La expulsión de los poetas
Gustave Courbet: Portrait of Baudelaire Foto: Wikimedia Commons

Abelardo Gómez Sánchez

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Por Abelardo Gómez Sánchez*

Para Fátima y Édgar

Primera parte

Incidentalmente, una fonda se trastoca en oráculo infausto: “Los poetas sufren mucho, mucho —dice sentenciosa la señora iluminada por el fogón de las tortillas— y sólo los reconocen cuando están viejos”. El joven y la joven que la escuchan gesticulan un breve horror apocalíptico; y quizá, su mente preparatoriana refuerce la sospecha de que la Historia de la Literatura es un catálogo universal del masoquismo estilizado, y así, amplíen —¿más!— la masa fantasmal de nonatos o malogrados ciudadanos lectores/escritores en la República de las Letras: esa zona que ofrece e invita, en los grandes escritores: a la sensibilidad inteligente y a la sensible inteligencia. Días después, platicando con un amigo, sobre lo difícil de vender arte; tras breve repaso de la situación, concluye: “Hay que ver que el arte no es una necesidad”. La maga de las fritangas y mi amigo, artista plástico, tematizan, a su modo, lo mismo.

Ambas conversaciones remiten al viejo tema extraliterario de: la percepción social desvalorizante, acerca del literato, y generalizando, la del artista. Aunque actualmente, en lo individual, el status social de los artistas es muy variado, —o sea, están distribuidos en toda la pirámide socioeconómica, aunque el ascenso es muy desigual— en el imaginario común, prevalece una imagen catastrófica y no faltan razones. Y para no ir lejos, observen como se reproduce la gesticulación apocalíptica, en cualquier padre o madre al que su vástago le anuncie que será poeta o artista —por lo demás el subempleo y el desempleo amenazan, desde hace décadas, a las profesiones universitarias.

Pero, en efecto, en la semantización de la condición del poeta, y esto es ampliamente masivo, se filtra un aroma de proscripción: la imagen pública prevaleciente, ya lo vimos, es la de un zombie de la economía, un ser apto para la infelicidad integral, pero sobre todo, un necio que se autovanagloria —porque aunque parásito canta sus versos—y ésta es la cúspide de lo anómalo, un inútil irredento. He aquí la clave de la descalificación, el quid de lo peyorativo; no aporta nada a la producción, es un paria. Cierto que esta obsolescencia actualmente pasa por, y se estanca en la repetición ad nauseam de clichés mediáticos, sí y otra vez sí, pero tiene un nacimiento histórico reconocible: la emergencia de la primera sociedad industrial: cito su aparición en las postrimerías del siglo XVIII en Inglaterra (para no desairar a uno de los grandfathers de la economía política decimonónica, Karl Marx).

Sin embargo, fue en el siglo XIX que, en esta nueva configuración social, surgió, quizá como nunca, el escenario, más frío aún, de un deseo de Platón: el destierro de los poetas de esa República ideal, fraguada cerebralmente por el filósofo ateniense. Pero será la primeriza economía industrial, con su centralismo productivista, su anti-utopía de nuevo burocratismo, su acelerado proceso de urbanización y su arrogante maquinismo: cuyas narrativas (literarias o fílmicas) son abundantes y variadas, —un clásico: el dramatismo satírico de Charles Chaplin en Tiempos Modernos (1936)— será esta, la que enfrentarán de distinta manera los literatos y artistas. Un momento emblemático de esta violenta tensión cultural, y de este reacomodo del campo artístico es el caso francés.

Esta nueva situación del artista en una sociedad hostil es consignada, con prontitud a mediados del XIX, por un Gustave Flaubert (magistralmente en su luenga novela La Educación Sentimental) o por Baudelaire, cuando afirma que: el poeta “no tiene lugar en ella”. Pero también obliga a los literatos, los más dotados entre ellos, a delimitar su espacio en la sociedad, a reflexionar y construir lo muy específico de la, y su labor literaria y cultural, es decir a autofundarse.

* El autor es narrrador, ensayista y periodista cultural.

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