Rodolfo Soriano-Núñez Lunes, 20 de Abril del 2026
Incluso si uno desestimara las noticias sobre el abuso del obispo Santarsiero, es difícil imaginar a León XIV contento con lo que pasa en Perú ahora.
Las semejanzas que uno encuentra en Perú hoy con los efectos de la "guerra cultural" y de la política como espectáculo en Estados Unidos son demasiadas para estar tranquilo.
Por Rodolfo Soriano-Núñez
La semana pasada, el papa León XIV hizo lo que pocos pontífices se han visto obligados a hacer en tiempos recientes: esquivar ataques explícitos del líder de la máxima potencia militar del momento.
El intento de Donald Trump de acosarlo y silenciarlo mientras viajaba por África siguió el “manual de procedimientos” que el Partido Republicano ha usado en los últimos 20 años contra obispos y sacerdotes católicos de Estados Unidos indispuestos a aceptar la “ayuda” de ese partido.
La única diferencia no fue el uso de Inteligencia Artificial por Trump para presentarse a sí mismo como el Jesús que sana a un moribundo, imagen que borró y luego “explicó” como él en la figura de un médico. El problema fue y es que, en esta ocasión, el enemigo acosado por el “hombre más poderoso del mundo” era el papa, el primer ciudadano de Estados Unidos en ocupar el cargo.
Las actitudes, publicaciones en redes sociales y políticas de Trump tuvieron de inmediato el apoyo de J.D. Vance y de Mike Johnson, su vicepresidente y el presidente de la Cámara de Baja del Congreso, segundo y tercero en la estructura de poder de Estados Unidos, quienes unieron fuerzas para silenciar al pontífice.
A pesar de su comportamiento, en general, reservado y menos dispuesto a desafiar a sus rivales que su predecesor, León XIV se ha debido reafirmar su derecho como persona y líder de su fe a expresar críticas sobre lo que sucede. Francisco, su predecesor, ya había hecho algo similar en febrero de 2025, cuando Jorge Mario Bergoglio criticó la agresiva política migratoria de Trump.
Ya entonces, J.D. Vance, intentó jugar a ser teólogo con una interpretación "heterodoxa" del *Ordo Amoris* (el Orden del Amor en latín), recriminada por el entonces cardenal Robert Prevost en sus redes sociales el 3 de febrero de 2025, mientras se alineaba con su entonces superior en el tema de la migración, como muestra la captura de pantalla de ese mensaje luego de este párrafo.

En 2025, Prevost citaba un artículo de opinión de Kat Armas, publicado por el National Catholic Reporter, que reflejaba la conmoción que la “corrección” de Vance al papa Francisco había provocado entonces en las comunidades católicas de Estados Unidos y otros lugares.
Armas, como muchos otros teólogos entonces, subrayó la traición fundamental en la postura de Vance, que no se debía a su oposición a la visión de Francisco como tal, sino a lo profundamente contradictoria que era con la doctrina católica y cristiana establecida; más aún cuando, ya para entonces, la obispa de la Iglesia Anglicana en Washington D.C., Mariann Edgar Budde, ya había articulado un rechazo anglicano, ajeno al catolicismo, a la política migratoria de la administración Trump y su débil intento de disfrazarla como algo cristiano, tal como narra el texto enlazado luego párrafo.
Esta vez, mientras Trump hablaba antes de subir a una aeronave y atacaba a León XIV por su crítica a la guerra de Trump con la habitual perorata republicana de ser débil con los criminales, lanzada usualmente contra rivales demócratas o líderes religiosos dispuestos a expresar algún apoyo a minorías amenazadas, León XIV utilizó sus propias redes sociales mientras peregrinaba por Argelia y Camerún para reafirmar su derecho a decir lo que piensa y, más específicamente, para criticar a quienes se apropian del nombre de Dios para su propio beneficio.
Su propia publicación en redes sociales más abajo y su mensaje al Encuentro por la Paz (Comunidad de Bamenda en la catedral de San José), demuestran cuán importante es para León XIV reafirmar lo que nadie podría considerar una postura revolucionaria en la teología o doctrina católica; nadie excepto el converso católico y vicepresidente de Trump, J.D. Vance.
Recuerdos de Perú
Pero, aunque su tiempo y esfuerzos estuvieran dedicados a los detalles de su viaje a África y a imaginar una solución a lo que sucede en los Estados Unidos, al menos una parte de la mente de León XIV debió preocuparse por lo ocurrido en las últimas dos semanas en Perú, su país adoptivo, donde fue obispo de Chiclayo.
No es sólo el rompecabezas en que se convirtió la elección general en el país, que ya tiene a los peruanos preguntándose qué va a pasar allí, sino también lo que ocurre con Antonio Santarsiero Rosa, el obispo de Huacho, ciudad costera a 120 kilómetros al norte de Lima.
Santarsiero y Robert Prevost comparten rasgos. Ambos fueron consagrados obispos en Perú a pesar de haber nacido fuera de ese país; Santarsiero en Italia en 1951, mientras que el actual obispo de Roma lo hizo en 1955 en Chicago.

Ambos son miembros de órdenes religiosas relativamente pequeñas. León XIV es agustino, una orden que fusionó varias comunidades monásticas en Europa en el siglo XIII, con una larga y célebre membresía, pero también notable por haber tenido a Martín Lutero como uno de sus miembros; reporta poco menos de 4,150 miembros, entre sacerdotes y hermanos, al Annuario Pontificio.
Santarsiero pertenece a una "orden" mucho más pequeña y joven, los Oblatos de San José, con orígenes en la Italia del siglo XIX, con poco más de mil miembros. Ambos terminaron en un momento de su vida en Perú como parte de las misiones de sus órdenes y ambos se convirtieron en obispos en el antiguo imperio inca.
Las similitudes, sin embargo, terminan ahí. Mientras que Prevost fue un extraño a la política eclesiástica en Perú, tanto que Francisco vio en él a un aliado potencial para inducir cambios en el episcopado local, Santarsiero usó su tiempo en Perú para influir en la política de la Iglesia Católica peruana.
Él fue, al menos hasta que surgió el escándalo más reciente que sacude a la Iglesia Católica, el secretario general de la Conferencia Episcopal Peruana (CEP) y está a menos de ocho semanas de cumplir 75 años, la edad reglamentaria de jubilación para los obispos. No es que fuera un líder nacional, sino alguien que refleja cómo la conferencia episcopal peruana llegó a ser lo que es ahora.
Bajo la sombra de Cipriani
Como obispo en Perú, y al menos desde su llegada a Huacho como obispo sufragáneo de Lima en 2004, tras una breve estancia en Huarí, fue testigo de los escándalos gemelos en la capital peruana: el que involucra al Sodalicio de Vida Cristiana y los abusos perpetrados por el cardenal Juan Luis Cipriani Thorne.
A diferencia de lo que solía ser una regla no escrita en el episcopado peruano, que favorecía a los arzobispos como sus líderes, la CEP respondió a esos dos escándalos al elegir a figuras menores y desconocidas como sus líderes.
El actual presidente, Carlos Enrique García Camader, es el obispo de Lurín, otra ciudad costera a 29 kilómetros al sur de Lima. Ambas diócesis son sufragáneas de Lima; tanto García Camader como Santarsiero Rosa fueron consagrados con menos de un año de diferencia por Cipriani Thorne y Rino Passigato, el nuncio en Perú durante más de nueve años, desde 1999, cuando llegó desde Bolivia, hasta 2008, cuando partió hacia Portugal.

Ambos son especímenes perfectos de la influencia sin trabas que Cipriani ejerció sobre el nombramiento de nuevos obispos durante los últimos años de los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI.
Sus respectivas elecciones por separado para sus cargos en la CEP, en 2024 para Santarsiero Rosa y en 2025 para García Camader, muestran cómo, incluso si no había una ruptura abierta entre Francisco y la CEP, el cuerpo estaba poco dispuesto a nombrar personas que desafiaran a Cipriani, quien se jubiló en 2019 de Lima y en 2020 de su cargo en el Consejo de Economía en Roma.
Castigos secretos y confrontaciones
Incluso retirado, y bajo un “castigo” secreto del papa Francisco por el abuso sexual de un menor varón cuando Cipriani era sacerdote del Opus Dei, mantuvo su influencia gracias al poder que acumuló en las primeras dos décadas de este siglo, cuando Juan Pablo II y Benedicto XVI estuvieron más que dispuestos a ratificar sus sugerencias para nuevos obispos.
Incluso si Francisco no estuvo originalmente interesado, al menos no públicamente, en confrontar a Cipriani o sus muchos aliados en la Iglesia Católica, la política y los medios en Perú, con el tiempo el tema de los abusos en el Sodalicio y el único caso que conocemos ahora que involucra al propio Cipriani, hizo que la confrontación fuera inevitable.
Entregas previas de esta serie han profundizado en esa confrontación, por lo que, si desea más detalles sería más fácil repasar las entregas sobre lo que parece ser la supresión del Sodalicio. No es que el Vaticano retroceda en lo que fue una de las últimas decisiones del papa Francisco, formalizada en el último mes de su vida, tras un brutal período de dos meses en un hospital en Roma.
Francisco se aseguró de que no fuera posible resucitar al Sodalicio. El problema es que es posible que algunos de los grupos que formaron la “controladora religiosa” que fue esa “orden” permanezcan intactos como asociaciones diocesanas de fieles. El otro es que, como suele ser con muchas organizaciones religiosas, católicas o no, la estructura de propiedad de los activos controlados por estas organizaciones no siempre es transparente, directa o clara.
La semana pasada esta serie analizó una supresión reciente de una organización similar a una orden diocesana en Tuxtla Gutiérrez, México, y tal como se señala en ese texto, enlazado antes, existe la posibilidad de que esa organización mexicana siguiera la plantilla utilizada por el Sodalicio peruano, perfeccionada originalmente tanto por la Legión de Cristo mexicana como por el Opus Dei español: capas complejas, como una cebolla, de propiedad, que se valen de firmas u ONGs fachada para promover objetivos nobles (desarrollo, educación, etc.) que comparten un grupo de líderes que aparecen en varias juntas directivas.
Es necesario ser conscientes de cómo, para fines prácticos, la Legión de Cristo mexicana operó más que como un “instituto de vida religiosa” (como se describe oficialmente en la Iglesia católica) como un vehículo que permitía a miembros influyentes y acaudalados de los niveles superiores de la orden religiosa como tal, la Legión de Cristo propiamente dicha y el llamado Regnum Christi (latín para Reino de Cristo), participar en inversiones offshore y fondos de inversión.
Sus actividades están muy lejos de cualquier preocupación evangélica. Ello les permite atraer a poderosos mecenas, protectores y, en última instancia, socios comerciales que tienen un interés en mantener la apariencia de santidad de las firmas y empresas, aunque estén disfrazadas de asociaciones civiles, relacionadas con este tipo de organizaciones religiosas similares a órdenes.
Maciel, como lo evidenciaron Berry y Olmos
Uno debe recordar cómo, a partir de la década de 2010, una vez que la Visita Apostólica a la Legión entregó sus conclusiones más bien débiles e ineficaces, el periodismo incisivo practicado por Jason Berry nos permitió conocer cuánto dinero pasaba por las arcas y cuentas bancarias de la Legión de Cristo.
El texto de 2013 de Berry en el National Catholic Reporter está disponible en el Pulitzer Center (contenido en inglés con opción de traducción al español). Allí muestra cómo una viuda adinerada donó 30 millones de dólares durante dos décadas para financiar el lujoso estilo de vida de Maciel como las “obras” promovidas por su orden en lo que cortes de Estados Unidos, en Rhode Island, vieron como similar a un fraude, sólo descubierto por los esfuerzos de Mary Lou Dauray, sobrina de la viuda, para comprender la generosidad de su tía hacia la orden de Maciel.
Más detalles surgieron en México cuando, en 2015, Raúl Olmos publicó originalmente una serie de reportajes en el diario El Financiero, más tarde convertidos en un libro titulado El imperio financiero de los legionarios de Cristo, donde rastrea casos similares entre las élites adineradas del norte y centro de México, dispuestas a apoyar la supuesta gesta “anticomunista” de Maciel, a pesar de los muchos rumores y evidencia ocasional de abuso sexual en su orden, contra los hijos e hijas de esas mismas élites.

Dos años después, en 2017, los Paradise Papers (contenido en inglés) demostraron, a escala global, cómo la Legión de Cristo, más que una “orden” religiosa, era un imperio financiero, una controladora que explotaba cualquier buena voluntad que existiera en ese momento en la Iglesia Católica y cualquier vacío legal en los códigos fiscales de México y Estados Unidos para enriquecer a la orden y a sus socios en el uno por ciento de los más ricos de ambos países.
Exploraciones recientes sobre la riqueza del Opus Dei, como las de Gareth Gore, y cómo esa riqueza está asociada con la explotación laboral, confirman aún más lo que el mundo ya sabía sobre cómo “órdenes” depredadoras como la Legión de Cristo o el Opus Dei usan la religión para enriquecerse y expandir su capacidad de influir en la toma de decisiones políticas en los países donde operan.
Es precisamente ahí donde los recuerdos peruanos de León XIV debieron golpearlo con más fuerza mientras se veía obligado a defender su autonomía y sus derechos, pero también la viabilidad de la Iglesia Católica como institución religiosa autónoma, capaz de hablar con autoridad, con parresía, como algunos filósofos y teólogos hablarían sobre el deber de los líderes religiosos de abordar con franqueza y valentía los problemas que afectan las vidas de sus comunidades.
Es también en este punto donde los asuntos peruanos pendientes dejados por su predecesor debieron obligarlo a repensar el papel mismo del papado y lo que debe exigir a los obispos católicos de Estados Unidos quienes, a pesar del previsible apoyo de los “sospechosos de siempre” en Chicago (el cardenal Blase Cupich), Newark (el cardenal Joe Tobin) y Washington, D.C. (el cardenal Robert McElroy), son incapaces de apoyar realmente al actual obispo de Roma.
¿Exageraciones?
Apenas el sábado pasado, el cardenal Raymond Burke, uno de los críticos más frecuentes del papa Francisco, desestimó las confrontaciones entre Trump y su superior en la estructura de la Iglesia Católica como “exageraciones”.
Al final de su entrevista (contenido en inglés), Burke responde a una pregunta sobre la profundidad de la oposición entre Trump y León XIV así:
- No. Hay un gran respeto por la Iglesia en Estados Unidos, y los católicos siempre han contribuido enormemente a la vida de la nación. Por mucho tiempo, existió un prejuicio anticatólico que afirmaba que queríamos que el papa gobernara el país. Pero la doctrina nunca planteó que la Iglesia deba gobernar. Nosotros los católicos seguimos la enseñanza del Señor de dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. La Iglesia enseña principios morales, pero luego deja a quienes tienen autoridad la competencia adecuada para tomar decisiones.
Sin embargo, si uno ha seguido la política de Estados Unidos en las últimas dos décadas es imposible olvidar que políticos tan católicos que cargan consigo un rosario a donde van como el expresidente Joe Biden fueron blanco frecuente de los ataques de Catholic Vote (Voto Católico) cuando esos políticos no hacían suya la idea de prohibir cualquier aborto.
Ello sin olvidar que el arzobispo de San Francisco, Salvatore Cordileone prohibió que Nancy Pelosi, la antigua líder demócrata en la Cámara Baja comulgara en su diócesis, donde ella vive, por esa razón, asunto que debió resolver el papa Francisco (contenido en inglés).
Es aquí donde Prevost debe reconocer lo frágil que es la supresión del Sodalicio, más cuando sus antiguos líderes están a punto de ganar el “premio mayor” político si Keiko Fujimori, la ganadora de la primera vuelta de las elecciones de Perú, se ve obligada (y lo será) a buscar el apoyo de Rafael López Aliaga.

López Aliaga, Porky, como le gusta que lo llamen, al aceptar que se parece al personaje de Warner Brothers tan popular en América Latina, es un miembro numerario del Opus Dei y, en ese sentido, un aliado del cardenal Cipriani.
Tan cercano que fue por invitación de Porky para recibir un premio de la alcaldía de Lima que Cipriani regresó a su antigua sede para desafiar el “castigo” secreto del papa Francisco cuando decidió jugar, con el apoyo del alcalde de Lima, a ser amo del universo en los antiguos palacios imperiales de la capital peruana.
Esto es más relevante dado que, a pesar de los esfuerzos de última hora de Francisco para suprimir el Sodalicio en febrero de 2025, y la preferencia ya declarada de León XIV de utilizar la riqueza de esa orden para compensar a las muchas víctimas de abuso, sexual y de otro tipo.
Pelar la cebolla sodálite
No está claro cuántos años y equipos de abogados en toda América Latina, Estados Unidos (al menos en Colorado y Pensilvania), además de España e Italia en Europa, serán necesarios para desenredar la red de bienes raíces, acciones, derechos de agua o de minería que permitieron al Sodalicio convertirse en lo que fue en su apogeo a principios de la década pasada: una organización poderosa, influyente en la política de la Iglesia y del Estado en Perú y, en menor grado, influyente también en Colombia, Chile, Estados Unidos e Italia.
Más, dado que el Sodalicio tomó el control directo o indirecto o influye en curias diocesanas, empresas y cabildos o ayuntamientos. En febrero de 2025, esta serie ofreció un resumen sobre cómo adquirió el control indirecto de cementerios, minas, tierras y derechos de agua, como narra el texto después de este párrafo.
El modelo de negocios del Sodalicio sobresalió en ese sentido, ya que fue capaz de lograr el tipo de integración comercial vertical y horizontal que se espera de graduados de instituciones como el Iinstituto Profesional de Alta Dirección de Empresas, la escuela de negocios insignia del Opus Dei en la Ciudad de México, con entidades correspondientes en toda América Latina y en los mundos anglófono e hispanohablante, pues tiene socios en más de 73 escuelas de negocios en el mundo.
En noviembre de 2025 eso se hizo evidente cuando León XIV nombró a Javier Augusto del Río Alba, el arzobispo de Arequipa, como uno de los tres “comisarios apostólicos adjuntos” para ayudar al comisario apostólico designado, el sacerdote español Jordi Bertomeu, a continuar el proceso para suprimir el Sodalicio de Vida Cristiana. El texto luego de este párrafo ya explicaba por qué ese nombramiento ha sido fuente de dudas para quienes dudan del compromiso de León XIV con las reparaciones para las muchas víctimas del Sodalicio.
Sin entrar en detalles, que ya fueron abordados entonces, debe ser suficiente señalar en este momento que el vicario general en esa diócesis es Alberto Cristián Ríos Neyra, miembro de pleno derecho de esa orden ahora suprimida.
Algunos ven el nombramiento de Del Río en ese sentido como una fuente potencial de conflicto, ya que no está claro dónde reside la lealtad de Ríos Neyra en este punto, más aún cuando tiene el oído de su jefe y es de hecho una parte interesada en el asunto que involucra a su superior. Pero incluso si la interpretación optimista del nombramiento de Del Río fuera exacta (que sabe con quién trata y, por ello, es el mejor perfil para esa tarea), existen muchas dudas.
Esto es más relevante ya que, aunque existe un historial de diferencias y confrontaciones entre el Sodalicio y otras variantes de la derecha peruana, como las representadas por Fuerza Popular, el partido de Keiko Fujimori, y Renovación Popular, la fuerza de Porky, ellos y otros partidos de la derecha peruana comparten intereses e incluso vínculos con el GOP estadounidense.
El núcleo del rompecabezas
Una pieza clave en ese rompecabezas, una de varias, ha sido Alejandro Bermúdez, miembro prominente del Sodalicio, ciudadano con doble nacionalidad, y quien, aunque formalmente retirado de las operaciones diarias de EWTN, es una figura clave en ese medio presuntamente católico, el cual conviene recordar que fue señalado por Francisco como empeñado en hacer “el trabajo del Diablo”.
Cuando surgieron los primeros indicios de la crisis en el Sodalicio, fue Bermúdez, como jefe de ACI Prensa y Catholic News Agency quien, fiel al al manual de operaciones de la Legión de Cristo, el Opus Dei, el Instituto del Verbo Encarnado y los Heraldos del Evangelio, buscó desacreditar a las víctimas.
A diferencia de lo que sucede en los mercados mediáticos menos regulados de México o Argentina, donde es posible publicar con cierta libertad, Perú mantuvo e incluso endureció muchas de las disposiciones heredadas de las dictaduras militares de los sesenta y setenta y del régimen de Alberto Fujimori en los ochenta y noventa bajo el disfraz de protecciones al honor y reputación de figuras públicas.
Una de las razones por las que tanto Francisco como su sucesor gozan de la simpatía de muchos periodistas peruanos que son veteranos de las batallas contra el Sodalicio es qué tan severo es el marco legal de los medios peruanos. Ni Francisco ni León XIV han seguido los pasos de Norberto Rivera Carrera cuando en los noventa el entonces arzobispo primado de México desacreditó y atacó a periodistas mexicanos que publicaban sobre los abusos de Marcial Maciel.
Pero por mucho que León XIV deba estar orgulloso de cómo ayudó a Francisco a atajar el daño causado por el Sodalicio a la Iglesia Católica en Perú, es necesario preguntarse qué tan consciente es de que los problemas que enfrentan su país natal y adoptivo son dos caras de la misma moneda, la consecuencia de la apuesta hecha por Juan Pablo II de hacer del aborto la prueba de fuego para lo que la Iglesia Católica está dispuesta a aprobar.

Ciertamente, habrá quienes sostengan que Karol Wojtyla no puede ser culpado por lo que Trump, López Aliaga, Daniel Ortega y muchos otros políticos en el hemisferio occidental han estado haciendo al usar lo que Juan Pablo II escribió en el no. 71 de su encíclica de 1995 Evangelium Vitae, el Evangelio de la vida en latín.
Sería imposible abordar aquí los muchos debates en varios mundos católicos de distintos idiomas afectados por la interpretación de dicho documento. Baste decir que se impuso una interpretación restrictiva, estrecha y miope del documento, probablemente promovida por el propio pontífice, ya que fue testigo y nunca desafió a sus intérpretes, especialmente en el mundo angloparlante, quienes redujeron el tema del aborto a un debate de sí o no absolutos.
El mejor ejemplo de cuán peligroso ha sido para la Iglesia Católica en América Latina usar el aborto como prueba de fuego para su apoyo a líderes políticos lo ofrece la forma en que el antiguo arzobispo de Managua, el finado cardenal Miguel Obando y Bravo, apoyó el regreso de Daniel Ortega al poder en Nicaragua.
Incluso si hay razones para aceptar que Ortega abusó del apoyo, sería ingenuo, por decir lo menos, olvidar cuántos sacerdotes y laicos en Nicaragua advirtieron tanto a Obando como a Benedicto XVI y cómo la Iglesia Católica en general desestimó tales advertencias, como narra el texto enlazado a continuación.
Kabuki peruano
Las implicaciones de esa comprensión del tema están ahí para quien quiera ver más allá del kabuki de algunos de sus principales beneficiarios, LifeSite News, Frank Pavone y otras entidades o personas similares en el mundo angloparlante, y sus socios en los mundos de habla española y portuguesa.
Pavone merece mencionarse, ya que en el clima político actual se alineó de inmediato con Trump, para completar un giro que inició cuando el papa Francisco restringió su ministerio y luego, eventualmente, lo dimitió del estado clerical.
Lejos de reconocer cualquier error, Pavone, como muchos otros en las esferas católicas de extrema derecha en muchos idiomas, jugó a ser la víctima, apostó una vez más a convertir el catolicismo en un culto, como narra el texto enlazado después de este párrafo, que trata sobre la ruta del todo similar seguida por el obispo Joseph Strickland cuando decidió romper con Roma.
Aunque Keiko Fujimori nunca ha hecho alarde de su propia crianza como católica japonesa peruana, una nikkei, emitió los votos correctos en el momento adecuado para que la derecha en Perú y América Latina la acepte como socia confiable.
El de Keiko no es el catolicismo militante de Porky López Aliaga, pero quien siga la política peruana sabe que se complementan. El resultado de la primera vuelta de la elección los obligará, de nuevo, a ser socios, como fueron en 2021. A pesar de que exageran algunas diferencias, en lo fundamental están de acuerdo.

Es imposible no preguntarse cómo un estadunidense como Robert Prevost habrá aprendido y reinterpretado estos temas. Aunque la política en Chicago no sea limpia o transparente, nunca en la memoria reciente ha sido tan facciosa e impredecible como la peruana, aunque tengan un aire de familia, una “rima”.
La rima la escucha uno cuando advierte cómo, luego de la primera ronda de la elección, la del 12 de abril de 2026, Porky y su partido optaron por imitar al Make America Great Again de Trump con absurdos reclamos de un fraude monstruoso.
Luego de ver lo ocurrido en Estados Unidos y otros países de América Latina, el alegato de fraude de Porky parece más un pretexto para hacer del alcalde de Lima la víctima de las élites de la política (los temidos “caviares”) y darle el aura de héroe popular similar a la de Trump o Andrés Manuel López Obrador en México.
La situación en Perú es similar a la de los sellos postales en Estados Unidos para quienes votan por medio del correo en la mitología de MAGA. Hubo retrasos y algunas casillas electorales tuvieron que abrir el lunes, pero dada la nueva realidad de las elecciones a escala global, en que todos tratan de ser mártires, Porky usa como arma esos problemas para imitar a Trump y AMLO. Usa retrasos administrativos como prueba de una vasta conspiración que le impide ganar.
Para empeorar las cosas, Prevost debió aprender de ese universo en Chiclayo una diócesis donde el Opus Dei era influyente ya desde la catedral, donde un altar está dedicado a Josemaría Escrivá de Balaguer, el fundador de la orden.
También lo era en la actitud profundamente clericalista de los sacerdotes formados por sus predecesores en la diócesis, ambos cercanos a la estructura de la cual Porky López Aliaga es un miembro clave. El texto enlazado después de este párrafo ofreció, en 2024, una mirada al paso de Prevost por Chiclayo.
Es imposible no preguntarse cómo, ya sea al seguir los pasos de Agustín de Hipona en la Argelia contemporánea o al asistir a una reunión sobre la paz en Camerún, León XIV, Robert Prevost Martínez, como se hizo llamar al aceptar la ciudadanía peruana para honrar el linaje de su madre, se dio cuenta de que ahora es un refugiado de sus dos patrias.
El presidente de su país, Estados Unidos, lo atacó, como si fuera un “débil ante el crimen” candidato a alcalde en Chicago, y debe preguntarse si tiene sentido regresar a un Perú donde correría el riesgo de ser secuestrado por la maquinaria del partido de Porky López Aliaga. Quizás, al hacerlo, fue capaz de comprender mejor por qué, durante su pontificado, Jorge Mario Bergoglio nunca pudo regresar a Buenos Aires.
Quizás León XIV se dio cuenta en ese punto de que, ya sea en el Potomac o en el Rímac, las aguas de la política son igual de turbias. Ha visto al Partido Republicano de Trump y a Keiko y Porky interpretar el mismo guión. Unos y otros pretenden ser los héroes que protegen la vida desde la concepción, quienes prohíben todo aborto, mientras destruyen las vidas de las víctimas de abuso sexual clerical, desde Washington, D.C. hasta Lima, y más allá.
Por el momento, se vio obligado a enseñar a su propia iglesia, una vez más, algo de lo que Agustín de Hipona ya era consciente cuando fue obispo en el crepúsculo del Imperio Romano: las organizaciones religiosas no pueden apostar su futuro a la política, ni siquiera cuando se trata del imperio más poderoso de la época.

Postdata
De regreso a Santarsiero, es imposible no verlo como un intento de un medio de comunicación de extrema derecha en el mundo hispanohablante, Infovaticana, para usar la difícil situación de una víctima.
El caso en sí es creíble no tanto por Infovaticana, sino porque existe un registro claro de que Santarsiero es el tipo de obispo poco dispuesto a reconocer o aceptar esos problemas, ya sea en su propio comportamiento o en el clero bajo su cuidado.
En la medida en que ha sido posible rastrear el caso, nadie cuestiona el abuso como tal. La disputa principal, hasta ahora, es si el abuso ocurrió cuando la víctima era menor de edad o un adulto. La posición de esta serie es que, al hacerlo, los medios de comunicación que utilizan esa “distinción” finalmente ayudan a los depredadores a encontrar una excusa fácil para su comportamiento.

Incluso si el abuso ocurrió cuando la víctima ya era mayor de 18 años, es abuso. Esa ha sido la posición expresada en la historia enlazada inmediatamente después de este párrafo desde la Ciudad de México.
Tal como ocurrió recientemente en España con Rafael Zornoza Boy, el ahora obispo emérito de Cádiz, las acusaciones contra Santarsiero tienen un costo relativamente nulo para la Iglesia Católica en Perú e incluso para la diócesis de Huacho, ya que el delito, al menos para la ley peruana, ya ha prescrito y, a diferencia de lo que se encuentra en Estados Unidos, Francia, Alemania y más recientemente España, no hay expectativa de ningún cambio en la ley peruana para permitir que este tipo de casos prosperen. Lo mismo puede decirse en el ámbito del derecho canónico.
El texto enlazado después de este párrafo ofreció más detalles sobre el caso de Zornoza y por qué fue un “riesgo seguro” para la Conferencia Episcopal Española aceptar que el abuso ocurrió incluso si, tan recientemente como la semana pasada, los cargos fueron desestimados y Zornoza podrá disfrutar de su jubilación, especialmente en la sección titulada “Un parteaguas en España”.
En todo caso, la única consecuencia es la condena del estilo pastoral distante y arrogante de Santarsiero, y una oportunidad para que la Conferencia Episcopal Peruana aprenda de las experiencias positivas en Estados Unidos, Francia, Alemania y España, o permanezca en el vacío institucional que socava su propia autoridad moral que todas las conferencias episcopales de América Latina habitan hoy en día.
Basta ver lo que está a punto de suceder al norte de Lima, en Bogotá, la capital de Colombia, donde un alto tribunal emitió una sentencia final sobre la obligación de los obispos colombianos de abrir sus archivos y hacer pública la información sobre las asignaciones de sus sacerdotes.
Una entrega anterior de esta serie repasó el caso colombiano a través de una entrevista con Miguel Ángel Estupiñán, uno de los periodistas que promovió el caso ahora finalizado por las autoridades judiciales colombianas. Esa entrega está vinculada al final de esta pieza.
Incluso si la Conferencia Episcopal de Colombia emitió una declaración de cajón (ver arriba) que reconoce el fallo, es difícil imaginar que pudieran tropezarse para cumplir. Lo que se espera es una prolongada batalla para mantener la mayor cantidad posible de nombres de sacerdotes en secreto para que sea casi imposible para las víctimas de abuso sexual clerical identificar a sus depredadores.
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Un resumen de este texto está disponible en audio después de este párrafo.
Nota de producción: El texto del resumen, como el principal, fueron escritos y editados sólo por el autor. La grabación de la lectura del audio se hizo con una herramienta de texto-a-habla (Microsoft Word vía Web). La IA se usó sólo para generar la voz y no para la creación del contenido.