Rodolfo Soriano-Núñez Domingo, 15 de Octubre del 2023, 23:01
Al reconocer al clericalismo como la causa del abuso sexual, Fernández rechaza la explicación de la crisis que ofreció Benedicto XVI.
Religión y vida pública: Para resolver la crisis de abuso sexual en la Iglesia Católica se requieren de acciones concretas que incluyan reconocer la magnitud del problema y asistir a las víctimas.
Por Rodolfo Soriano-Núñez
El sábado por la tarde del hemisferio occidental, cuando ya era la madrugada de Roma, la cuenta de Facebook de Víctor Manuel Fernández, el prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe publicó un texto breve pero contundente acerca de las causas de la crisis de abuso sexual en la Iglesia Católica.
Fernández tomó distancia, sin mencionarlo, de Benedicto XVI y la explicación de fantasía que publicó luego de haber renunciado al papado en uno de los textos más desarticulados, carentes de evidencia y, en más de un sentido, ideológico, del papa alemán que fue publicado en español como "La Iglesia y el escándalo del abuso sexual". El original apareció en una revista para el clero católico en Alemania llamada Klerusblatt.
Posteriormente, distintos sitios del catolicismo más rancio y recalcitrante publicaron versiones en inglés, español y otros idiomas. Una versión en español se puede consultar aquí, en el entendido que no es una traducción oficial de un texto pontificio, pues Benedicto XVI ya no era papa en funciones cuando aparició.

Según ese texto, la crisis de abuso ocurrió por los cambios que se vivieron en las décadas de los cincuenta y sesenta del siglo pasado. Aunque él no usa el concepto de “sexualización” lo implica de diversas formas. Un ejemplo se puede ver en este párrafo que reproduzco a continuación:
"En Alemania, la entonces ministra de salud, Strobel, tenía una cinta en la que todo lo que antes no se permitía enseñar públicamente, incluidas las relaciones sexuales, se mostraba ahora con el propósito de educar. Lo que al principio se buscaba que fuera sólo para la educación sexual de los jóvenes, se aceptó luego como una opción factible.
"Efectos similares se lograron con el Sexkoffer, un libro sobre educación sexual, publicado por el gobierno de Austria. Las películas pornográficas y con contenido sexual se convirtieron entonces en algo común, hasta el punto que se transmitían en pequeños cines llamados Bahnhofskinos, es decir 'cines en la estación del tren'."
A contrapelo de esa interpretación, Fernández, afirma en el texto que difundió el sábado y que republicamos en Los Ángeles Press ayer domingo, que el origen de la crisis está en una mentalidad, una forma de entender el oficio de ser clérigo, que facilita el que los jerarcas católicos, como otros jerarcas religiosos y los líderes de otros ámbitos de la vida pública, abusen de sus subordinados.
El papa Francisco ya había insinuado esa interpretación, pero dada la inusual situación de “dos papas” que vivió durante la mayor parte de su pontificado, Francisco nunca profundizó en las diferencias entre lo que él decía y lo que, desde su aparente retiro, decía, de cuando en cuando, Benedicto XVI, a veces republicando o publicando textos originalmente elaborados en sus días como Joseph Ratzinger.
Cada vez que lo hacía, era imposible eludir la contradicción entre los “dos papas” y los efectos que esa contradicción tenía en la Iglesia Católica que ahí donde los mayores márgenes de libertad de los medios y la capacidad de organización de las víctimas lo permiten se ve obligada a reconocer la magnitud de la crisis, mientras que en países como Italia, España, además de toda América Latina y en menor medida Portugal, sigue jugando a negar la magnitud, los alcances y efectos de la crisis.
No en balde, de los países mencionados en el párrafo previo, sólo Portugal ha publicado un documento digno de ser considerado un reporte sobre el alcance de los abusos sexuales en ese país.
En España se publicó un texto que lejos de ayudar a comprender la magnitud de la crisis, ha servido—más bien—para profundizar las dudas acerca de la disposición de los obispos españoles para aceptar sus propios errores. Y la situación en América Latina es todavía peor.
Escudados en los acuerdos formales o informales con las élites de la política en cada uno de los 19 países de América Latina, los obispos de la región han hecho todo lo posible por amedrentar e ignorar a las víctimas. Le han apostado así a crear así la ficción de una crisis de menor magnitud a la que existe en realidad. Hacen todo por negar que si en Estados Unidos y Europa sabemos más de la crisis es gracias a la mayor presión que ejercen los medios y el carácter más profesional del desempeño de policías, fiscales y jueces.
En el caso de Australia fueron los medios y la disposición del Parlamento de ese país de crear una Real Comisión, que es la figura de mayor poder político que existe allá para emprender una investigación tan compleja y costosa como la que se necesita para desentrañar los secretos del abuso sexual en contextos religiosos o de otros tipos.
En México y otros países de América Latina, la Iglesia, su jerarquía, ha optado por negar tanto como ha sido posible la existencia misma de una crisis. Hay ejemplos de ello en Chile, de manera muy notable en Perú, donde la legislación facilita el acoso judicial contra los periodistas y en México. Cuando eso no funciona, acusan a los medios de orquestar una campaña en su contra, como hizo en 1997 el entonces primado de la Ciudad de México, Norberto Rivera Carrera, como parte de su defensa de Marcial Maciel.
Que esa es la lógica que sigue la jerarquía católica en América Latina, lo documenté en la serie que dediqué a la situación en Ciudad Juárez, Chihuahua que, dada su peculiar ubicación geográfica, como gemela de la diócesis de El Paso, Texas, permitió una comparación que deja ver qué tan profundas son las diferencias en la disposición de los obispos a reconocer sus errores en México y América Latina, cuando se les compara con la de los obispos de Estados Unidos.

En todo caso, lo publicado por Fernández no puede ser visto ni como un acto oficial de su gestión en el Dicasterio que preside, ni como un evento sísmico que cambie todo en Roma y en las miles de diócesis de América Latina donde, según la estimación que adelante en otra serie dedicada al XL aniversario de la crisis de abusos sexuales en la Iglesia Católica estimo que existen en la actualidad, sin hacer cálculos históricos, entre 79 mil y 200 mil víctimas de abuso sexual a manos de clérigos de la Iglesia Católica. Esa cifra total se desglosa como se presenta en la Tabla 1, que aparece inmediatamente antes de este párrafo, para cada uno de los países de América Latina además de Puerto Rico, que es un territorio considerado como Estado "libre asociado" a Estados Unidos.
Es cierto que el abuso no es exclusivo de la Iglesia Católica o de los contextos religiosos, como podría ser el caso, ampliamente publicitado en la actualidad de la Iglesia de la Luz del Mundo.
En Los Ángeles Press hemos publicado otras series dedicadas a dar cuenta del alcance del abuso en contextos académicos y los medios mexicanos y de otros países de América Latina frecuentemente dan cuenta de casos de abuso en contextos familiares, como parte de la militancia política, en los lugares de empleo y en otros contextos.
En ese sentido, es claro que las víctimas del abuso sexual en contextos religiosos o académicos sería necesario agregar las muchas víctimas de abuso en sus hogares, además de las que han sufrido abuso en contextos laborales.
Sin embargo, sí creo que el abuso en contextos religiosos tiene características propias, diferentes. Para las propias iglesias o instituciones religiosas de otro tipo, como podrían ser sinagogas, ashrams o mezquitas, es especialmente grave porque limita la capacidad de la religión para ofrecer los así llamados terceros espacios.
El principal problema de que las iglesias, los templos, capillas y oratorios de la Iglesia Católica sean espacios donde se abusa de mujeres y varones, menores y mayores de edad, es que dejan de ser eso, dejan de ser terceros espacios.
Terceros espacios
Los terceros espacios, una categoría social acuñada por Ray Oldenburg en un texto de 1989 llamado The great good place (El gran buen lugar) son espacios que en primer lugar no son lugares de empleo ni son los lugares en los que uno vive, su hogar o domicilio; son espacios en los que se pueden construir relaciones sociales, tejido o capital social.

Construir terceros espacios no es fácil. Es necesario que cumplan con la mayoría de ocho características clave. La primera es que efectivamente sean espacios neutrales. Son espacios que no pertenecen a una empresa, a un partido o a otra persona. Quienes acuden a esos espacios no están obligados a hacerlo. Van porque quieren estar ahí.
En segundo lugar, los terceros espacios hacen que las relaciones de igualdad entre quienes participan en ellos. La situación o estatus socioeconómico de una persona que acude no es relevante para el funcionamiento de esos espacios. No hay requisitos o los requisitos son tan básicos, que nadie puede sentirse excluido de ingresar a esos espacios.
En tercer término, estos son espacios en los que es posible acceder en condiciones de igualdad. Quienes acuden a esos terceros espacios, pueden hablar de sus problemas personales o comunes y pueden hacerlo incluso de manera lúdica.
En cuarto lugar, Oldenburg señala que espacios a los que es fácil acceder. El acceso no depende de que uno compre algo o se afilie a un partido o haga algún compromiso que limite su libertad.
La quinta característica es que los terceros espacios cuentan con una suerte de regulares, uno o varios grupos de personas que acuden de manera regular. Se sienten identificados y disfrutan al estar en ese lugar y esas personas contribuyen a darle un cierto carácter o sabor o actitud a la convivencia en esos lugares.
En sexto lugar, los terceros espacios son, ante todo, espacios funcionales, que no se caracterizan por su lujo o extravagancia, están orientados a facilitar las interacciones entre los participantes.
La séptima característica que Oldenburg identifica en los terceros espacios es una actitud festiva, lúdica, alegre. Los terceros espacios permiten que las personas disfruten de su vida, pueden hacerlo al compartir actividades como cantar, rezar, meditar, platicar, entre otras, pero a diferencia de los criterios más bien rígidos que existen en espacios académicos, profesionales, laborales, políticos o legales, hay un tono festivo, alegre.
La octava y última característica es que son espacios que sirven como una suerte de segundo hogar para quienes acuden a ellos.
Una lectura más cuidadosa de Oldenburg llevaría a incluir en el séptimo punto el que las conversaciones excluyeran la hostilidad o el conflicto, pero eso es mucho más difícil de hacer realidad. En todo caso, el hecho es que donde hay abusos, donde—en la lógica que adelanta Víctor Manuel Fernández—hay clericalismo, no es posible hacer de las parroquias, las capellanías, oratorios terceros espacios.
Es posible que sean lugares de culto público, es posible incluso que ahí las liturgias sean bellas y espectaculares, pero no serán terceros espacios, pues las interacciones para algunos de los participantes van a estar mediadas, en alguna medida, por el abuso, por relaciones de autoridad y dominación similares a las que existen en los partidos políticos, las organizaciones empresariales o de otro tipo.
No es que lo religioso deba disolverse en lo social. Es que lo religioso para ser fecundo requiere que las parroquias, capellanías y oratorios cumplan con algunas de las características de los terceros espacios.
Entre más se acerquen a ese ideal y los sacerdotes sean verdaderos facilitadores del funcionamiento de esos terceros espacios el futuro de la Iglesia Católica será más viable, menos dependiente del crecimiento que es resultado de la creciente politización de sus líderes y la radicalización en la lógica del populismo identitario y fascista de sus bases.

Tristemente, no va a ser fácil. Cuando habla del pataleo de las figuras de autoridad, el propio Fernández reconoce lo difícil que es para sus colegas en la jerarquía católica entender su papel en un contexto en el que la crisis de los abusos sexuales ha generado profunda desconfianza en obispos, curas o presbíteros y diáconos. Y esa confianza se extiende ya a la pertenencia misma en la Iglesia, como lo demuestran distintos estudios disponibles a escala nacional en Europa, América Latina y, sobre todo, Estados Unidos.
Ojalá que otros jerarcas entendieran el problema como lo hace el antiguo arzobispo de La Plata, pero también ojalá que él mismo haga lo necesario para que las cosas cambien en la Iglesia Católica. No hacerlo está profundizando una crisis ya de por sí severa.
Él ya tuvo una experiencia dolorosa, difícil, por confiar demasiado en la institución y desestimar a las víctimas a su paso por el arzobispado de La Plata. Ojalá que derive de esa experiencia decisiones prácticas, concretas, que verdaderamente obliguen a los obispos a actuar de otra manera con las víctimas.
No se tiene que quebrar la cabeza para entender qué debe hacer. Ahí está lo que el papa Francisco dijo en mayo de este año cuando habló de la espiritualidad de la reparación.
En la actualidad esa es una buena idea del papa argentino, pero no es la política real de las diócesis, ni en México, ni en ningún otro país de América Latina o de otra región a escala global. Lejos de ello, lo que prevalece es la idea de hostigar y atosigar tanto como sea posible a las víctimas, a sus familiares y a sus aliados, como lo demostré para el caso de Ciudad Juárez.
Mientras siga habiendo ese abismo profundo entre lo que dice el papa cuando habla de la espiritualidad de la reparación y lo que hacen los obispos o los superiores de órdenes religiosas en México, Colombia, Perú o Chile, la neurosis en la que estamos en la actualidad seguirá siendo la norma, con las condiciones que presentaré la próxima semana, pero que ya he abordado antes para el caso de Chile a partir de los datos disponibles ahí.
