La expulsión de los poetas (Segunda parte)
Gustave Flaubert. Foto: Dominio público. biobibliografías.com

Abelardo Gómez Sánchez

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Los poetas del siglo XIX enfrentaron marginación en sociedades industriales y construyeron autonomía cultural frente a la desvalorización social.

Por Abelardo Gómez Sánchez*

Segunda parte

Para Fátima y Edgar

Si bien a la defensiva, el pugilato espiritual, la autofundación de lo literario sobre sus propios hombros (sin los usos para, y prebendas que le otorgaban, las Monarquías y las Iglesias) se hizo desde los sólidos entrenamientos (incluyendo calistenias filosóficas y científicas) de las tradiciones inmediatas: la clásica y la romántica, así los literatos del siglo XIX, con fondo de nuevas urbes industriales, se entregarán esforzadamente a la construcción del campo literario. En este orden un libro transparente es Las Reglas del Arte (Génesis y Estructura del Campo Literario) del gran sociólogo Pierre Bordieu; en el que un constructor central es Gustave Flaubert.

La lucha por establecer el lugar y el valor de la Literatura en términos modernos, se da en, y contra este estar fuera de lugar —respecto a la marcha del progreso occidental y decimonónico—. Evidentemente, en algunos casos, los viejos mecenazgos y patrocinios persistieron. Y el prestigio como conveniencia para el poder político, se da en casos específicos como el de Un Víctor Hugo maquillado a la medida de las buenas —da lo mismo si republicanas o imperiales— conciencias francesas, y apto siempre, para ser exhibido, en la vulgaridad oficiosa de la fiesta cívica, era éste el Hugo que gozaba de éxito con las élites políticas y del apapacho de las multitudes, pero así: en su calidad de santón estatal. Pero no en la del lúcido poeta (nos dice Marcel Raymond en De Baudelaire al surrealismo) cuyas obras sustanciales, como las escritas en el exilio al que lo condenó el Imperio: Contemplaciones (1856) o la primera serie de La leyenda de los siglos (1859) que simplemente se desconocían o se negaban; o se veía, en ellas la erupción vergonzante de una retórica patológica (ese positivo fuera de sí de la Lengua común, que es justamente el trabajo poético y que pone negativamente fuera de sí a los malos lectores).

En efecto a mediados del siglo XIX, en diversas latitudes de Occidente, la condición de outsiders, del literato y el artista con anti-comparsa industrial, es rica en episodios patéticos, condimentados con sangre, sudor y lágrimas, digamos por el portentoso poeta Charles Baudelaire. La sociedad industrial (si atendemos a los testimonios en general) fue una hecatombe para las artes y sus cultivadores. Baudelaire es pródigo en descripciones de lo horrendo de la vida literaria. Por él sabemos de las catástrofes personales de Hoffman, Balzac o Poe, de este último dice en Edgar Allan Poe su vida y sus trabajos (1852): “su figura casi divina se cernirá siempre sobre el martirologio de la literatura”. Las tenebras biográficas se potencian; frente a una Literatura arrinconada, pero atronadora en la bohemia sobredemográfica de 1848; pero obviando el tremendismo baudelaireano, al que alude Borges, en Otras inquisiciones, el sentido generalizado de desolación civil es compartido por muchos de sus congéneres.

Es su paisano y poeta Alfred de Vigny, quien en 1832, en su libro Stello elaboró el concepto de poeta maldito, donde condenaba la expulsión, sólo que él la tematizaba, no desde la economía, sino desde los poderes estatales tradicionales en Occidente: “el poder odia (al) poeta y lo condena a la miseria y a la desintegración personal (…)”. En el mismo ensayo sobre Poe, Baudelaire comenta el libro de Alfred de Vigny: “un libro para demostrar que no hay espacio para el poeta ni en una república, ni en una monarquía absoluta, ni en una monarquía constitucional y nadie le ha replicado [a de Vigny]” dice el autor de las Flores del mal.

De la misma operación de exclusión se quejan décadas después, entre nosotros, y conforme les llega el sismo industrial, Rubén Darío, José Martí o Manuel Acuña y digamos que toda la literatura continental. El malestar de la Literatura latinoamericana se expresa, — en tonos incluso ligeros— dice Rubén Darío en una terceta:

“En este mundo perverso

se preocupa el Universo

por la baja del café.”

Julio 2013.

Para acceder a la Primera Parte aquí.

*El autor es narrrador, ensayista y periodista cultural en México.

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