, paga impuestos, mueve el consumo y contribuye al crecimiento de las comunidades donde se establece.

A ello se suma una realidad estratégica: la cercanía con México convierte a Texas en una plataforma privilegiada para los negocios binacionales. Las empresas necesitan trabajadores, proveedores, consumidores y conexiones comerciales; los empresarios mexicanos conocen mercados, idiomas y redes que pueden facilitar esas relaciones.

Sin embargo, existe una contradicción que debe señalarse. La contribución económica de los mexicanos no siempre encuentra correspondencia en el reconocimiento social ni en la representación política. Se les necesita para producir, construir y consumir, pero una parte de ellos continúa enfrentando discriminación, inseguridad jurídica y obstáculos para acceder a mejores oportunidades.

El siguiente paso: convertir influencia en decisiones

El poder mexicano en Texas también se juega en las urnas, en las instituciones, en las organizaciones comunitarias y en la capacidad de incidir en las políticas públicas.

Pero la población de origen mexicano no constituye un bloque político uniforme. Sus integrantes tienen distintas posiciones ideológicas, prioridades económicas y experiencias migratorias. Su fuerza no depende de pensar todos igual, sino de construir agendas comunes en asuntos fundamentales: educación, seguridad, empleo, desarrollo empresarial, derechos civiles y oportunidades para las nuevas generaciones.

La ciudadanía estadounidense abre una vía directa de participación electoral. Las organizaciones comunitarias, las cámaras empresariales, los sindicatos y los liderazgos locales ofrecen otras formas de intervención. A su vez, quienes no pueden votar también contribuyen a la vida económica y social, aunque enfrenten mayores limitaciones para influir en las decisiones que afectan sus vidas.

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