
Ignacio García Martes, 31 de Marzo del 2026
El Mundial ha dejado de ser la celebración universal del futbol para convertirse en la vitrina más rentable de una FIFA que ha privatizado la pasión colectiva y restringido el acceso popular al mayor espectáculo del deporte.
Foro Público
La Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA) ha privatizado el futbol y ha impedido que la mayoría de las personas tengan acceso a los partidos de las selecciones para la Copa del Mundo que se llevará a cabo en unos meses.
Después del escándalo del “FIFAgate” que estalló en 2015 durante la administración de Joseph Blatter, en el cual se reveló la red de corrupción que encabezó en el organismo rector del balompié mundial para designar a las sedes de los Mundiales de Rusia y Catar en 2018 y 2022, el nuevo mandamás del futbol internacional decidió otorgar la sede a Estados Unidos para 2026, aunque acompañado de México y Canadá.
La crisis de credibilidad que vivió la FIFA obligó a la salida de Blatter, después de haber controlado a la institución durante casi dos décadas. El nuevo presidente, Gianni Infantino, representó un proyecto de continuidad, pues fungió como secretario general del organismo internacional entre 2009 y 2015.
Infantino, cercano a la cúpula de Blatter, fue respaldado por la mayoría de las federaciones, al asegurar que democratizaría al futbol mundial y depuraría a la institución para evitar afectar la reputación del futbol internacional. Las principales promesas de la campaña de Infantino se centraron en permitir que países que nunca habían organizado una Copa del Mundo pudieran hacerlo.
Sin embargo, en los diez años de la actual gestión de Infantino al frente de la FIFA, la institución no sólo no ha transparentado su quehacer, sino que ha sido criticada por sus intereses en comercializar a la máxima expresión el futbol. Infantino ha decidido que los Mundiales no serán organizados por un solo país, sino que serán compartidos.
El primer experimento fue Estados Unidos, México y Canadá, con la participación de 48 selecciones por primera vez. Desde Francia en 1998, la Copa del Mundo había albergado a 32 selecciones, la versión más atractiva del certamen, pues permitía que diferentes combinados nacionales compitieran, pero a partir de los cuartos de final se definían a los principales candidatos al título.
Con la nueva versión de 48 selecciones, el espectáculo será menor, ya que participarán equipos que no tienen nivel real para competir por el título y por ello la fase de grupos dejará de ser atractiva e incluso la fase de dieciseisavos de final tampoco serán llamativas.
A diferencia de lo que ocurre a nivel clubes, en donde la competencia es más amplia y pareja, debido a que los equipos pueden fichar a diferentes jugadores de distintas nacionalidades, las selecciones nacionales sólo dependen de los propios futbolistas nacidos en sus territorios, por lo cual sólo hay unas cuantas escuadras que tienen posibilidades reales de levantar el título.
Sin embargo, a Infantino no le importó el detrimento del espectáculo, pues la participación de más selecciones representará para la FIFA mayores ganancias económicas, y para la Copa del Mundo de 2030 se tratará de una organización múltiple, pues España, Portugal y Marruecos fueron designadas para el certamen, pero también Argentina, Uruguay y Paraguay tendrán partidos inaugurales en sus países, para conmemorar el centenario del Mundial que se llevó a cabo por primera vez en Sudamérica.
Aunque la logística de ese evento será un problema para todas las selecciones, Infantino privilegió los ingresos económicos que tendrá la FIFA, que se ha convertido en una corporación cada vez más alejada de los intereses de las masas, principalmente de los aficionados que no tendrán capacidad para acudir a esos encuentros que se han privatizado de forma exacerbada.
La hipocresía de la FIFA
Gianni Infantino prometió que en su gestión se privilegiaría a los derechos humanos y el respeto a los valores de la comunidad internacional, no obstante, invisibilizó los abusos cometidos por el gobierno de Vladimir Putin en Rusia, que incluso impidió que los periodistas documentaran las violaciones sistemáticas a derechos humanos que ocurrieron durante la cobertura de la Copa del Mundo en 2018.
Pese a que Putin puede ser considerado como un criminal de guerra, por sus ambiciones anexionistas de Ucrania, Infantino invisibilizó los abusos cometidos en Crimea, y dio luz verde para que Rusia organizara la Copa del Mundo en esa nación.
Para 2022, Infantino también hizo caso omiso a las denuncias de diferentes organizaciones defensoras de derechos humanos que evidenciaron que decenas de trabajadores murieron en la construcción de los estadios que el gobierno catarí ordenó crear para organizar el Mundial.
A pesar de que el gobierno catarí—caracterizado por ser una monarquía autocrática—violó sistemáticamente los derechos humanos de miles de trabajadores para la construcción de los estadios, Infantino ignoró su intención original de no replicar las prácticas de sus antecesores.
Para el Mundial de 2026, Infantino fue criticado por someterse de forma cínica al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, a quien incluso le entregó un premio de la Paz—que recién creó el organismo deportivo—en sustitución por el rechazo del Comité del Nobel que no le entregó el Premio Nobel de la Paz al mandatario republicano.
Además, después de que Rusia invadió Ucrania, Infantino decidió suspender de cualquier competencia internacional a la selección rusa, por los crímenes de guerra que orquestó Putin, con quien había compartido la mesa en varias ocasiones en 2018, pero decidió ignorar el genocidio provocado por Israel en contra de la población palestina, pues la selección israelí nunca fue sancionada para participar en competencias internacionales.
Así, el discurso de Infantino es una muestra de la hipocresía que sigue prevaleciendo en el organismo internacional. En tanto que la FIFA se mantiene como el organismo rector del balompié mundial, cada vez más federaciones alzan la voz en contra de los agravios cometidos por la gestión de Infantino, específicamente la Unión de Asociaciones Europeas de Futbol (UEFA, por sus siglas en inglés), que ha reclamado la carga excesiva de partidos que ha impuesto la institución mundial.
Un Mundial de unos cuantos
A pesar de que Infantino ha asegurado la integración de más selecciones a la Copa del Mundo representa una muestra del interés de inclusión de más países, la mayoría de las personas que radican en las naciones que organizan los certámenes no tendrán la oportunidad de acudir a estos eventos.
En el caso de México, los 13 partidos que se llevarán a cabo en la Ciudad de México, Monterrey y Guadalajara tienen costos inalcanzables para la mayoría de la afición. Los precios de los boletos para cada partido representan un crecimiento de hasta 30 veces más con respecto a lo que costaron en el Mundial de Catar.
Los limitados boletos que se ofrecieron al público en general se vendieron a través de las denominadas tarifas dinámicas, que únicamente provocan el encarecimiento de la entrada a partir de la demanda creciente, situación similar a la que se ha implementado en diferentes conciertos de bandas y artistas internacionales que se presentan en México.
De esta manera, sólo un pequeño sector de la población tendrá acceso a estos eventos deportivos y musicales, en tanto no exista alguna regulación tanto de los organizadores como del Estado en cuanto a la organización de este tipo de eventos, pues los respectivos gobiernos podrían imponer tasas fiscales más elevadas a las empresas y a la FIFA que se benefician de la organización de estos espectáculos.
En tanto este tipo de eventos tengan una relación meramente económica, la tradición futbolística se perderá, y miles de personas observarán cómo el deporte que más les agrada se convierte en un negocio cada vez más inalcanzable para los aficionados reales, mientras que un pequeño grupo se beneficia económicamente de esa pasión que tienen millones de amantes del futbol.
Nota aparte: La FIFA no tiene intenciones de transparentarse ni democratizarse. Al igual que lo hizo Blatter durante años con un grupo completamente alineado a sus intereses, Infantino ha replicado este modelo con el control total de la institución sin una disidencia real en el interior.