
Angus Deaton lamenta que las recomendaciones de los economistas con frecuencia sean poco más que una "licencia para el saqueo".
En este texto, Angus Deaton, Nobel de Economía 2015 cuestiona sus opiniones y las de otros economistas, pues "a medida que evolucionan las circunstancias, cambiar de opinión puede ser bueno".
Por Angus Deaton*
La economía ha tenido muchos logros; contamos ahora con grandes conjuntos de interpretaciones teóricas, las cuales suelen no ser obvias, construidas a partir de evidencia empírica cuidadosa y a veces convincente. La profesión sabe y entiende muchas cosas. Sin embargo, hoy estamos en un estado de cierto desorden. No fuimos capaces de predecir de manera colectiva la crisis financiera y, peor aún, es posible que hayamos contribuido a ella por creer con demasiado entusiasmo en la eficacia de los mercados, especialmente los mercados financieros cuya estructura e implicaciones entendíamos menos bien de lo que pensábamos. Los recientes acontecimientos macroeconómicos, ciertamente inusuales, han visto diferencias y desacuerdos entre expertos cuyo principal acuerdo es que los otros no están en lo correcto. Se sabe que los ganadores del Premio Nobel de Economía denunciaron el trabajo de otros en las ceremonias en Estocolmo, para gran consternación de aquellos galardonados en ciencias que creen que los premios se otorgan por hacer las cosas bien.
Como muchos otros, recientemente advertí que mis opiniones en materia económica han cambiado. Es un proceso desconcertante para alguien que ha ejercido la economía como profesión durante más de medio siglo. Me referiré a algunos de los temas sustantivos, pero comenzaré con algunas deficiencias generales. No incluyo las acusaciones de corrupción que se han vuelto comunes en algunos debates. Aun así, los economistas, que han prosperado enormemente durante el último medio siglo, podrían ser acusados con justicia de tener intereses creados en que el capitalismo tal como opera actualmente continue, así como está. También debo decir que estoy escribiendo sobre una corriente principal (quizás nebulosa) y que hay muchos economistas que no se adhieren a esa corriente.
Poder: Nuestro énfasis en las virtudes de los mercados libres y competitivos y del cambio técnico provocado por causas externas o exógenas puede hacer que perdamos de vista lo importante que es el poder para fijar precios y salarios, elegir la dirección del cambio técnico e influir en la política para cambiar las reglas del juego. Sin un análisis del poder, es difícil entender la desigualdad o muchas otras cosas en el capitalismo moderno.
Filosofía y ética: a diferencia de los economistas, desde Adam Smith y Karl Marx hasta John Maynard Keynes, Friedrich Hayek e incluso Milton Friedman, en gran medida hemos dejado de pensar en la ética y en lo que constituye el bienestar humano. Somos tecnócratas centrados en la eficiencia. Recibimos poca formación sobre los fines de la economía, sobre el significado del bienestar (la economía del bienestar hace mucho que desapareció de los planes de estudios de las carreras de economía) o sobre lo que dicen los filósofos sobre la igualdad. Cuando nos presionan, normalmente recurrimos a un utilitarismo basado en los ingresos. A menudo equiparamos el bienestar con el dinero o con la capacidad para consumir; de esa manera, perdemos de vista mucho de lo que le importa a la gente. En el pensamiento económico actual, los individuos importan mucho más que las relaciones entre personas en familias o en comunidades.
Eficiencia: La eficiencia es importante, pero le damos un valor mucho mayor por sobre otros fines. Muchos suscriben la definición de economía de Lionel Robbins. Para él es la asignación de recursos escasos para objetivos que compiten entre sí o la versión más drástica que dice que los economistas deberían centrarse en la eficiencia y dejar la equidad a otros, a los políticos o a los administradores. Pero las otras generalmente no se materializan. Por ello, cuando la eficiencia va acompañada de una redistribución del ingreso que favorece a quienes ya tenían mayor ingreso (frecuente, aunque no inevitable), nuestras recomendaciones se convierten en poco más que una licencia para saquear. Keynes escribió que el problema de la economía es conciliar la eficiencia económica, la justicia social y la libertad individual. Somos buenos en lo primero, y la veta libertaria en economía empuja constantemente a lo último, pero la justicia social puede ser lo último a lo que prestemos atención. Después de que los economistas de izquierda aceptaron la preeminencia de la Escuela de Chicago en el estudio de los mercados (“ahora todos somos discípulos de Friedman” dijo Lawrence Summers a principios de este siglo), la justicia social quedó subordinada a los mercados. Eso hizo que la preocupación por la distribución fuera anulada por la atención al promedio, a menudo descrito sin sentido como si fuera equivalente al “interés nacional.”
Métodos empíricos: La revolución de la credibilidad en econometría fue una reacción comprensible a la identificación de mecanismos causales mediante afirmaciones, a menudo controvertidas y a veces increíbles. Pero los métodos actualmente aprobados, los ensayos controlados aleatorios, las diferencias en las diferencias o los diseños de regresión discontinua tienen el efecto de centrar la atención en los efectos locales. Ello hace que se pierda de vista mecanismos que pueden ser importantes, pero cuya acción es lenta. Esos mecanismos operan en el largo plazo, con retrasos largos y con variaciones. Los historiadores, que entienden la contingencia y la causalidad como realidades múltiples y multidireccionales, a menudo hacen un mejor trabajo que los economistas al identificar mecanismos importantes que son plausibles, interesantes y en los que vale la pena pensar, incluso si no cumplen con los estándares inferenciales de la economía aplicada contemporánea.
Humildad: Muchas veces estamos demasiado seguros de que tenemos razón. La economía tiene herramientas poderosas que pueden proporcionar respuestas claras, pero que requieren supuestos que no son válidos en todas las circunstancias. Sería bueno reconocer que casi siempre existen cuentas en competencia y aprender a elegir entre ellas.
Pensar una vez más los temas
Como la mayoría de mis compañeros de edad, durante mucho tiempo consideré a los sindicatos como una molestia que interfería con eficiencia económica (y a menudo personal) y acogieron con satisfacción su lenta desaparición. Pero hoy las grandes corporaciones tienen demasiado poder sobre las condiciones laborales, los salarios y las decisiones en Washington, donde los sindicatos actualmente tienen poca voz en comparación con los operadores de lobbies corporativos. Los sindicatos alguna vez aumentaron los salarios de sus miembros y no miembros, fueron una parte importante del capital social en muchos lugares y llevaron poder político a los trabajadores en el lugar de trabajo y en los gobiernos locales, estatales y federales. Su declive contribuye a la caída de la participación salarial, a la creciente brecha entre ejecutivos y trabajadores, a la destrucción de comunidades y al aumento del populismo. En fechas recientes, Daron Acemoglu y Simon Johnson (ver su libro Power and Progress) han señalado que la dirección del cambio técnico siempre ha dependido de quién tiene el poder de decidir; Los sindicatos deben sentarse a la mesa para tomar decisiones sobre inteligencia artificial. El entusiasmo de los economistas por el cambio técnológico como instrumento de enriquecimiento universal ya no es sostenible (si es que alguna vez lo fue).
Cuando la eficiencia va acompañada de una redistribución ascendente de la riqueza, es decir, de un proceso en el que los ricos se hacen más ricos, nuestras recomendaciones con frecuencia se convierten en poco más que una licencia para el saqueo.
Soy mucho más escéptico respecto de los beneficios del libre comercio para los trabajadores estadounidenses e incluso soy escéptico ante la afirmación, que yo y otros hemos hecho en el pasado, de que la globalización fue responsable de la enorme reducción de la pobreza global en los últimos 30 años. Tampoco defiendo ya la idea de que el daño causado a los trabajadores estadounidenses por la globalización fuera un precio razonable a pagar por la reducción de la pobreza global porque los trabajadores en Estados Unidos están mucho mejor que los pobres del mundo. Creo que la reducción de la pobreza en la India tuvo poco que ver con el comercio mundial. Y la reducción de la pobreza en China podría haberse producido con menos daño a los trabajadores de los países ricos si las políticas chinas le hubieran hecho ahorrar menos parte de su ingreso nacional. Ello hubiera permitido que una mayor parte de su crecimiento manufacturero fuera absorbido en el país. También había subestimado seriamente mis juicios éticos sobre las compensaciones entre trabajadores nacionales y extranjeros. Ciertamente tenemos el deber de ayudar a quienes están en apuros, pero tenemos obligaciones adicionales para con nuestros conciudadanos, que no tenemos para con los demás.
Solía suscribir el virtual consenso de los economistas de que la inmigración a Estados Unidos era algo bueno, con grandes beneficios para los inmigrantes y poco o ningún costo para los trabajadores nacionales poco calificados. Ya no lo creo. Las creencias de los economistas no son unánimes al respecto, pero están moldeadas por diseños econométricos que pueden ser creíbles; sin enbargo, esos diseños, a menudo, se basan en resultados de corto plazo. El análisis a más largo plazo del último siglo y medio da cuenta de una realidad diferente. La desigualdad era alta cuando Estados Unidos estaba abierto; era mucho menor cuando se cerraron las fronteras y volvió a aumentar después de la Ley Hart-Celler (la Ley de Inmigración y Nacionalidad de 1965) cuando la proporción de personas nacidas en el extranjero volvió a aumentar a sus niveles de la Edad Dorada, la llamada Gilded Age, a finales del siglo XIX. También se ha argumentado de manera plausible que la llamada Gran Migración, que llevó a millones de afroamericanos del Sur rural de Estados Unidos a las fábricas del Norte, no habría ocurrido si los propietarios de las fábricas hubieran podido contratar a los inmigrantes europeos que preferían tener como empleados.
Los economistas podrían beneficiarse de un mayor compromiso con las ideas de filósofos, historiadores y sociólogos, tal como lo hizo alguna vez Adam Smith. Los filósofos, historiadores y sociólogos probablemente también se beneficiarían.
*Angus Deaton es el titular emérito de la cátedra Dwight D. Eisenhower de Economía y Relaciones Internacionales de la Escuela de Asuntos Internacionales y Públicos y del Departamento de Economía de la Universidad de Princeton. Recibió en 2015 el Premio Nobel de Economía.
Traducción del inglés al español y edición de Rodolfo Soriano-Núñez.
El original está disponible en el sitio del Fondo Monetario Internacional.