El Mencho, caído en “Operación Fénix“

Hazael Sayavedra

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La caída de “El Mencho” no implica el fin del CJNG, sino el inicio de una etapa de fragmentación y violencia dispersa con alto costo para la población civil.

Por Hazael Sayavedra

Tapalpa, Jalisco.- El nombre del operativo –“Fénix”– suena poético, pero fue un mazazo brutal. A las 5:45 a.m., 120 elementos de fuerzas especiales del Ejército y Marina descendieron en rapel desde helicópteros sobre una finca en la sierra. Drones de reconocimiento guiaron cada movimiento; inteligencia geolocalizada marcó el objetivo. Los disparos cruzados duraron minutos: nueve sicarios muertos, dos capturados, cero bajas propias. Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, recibió un balazo en el pecho. Lo evacuaron en camilla, pero murió en vuelo rumbo a Ciudad de México.

No fue casual. México lo tenía ubicado desde 2024 –informantes, satélites locales–, pero no actuó. Esperó el empujón gringo. La DEA y el Pentágono aportaron datos precisos: interceptaciones telefónicas, geoposicionamiento en tiempo real. Donald Trump lo celebró en X minutos después: “Otro rey del narco caído. Nuestra presión funciona”. Amenazas de aranceles, sanciones y hasta intervención militar habían estado sobre la mesa desde enero. México ejecutó, pero el dedo fue de Washington.

El Mencho, 59 años, había sido policía municipal en Michoacán antes de emigrar a Estados Unidos en los 80. Lo atraparon por tráfico de drogas en California y lo deportaron en 1992. Regresó, escaló en el Cártel del Milenio gracias a su matrimonio con Rosalinda González Valencia –hermana de los “Cuinis”– y, en 2010, rompió con ellos para fundar el CJNG. Lo convirtió en imperio: precursores químicos de China por Manzanillo, fentanilo y metanfetaminas hacia EE.UU., cocaína desde Colombia y Perú.

Presencia en más de 40 países: distribución en Chicago, Atlanta y Canadá; laboratorios en España y Países Bajos; nexos con Australia y África para lavado. En México dominaba Jalisco (base financiera), Michoacán (laboratorios y aguacate), Colima (puerto clave), Guanajuato (huachicol), Nayarit, Zacatecas, Guerrero… más de 27 estados, el 84% del territorio. Armamento: fusiles Barrett, RPG, ametralladoras .50, vehículos blindados caseros, drones armados. Sicarios entrenados en campamentos de guerrilla –tácticas militares, explosivos, guerra cibernética–. Recompensa estadounidense: 15 millones de dólares.

Ahora, sin rey, el CJNG se fractura. No era una pirámide; era una red de plazas autónomas. Jefes regionales pelean por rutas –puertos, fronteras, laboratorios–, negocios paralelos –extorsión, secuestros, huachicol–. Sinaloa (Los Chapitos y facciones viejas) acecha el fentanilo; Cárteles Unidos, en Michoacán, emboscan convoyes; hasta el Golfo intenta colarse en Colima.

La respuesta inmediata fue terror: narcobloqueos simultáneos en siete estados; más de 40 vehículos incendiados –autobuses, camiones, autos particulares–; accesos a Guadalajara cerrados; humo negro cubriendo avenidas. No es vandalismo; es estrategia: paralizar, intimidar, mostrar que “seguimos aquí”.

Hipótesis de inteligencia: en los próximos seis meses, el cártel no desaparece –se atomiza–. Células más pequeñas, más violentas, sin código ni líder unificador. Balaceras diarias, reclutamiento forzado, drones con bombas improvisadas. Violencia crónica, dispersa, impredecible. Seguridad nacional en jaque: desplazamientos masivos de civiles, escuelas cerradas, economía paralizada por bloqueos, aeropuertos en alerta. Trump se lleva el trofeo político; México paga con sangre y caos.