El espejismo de la lucha contra el narco

Tashiro Malekium

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Una reflexión sobre cómo la llamada "guerra contra el narco" ha reforzado un ciclo de captura, fragmentación y regeneración criminal.

Por Tashiro Malekium

En las sombras de la llamada "guerra contra el narco" en México, las capturas o eliminaciones de líderes criminales se erigen como trofeos relucientes, exhibidos en conferencias de prensa para calmar la crítica y el escrutinio público. Pero ¿qué hay detrás de estos actos espectaculares? Poco más que un velo ilusorio, diseñado para desviar la mirada de las raíces profundas del problema y proyectar una fachada de autoridad en acción.

A lo largo de décadas, hemos visto cómo estas detenciones aisladas no desarticulan las redes del crimen organizado; al contrario, fragmentan las estructuras, avivan la violencia y perpetúan un ciclo de inseguridad que beneficia a intereses ocultos. Es hora de cuestionar: ¿sirven realmente para la seguridad ciudadana o solo para cambiar la narrativa, haciendo creer que el gobierno vela por nosotros mientras el monstruo se regenera en la oscuridad?

Orígenes y evolución de los cárteles: de las semillas en Guadalajara a un bosque de impunidad

Para entender esta hiedra venenosa del narcotráfico, debemos retroceder a sus orígenes, como si desenterráramos las raíces de un árbol antiguo que ha extendido sus ramas por todo el paisaje mexicano. Todo comenzó a finales de los años 70 con el Cartel de Guadalajara, una entidad pionera en el tráfico organizado de drogas. Fundado por figuras como Miguel Ángel Félix Gallardo —conocido como "El Jefe de Jefes"—, Rafael Caro Quintero y Ernesto Fonseca Carrillo, este grupo no era sólo un puñado de contrabandistas; era una máquina bien engrasada que controlaba el flujo de marihuana y opio hacia Estados Unidos, y pronto forjó alianzas con los poderosos productores de cocaína en Colombia.

Operando desde el corazón de Jalisco, se beneficiaron de un ecosistema de corrupción incrustado en la policía federal y estatal, creando un monopolio que parecía inquebrantable, con rutas eficientes que serpenteaban a través de la frontera como venas ocultas. Sin embargo, como en un relato donde el equilibrio precario se rompe, la detención de Félix Gallardo en 1989 no erradicó el mal; lo multiplicó. Sus lugartenientes, liberados de la sombra del patriarca, dividieron el imperio en feudos rivales, dando vida a una genealogía compleja de carteles. Joaquín "El Chapo" Guzmán e Ismael "El Mayo" Zambada reclamaron Sinaloa, tejiendo una red de lealtades familiares y operaciones sofisticadas; los hermanos Arellano Félix erigieron el Cartel de Tijuana, feroz en su control de la frontera californiana; Amado Carrillo Fuentes, apodado "El Señor de los Cielos" por su flota aérea, fundó el Cártel de Juárez; y, en el noreste, el Cártel del Golfo se fortaleció bajo Juan García Ábrego y luego Osiel Cárdenas Guillén, incorporando tácticas paramilitares.

Esta fragmentación no fue un debilitamiento, sino una evolución: de un solo tronco surgió un bosque de organizaciones, cada una con jerarquías piramidales que incluían líderes supremos, lugartenientes para el tráfico y lavado de dinero, sicarios para la imposición violenta y tentáculos de corrupción para blindarse contra la ley.

Esta metamorfosis se aceleró con la "guerra contra las drogas" declarada por el presidente Felipe Calderón en 2006, una ofensiva militarizada que, en lugar de podar el bosque, lo hizo más salvaje. Los operativos conjuntos con el ejército capturaron a líderes clave, pero desataron tormentas internas y externas. Tomemos el caso de Ignacio "Nacho" Coronel, abatido en 2010: su caída, lejos de decapitar al Cártel de Sinaloa, provocó la escisión de una facción que mutó en el Cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG), liderado por Nemesio "El Mencho" Oseguera Cervantes.

El CJNG, como una rama vigorosa, se expandió con violencia extrema, diversificando sus operaciones hacia la heroína, el fentanilo y la extorsión, cubriendo más de la mitad del territorio nacional. Otras rupturas pintan un panorama similar: la división del Cártel del Golfo en 2010 dio origen a Los Zetas, un ente paramilitarizado de exmilitares desertores, infamous por su brutalidad sin límites; los Beltrán Leyva se separaron de Sinaloa en 2008 tras la detención de Alfredo Beltrán Leyva, alegando traiciones internas; y La Familia Michoacana, con su tinte pseudorreligioso en los 2000, se fragmentó en Los Caballeros Templarios en 2011.

Hoy, los titanes dominantes —el Cártel de Sinaloa, dividido en facciones como Los Chapitos y Los Mayos, y el CJNG— extienden su influencia a 27 estados mexicanos y operaciones en 40 países. Sus estructuras han mutado de pirámides rígidas a redes horizontales, con células autónomas que subcontratan servicios, volviéndolas casi inmunes a golpes aislados. Así, lo que empezó como un cártel unificado se ha convertido en un laberinto de alianzas y rivalidades, donde cada corte genera más caos.

Ramas y enredos con la política: donde el poder y el crimen se entrelazan

Estos cárteles no crecen en aislamiento; sus ramas se enredan con el poder político, formando una simbiosis que nutre su longevidad, como enredaderas que trepan por los muros del Estado. Desde los inicios, el Cartel de Guadalajara instituyó el soborno a funcionarios como moneda corriente, asegurando protección y rutas seguras. Esta práctica no ha desaparecido; al contrario, se ha institucionalizado, con informes de agencias como la DEA y organizaciones independientes como Insight Crime revelando redes de corrupción que permiten a los carteles operar con impunidad.

Los ejemplos son tan abundantes como alarmantes, tejiendo una tela de araña que conecta el bajo mundo con las altas esferas. Genaro García Luna, quien fungió como secretario de Seguridad Pública entre 2006 y 2012, fue condenado en Estados Unidos por aceptar millones en sobornos del Cartel de Sinaloa, un caso que expone cómo la cima de la lucha antinarcóticos estaba contaminada. Salvador Cienfuegos, exsecretario de Defensa, enfrentó arresto en 2020 por lazos con el Cártel de los Beltrán Leyva, aunque México lo exoneró en un controvertido proceso.

Gobernadores como Tomás Yarrington, de Tamaulipas, han sido extraditados por lavado de dinero ligado al narco, ilustrando cómo el control territorial se compra en los pasillos del poder. Esta infiltración se extiende incluso a las urnas: los grupos criminales financian campañas electorales para moldear políticas locales, cooptando municipios enteros para extorsión y control de rutas. En Michoacán, La Familia Michoacana y el CJNG han dominado alcaldías para explotar la tala ilegal y la minería, convirtiendo regiones enteras en feudos.

Alegaciones más audaces apuntan a campañas presidenciales, como reportes de donaciones de narcotraficantes extraditados a la de 2006 de Andrés Manuel López Obrador, aunque nunca investigadas a fondo, la misma suerte que han corrido las investigaciones contra Adán Augusto López, Rubén Rocha Moya, Marina del Pilar y algunos otros ligados al presunto cártel de Macuspana. Agencias como la CIA han escrutado unidades policiales y militares por colusión, desenterrando operaciones encubiertas que revelan una corrupción endémica. En este entramado, la corrupción no es un accidente; es el fertilizante que permite a los carteles regenerarse, explicando por qué las detenciones individuales son meros parches en una herida que supura desde lo profundo.

El ciclo de la violencia: la hidra que se multiplica con cada corte

Transitando de estas alianzas ocultas al corazón del conflicto, encontramos que la estrategia de "decapitación" —focalizada en líderes— no solo falla, sino que agrava el mal. Aquí radica la esencia de la analogía con la hidra mitológica: los carteles son como esta bestia legendaria; al cortarle una cabeza, no perece, sino que brotan dos nuevas, volviéndose más peligrosa, más violenta y atacando desde frentes multiplicados.

La extradición de "El Chapo" Guzmán en 2017 no desmanteló al Cártel de Sinaloa; lo fragmentó en facciones rivales, desatando guerras intestinas en Sinaloa y Sonora que han cobrado miles de vidas. De igual modo, la muerte de "El Mencho" en febrero de 2026 provocó un caos inmediato en Jalisco y estados colindantes, con bloqueos, tiroteos y un vacío de poder que el CJNG llenó rápidamente, con miles de miembros listos para ascender.

Expertos coinciden: estos golpes generan vacíos que fomentan la fragmentación y la escalada violenta, no la erradicación —exactamente como la hidra que regenera su furia—. En seis décadas de esta supuesta guerra, México ha presenciado la multiplicación de carteles de dos a nueve, con más de 480,000 asesinatos en sólo dos décadas. Las detenciones ofrecen un respiro temporal, calmando a la opinión pública, pero ignoran las raíces verdaderas: la demanda insaciable en Estados Unidos, la corrupción sistémica y la desigualdad que alimenta reclutas. Es un ciclo perpetuo, donde cada "triunfo" siembra las semillas de mayor desorden.

Hacia una reflexión más profunda

Al final de este laberinto de sangre y poder surge una pregunta ineludible: ¿quiénes son los verdaderos dueños del trasiego? ¿A quién le conviene realmente que las actividades del narcotráfico continúen intactas? ¿A los capos efímeros, que caen uno tras otro? ¿A los políticos, que usan estas capturas como cortinas de humo? ¿O a toda una estructura de guerra, pólvora y muerte, una industria millonaria armamentista y de defensa que necesita alimentarse constantemente de novedades —vehículos blindados, balas más poderosas, tecnologías de vigilancia— para justificar su existencia? En este cuento siniestro, ¿es el lobo el verdadero villano o fue Caperucita quien lo guió conscientemente a la casa de la abuela, beneficiándose del caos que sigue?

Al final, lo único que tenemos por cierto es que los gobiernos continuarán cortando cabezas cada que la credibilidad se les acabe… Combatirán el narcotráfico, cuerpo a cuerpo si es necesario, cuando necesiten un adalid, salvador de la justicia.

Fuente: subastack.com