Talamontes culturales

Javier H. Contreras O.

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Las redes sociales han cambiado valores y principios culturales que trastocan la sociedad.

Por Javier H. Contreras O.

La historia es maestra de vida: Cicerón

La palabra más temida en el proceso del cáncer es la metástasis, porque es el proceso por el cual las células tumorales se trasladan del tumor original y se implantan en otro órgano distinto del que se ha originado. Los médicos lo describen con la figura muy clara de que ha hecho metástasis, lo que significa que el cáncer está diseminado por varios órganos y es difícil de controlar o combatir. Por lo tanto, es, prácticamente, una condena de muerte.

Si abundamos más, conforme a la medicina, metástasis significa diseminación de células cancerosas desde el lugar donde se formó el cáncer y pasa a otras partes del cuerpo. Se presenta cuando las células cancerosas se desprenden del tumor original (primario), viajan por el cuerpo a través de la sangre o el sistema linfático y forman un tumor nuevo en otros órganos o tejidos.

Algo así, como un cáncer en estado de metástasis, ha invadido la cultura occidental. Desde varias décadas, los postulados y principios de esa cultura han sido suplantados o abiertamente destruidos. Vida, matrimonio y familia son los principales objetivos de una campaña que inició soterrada y discretamente, hasta nuevas narrativas que pretenden pasar como democráticas, abiertas e inclusivas, aunque muchas veces muestran un rostro y comportamiento impositivos, intolerantes y totalitarios.

Hace años comenzó esa descomposición y la civilización occidental no se percató o no le interesó. A estas alturas, seguimos sin que nos interese, porque la atención la tenemos en las redes sociales que nos embelesan y fascinan.

Mientras tanto, la metástasis siguió avanzando, carcomiendo instituciones y órganos como la familia y el matrimonio, y la educación de los hijos, con el pretexto de que son nuevos tiempos y, por lo tanto, deben existir criterios, enfoques y actitudes diferentes.

Esta historia empezó, justamente, con la historia. Cambiar el relato del pasado de una cultura es alterar la cultura y lo más grave para despedazarla, convirtiendo la historia en ideología.

Hay dos formas muy concretas de mantener viva, entre otras cosas, una cultura: resaltar o borrar la historia de un pueblo. Cuando se dice que un pueblo sin memoria está perdido, es una forma de darle importancia a la historia. Varios gobiernos autoritarios —de izquierda o derecha— lo primero que hacen al tomar el poder es intentar cambiar la historia e imponer una nueva, con otros enfoques para incorporar a personajes afines a su ideología como héroes y convertir a los adversarios en mercenarios o apátridas.

La historia es uno de los componentes más importantes de una cultura, donde se concentran el origen y las acciones que fueron conformando instituciones, programas y valores de una nación. Por eso, varios gobiernos es lo primero que hacen para cambiar radicalmente el “chip” o disco duro —términos de la era tecnológica— y lograr que se piense totalmente diferente.

La familia es otro ingrediente que consolida una cultura. Para cambiar la cultura, hay que cambiar el concepto y valor de la familia, agregando nuevos ingredientes que conforman una familia y cómo se reproducen. Sin ignorar que existen diferentes formas de expresar el amor, se debe tolerar y respetar esas relaciones, sin que ello represente una exigencia con tonos intolerantes e impositivos de verlas como sustituto de la unión para la procreación y conservación de la especie.

Hay un alarmante desplome en la procreación de niños. El mundo no está preparado para la caída dramática en el número de nacimientos, un fenómeno que tendrá un impacto traumático en las sociedades. Ésta es la conclusión de un equipo de investigadores del Instituto de Métricas y Evaluaciones de Salud (IHME) de la Universidad de Washington, que publicó un estudio en la revista The Lancet.

La caída en los índices de fertilidad significa que casi todos los países podrían ver sus poblaciones disminuidas para fines de siglo.

El caso de la reducción de nacimientos como indicador ya tiene consecuencias en el cierre de escuelas en la ciudad fronteriza de El Paso, Texas, según sus estadísticas actualizadas. En 2024 nacieron menos de 11 mil niños en El Paso, siendo el segundo año consecutivo que no tenían un nivel que no se había visto desde las décadas de 1970, cuando el condado tenía aproximadamente la mitad de población que tiene ahora. Ante ello, se tomó la decisión de cerrar 8 escuelas primarias al calcular la baja considerable de nacimientos.

Bajan los matrimonios, suben los divorcios, bajan los nacimientos, lo que ha cambiado el concepto de familia. Algunos grupos exigen respeto sobre esto, pero también deben respetar y tolerar a quienes discrepan de su forma de pensar, porque cambiar la familia significaría cambiar toda una cultura que le ha dado sentido y rumbo a las sociedades.

Vivimos ya una dictadura de las minorías que varios gobiernos, con el afán de aparecer como progresistas, imponen contra toda lógica o sentido común sobre las mayorías. Lo de ayer se considera anacrónico, por el solo hecho de ser del pasado; el presente pretende suplir en 180 grados una cultura. Imponen el discurso y las palabras, no dialogan, exigen, no escuchan, son intolerantes con la tolerancia.

La historia y la cultura se parecen porque son como árboles frondosos, con fuertes troncos y ramas que crecen en ciclos de verdor y de invernar, de dar hojas y frutos, y lo que alimenta y da soporte no se ve, porque las raíces están ocultas, bajo la tierra, y en la medida en que las raíces estén bien alimentadas con agua y nutrientes, cada vez van penetrando más y le dan vida al árbol externo.

Las raíces de la historia no las vemos, pero las sentimos, porque esas raíces de la cultura están ocultas abajo y se agarran con fuertes raíces. Cuando los árboles empiezan a secarse, es porque en las raíces pasa algo, aunque no podamos ver el mal.

Los talamontes culturales lo saben. Por eso, su afán en destruir valores de la vida, familia y matrimonio. De la deconstrucción a la destrucción: destruir, borrar el pasado en los libros, en los textos, en la narrativa, en las películas, en la conversación y en la agenda. Los talamontes ahora quieren matar la raíz y no se conforman únicamente con cortar a hachazos los fuertes arbustos.

Todo lo pasado es error, es la vergüenza y hay que pedir perdón, exigir disculpas absurdas siglos después, a personas y gobiernos que ni siquiera existían cuando sucedieron los hechos. Pero también hay un pasado selectivo y sesgado. Avergonzarse de una fe y una cultura, renegar de lo que edificó una nación.

Esa es una de las razones de destruir esculturas y estatuas que recuerdan un hecho histórico. La moda de derrumbar estatuas de Cristóbal Colón o Hernán Cortés, exigir disculpas a la Iglesia y al Vaticano por la evangelización, a España por la conquista, es querer mirar atrás para distraer la atención, sin ningún objeto concreto, sino con el afán de cambiar la historia, el pasado, las raíces. Y cuando se dañan las raíces, el árbol se viene abajo.

Eso denota interés de transformar la cultura, la historia y ahora hasta la vida en un evento ideológico, pero, por otro lado, enaltecer causas mínimas y de minorías para imponerlas sobre las mayorías.

Mientras la mayoría de las personas no está de acuerdo —teórica y humanamente con negar el derecho de vivir a un niño—, el aborto ya es un ordenamiento legal que pasó desapercibido. Nunca se consultó o preguntó a los ciudadanos si estaban de acuerdo o no. Y, por supuesto, una minoría se impuso sobre la gran mayoría atolondrada, desinformada.

Por la puerta trasera, sin ruido y sin reacción, han entrado a la casa las “novedades” de los narcocorridos, las decisiones cúpulares de permitir el aborto, la adoración a la Santa Muerte… en fin, de una cultura de la muerte.

Y mientras, nos convierten en un país del azar y de la suerte, donde para ser un juez hay que someterse a una tómbola.

No hay duda de que Occidente está dormido, narcotizado por las redes sociales… y no se vislumbra una salida. Hay un cambio abismal en la cultura con una ingeniería social y control ideológico, que los hijos y nietos reclamarán a esta generación nuestra irresponsabilidad y desgano.