
Joel Ortega Júarez Lunes, 05 de Mayo del 2025
El enfrentamiento entre Zedillo y Sheinbaum no representa una elección real para el pueblo, sino una pugna entre facciones del mismo sistema.
Por Joel Ortega Juárez
Una vez más se intenta encerrar al país en una trampa maniquea, en una supuesta disyuntiva que no resiste el menor análisis: ¿Claudia Sheinbaum, la voz del pueblo, o Ernesto Zedillo, el demócrata lúcido que enfrenta al nuevo autoritarismo? Esta polarización artificial no es más que un montaje —y uno burdo— para limitar el debate público a dos opciones del mismo proyecto: el de la oligarquía.
Ambas caras de esta moneda tienen las huellas del mismo capital político, económico y hasta ideológico. No nos dejemos engañar. En el actual gobierno de Sheinbaum figuran prominentes zedillistas: Juan Ramón de la Fuente, Esteban Moctezuma, e incluso el exministro Arturo Zaldívar. ¿De qué ruptura se habla entonces? ¿Dónde está la supuesta alternativa si se sigue gobernando con los cuadros y los métodos de siempre?
No olvidemos que Zedillo no fue el demócrata que ahora algunos quieren rescatar. Fue quien entregó al país al capital financiero con el FOBAPROA, quien reprimió al movimiento social y quien privatizó hasta la dignidad. Pero también fue el que abrió la puerta a López Obrador, permitiéndole violar el requisito de residencia para contender por el gobierno del entonces Distrito Federal. Lo toleró, lo registró y, como bien ha documentado Marco Rascón, lo protegió y financió. Hoy ambos bandos se rasgan las vestiduras en una disputa falsa, olvidando sus alianzas pasadas.
Por si fuera poco, Zedillo ahora pretende decretar quién fue “el mejor líder del 68”. Como si se tratara de un Óscar político. Que no se equivoque: el 68 no es una franquicia, no tiene dueño, y no se le puede reducir a una competencia de egos validada por los mismos que quisieron borrar nuestra memoria.
El enfrentamiento entre Zedillo y Sheinbaum no es más que una disputa interna entre sectores de la élite, un choque entre formas distintas de administrar el poder, pero no de transformarlo. Mientras tanto, se sigue posponiendo la única tarea que realmente importa: construir un movimiento autónomo, popular y democrático, que no dependa ni de caudillos ni de pactos cupulares.
El país no necesita elegir entre la tecnocracia represora y la continuidad disfrazada de transformación. Necesita un proyecto nuevo, uno nacido de la autonomía, de la crítica y del verdadero ejercicio democrático.