Rodolfo Soriano-Núñez Lunes, 21 de Julio del 2025
El caso Epstein ofrece lecciones a organizaciones religiosas dispuestas a aprender algo de él.
Hay en el caso Epstein una advertencia para los grupos religiosos que alimentan teorías de conspiración y convierten a sus fieles y a ellos mismos en peones.
Por Rodolfo Soriano-Núñez
En las últimas dos semanas, desde el lunes 7 de julio, ha sido imposible ver algún noticiero, programa nocturno o podcast sin encontrar comentarios sobre la decisión de Donald Trump de traicionar sus promesas de abrir los llamados “archivos de Epstein”.
Si uno ve programas de Estados Unidos, Canadá, Francia, o Alemania, lo mismo que, noticieros en español, es imposible olvidar a Epstein.
El objetivo de Trump, al parecer, no ha sido resolver el problema, sino cambiar la narrativa dominante a temas más cercanos a sus intereses. Trump hizo, el miércoles 16 de julio, severas críticas al gobierno de México por su manejo de las organizaciones criminales. Anunció, para inyectar otra noticia, la firma de una ley para “parar el fentanilo.”
A pesar del intento de desviar la atención, uno de los muchos durante la última semana, durante una especie de conferencia de prensa en la ahora “dorada” Oficina Oval, el mismo miércoles Trump dijo que no necesita el apoyo de quienes piden todo el archivo del caso Epstein. Sin embargo, el jueves por la noche, ofreció divulgar algunos documentos en el testimonio del Gran Jurado que consideró originalmente el caso.
Jeffrey Edward Epstein, un financiero con sede en Nueva York ha sido el protagonista de un drama que abarca casi dos décadas, cuyos muchos crímenes fueron una de las armas preferidas de las campañas presidenciales de Trump en 2016, 2020 y 2024.
Él fue la cabeza visible de una red dedicada a atacar mujeres, tanto menores como adultas, con la ayuda de Ghislaine Maxwell. Ella es una relativamente próspera integrante de las élites británicas, quien reclutaba víctimas para Epstein. Aunque es imposible fijar una cifra definitiva, en 2021, se habían recibido un total de 225 solicitudes de compensación para el fondo creado por las autoridades, el Programa de Compensación de las Víctimas de Epstein o Epstein Victims' Compensation Program (contenido en en inglés). Sin embargo, el 10 de julio pasado, nuevos cálculos del número de víctimas ponían la cifra en un mínimo de mil (abre contenido en inglés).
Epstein habría cometido suicidio el 10 de agosto de 2019, en una prisión en la ciudad de Nueva York bajo el control del gobierno federal de los Estados Unidos durante la primera presidencia de Trump (2017-21). Maxwell está en una cárcel de Estados Unidos luego de un juicio que la declaró culpable y la condenó a una pena de prisión de 20 años.
El 16 de julio, Mike Pence, el exvicepresidente de Trump le llamó a liberar todos los archivos de Epstein. Le instó a dar los hechos a Estados Unidos, según reportó CBS (contenido en inglés).
Dado el rechazo de Trump a nombrar a un fiscal independiente, las facciones más radicales de MAGA ahora lo acusan a él de ser el “Estado profundo”, una de una familia de teorías de conspiración comunes en las narrativas populistas.
MAGA y otros grupos la usan para impulsar una narrativa simplista para explicar cualquier dificultad. Sin importar el problema, la idea del “Estado profundo” permite culpar a una élite que toma decisiones clave, de arruinar el mundo.
Y, más notable, la narración “explica” cualquier dificultad concreta que se aborde en cualquier momento. En estas narrativas simplistas, hay ecos de las antiguas teorías de conspiración capaces de explicarlo todo como el clásico del género: Los protocolos de los sabios de Sión.
Elites malévolas
No repiten lo dicho por los espías del zar ruso en el siglo XIX, pero la narrativa del “Estado profundo” habla de una vasta conspiración global, no necesariamente dirigida por potentados judíos, tan perjudicial como la presente en los Protocolos.
Tanto los Protocolos como la narrativa del “Estado profundo” plantean la existencia de una élite oculta, poderosa y malévola, que manipula en secreto el mundo para su nefasto beneficio. Ambas narrativas explican problemas complejos gracias a marcos simplistas, que lo abarcan todo y suelen identificar un enemigo común.
Ofrecen buenos lemas para promover una narración sobre un gobierno fuerte que realmente aborda cuestiones apremiantes, incluso si lo hace a expensas de los derechos de minorías convenientemente deshumanizadas.
Tanto los Protocolos como la narrativa del “Estado profundo” prosperan gracias a una dicotomía de “nosotros contra ellos”, con un enemigo común, un grupo o entidad (pueblo judío en los Protocolos, los globalistas o “wokes” en el “Estado profundo”) como causa de la erosión de la vida pública y todos los males.

Ambas narrativas fomentan una profunda paranoia, que alienta la desconfianza en las instituciones establecidas, incluido el poder judicial, los medios y, a menudo, procesos democráticos. Sugieren que los líderes visibles son simples títeres, y el verdadero poder se encuentra en los líderes de la conspiración.
Una cepa de la narrativa del “Estado profundo” tiene como núcleo una teoría de conspiración que involucra a organizaciones globales como Naciones Unidas. Ven a estos y otros organismos surgidos en la postguerra como títeres de quienes impulsan cambios para destruir identidades nacionales, religiosas o sexuales.
Lo hacen incluso al tomar elementos de su narrativa de obras de ficción, como las novelas del Código Da Vinci al presentar a la Organización Mundial de la Salud como tenedora de un escuadrón de operaciones capaz de prevenir las pandemias, sin que haya evidencia de ello. En realidad, como probaron las variadas respuestas a la pandemia del coronavirus, el poder es de los Estados nacionales.
Otras cepas siguen la idea de las minorías como fuerzas detrás de crímenes indescriptibles, que van desde la pedofilia hasta el robo de mascotas. Un ejemplo del uso de la pedofilia es la cinta Sound of Freedom o Sonido de libertad, del actor mexicano de telenovelas y aspirante a político Eduardo Verástegui.
En 2023, Los Ángeles Press publicó una serie sobre la relación de Verástegui con MAGA. La última entrega de la serie aparece después de este párrafo.
Sound of Freedom pretende retratar el modus operandi de uno de esos grupos, un grupo de poderosos financieros y políticos involucrados en la trata de menores de edad usados en beneficio de figuras públicas acusadas de pedofilia como Epstein. Sound of Freedom pretende ser un relato realista de los esfuerzos de heroicos agentes de la ley en Estados Unidos que trabajan contra los deseos de sus superiores para desenmascarar a los culpables y rescatar a las víctimas.
Un ejemplo de la variedad que involucra a las mascotas en esa narrativa la lanzó el propio Donald Trump cuando atacó a los inmigrantes haitianos en Springfield, Ohio. Dijo, durante un debate de 2024, sin pruebas, que los haitianos se comían a las mascotas de sus vecinos. Y lo que es peor, cuando se le hacía ver que no había evidencia de ello, se decía víctima de los medios.
Lecciones para la Iglesia Católica
A pesar de que el interés primario de esta serie es el abuso sexual del clero, la debacle de Epstein ofrece una oportunidad para considerar posibles lecciones para la Iglesia Católica y otras instituciones religiosas, derivadas de la rebelión en curso en el “bajo vientre” del movimiento Make America Great Again, MAGA.
Ya en enero, esta serie profundizó en las posibles implicaciones para la Iglesia Católica en los Estados Unidos del aparente interés de un ala dentro del movimiento MAGA para politizar el problema del abuso sexual.
Entonces se publicó un texto, disponible después de este párrafo, que narra cómo, al inicio de la nueva presidencia de Trump, se atacó sin base a Mark Seitz, obispo de El Paso, al presentarlo como líder de un grupo de tráfico de menores.
A pesar de que carece de fundamento, hubo quienes, al menos en redes sociales, se identifican como católicos y siguen, todavía ahora, dispuestos a compartir mensajes en que se ataca a Seitz y otros obispos estadounidenses.
Lo hacen con la excusa que ofrece el llamado movimiento Rad-Trad, una suerte de apócope para radicales tradicionalistas, que ataca con argumentos plagiados de los Protocolos, la reforma litúrgica del papa Pablo VI, a quien presentan como hereje por cambiar la manera de celebrar la misa. Dado que obispos como Seitz aceptan esta reforma y celebran misa en la lengua vernácula se les descalifica como herejes, indignos de confianza.
Para comprender mejor los ataques de algunos católicos contra sus líderes es posible leer el texto vinculado antes de este párrafo, sobre el obispo emérito Joseph Strickland, un favorito de los católicos cercanos a MAGA.
Roma pidió la renuncia de Strickland por las repetidas insinuaciones de herejía que hizo como crítica de las decisiones del papa Francisco que supuestamente rompían con la doctrina católica, lo que implicaba herejía. Lo hacía al presentarse como heraldo de una resistencia, leal a una identidad católica “pura”.
Esta narrativa que habla de traición resuena en la base católica que en Estados Unidos ha sido nutrida por una idea de presunta pureza basada en su preferencia por la “Misa tradicional en latín”, con el añadido de repetidos ataques contra los migrantes, a quienes se describe como criminales, pero también como una amenaza vital, que encuentra un ejemplo en la mentira de Trump acerca haitianos que roban mascotas en Ohio para comérselas, según el argumento de la teoría del “gran reemplazo”.
Incluso Elon Musk, originalmente considerado el jefe de facto del Departamento de Eficiencia del Gobierno (DOGE) de Trump y quien ahora vive un amargo “divorcio” con su antiguo jefe, estaba dispuesto a atacar a las iglesias por recibir dinero del gobierno de Estados Unidos para ayudar a reubicar a refugiados.
Gambito adelante
Los refugiados solían ser individuos reconocidos por el gobierno de Estados Unidos como víctimas en su país de origen. Pedir a las iglesias que ayuden a reubicar refugiados en Estados Unidos solía ser una práctica legal. El 12 de mayo, Trump pidió a la Iglesia Episcopal, la rama ene ese país de la Iglesia Anglicana, ayudar a reubicar a sudafricanos blancos aceptados por Trump como refugiados.
Consciente del gambito que enfrentaba, la Iglesia Episcopal de inmediato, ese día, rechazó el contrato y concluyó su trabajo en ese tema para el gobierno de los Estados Unidos.
Un texto más reciente, vinculado después de este párrafo, advirtió sobre el contradictorio interés de MAGA en el abuso sexual. Se hacía notar su uso del tema como un arma al tiempo que atacaban compromisos de la Iglesia Católica, con orígenes en el siglo XIX, para ayudar a inmigrantes que llegan a Estados Unidos.
Como se señala allí, a pesar de lo mucho que Trump había dicho en su campaña de 2024 sobre “liberar” los archivos de Epstein, hubo un esfuerzo más entusiasta y concreto, por ejemplo, para apoyar a personas con acusaciones de abuso sexual como los influencers británico-rumanos Andrew y Tristan Tate.
Los Tate merecerían un libro por su cuenta; baste decir en este punto que los hermanos, ídolos de MAGA, en un momento pudieron salir de manera controvertida de Rumania y viajar a Estados Unidos.
Esta libertad temporal ha sido, por ahora, ampliamente celebrada por sus fieles como una exoneración de facto, algo percibido a menudo como un triunfo gracias a la influencia de Trump. Tanto, que la narrativa de la relación de Trump con los Tate solía bordear una campaña de publicidad que incluyó a Donald Trump Jr., quien presentaba la intervención de su papá como un “rescate”, una suerte de refrito para redes sociales de Salvar al soldado Ryan, la cinta de Tom Hanks.

Este resultado solidificó la narrativa de los Tate como “héroes virtuosos” o “víctimas de un sistema corrupto y woke”, que les hace favoritos de MAGA. Lo han logrado, a pesar de enfrentar severos cargos por trata de personas y la violación en Rumania, el Reino Unido y Estados Unidos
Andrew Tate es un converso al islam que critica públicamente al cristianismo por su supuesta suavidad o feminidad. La forma en que predica sobre la “masculinidad”, o sobre la traición de “tradiciones” occidentales de masculinidad, implica el rechazo del liberalismo político, de manera similar a otras figuras de MAGA, desde el exprofesor canadiense Jordan Peterson hasta el vicepresidente de Trump, J. D. Vance.
El “orden del amor” según MAGA
Vance, el actual vicepresidente, se dice católico, pero siempre está más preocupado por quedar bien con Trump. Desdeñó la interpretación crítica que el papa Francisco ofreció del llamado Ordo Amoris u orden del amor, un elemento clave de la doctrina católica derivada de san Agustín. Otro texto, de febrero, unas semanas antes de la muerte del pontífice, disponible luego de este párrafo, trata la confrontación entre Francisco y el presuntamente católico Vance.
Los Tate, como otros líderes de opinión en MAGA, promueven lo que algunos observadores ven como formas de fe “musculares”, incluidos elementos dentro de la ortodoxia cristiana, y el catolicismo “tradicional”, pero también en algunas ramas del islam, que critican a Occidente por su comprensión “afeminada” o “woke” de los derechos humanos, el acceso a oportunidades, el papel de la ley y el Estado.
La popularidad de los Tate se alinea con su respaldo al ideal de roles de género tradicionales. Para ellos, la única diferencia es el sexo biológico (varón vs mujer), que lleva al rechazo del matrimonio de personas del mismo sexo, por ejemplo.
Además, la ayuda que Trump ofreció a los Tate se alinea con un patrón consistente de socavar procesos judiciales independientes tanto en Estados Unidos como en otros países. A Trump se le conoce por su interferencia cuando los sistemas de justicia apuntan a sus aliados o enemigos
Por ejemplo, emitió decretos para sancionar al Tribunal Penal Internacional (TPI) y a sus funcionarios, al descalificar sus procesos, particularmente los que se refieren a Israel, como “ilegítimos” y “sin fundamento”.
La actitud de Trump es más preocupante ya que al TPI ofreció justificaciones detalladas para sus acciones, incluida su decisión de buscar el arresto del actual primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu. Más recientemente, ha denunciado agresivamente el juicio en Brasil del expresidente Jair Bolsonaro por su intento de liderar un golpe de Estado, que Trump considera una “cacería de brujas”. Para ayudar a Bolsonaro, Trump amenaza a Brasil con aranceles.
Esto contradice la reciente historia judicial de los Estados Unidos. Ese país estaba a la vanguardia de la atención del abuso sexual, sea del clero o no. La naturaleza del derecho consuetudinario, la Common Law, y el sistema de justicia en Estados Unidos, con la elección de los fiscales y la mayoría de los puestos judiciales, le permite abordar problemas relativamente nuevos u oscuros.
Ambos lados de la frontera
Esas características dieron a Estados Unidos una clara ventaja sobre los países que siguen las tradiciones de una ley escrita altamente codificada propias del derecho romano y el francés. Una entrega de esta serie comparó las diferencias en el manejo dado por las diócesis de El Paso, Texas y Ciudad Juárez, Chihuahua, al abuso sexual del clero. Mientras que El Paso ofrece un grado de atención, en Ciudad Juárez se ignora. El texto aparece después de este párrafo.
Luego, en dos textos separados, esta serie ofreció una comparación similar entre la respuesta de las diócesis católicas en California, Estados Unidos, y la actitud desdeñosa que uno encuentra en las diócesis mexicanas de las Baja Californias.
La flexibilidad del sistema de justicia de Estados Unidos, verificable en innovaciones, como las “ventanas retrospectivas” (look-back windows) en California y Nueva York, hicieron creíble e incluso plausible, al menos a los ojos de las facciones más radicales de MAGA, la idea de algún tipo de investigación real y definitiva para explicar quién estaba detrás del círculo de abuso sexual de Epstein.
El caso de California y el mecanismo que se usó ahí fue un elemento clave del texto sobre las diócesis católicas en ese estado, vinculado luego de este párrafo.
Las diócesis de Baja California y Baja California Sur siguen, en su mayor parte, la misma plantilla que la de Ciudad Juárez. Baste decir que ni Ciudad Juárez ni Tijuana, la metrópoli de las diócesis en las Baja Californias, tiene una comisión para al menos prevenir el abuso sexual del clero.
Como se narró en el texto sobre California, Nueva York usó un mecanismo similar y ahora diócesis como la de Búfalo recauda dinero de sus cada vez menos fieles para pagar los muchos encubrimientos perpetrados allí.
La confianza de MAGA en Trump no tenía que ver con el abuso sexual. Se trataba de exhibir el funcionamiento, el engranaje, del “Estado profundo”, tema recurrente de MAGA, que hablaba de un Pizzagate. Esta suerte de “escándalo” hablaba de la existencia de pizzerías en Washington, D.C., donde había menores sometidos a abuso por altos cargos de los gobiernos de Clinton y Obama.

E incluso si el Pizzagate de 2016 ha sido mayormente desacreditado, se nutrió y vinculó con un linaje de teorías de conspiración y pánicos morales similares acerca de menores víctimas de abuso a manos de élites anónimas. Muchos de esos escándalos, antes de Internet, tuvieron consecuencias concretas en Europa antes de 2016, desde los ochenta, cuando el “Pánico moral del abuso ritual satánico (SRA)” sacudió a países de Europa occidental.
Que Trump no es un campeón contra el abuso sexual se confirma porque fue declarado culpable de atacar a E. Jean Carroll y, según sus propios alardes, por la manera en que atacaba a mujeres en el así llamado Access Hollywood Tape. A pesar de eso, él y su equipo insistieron que “iría a fondo” en el caso Epstein, lo que alimentó las expectativas sobre el tema.
El recuento de los daños
Hay posibles consecuencias políticas para Trump, incluso si falta hay poco más de un año para las elecciones intermedias en su país. Dejando de lado ese problema, la decisión de Trump de no liberar los archivos del caso Epstein es una debacle.
Para comprender el alcance se pueden ver algunos datos duros: el recuento de los daños. Y a diferencia de otros temas, donde Trump parece tener un control firme, ahora hay evidencia de daño a sus números. El 15 de julio, CNN publicó datos de una encuesta realizada para ellos por SSRS entre el 10 y 13 de julio.
Ahí se ve que 50 por ciento de los adultos estadunidenses, independientemente de su preferencia política, están insatisfechos con la forma en que Trump ha manejado, hasta ahora, el caso Epstein. La encuesta de SRSS está disponible aquí en inglés.
A diferencia de encuestas en otros temas en los que la mayor parte de la insatisfacción refleja la preferencia por uno u otro partido, en este tema, el 43 por ciento de esos adultos que se dicen republicanos dicen estar insatisfechos, y proporción crece para los demócratas al 60 por ciento. Sólo cuatro y tres por ciento, respectivamente, se dicen satisfechos con el manejo del caso Epstein.
Esto es aún más perjudicial ya que los demócratas del Congreso han presionado a sus colegas republicanos en la mayoría para abordar el problema. Algunos republicanos parecen estar preocupados por su futuro. El jueves 17 de julio, había noticias de un intento de los republicanos en la cámara baja para obligar a la Casa Blanca a actuar sobre este tema. Ello ocurrió poco más de 24 horas después de que el Departamento de Justicia despidiera a Maurene Comey, sin ninguna razón.
Ella es la hija del exdirector del Buró Federal de Investigaciones, James Comey, pero más importante, ella era hasta ese día la fiscal federal en Nueva York, y como tal, trató en algún momento de su carrera con el caso Epstein. Maurene Comey era, según NBC News "la más importante fiscal para temas de tráfico sexual en Estados Unidos”. Cesarla sin explicación alguna complica aún más el manejo del caso Epstein.
Atmósfera de aturdimiento
En general, presenciamos las muchas fallas de los sistemas de justicia, incluso en países que siguen la tradición más flexible de derecho consuetudinario, como Estados Unidos o el Reino Unido, que continúan dañando a las víctimas y sus familias, fomentando así una atmósfera de aturdimiento, del llamado gaslighting.
Refuerza patrones que convierten a las víctimas de abuso sexual en peones de complejas dinámicas de poder, mientras se ignoran sus necesidades, lo que lleva a la angustia que, a menudo, conduce al suicidio y otras formas de autolesión.
El más reciente de estos casos ocurrió hace menos de tres meses. El 25 de abril, varios medios de comunicación informaron el suicidio de Virginia Giuffre. Ella ganó notoriedad porque, además de acusar a Epstein, ofreció detalles de la forma en que el financiero con sede en Nueva York tejió intrincadas complicidades con miembros de las élites mundiales, incluido el príncipe Andrés, hermano del rey Carlos III del Reino Unido.
Hasta ahora, la única “pena” contra Andrew Windsor, el hermano del rey por ser parte de lo que parece ser una amplia red de poderosos depredadores sexuales es vivir “forzado” a algún tipo de vida privada y un acuerdo privado con Giuffre en 2022.
Incluso allí los paralelos, las similitudes con la crisis del abuso sexual del clero católico, de otras iglesias cristianas y otras organizaciones religiosas son demasiadas para que se les vea como anécdotas o resultados aleatorios.

Ahí se encuentra uno de los principales problemas que enfrenta la Iglesia Católica cuando se trata de estos problemas. Más porque algunos de sus principales líderes, cardenales, obispos y laicos con cierta influencia, naturalizan el abuso sexual. Hay un impulso para verlo como un problema inherente a la interacción humana, y no a la interpretación hecha de los textos sagrados de las religiones.
En las raras ocasiones en que el abuso sexual se abordó en los grupos católicos latinoamericanos en las décadas de 1990 y 2000, la idea predominante, a menudo dictada como una sugerencia por los obispos, era nunca hablar del problema, ya que el prestigio de la Iglesia Católica se vería afectado. Y peor, la explicación solía ser que el abuso era un subproducto, no deseado pero inevitable, de la regla del celibato o el resultado de la existencia misma de personas gay.
En ambos casos, las “explicaciones” preferidas, pero muy privadas, eran excusas fáciles para exculparse a sí mismos. Los obispos pedían a los fieles católicos que fueran “caritativos” con sacerdotes solitarios, que anhelan la vida que teóricamente tienen las familias. De manera alterna, se “sugería” ver a los sacerdotes como víctimas de un asalto de “los gays”, a menudo descritos, aún hoy en círculos católicos de derecha, de manera mucho más despectiva, apenas adornada cuando se trata de pasar por tolerante, como una mafia “rosada” o “lavanda”.
Esas ideas, por cierto, aparecían sólo en conversaciones privadas, con una minoría de laicos, vistos como leales por los obispos. Públicamente, la “línea” era negar totalmente cualquier problema. Se trataba de mantener a raya a los “malos”, es decir, los comunistas, los zurdos, a los “otros” para que no dañaran a una jerarquía que quería pasar por vigilante y comprometida a proteger sus fieles.
Culpar al gay, ¿de verdad?
Esa fue la solución de 2005 de Benedicto XVI: expulsar a los gays de los seminarios. Dos décadas después, los graduados de ese modelo tienen problemas similares a los educados bajo estándares “liberales”, la supuesta influencia negativa del Concilio Vaticano II, los “tarugos” fieles a Pablo VI.
Los Ángeles Press oreció al menos un ejemplo de un sacerdote joven formado luego de la reforma de Ratzinger, con su énfasis en la afirmación masculina y antigay, sin éxito. Fue el caso del brasileño Paulo Araújo, que aparece en el texto vinculado luego de este párrafo.
Sin embargo, a pesar de esas reformas, siguen apareciendo casos de sacerdotes relativamente jóvenes, que atacan a varones menores de edad. En 2024, en estos espacios se dio cuenta de dos de esos casos en México. El primero viene de la arquidiócesis primada de México, y aparece después de este párrafo.
El otro involucra al menos a las diócesis de Izcalli, Estado de México y de Acapulco, Guerrero y se puede consultar después de este párrafo.
Las ideas de Ratzinger, fuertemente influenciadas por el trabajo “académico” del sacerdote francés Tony Anatrella ya estaban equivocadas cuando las hizo parte de su reforma, como lo dejaba ver el reporte del John Jay College of Criminal Justice, en la primera década de este siglo. Ahí era claro, en 2004, que las denuncias de abuso eran más frecuentes entre los sacerdotes estadounidenses ordenados antes de las reformas de Pablo VI.
Sin embargo, el abuso sexual no se limita al clero de organizaciones que piden el celibato total o parcial (católicos, así como algunas tradiciones budistas). Ocurre en la Iglesia Anglicana, incluso con los líderes laicos, sin olvidar a Bev Mason, una obispa anglicana que denunció ser víctima de un clérigo varón de la misma Iglesia Anglicana (abre contenido en inglés).
Ocurre en la Convención Bautista del Sur, donde no hay regla de celibato, (abre contenido en inglés), o en la Iglesia de los Santos de los Últimos Días, los llamados mormones, en Estados Unidos y en Canadá (contenido en inglés).
En ese sentido, al observar a Epstein y muchos otros casos de abuso sexual en entornos no católicos, es necesario reconocer lo que muchos de los enemigos más recalcitrantes de los estudios de género, católicos o no, rechazan.
Han rechazado como “ideología de género”, la noción según la cual las estructuras de poder y más específicamente, las estructuras de poder legitimadas por ciertas nociones de los roles de género son un componente clave del abuso sexual. Lo hacen, a pesar de que el problema no se limita a entornos religiosos.
La insistencia del ala más conservadora de la Iglesia Católica en culpar a las personas gay se desmorona con casos como el de Epstein. A pesar de las muchas víctimas que se han presentado hasta ahora, no hay un solo varón que afirme ser víctima de Epstein. Todas son mujeres, por lo que no hay forma de culparlos allí.
Así, una lección clave que la Iglesia Católica debería destilar del caso Epstein es que, a pesar de la supuesta ortodoxia doctrinal de Ratzinger/Benedicto XVI, su comprensión del abuso sexual era, para decirlo sin rodeos, absurda, como una entrega reciente de esta serie, vinculada después de este párrafo, probó.
Nutrir a la bestia
En esa misma lógica, dados los límites para cubrir un caso tan complejo en un texto único, es necesario destacar, como uno de muchos ejemplos posibles, la actitud despectiva e irresponsable de altos cargos de las policías y fiscalías de los estados de Florida y Nueva York y del gobierno federal de Estados Unidos.
En el caso de Florida, había evidencia, muy concreta, de lo peligroso que era Epstein. A pesar de esa evidencia, las autoridades locales hicieron fácil su vida. Aunque “condenado”, disfrutaba de una libertad casi total para hacer literalmente lo que quisiera, incluido el tráfico sexual de menores.
El ejemplo clave proviene de su acuerdo de culpabilidad de 2008. Alexander Acosta, el fiscal federal en Florida, permitió a Epstein declararse culpable de cargos estatales de prostitución. Al hacerlo, la “sentencia” fue lo más ligera posible: 13 meses (o 18 meses según otras fuentes) en la cárcel de un condado.
Acosta había realizado una investigación federal y, en junio de 2007, una investigación del FBI dio como resultado una acusación federal de 53 páginas que describe los cargos federales de tráfico sexual contra Epstein.
En lugar de perseguir los cargos federales, la oficina de Acosta negoció un controvertido acuerdo de no acusación (NPA o Non-Prosecution Agreement en inglés). Ese acuerdo permitió a Epstein declararse culpable de dos cargos estatales de prostitución (solicitar la prostitución e involucrar a menores en la práctica de la prostitución) en Florida, lo que le ahorró un juicio federal.
El NPA también otorgó la controvertida inmunidad federal a cuatro conspiradores identificados y la amplió a “cualquier cómplice” no identificado entonces. Ahí está una de semilla que nutre las teorías de conspiración en torno al caso Epstein, el llamado Pizzagate y otras narrativas conspirativas.

La decisión de Acosta de resolver el caso a través de un NPA fue quizás un procedimiento estándar para evitar el desgaste de un juicio federal. Sin embargo, fracasó. En 2019, un juez federal dictaminó que el acuerdo violó la Ley de Derechos de las Víctimas del Crimen, pues las víctimas no fueron notificadas.
Si eso no fuera suficiente burla de la ley, a Epstein se le dieron “privilegios de liberación de trabajo” por hasta 12 horas al día, seis días a la semana. La “pena” la cumplió en un ala privada de la cárcel. Los privilegios esencialmente le daban libertad sin restricciones durante la mayor parte de las horas que no durmiera.
Bestias andinas
Uno percibe en el “castigo” a Epstein aromas del que recibió Fernando Karadima y muchos otros depredadores en la Iglesia Católica. Uno encuentra allí, además, en la decisión de Alexander Acosta, de ir por el “pasecito a la red” de los cargos estatales adornados con el NPA, la raíz de la narrativa del “Estado profundo”.
Acosta obtuvo una condena fácil a expensas de víctimas vulnerables. Al hacerlo, quizás de sin buscarlo, nutrió a la bestia de la narrativa del “Estado profundo”.
Mutatis mutandis, el propio Vaticano reconoció en abril, una semana antes de la muerte del papa Francisco que, dado que era imposible enjuiciar los casos de Sodalicio en Perú, lo harían en los tribunales de Estados Unidos.
En Perú, con su adhesión a las tradiciones del derecho romano y francés de una aplicación de una ley escrita altamente codificada, las antípodas del derecho consuetudinario que existe en Estados Unidos, es mucho más fácil encontrar resabios del comportamiento de élite que nutre la narrativa del “Estado profundo”.
Sin embargo, la narrativa MAGA del “Estado profundo” pierde un aspecto crucial: en última instancia, a pesar de todas sus posibles fallas, incluido Epstein, Estados Unidos fue, al menos hasta enero de este año, el mejor lugar posible para lograr una medida así fuera parcial, de justicia para las víctimas de abuso sexual.
Esa narrativa también supone que Trump está exento de los compromisos con el “Estado profundo” que cualquier político tendría, más cuando es claro que es un político. Lamentablemente, los más leales en MAGA todavía lo ven como un Hércules, capaz de superar sus contradicciones e incluso, quizás, su papel en el caso Epstein, que es algo en que Elon Musk insiste en los últimos meses.
Dichas ideas fueron confirmadas por The Wall Street Journal (contenido en inglés con costo), que publicó, el 17 de julio, detalles sobre las cosas que Epstein y Trump compartían, en lo que hace a su mala conducta, en 2003.
Desde este punto de vista, el escándalo vinculado al caso Epstein y la reacción visceral del público a los encubrimientos percibidos, deberían ser un recordatorio severo y urgente para la Iglesia Católica y otras organizaciones religiosas sobre los límites del control de sus fieles.
Subraya que la confianza, una vez destrozada, no se reconstruye fácilmente. Peor cuando se le da prioridad al prestigio institucional sobre el bienestar de las víctimas. El desafío de la Iglesia, al igual que ahora las figuras públicas en Estados Unidos, es ir más allá de las narrativas egoístas y enfrentar las causas sistémicas que facilitan el abuso; sólo entonces será posible alguna sanación.
Esta lección es más importante para la Iglesia Católica, dadas sus tendencias a coquetear peligrosamente con las facciones más radicales de la derecha global. Las narrativas que propagan figuras como Andrew y Tristan Tate, defendidas por elementos del movimiento MAGA e incluso aceptadas por líderes que se dicen católicos como J.D. Vance.

Frecuentemente, estas narrativas siguen la tendencia de la Iglesia Católica y otras instituciones religiosas a “naturalizar” el abuso, a descalificar los avances en materia de derechos humanos como “afeminados” o “woke”, y también a demonizar o deshumanizar, al menos, a los “otros” sean las personas LGTBQ o cualquier otro que perciban como su enemigo ideológico.
Basta observar la historia de la manera en que los Santos de los Últimos Días, los mormones, abordan temas como la raza o la poligamia para encontrar ejemplos de ese tipo de tendencias a naturalizar el abuso de instituciones religiosas distintas a la Iglesia Católica. Baste recordar que los varones negros, tenían prohibido acceder al sacerdocio mormón hasta 1978.
El caso Epstein también ofrece una advertencia a la Iglesia Católica y otras instituciones religiosas de los límites de la paciencia con afirmaciones sobre el fin del abuso. Y peor cuando esas afirmaciones se combinan con el aturdimiento y los ataques a los sobrevivientes y sus familias, etiquetándolos como sus enemigos.
Es difícil apostar por el resultado real del escándalo de Epstein en este momento. Sin embargo, lo dicho por el papa Francisco en 2023 a los entonces miembros de Tutela Minorum, la Comisión para prevenir el abuso sexual en la Iglesia Católica, sobre la llamada “espiritualidad de la reparación”, debería mantener su significado.
El entonces papa ofreció las que debían ser las prioridades y una crítica del ataque a sobrevivientes y sus familias que, en el extremo, lleva al suicidio.
Apostar a que los sobrevivientes y sus familiares sean incapaces de organizarse o desafiar a los obispos, más aún en países como México, Perú y el resto de América Latina con bajos índices de capital social, lo que socava la naturaleza voluntaria de la pertenencia a las organizaciones religiosas.
¿El sonido de la libertad?
Y lo mismo sucede cuando los jerarcas católicos dan credibilidad a un movimiento que simultáneamente critica a las presuntas narrativas de pedofilia del “Estado profundo”, como lo hicieron los obispos latinoamericanos al respaldar la cinta de Verástegui Sound of Freedom o El sonido de la libertad, al tiempo que desestiman y tratan de desacreditar las acusaciones reales contra sus sacerdotes, lo que pone en riesgo tanto su autoridad moral como su supuesto compromiso con la tolerancia cero.
Es una parodia impulsada por ellos mismos de su presunto compromiso con la justicia, pues niegan la justicia a víctimas reales, al tiempo que idealizan el sufrimiento de víctimas ficticias, sacadas de una telenovela mexicana, apenas legitimadas como espectáculo por la producción de una cinta de Hollywood.

Ese aspecto del desempeño público de la Iglesia Católica sobre cuestiones de abuso es más preocupante cuando uno considera su propio historial en materia de abuso sexual, y más aún, la actual rebelión en curso de un sector del clero católico de Estados Unidos, enojado con los obispos que fijan restricciones a su ministerio por acusaciones de alguna impropiedad, como da cuenta este texto en inglés del National Catholic Reporter.
Esto es más relevante a medida que la liturgia de un pontífice que llora frente a las víctimas, que lamenta el abuso sin imponer castigo real a los depredadores ni alivio real a las víctimas, exhibe una profunda disonancia cognitiva.
La disonancia es más profunda pues hay mucho menos interés fuera de Estados Unidos entre los obispos católicos para imponer restricciones a los sacerdotes que enfrentan acusaciones, que van desde la impropiedad en una conducta pública o privada hasta el abuso sexual a gran escala.
Hay una profunda contradicción, una especie de paradoja, que socava los supuestos esfuerzos en materia de tolerancia cero y la idea de una institución que rinde cuentas, cuando se perpetúa el entorno en que prospera el abuso, protegido por el silencio y la mala dirección. Como demuestra el caso Epstein, el público no tolera que se silencie a las víctimas, independientemente de quién lo intente.
El riesgo para la Iglesia Católica es mayor cuando respalda a facciones políticas que impulsan teorías de conspiración al tiempo que socava los procesos judiciales que buscan reparación para los sobrevivientes del abuso sexual del clero. Hacerlo daña sus esfuerzos de reforma interna y enfatiza sus propias contradicciones.
Esa es la apuesta arriesgada detrás del deseo de Eduardo Verástegui de construir un partido político basado en la identidad católica en México. Existen riesgos similares en el desempeño de las facciones de la Iglesia Católica más cercana a la coalición gobernante de Javier Milei en Argentina.
Y el mismo riesgo surgió en los ataques de agosto de 2024 contra Robert Prevost Martínez como obispo de Chiclayo, Perú. Antes de ser elegido papa, sufrió ataques cuando era el prefecto del Dicasterio de los obispos, pues se le veía como un medio para atacar al papa Francisco, como prueba el texto vinculado después de este párrafo.
Actuar de esa manera obliga a los obispos a tratar a las víctimas de la Iglesia Católica como peones de sus conflictos internos y, al mismo tiempo, convierte a esa institución en un peón más grande de juegos políticos.
En lugar de que los obispos actúen como tales al cumplir sus deberes de proteger a sus fieles y garantizar su seguridad espiritual y física, se empeñan en actuar como peones al buscar favores para proteger a los clérigos depredadores.
La solución para la Iglesia Católica no se encuentra en las alianzas políticas de conveniencia, la búsqueda interminable del próximo Constantino, es decir, la próxima boda de la Iglesia y el Estado, como cuenta la leyenda del emperador romano que legitimó el cristianismo sólo porque le ayudó a ganar poder político.
Está en un compromiso con la verdad, la justicia, con una tolerancia cero real y exigible al abuso, y el reconocimiento de la profunda dignidad de cada víctima.