
Joel Ortega Júarez Jueves, 24 de Abril del 2025
Tras la muerte de Francisco, la Iglesia católica se debate entre continuar con una agenda transformadora o volver a posturas más conservadoras.
Por Joel Ortega
Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial y las potencias vencedoras negociaban el reparto de Europa y África, se propuso incorporar al Papa. A ello, José Stalin respondió con la famosa pregunta: “¿Cuántas tropas tiene el Papa?” No comprendía la importancia que tiene la ideología, en este caso, la fe de cientos de millones de personas.
Me ayuda mucho a entender el legado del Papa la entrevista que Rubén Aguilar concedió a Víctor Flores García para la revista Sputnik, donde dice:
“A Francisco le interesaba que las obras se hagan y permanezcan, no solo en discursos. Tomó una actitud de pragmatismo jesuita… Con ese espíritu, apegado a su vocación por los pobres, impulsó muchos cambios, comenzando por transformar la estructura de la Curia romana, que se había posesionado con Benedicto XVI (2005-2013)”.
Agregó que, para avanzar en su proyecto reformador de la religión que profesan 1,400 millones de fieles en el mundo, Francisco transformó, en primer lugar, la estructura cardenalicia, muy penetrada por la corrupción. Sacrificó radicalismos a cambio de realizar un puñado de cambios que avanzaran y se mantuvieran en el tiempo.
Francisco fue el primer Papa jesuita en los 500 años desde la fundación de la orden por San Ignacio de Loyola (1540). Jorge Mario Bergoglio, su nombre secular, le dio un carácter verdaderamente universal a la Iglesia, al des-europeizarla. Apostó por África, Asia y América.
Otro de sus legados fue abrir el jerárquico Sínodo no solo a obispos, sino también a sacerdotes, religiosas y religiosos, laicos, hombres y mujeres.
Esa conformación igualitaria del Sínodo desembocó, en los años 2023-2024, en un proceso de depuración de 250 elegidos, seleccionados entre cientos de miles de católicos provenientes de parroquias de todo el mundo.
Sus posturas hacia la comunidad LGBTQ+ son extraordinarias, aunque tuvo posiciones algo tibias respecto al tema del celibato.
Un Papa jesuita, reformista y pragmático, con gestos de cercanía hacia la gente, está en riesgo de ser sucedido por un conservador que dé un viraje en dirección opuesta. En ese sentido, lo que ocurre en la estructura de poder más antigua del mundo rebasa cualquier criterio militarista como el que se le atribuía a Stalin.
La Iglesia Católica, a pesar de evidentes fenómenos decadentes como los casos de acoso, violación y pederastia cometidos por miembros de la jerarquía eclesiástica —contra seminaristas, sacerdotes y laicos—, no pierde su inmensa influencia sobre sus 1,400 millones de fieles, ni sobre quienes, sin pertenecer formalmente a ella, reconocemos su impacto.
La fuerza de la fe sigue siendo muy poderosa, a pesar de las crecientes tendencias de alejamiento de la religión, especialmente entre los jóvenes.
Cualquier intento de cambio a nivel planetario, para hacer frente a los desafíos cruciales de los próximos años —en lo social, ambiental, económico, identitario, bélico y de violencia— requiere de una Iglesia Católica que fortalezca sus tendencias reformistas, como lo hizo el Papa Francisco.