
Rodolfo Soriano-Núñez Miércoles, 28 de Junio del 2023
El papa Francisco alude la “santa patrona” de las víctimas de abuso, Mary MacKillop.
El papa Francisco empató su llamado a atender a los marginados de la sociedad con el recuerdo de la primera monja que denunció el abuso sexual en Australlia.
Por Rodolfo Soriano-Núñez
"Se gasta el dinero para fabricar armas y no para producir comidas", fue el mensaje inequívoco, que no requiere interpretación alguna del papa Francisco en la audiencia general de este miércoles 28 de junio, al tiempo que alude a las víctimas de abuso.
El mensaje confirma lo dicho por el propio Pontífice apenas el 14 de junio de este año, en un mensaje al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas en que condenaba la venta y el tráfico de armas por medio del arzobispo británico Paul Richard Gallagher, secretario de Relaciones con los Estados de la Secretaría de Estado de la Santa Sede.
El mensaje de este miércoles 28 de junio lo acompañó de un llamado a reconocer a las personas pobres como los protagonistas de la historia pues dijo, son ellos “quienes atraen la atención sobre la injusticia, que es la gran pobreza en el mundo”. En una porción de su mensaje de este miércoles, el papa Francisco llega a decir que “no hay santidad si, de una manera u otra, no hay cuidado de los pobres, los necesitados, de aquellos que están un poco al margen de la sociedad.”
De manera muy notable, el mensaje del papa Francisco incluyó su condena sobre el gasto militar al mismo tiempo que evocaba a una de las figuras más controversiales de la historia reciente de la Iglesia Católica, la monja australiana Mary MacKillop, a quienes algunos consideran la “santa patrona de las víctimas de abuso sexual”.
De nueve párrafos de su mensaje de este miércoles 28 de junio, siete hacen referencias explícitas a las obras realizadas por MacKillop en su natal Australia a finales del siglo XIX.
El título extraoficial de “santa patrona de las víctimas de abuso sexual” lo ganó la monja, hija de padres escoceses, nacida en Melbourne en 1842, luego de haber denunciado en 1871, cuando sólo tenía seis años como monja, el abuso sexual de que eran objeto niños de una comunidad rural de Australia, al norte de la ciudad de Adelaida, ubicada en el sur de ese país.
La denuncia hecha por la hermana MacKillop le ganó el odio del sacerdote al que denunció, así como de algunos de sus aliados en el obispado de Adelaida que también estaban involucrados en casos de abuso sexual.
Los sacerdotes, al verse afectados por la denuncia de MacKillop juraron venganza. Para ello desacreditaron el trabajo que ella y otras hermanas en su congregación hacían entonces con los más pobres en Australia.
La venganza
Como venganza, la orden a la que MacKillop pertenecía, la de las Hermanas de San José del Sagrado Corazón, fue intervenida por el obispado y, a pesar de ello, la monja, resistió y denunció al obispo. Como resultado de esa confrontación hay quienes afirman que MacKillop fue excomulgada, aunque no ha sido posible encontrar un decreto que lo establezca. MacKillop vivió al margen de la Iglesia, excomulgada de facto, durante cinco meses.
En 2010, en uno de los puntos más álgidos de la crisis de abusos sexuales en Australia, el entonces papa Benedicto XVI, declaró santa a MacKillop.
A pesar de ello, lo que es un hecho es que la monja debió vivir en la calle por algún tiempo. Fruto de esa experiencia es que desarrolló iniciativas para ayudar a personas que carecían de un hogar en la Australia de finales del siglo XIX. Esa fue la experiencia a la que el papa Francisco se refirió este miércoles en su mensaje de la audiencia general.
El mensaje del papa Francisco con estas referencias explícitas a una mujer que enfrentó persecución en la Iglesia por su denuncia del abuso sexual a manos de sacerdotes, ocurre luego de que el martes el propio papa le aceptara la renuncia al obispo de Knoxville, Tennessee, en Estados Unidos, Richard Stika, por el mal manejo que dio a casos de abuso sexual que le fueron reportados en distintos momentos en las últimas dos décadas.
También ayer, se informó que la policía y los fiscales de la ciudad de Colonia en Alemania, allanaron seis oficinas del arzobispado católico en esa ciudad, pues se sabe que su titular, el cardenal Reiner María Woelki mintió cuando se investigaron abusos sexuales perpetrados por un sacerdote que él promovió al cargo de decano en 2017.
Woelki lo promovió, a pesar de que contaba con información de que ese sacerdote, identificado por las autoridades y los medios alemanes sólo con su inicial D, había sido acusado en 2001 de dar dinero a un joven de 16 años que se prostituía.
Por si fuera poco, había evidencia, documentada ante la Congregación para la Doctrina de la Fe, de que ese mismo sacerdote solía “invitar” a otros jóvenes a ver películas pornográficas en su residencia.
Otra monja atacada por un obispo
En lo que es posiblemente la más interesante coincidencia entre la figura de Mary MacKillop, a quien el papa Francisco evocó en su mensaje de este miércoles y la realidad contemporánea, ayer emergió nueva evidencia que contradice las acusaciones hechas por el obispo Michael Fors Olson, de Forth Worth, Texas.
Olson ha promovido una serie de juicios tanto en el ámbito civil como canónico contra una comunidad de monjas carmelitas descalzas que viven en el territorio que él administra, aunque existen serias dudas acerca de la validez de las acusaciones contra las religiosas carmelitas que son objeto de la furia del obispo Olson.
Olson ha llegado al extremo de denunciar a la hermana carmelita descalza Teresa Agnes Gerlach de consumir drogas, de violar sus votos de castidad y de no limpiar el lugar donde vive con otras religiosas.
La hermana Gerlach, se sabe ahora, efectivamente consume un derivado no tóxico de la mariguana o cannabis, que sirve para aliviar los severos dolores que padece. Esos dolores le hacen difícil caminar por sí misma, por lo que pasa mucho de su tiempo en una silla de ruedas, lo que le impide mantener el lugar donde vive tan limpio como ella quisiera.
La supuesta violación de los votos de castidad se “sustenta” en que la hermana tiene un amigo sacerdote con quien suele intercambiar textos por medio de su teléfono celular. Alguien consideró acertado describir las conversaciones que tienen la hermana y su amigo sacerdote como “sexo por teléfono” (sexting), sin que en el juicio civil en el que se ventila esa situación se haya podido demostrar que efectivamente es así y que no son simplemente textos que dos personas adultas se envían por medio de sus teléfonos.