
Rodolfo Soriano-Núñez Lunes, 09 de Marzo del 2026
Pequeños ejércitos de líderes católicos laicos promulgan excomuniones informales pero eficaces para aislar a las víctimas, a sus familiares o a quien ose desafiar su poder.
Entre las víctimas de ese modelo hay sacerdotes, obispos e incluso papas que han sido blancos de líderes laicos que protegen a jerarcas católicos.
Por Rodolfo Soriano-Núñez
En torno a la crisis de abuso sexual clerical, abundan las víctimas y los sobrevivientes. Algunos son los sobrevivientes inmediatos del clero depredador. Luego están los familiares de tales sobrevivientes. Ellos son testigos de cómo sus familiares pasan de ser personas relativamente sanas y “normales” a ser una colección caótica de miedo, ira, ansiedad y todo tipo de enfermedades. En última instancia, ellos mismos se convierten en víctimas.
Y luego están quienes han sido blanco de la ira de obispos, sacerdotes y, sobre todo, líderes laicos, los más cercanos al clero, que técnicamente no son clérigos, pero que gozan de asientos privilegiados en misas y otras ceremonias y que a menudo ejecutan complejas reglas informales, incluidas “excomuniones” emitidas extraoficiales pero muy capaces de arruinar la vida de sus objetivos.
El de hoy es el caso de una de esas sobrevivientes. Alicia no fue víctima de un sacerdote o un obispo. Ella ni siquiera estuvo involucrada, al menos originalmente, en sacar a la luz los casos de sacerdotes depredadores, tan ebrios en teologías de segunda mano que destruyen las vidas de sus fieles.
Alicia es lo que algunos describirían como “daño colateral” de la crisis. Ella fue, a falta de una mejor descripción, una mujer en el lugar, la posición y el momento equivocados, que atestiguaba cómo las élites de México protegían a Marcial Maciel.
La suya es la historia de quienes estuvieron dispuestos a aprender y discutir lo que sucedía a las víctimas de abuso sexual. Algunos de ellos, como es su caso, pasan más tarde a expresar un mayor apoyo hacia las víctimas de abuso.
Pero, al menos originalmente, no era ni activista ni defensora de víctimas. No obstante, ella, como otros en una posición similar, ha aprendido, por las malas, que las élites imponen códigos de silencio cómplice que hacen del abuso sexual lo que es: una crisis amplia, profunda, que socava la confianza en la Iglesia Católica y otras instituciones afectadas por hechos similares, que espanta a sus miembros.
La de Alicia es una historia que ha esperado desde la primera década del siglo para ser narrada. Ella es el personaje principal en esta versión de la historia, pero lamentablemente es una historia que se ha repetido muchas veces; un caso con referentes paralelos en universidades públicas de México y Francia, donde profesoras valientes han sido despedidas de sus empleos o al menos acosadas, como advertencia contra quien muestre simpatía o empatía por las víctimas.
Su caso es relevante porque ilumina cómo, independientemente de lo que los papas han dicho durante los últimos 40 años aproximadamente, existen poderosos mecanismos informales que a menudo contradicen e incluso anulan lo que los pontífices parecen estar dispuestos a admitir, al menos públicamente.
Apenas este 3 de marzo, hubo otro de esos mensajes pontificios. El arzobispo Mark Gerard Miles, nuncio apostólico en Costa Rica, leyó ese día un mensaje, firmado originalmente por León XIV el 6 de enero, que llama, una vez más, a cambiar la forma en que las diócesis de América Latina abordan los casos de abuso. Más sobre esto al final.
Pequeños ejércitos
Aunque la mayoría de los mensajes provenientes de la Santa Sede suelen cumplir con todos los requisitos, no se traducen a las realidades de cada país o diócesis. Si uno revisa la evolución de la crisis, notará cómo Roma hizo todo lo posible por presentar el problema como algo que afectaba únicamente al mundo de habla inglesa: era la secularización y la revolución sexual de los sesenta y setenta, no la mala teología o el descuido de obispos y monseñores para proteger a los fieles.
Ha sido, desde el inicio, un intento para controlar la narrativa, limitar la responsabilidad y evitar reconocer su papel en lo que ha ocurrido.
Y luego está el tema, quizás más apremiante, de los pequeños ejércitos de laicos en cada diócesis que son los verdaderos artífices y ejecutores de cualquier respuesta real de la Iglesia Católica a la crisis y sus efectos.
El de Alicia no es, en ese sentido, un caso nuevo o único. Casos como el suyo se repiten ahora mismo en los comentarios de Facebook o en las respuestas a cualquier mensaje de una diócesis católica en sus redes sociales. Cada que alguien desafía al papa o al obispo recordándoles los casos pendientes en cualquier parroquia, colegio o diócesis, ocurre un aluvión de respuestas similares a los ataques a Alicia.
Hace unos meses, Kevin Matías Montes, un sobreviviente argentino de abuso, compartió con Los Ángeles Press su experiencia (véase el texto arriba). Destacó cómo laicos que solían bendecirlo por ser seminarista, fueron los primeros en atacarlo a él y a su familia cuando denunció lo ocurrido en Orán, Argentina.
La interpretación más civil de esas respuestas es que son católicos muy disciplinados y leales que creen que es su deber desafiar a quien critique al papa, al obispo o a un superior o a una orden religiosa cuando hablan de su respuesta a la crisis de abuso. La versión más peligrosa es difícil de descartar por completo dado el estado actual de las redes sociales en todo el mundo: bots que atacan a quien critique a la institución.
Ambas son problemáticas porque revelan cuál es la comprensión real de la Iglesia Católica, tanto clérigos como laicos, una vez que los sobrevivientes y los periodistas han dejado la sala, cuando hablan sin temor a que se les grabe.
Al revisar el ataque a la docencia de Alicia, se encuentra una carta de “padres de familia preocupados” en la UDEM que reprochaban su uso de medios de Estados Unidos para mejorar el inglés de sus alumnos; hay ahí un eco distante de los ataques que Matías y su familia enfrentan ahora en Argentina, de la misma manera que se ven en la defensa airada del clero depredador en grupos católicos de Facebook, donde las víctimas, sus familiares, amigos y defensores son etiquetados y vilipendiados como “masones”, “comunistas”, “odiadores anticatólicos”, entre otras lindezas.
Y hay que recalcar que, aunque hoy en día Alicia muestra activamente su apoyo a los sobrevivientes de abuso sexual y escribe obras de teatro, donde analiza la mente de depredadores como Marcial Maciel (véase la nota enlazada abajo), en el momento en que pasó por el calvario que relata este texto, ese no era el caso.
El caso de Alicia comienza en 1995 en la Universidad de Monterrey, la llamada UDEM, una institución clave para entender lo que es Monterrey, la capital industrial de México, y cómo Marcial Maciel se convirtió en un actor principal en la escena católica local en lo que, de otro modo, es una ciudad laboriosa, generosa y dinámica.
Alicia no era profesora de teología, sociología o estudios feministas. Su bibliografía no estaba llena de libros o artículos de revistas académicas con los “sospechosos de siempre”: la teoría crítica, los estudios feministas o marxistas o la teología de la liberación.
Alicia Garza Martínez era profesora titular de inglés como segunda lengua en la UDEM. Su trabajo era mejorar la capacidad de estudiantes que ya conocían los conceptos básicos del inglés. Sus estudiantes ya habían acreditado el TOEFL, el Test of English as a Foreign Language. Ese examen y el proceso para dominar el inglés ya eran entonces un rito de iniciación para los estudiantes de clase media en colegios privados de América Latina. Dominar el inglés les permite hacer estudios de postgrado en Estados Unidos o Canadá o, a veces, demostrar a un empleador potencial sus habilidades con el inglés como lengua extranjera.
Noticias peligrosas
Alicia, como muchos otros profesores de inglés como segunda lengua en México y América Latina entonces, usaba medios masivos impresos de Estados Unidos, fáciles de conseguir para que sus alumnos dominaran el idioma. Su crimen fue utilizar esos medios para ayudar a sus alumnos a leer, hablar y escribir en inglés.
Pedía a sus estudiantes comprar una revista semanal en inglés en papel, cuando esas cosas todavía existían, para tener debates informales sobre “temas actuales” en el mundo de habla inglesa. Una semana eran las guerras de George W. Bush y la siguiente de algún desarrollo en informática, deportes o incluso gastronomía.
La profesora Alicia, como cualquier otro profesor de inglés como segunda lengua en América Latina, no tenía control sobre lo que Newsweek, su medio preferido, decidía publicar. Además, la revista era en ese momento propiedad de la misma familia que solía ser dueña de The Washington Post.
Por muy notorios que fueran sus textos entonces, su enfoque difícilmente era “extremo” o notoriamente sesgado. En el caso específico del número que finalmente selló el destino de Alicia en la UDEM, Newsweek no había revelado lo que ocurría en materia de abusos en Boston.
Newsweek, no había realizado el tipo de reportaje e investigación fundamental que The Boston Globe hacía desde los noventa sobre lo que ocurría en Boston. Al igual que otros semanarios de la época, resumía y ampliaba lo que The Boston Globe había descubierto.
No era una de las investigaciones profundas de Harper’s Magazine sobre la extrema derecha cristiana en Canadá y Estados Unidos o de Mother Jones para desmentir el mito de las “Welfare Queens”, mujeres a quienes los republicanos acusaban de recibir ayudas del gobierno de manera fraudulenta. Era un medio convencional que, ese caso, ampliaba noticias dadas a conocer por otros medios, sobre temas de relevancia en Estados Unidos.
Además, no había forma de que Alicia predijera el contenido del número que Newsweek publicó el 4 de marzo de 2002. Newsweek, como muchos otros medios impresos de la época, dedicó, al menos parcialmente, ese número al escándalo que entonces estallaba en la arquidiócesis católica de Boston.
La revista tenía en su portada, como muchos otros medios de comunicación en Estados Unidos y en otras partes del mundo, independientemente del idioma, una fotografía de Bernard Law, el finado cardenal y antiguo arzobispo de Boston. Su titular era un resumen perfecto de la situación: “Sexo, vergüenza y la Iglesia Católica. 80 sacerdotes acusados de abuso de menores en Boston—Y una nueva búsqueda espiritual en Estados Unidos”.
La imagen antes de este párrafo era la portada del número, tal como circuló originalmente, disponible aquí en el Internet Archive, como archivo PDF. El texto principal, sin los gráficos ni las fotos, ha sido publicado por Phil Saviano, un sobreviviente de lo sucedido en Boston, cuyo testimonio fue incluido por Newsweek, y está disponible aquí.
El texto principal y las notas secundarias representan un poco más del diez por ciento de las 88 páginas totales y ello sólo gracias al espacio extra dado a las fotos de la portada, la del índice y una breve introducción al número, donde aparece Law. El resto de la revista estaba dedicado a otros temas.
Como sucede hoy, cuando Estados Unidos libra otra guerra en Medio Oriente justo después de unos Juegos Olímpicos de Invierno, aquel número de Newsweek tenía, hace 24 años, textos y fotografías, uno de los ganchos de Newsweek entonces, antes de los medios digitales, sobre la Olimpiada de Invierno, más relevante pues Salt Lake City fue la sede y sobre la guerra en curso en Afganistán.
Incluso hay un breve texto sobre Monica Lewinsky, que entonces intentaba reconstruir su imagen pública después de haber sido durante muchos años el blanco de muchas bromas en programas de comedia a finales de los noventa y la primera década de este siglo.
El curso de Alicia no abordaba los problemas que afectaban a la Iglesia Católica en Monterrey, México o América Latina. En última instancia, el “crimen” de Alicia fue tratar a sus alumnos como adultos capaces de leer un semanario de noticias global, comprenderlo y ofrecer algún comentario sobre sus textos.
Alicia intentaba ofrecer a sus alumnos y a sus padres lo que valía su dinero: la mejor educación que era capaz de impartir, ayudándoles a sostener conversaciones claras en una lengua extranjera.
Entonces, ¿por qué la institución que contrató a una profesora responsable, bien formada y calificada como Alicia, la despidió en el verano de 2003?
Una desviación necesaria
Aquí es necesario prestar cierta atención a la historia de la UDEM y, más específicamente, explicar por qué los “muchachos” de Maciel habían acumulado toneladas de poder simbólico en esa universidad del norte de México, lo que les permitió intentar destruir la vida de Alicia a principios de este siglo.
Cuando la UDEM contrató a Alicia en 1995, la UDEM era, como ahora, la universidad para las familias de mandos empresariales intermedios, burócratas de nivel medio y alto en los gobiernos federal, estatal o municipal, los de pequeños empresarios y de quien quiera ofrecer un futuro mejor a sus hijos en Monterrey.
Los estudiantes de la UDEM podían pagar la suscripción a la revista, pues es una universidad privada, no del mismo costo que el Tec de Monterrey, la universidad para las familias de las élites, pero con recursos para pagar ese tipo de material de estudio. Lamentablemente, las revistas, con la foto de Bernard Law en la portada, detonaron las alertas de los lugartenientes de Marcial Maciel en la UDEM.
La UDEM estuvo en el radar de Maciel y de la Legión casi desde su fundación, en los sesenta, cuando cinco órdenes religiosas, activas en la arquidiócesis de Monterrey, unieron dineros y otros recursos para fundar una nueva universidad.
Tres de las órdenes fundadoras eran femeninas: las Hijas de María Inmaculada de Guadalupe, las Hermanas del Sagrado Corazón de Jesús y las Hermanas de la Caridad del Verbo Encarnado. Las otras dos eran masculinas: los maristas y los lasallistas, por lo que no tienen sacerdotes. Para ser una universidad católica o, al menos, de inspiración católica, necesitaban capellanes, por lo que solicitaron al arzobispo Alfonso Espino Silva uno.
La UDEM surgía cuando los mercados mexicanos estaban en auge. El catolicismo mismo también gracias a los efectos del aggiornamento del Concilio Vaticano II en América Latina, aunque con signos contradictorios.
Para cuando esto sucedía en la UDEM, Maciel llevaba unos diez años acosando a las élites de Monterrey para sacarles dinero. Interpretaba el papel de víctima perpetua de un hiperactivo Partido Comunista Mexicano que lo atacaba a punta de pistola en episodios que sólo existían en su mente.
Lo hacía tras exprimir al máximo las relaciones que heredó de sus tíos que eran también obispos. En la vecina y sufragánea diócesis de Saltillo, Coahuila, Maciel tenía a uno de esos parientes. Luis Guízar y Barragán había estado al frente de esa diócesis desde 1938. Primero como obispo coadjutor y a partir de 1954 como titular allí. Guízar había permitido las frecuentes visitas de Maciel a Saltillo, donde obtenía dinero de viudas piadosas dispuestas a creer sus muchas mentiras.
El texto vinculado después de este párrafo, dedicado a la serie de TV de HBO, Maciel, lobo de Dios, desarrolla con más detalle el asunto del papel que desempeñaron los tíos de Maciel, e incluso ofrece un árbol genealógico para comprender quién impulsó su carrera.
Monterrey mismo tenía, en la época en que se fundó la UDEM, a Alfonso Espino Silva; no era tío de Maciel, pero había sido el sexto obispo de Cuernavaca, Morelos. Cuernavaca es donde supuestamente Maciel fue ordenado por el predecesor de Espino y tío de Maciel, Francisco María González Arias.
Una vez más, no es claro cuánto sabía Espino sobre el pasado y lo que hacía entonces Maciel, pero existe la posibilidad de que estuviera plenamente al tanto de la dudosa ordenación de Maciel en Cuernavaca y de las acusaciones que seguían a Maciel. Después de todo, la Legión ya tenía presencia en Monterrey.
Además del apoyo que Maciel recibió de su tío, el obispo de Saltillo, y quizás del sucesor de su tío en Cuernavaca, y luego arzobispo en Monterrey, una clave del plan de Maciel en Monterrey fueron los hermanos Garza Medina.
El inglés, dulce para la publicidad, amargo para las noticias
Luis era el guardián de los sucios secretos financieros de Maciel en la Legión: cuántos dólares para la dolantina, su droga preferida; cuánto para mantener “contentos” a los monseñores en Roma con los gordos sobres amarillos de Maciel, llenos de efectivo, a pesar de las muchas quejas sobre lo que ahora se llamarían prácticas sectarias. Ahora vive en Manila, Filipinas, como delegado de la Legión en Asia.
Dionisio era el “valedor” de Maciel en la UDEM, ocupaba como representante de Maciel puestos en la UDEM y en otros consejos de organizaciones católicas y empresas privadas de México, incluida Alfa, ahora una sombra de lo que fue, pero a finales del siglo XX, el epítome de un consorcio mexicano, una controladora con inversiones variadas, la séptima empresa mexicana más grande de entonces.
Tanto que, en 1994, The New York Times (contenido en inglés y detrás de un muro de pago), dedicó un perfil a Dionisio cuando el Tratado de Libre Comercio, ahora amenazado por la inestabilidad generada por Donald Trump cumplía un año. 30 años después, Reforma, el diario favorito de la élite de Monterrey, todavía buscaba la opinión de Garza Medina sobre lo que necesitaba el país en ese momento.
Además de sus intereses en Alfa y otras firmas, los Garza Medina daban forma al “clima moral” de Monterrey, al legitimar las historias delirantes de Maciel como héroe de la Guerra Cristera cuando no podía tener más de diez años y la daltónica versión mexicana de la Guerra Fría donde nada ni nadie era lo que parecía.
Para simplificar, Luis gestionaba los millones de la Legión, gran parte provenientes de las mismas familias cuyos hijos estaban en la UDEM, los alumnos de Alicia, mientras que Dionisio se aseguraba de que la universidad fuera un “espacio seguro”, seguro para Maciel y la Legión de Cristo, donde el dinero prosperaría.
Pérdidas jesuitas, ganancias legionarias
El dinero no explica cómo Maciel fue un intermediario clave en varios campos de la vida pública mexicana. Su éxito hubiera sido imposible sin otro factor.
El hecho de que Maciel y los Garza Medina ganaran terreno en la UDEM fue el subproducto de los amargos pleitos de familia que destruían a la Compañía de Jesús, los jesuitas. Ellos habrían sido ideales para la capellanía de la UDEM. Desde su creación eran capellanes en el Tec de Monterrey y en los sesenta todavía lo eran.
Pero los jesuitas estaban en medio de su propia crisis. La crisis, una suerte de embolia, fue lo suficientemente grave y prolongada como para obligar, pocos años después de la fundación de la UDEM, a los jesuitas a abandonar la capellanía en el Tec de Monterrey. También los obligaría a cerrar su escuela insignia en la Ciudad de México, el Instituto Patria, en Polanco, para financiar con esos dineros otras actividades mejor alineadas con su comprensión de su misión evangélica.
Como había sucedido antes en España, las fiebres de los jesuitas fueron las ganancias de Maciel. Con el tiempo, pudo hacerse de la capellanía de la UDEM y, fiel a su manual de prácticas sectarias, promovió a amigos, aliados y subordinados a puestos clave dentro de los consejos de la UDEM.
Además, consciente de cuáles eran las expectativas de los padres que pagaban por la educación de sus hijos e hijas en la UDEM, Maciel nombró a principios de los ochenta a uno de “sus” rubios “curas irlandeses” como capellán de la UDEM. El designado no es otro que el actual camarlengo de la Iglesia Católica, prefecto del poderoso Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida, el cardenal Kevin Joseph Farrell. A pesar de tener 77 años cuando León XIV fue electo, Farrell fue confirmado en ese dicasterio.
Si uno revisa la página con sus datos en Catholic Hierarchy, notará cómo de 1978 a 1984 fue miembro de la Legión de Cristo. Farrell dejó la Legión al alegar “diferencias intelectuales”, pero permaneció e incluso avanzó en la jerarquía.
Como muchas cosas relacionadas con la Legión de Cristo, la salida de Farrell no fue transparente, más dado que salió rumbo a Washington D.C. Ahí fue miembro influyente de la curia durante el mandato del cardenal James Aloysius Hickey allí. Un año después de que Juan Pablo II nombró a Theodore McCarrick como arzobispo de la capital de Estados Unidos, contra las objeciones de otros obispos estadounidenses, luego de lo cual finalmente se convirtió en cardenal. El sitio de Internet de la Santa Sede tiene un perfil con algunos detalles adicionales, aunque sólo está disponible en inglés e italiano.
Premiar el silencio
Farrell dejó la Legión, pero su carrera avanzó; no está clara cuál fue la reacción de Maciel ante su decisión de irse, pero hubiera sido miope evitar su salida o sabotear su avance en la jerarquía, más aún cuando Farrell mantenía cierta influencia en Monterrey y se iba a la capital de Estados Unidos.
Además, su hermano mayor, Brian, seguía en la Legión de Cristo y trepaba la “pirámide” burocrática en Roma. Cuando Juan Pablo II nombró a Brian obispo en la Curia Romana, en 2002, Kevin ya era auxiliar de McCarrick en Washington, DC.
El hecho de que Farrell se convirtiera en capellán de la UDEM no fue producto del azar. Maciel, un Whitexican, un güero, sabía cómo ganarse el favor de las familias de Monterrey que pagaban por la educación de su descendencia allí. Farrell era el sueño dorado de Whitexicans que buscaban validación externa de un sacerdote irlandés rubio que hablaba un español relativamente fluido.
Aunque la transparencia no es fácil con Farrell, pues hay que buscar otras fuentes para atar cabos sobre su paso de ser un “cura irlandés” de Maciel a obispo auxiliar bajo el ahora fallecido depredador Theodore McCarrick en 2001, lo que es claro es que la apuesta de Farrell al dejar la Legión dio sus frutos.
¿Cuánto de la formación de Farrell en la Legión resultó útil al tratar con McCarrick? Una cosa está clara: sea que hable de su relación con Maciel o con McCarrick, el silencio sobre las prácticas depredadoras con seminaristas es la norma. De ambos depredadores Farrel afirma no saber cosa alguna.
En 2007, Benedicto XVI lo premió con la diócesis de Dallas, Texas. Lejos de debilitar sus vínculos con las élites de Monterrey, el traslado a Dallas reforzó la influencia de Farrell en el norte de México.
Nueve años después, en 2016, el papa Francisco pidió a Kevin Farrell que se trasladara a Roma, convirtiéndose en un actor principal en la curia de Jorge Mario Bergoglio, tanto que nombró a Farrell camarlengo de la Cámara Apostólica en 2019 y, como tal, supervisó la elección del ahora reinante papa León XIV.
Si uno revisa los medios locales de Monterrey, hasta el día de hoy, especialmente después de su papel durante el más reciente cónclave en Roma, hay rastros de los días de Farrell en la UDEM, aunque siempre empañados por las preguntas que persisten en torno a su salida de una organización con un historial conocido de abusos como la Legión, para terminar como auxiliar de un cardenal caído en desgracia, uno al que el papa Francisco expulsó del sacerdocio y cuyos crímenes fueron tan variados, que tiene el dudoso honor de ser el único depredador para quien el propio Vaticano ha elaborado un informe detallado, un dossier.
La resistencia de la iglesia territorial
A principios de este siglo, existía en Monterrey la expectativa de que la UDEM pasara a formar parte del imperio de Maciel, un campus más de la Anáhuac, uno que quizás conservara cierta identidad, como sucede con la Universidad Anáhuac Mayab en Mérida, Yucatán, al sur de México.
Sin embargo, Maciel tenía en el momento en que podría haber adquirido la UDEM otras prioridades. Estaba en una racha de compras, fundaba universidades propias, como Finis Terrae en Chile, donde no tenía que rendirle cuentas a nadie, menos a monjas o hermanos maristas y lasallistas que exigieran algún derecho. También adquiría medios en Estados Unidos, como el National Catholic Register.
A principios de los años ochenta había otro arzobispo en Monterrey, uno con el que Maciel había tenido fricciones. Antes de que Juan Pablo II nombrara a Adolfo Suárez Rivera arzobispo allí, había sido, de 1980 a 1983, obispo de Tlalnepantla, entonces diócesis, ahora arquidiócesis, vecina al norte del entonces Distrito Federal.
Tlalnepantla ya era en los ochenta un elemento clave en el imperio de Maciel, pues es donde se encuentra la joya de la corona, el campus norte de la Universidad Anáhuac en México. Anáhuac-Norte no era sólo el proyecto académico de Maciel; fue su oportunidad para ganar millones en el mercado inmobiliario de la Ciudad de México, específicamente en el municipio que ahora acoge a algunas de las familias más ricas de México: Huixquilucan, conectado con Santa Fe, el desarrollo construido sobre lo que eran los tiraderos del antiguo D.F.
Aunque la familia Garza Medina, especialmente Dionisio, estaba totalmente a favor de la adquisición de la UDEM, las monjas y los hermanos de las órdenes fundadoras no estaban tan seguros de abandonar su propia universidad para convertirse en socios silenciosos del imperio de Maciel. Dada la experiencia del ya entonces cardenal Suárez con la Legión en Tlalnepantla, es fácil entender por qué no estaría entusiasmado con la idea de la UDEM como la Anáhuac-Monterrey.
Durante la gestión de Suárez Rivera, la arquidiócesis de Monterrey fue un contrapeso al poder desenfrenado de la Legión de Cristo, más aún dado que fue, de 1988 a 1994, presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano.
La evidencia de la conflictiva relación entre la Legión y Suárez Rivera también surge del ataque frontal que los subordinados de Maciel lanzaron contra uno de los aliados de Suárez Rivera, Samuel Ruiz García, entonces obispo de San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, donde Suárez Rivera había nacido en 1927.
Allí, la Legión usó todos sus “misiles” contra Ruiz, incluso cuestionaron, por medio de personeros “laicos”, la autoridad de Ruiz para ordenar a un número inusual de diáconos casados en ceremonias donde las esposas de los diáconos estaban demasiado cerca de sus maridos para la comodidad de esos personeros “laicos”.
Laicos preocupados
Así como los padres de familia “preocupados” por las lecturas que usaba Alicia en su clase, los “laicos” del Regnum Christi cuestionaban las ordenaciones de Ruiz en ampulosas cartas enviadas a Roma y a medios de México y Estados Unidos. La crítica, sin embargo, no era a la ceremonia. Criticaban la manera en que Ruiz y en cierto sentido Suárez entendían el papel de la Iglesia Católica en México.
Mientras que San Cristóbal, hasta ahora, es la diócesis con mayor número de diáconos permanentes en México, 555 según los datos de Catholic Hierarchy, grandes arquidiócesis como México o Guadalajara tienen 150 y cero, respectivamente. Monterrey misma tiene, al igual que la Ciudad de México, apenas 150.
Para poner esas cifras en perspectiva, mientras que San Cristóbal de Las Casas tiene un diácono casado por cada 2,920 católicos, la Arquidiócesis de México tiene uno por cada 29,480 católicos y Monterrey uno por cada 28,453 católicos.
Es imposible analizar las implicaciones de tales cifras. Un análisis más exhaustivo y consecuente demostraría cómo el hecho de que la Ciudad de México y Monterrey tengan ahora 150 diáconos casados cada una es ya una mejora.
Hacia 2003, para cuando San Cristóbal ya contaba con 341 diáconos permanentes, la Arquidiócesis Primada de México apenas tenía 75 de esos ministros, con una población mayor, y antes de la separación de las diócesis relativamente nuevas de Azcapotzalco, Iztapalapa y Xochimilco. Monterrey, antes de la partida de Suárez Rivera, tenía 23 y Guadalajara, ahora con un rotundo cero, tenía uno.
Esas no son sólo cifras. Son evidencia de profundas diferencias teológicas y pastorales en la comprensión de la naturaleza misma de la Iglesia Católica, el papel del clero, las respuestas a las preguntas sobre el futuro del sacerdocio y cuál es el papel de los laicos en cada diócesis.
También son evidencia de las diferencias más profundas en la forma en que el catolicismo es aprehendido y reinterpretado en diferentes regiones de México. Por un lado, Maciel estaba más que dispuesto a utilizar a sus "sacerdotes rubios irlandeses" para apaciguar la necesidad de validación externa, de validación extranjera, de los Whitexicans. San Cristóbal de las Casas ha venido apostando fuerte por el clero local, con un modelo que ha estado bajo el fuego de la derecha mexicana y estadounidense dentro de la Iglesia Católica.
Jaque al papa Francisco
El 21 de noviembre de 2024, el Dicasterio para la Disciplina de los Sacramentos publicó una serie de "rúbricas" y otros elementos de la misa en algunas de las lenguas de los pueblos originarios de Chiapas. En México y otros países latinoamericanos donde ya existen traducciones similares, la noticia fue positiva.
AICA, la agencia de noticias de la Conferencia Episcopal Argentina publicó un texto con un titular que decía: “Vaticano: luz verde al ‘rito maya’ de la misa para comunidades indígenas de Chiapas". Lejos de celebrarlo como un logro, la extrema derecha católica de Estados Unidos, con la ayuda de sus socios mexicanos, cuestionó el derecho mismo del papa Francisco a aprobar lo que esos grupos presentaron como una abominación.
Cuando AICA publicó ese texto llegaba tarde a un festín de la extrema derecha estadounidense que comenzó casi una semana antes, el 15 de noviembre, con una “filtración” del corresponsal en Roma de LifeSite News que “advertía” al ala tradicionalista de la Iglesia Católica de lo que se presentó como una traición proveniente de la curia de Francisco.
Sería imposible repasar ese episodio. Si lee inglés, el sitio de noticias Where Peter Is publicó una serie sobre la manera en que ese debate ocurrió en el mundo de habla inglesa. El primero está disponible aquí.
Los ataques a Francisco fueron tan intensos en el mundo de habla inglesa, similares a los ataques a Alicia en la UDEM y a muchas otras víctimas y sus defensores en los medios católicos, que por primera vez el Dicasterio y la Conferencia del Episcopado Mexicano vieron la necesidad de publicar una "nota explicativa" trilingüe (español, inglés e italiano) sobre el tema. Las tres versiones de la nota están disponibles aquí en el sitio web del Dicasterio.
Algo muy malo tiene que pasar para que los obispos mexicanos publiquen una explicación de cualquier tema. Cabe preguntarse cuántas alertas dispararon en Estados Unidos las traducciones al tzeltal, tzotzil, ch’ol, tojolabal y zoque del Rito Romano de la Misa para obligar a los obispos mexicanos y al Dicasterio a emitir una “nota explicativa” trilingüe y mantenerla disponible todavía ahora.
Por otro lado, algunos podrían ver la reticencia de Guadalajara a adoptar el modelo del diácono permanente como una señal de su propia vitalidad, una suerte de réplica de "no los necesitamos"; después de todo, Guadalajara sigue siendo el seminario más grande y productivo del mundo católico occidental, pero también reflejan el papel que la Iglesia Católica está da a líderes locales, mayormente indígenas, que se convierten en diáconos permanentes.
Equilibrios
Dejando de lado estos asuntos, para agosto de 2003, y de regreso al calvario de Alicia Garza Martínez, el equilibrio que Suárez Rivera representaba al tratar con la Legión de Cristo desapareció cuando el Vaticano aceptó su renuncia. Juan Pablo II nombró casi inmediatamente para Monterrey al entonces obispo de Toluca, en el centro de México, y actual arzobispo de Guadalajara, el ahora cardenal José Francisco Robles Ortega.
La partida de Suárez ofreció a los ejecutores de la Legión en la UDEM las condiciones perfectas para echar a Alicia de su puesto, ya que no había más un obispo dispuesto a equilibrar la influencia de la Legión sobre la UDEM.
La salida de Suárez Rivera de la UDEM dio a Dionisio Garza Medina y a sus aliados en la UDEM carta blanca para echar a una profesora que, en última instancia, sólo enseñaba inglés con una revista semanal entonces importante y muy influyente que cometió el error (en la lógica de la Legión y sus "laicos") de publicar textos sobre el abuso sexual.
Garza Medina intentaba hacer con los alumnos de Alicia lo que la Legión de Cristo hacía desde hacía muchas décadas: censurar el acceso a los medios civiles e incluso católicos, censurar sus comunicaciones con sus familiares por correo electrónico y postal, por citar lo más evidente del modelo de control sectario de los miembros de la Legión y el Regnum Christi.
Como recuerda la propia Alicia, después de aquel número del 4 de marzo, Newsweek publicó otros textos sobre la escala, amplitud y profundidad del escándalo en aquel momento en la Iglesia Católica en Estados Unidos y que estaba a punto de golpear a la Iglesia Católica en México, como ocurre ahora.
El hecho de que la "prueba irrefutable" de Garza Medina contra una profesora que hacía su trabajo fuera lo que Newsweek publicaba entonces es la quintaesencia de la Legión de Cristo. Es el ejemplo perfecto del manual de prácticas sectarias: tener más miedo a la verdad que a la complicidad en un crimen y un pecado.
El despido de Alicia fue tan informal como devastador. A pesar de sus años de servicio y de su condición de finalista del premio Pro Magistro, no hubo un tribunal académico formal, ni revisión por pares de su programa de estudios, ni oportunidad de defender el uso de Newsweek como material didáctico legítima.
En su lugar, los “pequeños ejércitos” se movieron en las sombras. El proceso comenzó con padres “preocupados”, ligados a la Legión vía el Regnum Christi, que afectados por lo que publicaba Newsweek “exigían” a Garza Medina actuar. En el catolicismo de Monterrey, una llamada de un líder multimillonario conectado con el fundador de la Legión pesó más que una década de excelencia docente.
Alicia fue citada no a un despacho académico, sino a una confrontación donde el subtexto estaba claro: su despido no tenía que ver con su enseñanza. Tenía que ver con dejar que sus alumnos leyeran Newsweek.
El despido de Alicia no era la salida de una profesora de un edificio; fue la aplicación perfecta de lo que Maciel y sus subordinados hacían desde los cuarenta en las casas de la Legión de Cristo: proteger a Maciel y a cualquier otro depredador sexual relacionado con la Iglesia Católica de cualquier tipo de crítica, el llamado "cuarto voto" en la Legión: nunca criticar a Maciel so pena de una excomunión de facto, cuyos rastros son todavía evidentes en los ataques a los sobrevivientes de abuso sexual en las redes sociales en casi cualquier idioma.
Garza Medina tenía razón en ver lo publicado por Newsweek sobre Boston como una advertencia de lo que ocurriría años después con la Legión, Maciel y muchos otros depredadores asociados a esa entidad, así como a otras órdenes y diócesis.
La ironía final
La ironía final del caso de Alicia es el hecho de que era una profesora que sobresalía en su oficio. No es zalamería de quien escribe estas líneas. Fue la propia valoración de la UDEM sobre el desempeño de Alicia. Sus superiores en la UDEM así lo reconocieron a lo largo de varias cartas que escribieron al tratar su caso y, más tarde, cuando la apoyaron para trasladarse a Texas y hacer allí lo que la UDEM en Monterrey no estaba dispuesta a permitirle hacer: enseñar a sus alumnos con las mejores herramientas a su alcance.
Además, en su último año como docente en la UDEM, Alicia fue la seleccionada de su departamento para el premio Pro-Magistro. No pudo ganarlo por razones desconocidas, pero fue finalista. Su departamento estaba reconociendo que merecía el más alto honor que la UDEM otorga a su profesorado. Las propias métricas de la institución —evaluaciones de los estudiantes, revisiones por pares e impacto pedagógico— demostraron que era una educadora de élite.
En cualquier otro entorno académico funcional, ser finalista del premio Pro Magistro habría sido un escudo; en la UDEM en 2003, convirtió a Alicia en blanco de las prácticas sectarias de la Legión de Cristo.
Al despedir a una profesora de primer nivel, Dionisio Garza Medina enviaba un mensaje escalofriante al resto del profesorado: la excelencia profesional es secundaria; la clave es el silencio.
Por si fuera poco, su desempeño y permanencia en una academia asociada a la Universidad de Texas en Austin y, más tarde, su trabajo con estudiantes disléxicos para desarrollar sus habilidades, demuestran qué tan absurdo fue su despido de la UDEM por usar Newsweek como material didáctico para su clase.
La ironía del despido de Alicia fue el colmo de la crueldad y las prácticas sectarias de la Legión. Confirma su incapacidad para argumentar, dialogar y razonar, ya que para la Legión la interacción humana se reduce a la obediencia ciega a los líderes.
Pero también es la prueba de cómo, independientemente de cuántos mensajes para pedir perdón hubiera publicado ya entonces Juan Pablo II con respecto a la crisis de abuso sexual, al protegerse a sí misma la Legión destruía a quien sus líderes etiquetaran como un enemigo potencial.
Reflejo cultural
Y lamentablemente, esto no es una característica exclusiva de la extrema derecha mexicana. Es un reflejo cultural de las élites mexicanas para destruir e imponer el silencio y la disciplina. Basta con ver lo sucedido, casi 20 años después del despido de Alicia en la UDEM, con Virginia Illescas en una universidad pública y supuestamente “laica” de Oaxaca, como prueba de que el silencio es la directiva máxima de las élites mexicanas.
No es que Alicia y Virginia Illescas sean las únicas profesoras acosadas por sus empleadores por reconocer la realidad del abuso sexual. Esta serie comparó recientemente el caso de la profesora Illescas en Oaxaca con un caso francés, considerado en el texto enlazado después de este párrafo.
Antes, Los Ángeles Press publicó un texto de la propia Virginia Illescas donde ofrece el detalle de su caso, enlazado después de este párrafo.
La diferencia no es el abuso o la tentación de abusar del poder para encubrir el abuso. La diferencia es que mientras las autoridades francesas protegieron a la profesora Marie-Pierre Jacquard por exponer una red de abuso que operó durante 24 años en escuelas de Marne, sin perder su cargo, en México se cumple la consigna de “culpar a la víctima” y más todavía a quien ayude a la víctima.
Ya sea en una universidad privada de “inspiración católica” en Monterrey o en una universidad pública, supuestamente “laica”, en Oaxaca, el silencio es la directiva máxima de las élites mexicanas y mujeres valientes como Virginia Illescas o Alicia Garza Martínez enfrentan las consecuencias.
Al final, Alicia sobrevive como testigo de un sistema que, en 2003, buscó censurar la verdad junto con su programa de estudios y lo que era una respetada fuente de noticias. Veintitrés años después del despido de Alicia en la UDEM, León XIV aun hace, por medio de su nuncio en Costa Rica, llamados a la transparencia a CEPROMELAT, la entidad corresponsal en América Latina de Tutela Minorum.
Lamentablemente, no existe una transcripción completa del mensaje, sólo lo que el servicio en español de Vatican News ( tuvo a bien presentar.
Curiosamente, el hecho de que el arzobispo maltés Mark Gerard Miles leyera ese mensaje pocas horas antes de que Peter Neronha, el fiscal general de Rhode Island, ofreciera, el miércoles 4 de marzo, un adelanto de las conclusiones de su informe estatal sobre el abuso sexual de clérigos católicos en ese estado de Estados Unidos, es solo una ironía más que los católicos tienen que integrar en la tarea cada vez más difícil de permanecer leales a su iglesia.
Roma debería entender cómo, cuando se acumulan tantas ironías, permanecer fiel y obediente se vuelve peligrosamente sinónimo del tipo de actitud que Garza Medina intentaba imponer en la UDEM.
Más aún cuando se observa cómo el informe preliminar de Rhode Island (contenido en inglés) da cuenta de 75 clérigos depredadores, con un mínimo de 300 víctimas que, como suele ser el caso, podrían aumentar una vez que los nombres y las trayectorias profesionales de los clérigos sean descubiertos por este tipo de informes, ya que animan a otras víctimas a presentarse. Mientras el arzobispo Miles estaba ocupado leyendo el discurso saneado de León XIV sobre la "cultura del cuidado" en Costa Rica, Peter Neronha estaba ocupado contando los cuerpos en Rhode Island.
Lo que surge del texto de esta semana es cómo estructuras “laicas” similares atacaron tanto a Alicia en la década de los 2000 en Monterrey como a Francisco y a los obispos mexicanos en 2024. En ambos casos, el pretexto fue la "ortodoxia". En ambos y en muchos otros casos, los ataques estuvieron imbuidos de un absolutismo moral, dispuestos a deslegitimar a través de la “preocupación”.
Ambos son ejemplos de cómo las nociones de ortodoxia son convertidas en armas, protegiendo en última instancia, en el caso de Alicia, a los depredadores. Los obispos, mexicanos o no, no son víctimas pasivas de estos ataques. Ahora son blancos tras muchos años de alimentar una mentalidad de “estado de sitio” que legitimó lo que la UDEM y la Legión de Cristo, aunque fuera informalmente, le hicieron a Alicia.
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Un resumen de este texto está disponible en audio después de este párrafo.
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Nota de producción: El texto del resumen, como el principal, fueron escritos y editados sólo por el autor. La grabación de la lectura del audio se hizo con una herramienta de texto-a-habla (Microsoft Word vía Web). La IA se usó sólo para generar la voz y no para la creación del contenido.
Una vez publicado el texto recibí una comedida nota de las personas al frente de Spes Viva donde me hacen ver que aunque hay efectivamente personas sobrevivientes en sus filas, su perfil como organización es el de la defensa amplia de los derechos humanos. Spes Viva "lucha contra la pederastia clerical" y promueve una agenda "a favor de los derechos de niñas, niños y adolescentes". Como autor, lamento la confusión.