Manuel Leyva Lunes, 30 de Diciembre del 2024, 23:32
En 2024, la hiper violencia en México ha llevado a solicitar asilo humanitario en EEUU a más de 80 mil personas.
Por Manuel Leyva
El 21 de diciembre marca el día más corto del año, señalando la llegada oficial del invierno. En Tijuana, donde comienza el muro fronterizo entre México y Estados Unidos, 100 metros de acero se extienden hasta adentrarse en el mar, trazando una línea contundente entre ambos países. Según el gobierno mexicano, al cierre de 2024 se registra un promedio de 83 homicidios diarios en todo el país, muchos de ellos vinculados al crimen organizado.
Playas de Tijuana, en el límite fronterizo con California. Foto: Manuel Leyva.Es un sábado típico en Playas de Tijuana. La playa está repleta de familias que disfrutan del sol. Estoy allí, tomando fotografías, cuando Eduardo, un hombre de 47 años, se me acerca.
“¿Eres reportero?”, pregunta.
Le respondo que sí.
“Quiero contarte un secreto, reportero.
Por accidente descubrí algo que pone mi vida en peligro. Después de años sin saberlo, esta mañana me di cuenta de que mi madre y mi hermana están haciendo cosas horribles. Cosas tan malas que no sé si puedo contártelas. Tan malas que tuve que huir de mi casa porque quieren matarme. Así es: mi propia madre y mi hermana quieren matarme.
Mi única oportunidad de escapar es meterme al mar y cruzar ese maldito muro. Prefiero ahogarme allí que volver, porque después de lo que vi, después de lo que descubrí de mi madre... prefiero ahogarme.”

Carlos Eduardo Urías Ibarra, de 47 años, luce nervioso y aterrorizado. Habla rápido, como si quisiera dejar constancia de algo, un registro para que el mundo sepa lo que ocurrió si algo le llegara a pasar.
“Ah, y otra cosa. No lo sabía hasta ahora, pero me robaron la identidad. ¿Puedes creerlo? Hicieron todo tipo de cosas en mi nombre, usando mi cara, haciéndose pasar por mí. Eso fue lo que descubrí. Y ahora mi mamá y mi hermana quieren matarme por eso.
Llevan cuatro años operando, y yo no tenía idea. Me lo ocultaron todo. Pero ahora que lo sé, no puedo quedarme. Mi única salida es cruzar el mar. Si la migra me atrapa, le pego con un martillo si es necesario, con tal de que me lleven lejos.
Quiero que tú me lleves hasta allá, al otro lado, para poder contarle a alguien todo lo que sé.”
Solo en mayo de 2024, más de 80,000 mexicanos solicitaron asilo humanitario en Estados Unidos, huyendo de la persecución y la violencia. Eduardo, sin embargo, no puede acercarse a las garitas fronterizas; su madre y su hermana tienen gente vigilando, lista para atraparlo. Su única opción es cruzar el mar.
“Está bien que me tomaste una foto”, dice. “Si algo me pasa, al menos recordarás mi rostro. Cuídate, hijo. Prefiero ahogarme que dejar que mi madre y esa gente me atrapen. Lo que están haciendo... es horrible.”
Eduardo espera cuatro horas a que la marea baje. Luego, se lanza al mar y comienza su desesperado nado hacia el muro. Un agente de la CBP (Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos) lo detecta y da aviso por radio. Equipos de rescate llegan desde ambos lados de la frontera. Eduardo es sacado del agua y detenido en territorio estadounidense.
En el siglo XXI, México enfrenta una crisis de violencia sin precedentes en su historia. La hiperviolencia ha pasado de ser impulsada por factores políticos y macroeconómicos a explotar el colapso de los lazos sociales. En esta era, incluso la propia madre y hermana de un hombre podrían convertirse en sus verdugos.
Solo en Tijuana se registran un promedio de ocho homicidios diarios. Hasta diciembre, la ciudad ha contabilizado 1,748 asesinatos en el año. Por esta noche, al menos, Eduardo no forma parte de esa estadística sombría.










