¿Demonios interiores o banalidad intimista?

Alberto Farfán

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Esta aproximación resulta cuestionable por la superficialidad con la que el autor aborda los conflictos interiores de la experiencia humana.

Por Alberto Farfán

Bajo la óptica de un análisis estricto pero positivo, debo señalar que un buen ejemplo de un libro de narrativa en donde se contraponen una placentera literatura de entretenimiento y una cuestionable perspectiva humana lo constituye, sin duda, la Vida de este chico (Alfaguara) del escritor norteamericano Tobias Wolff (1945).

A través de un agradable y divertido humor, tenemos el desarrollo de una serie de episodios en los cuales el personaje central, un niño en su presuroso tránsito a la adolescencia ─el propio Wolff─, se enfrenta con su entorno: lugares diversos que, no obstante, son similares en relación con los personajes con los cuales se entabla relación; todos ellos se muestran idénticos en sus distintas manifestaciones.

Sin dramatismos de ninguna naturaleza, el protagonista narrará todo lo referente a la travesía que, al lado de su madre, una mujer divorciada recientemente y, por otra parte, gran foco de atención para el género masculino vivirá. La guapa y atractiva progenitora por sus insalvables y frecuentes conflictos es quien determina la ruta a seguir. Ambos deberán de situarse a gran distancia del padre del pequeño, prácticamente necesitan huir de los apasionados y obsesionados pretendientes de la madre, sin poder evitar el convivir en forma obligatoria, el niño, con un rígido, aunque bastante risible, padrastro, que no se encuentra solo, sino con hijos ya crecidos.

Pero como no todo en este ir y venir constante es de los adultos, se nos hablará también de lo que ocurre con el mundo infantil; de hecho, éste es el primer plano. Los diferentes amigos-cómplices con los que traba relación el protagonista sobresalen por su alta condición de ridículo, de la cual no están exentos los adultos, conviene insistir. Sin duda, la infinidad de travesuras y hazañas que acometen estos jovencitos se verán coronadas por la carcajada del lector. Sin embargo, se encontrará que todos los personajes, adultos y menores, hombres y mujeres, se muestran pasivos en extremo. Todo gira en torno a sólo dejarse llevar por las circunstancias en que viven.

Al parecer, la atmósfera mediocre y sin relieves en la cual se ven envueltos no les disgusta, sino todo lo contrario. Por tanto, se dispondrán a nutrirla con los mismos ingredientes para no salirse del patrón imperante; se observan mediocres y sin relieve alguno. No hay toma de conciencia ni mucho menos una perspectiva crítica. De ahí que uno se pregunte sobre las razones por las cuales Wolff fue demasiado superficial y autocomplaciente.

Por otra parte, cabría preguntarse, también, los motivos por los que el autor optó por un texto de corte humorístico para expulsar sus “demonios interiores”, en donde la banalidad hasta cierto punto domina toda la historia; no se olvide que es un libro de corte autobiográfico.

¿Sería que, después de todo, su infancia no alcanza un nivel tal como para suscitar verdaderos “demonios”? ¿Su infancia fue como la describe de simpática y muy chistosa y nada más? Considero muy difícil, por ejemplo, que el gran escritor argentino Ernesto Sábato recurriera a esa línea narrativa para liberarse de los suyos; pesadillas terribles se extienden vertiginosamente inundando sus tres novelas. No obstante, es posible tomar en cuenta que esa parte de la vida de Wolff no fue realmente tan asfixiante y difícil, y, en consecuencia, sólo mediante el humor logró mitigar sus “demonios” inexistentes. Y por supuesto que es absolutamente válido.