Cuando despertamos, había un yankee gobernando el país

Alberto Farfán

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Una invitación a cuestionar qué tan vulnerable sigue siendo México como país frente a los escenarios que anticipó Pacheco.

Por Alberto Farfán

La ficción literaria del extraordinario escritor mexicano José Emilio Pacheco (1939-2014) sobre cómo se procedería frente a una invasión estadounidense a nuestro país, es por demás inquietante y desoladora. Principalmente porque existen algunos personajes que desearían vernos en calidad de una estrella más en la bandera del imperio del norte. Este relato de Pacheco, por lo tanto, exige reflexión.

En La sangre de Medusa y otros cuentos marginales (Era, 1990), de José Emilio Pacheco, encontramos un relato, “La catástrofe”, en el cual se nos habla de una invasión militar ─sin alusión directa pero sí simbólicamente─ de EEUU a nuestro país, México, en donde no existirá ni toma de conciencia, ni respuesta institucional organizada ante el agresor.

Amplio conocedor del ser del mexicano nuestro autor argumentará en voz del protagonista el porqué de ello en todo su texto. En principio nos dice ante la derrota militar: “Nos hundieron la misma somnolencia lúgubre, el tedio, la indecisión, la ausencia de energía, la indiferencia cínica, el relajamiento de la voluntad. La falta de ciudadanos pesó más que nuestra debilidad militar. Todos estábamos muertos, adormecidos, desnacionalizados, inertes, envilecidos, gastados”. Pero “el egoísmo se levantaba feroz y brutal” y “el odio al enemigo era terrible”, más por la pérdida del confort personal que por la pérdida de la patria.

Y en efecto, “unos temían por su empleo en el gobierno, otros se preguntaban si iban a seguir pagando intereses los bancos. Con la pérdida del Estado se veía el fin de la comodidad personal”. No obstante tal situación caótica, se inicia una especie de ofensiva con la Guardia Nacional, a la que el protagonista se suma. Pero…

“Una semana después ─escribe─ iba yo con mis compañeros de la Guardia Nacional. No llevábamos uniformes porque el encargado de fabricarlos se robó las telas para sus negocios personales. Nuestras armas eran rifles de cacería: el empresario que cobró por importar armas modernas se demoró con el objeto de

jinetear el dinero en Suiza”. Finalmente, EEUU se apodera del país sin mayor problema.

Frente a ello, categórico dice el protagonista: “Habíamos caído en un cinismo absurdo, en un egoísmo imbécil, en un desdén de toda idea, en una repugnancia ante todo esfuerzo, en una anulación de la voluntad. Pudimos haber forjado un país justo, próspero, fuerte, digno; pero abdicamos toda responsabilidad en manos del gobierno y esperamos cruzados de brazos que de la presidencia cayeran hechas las cosas, como la luz viene del sol”.

Y concluye empleando un clisé que aún existe:

─No se puede con Mexiquito. Esto es una mierda. A este país ya se lo llevó la chingada. Aquí lo único que producimos son pendejos y ladrones. La única salvación es que nos anexen los Estados Unidos”.

No obstante, lo anterior, acaso la visión de nuestro autor cambiaría si hoy tomara en cuenta los ejes vertebrales del actual régimen. La llamada revolución de las conciencias, la afirmación de que hoy hay un pueblo politizado, y de que existen miles de personas que reciben dádivas de los programas sociales que los han sacado supuestamente de la miseria y que están incondicionalmente con el gobierno. Y más aún, cuando desde la presidencia Claudia Sheinbaum Pardo toda vez que es cuestionada acerca de las intenciones de Donald Trump, presidente de EEUU, de enviar tropas a nuestro país para acabar presuntamente con los cárteles de la droga, ella muy sonriente hace alusión al Himno Nacional, más exactamente a los dos primeros versos, en sus conferencias matutinas. Ocurrencia patéticamente perversa y peligrosa.

¿Difícil inclinarse de un lado o del otro? ¿Pacheco o la 4T? La respuesta la tiene usted, amable lector.