La rifa de ineptos: lealtad sobre cerebro en Morena

Hazael Sayavedra

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En Morena, la lealtad parece valer más que la preparación para ocupar cargos estratégicos dentro del gobierno y las instituciones.

Por Hazael Sayavedra

La llamada Cuarta Transformación ha convertido la administración pública en una gigantesca tómbola. En esta rifa de la incompetencia no gana el más preparado; gana el más fiel. La lealtad se ha vuelto el único título válido, mientras que el conocimiento, la experiencia y la madurez han sido declarados prescindibles, en lo que parece una reedición del viejo “dedazo” priista, pero con otro color.

Yeraldine Bonilla: de la lonchería a la gubernatura

En Sinaloa, el caso es paradigmático. Yeraldine Bonilla pasó de servir mesas en una lonchería de Dimas a diputada local y, sin mayor mérito aparente más que su fidelidad, a gobernadora interina del estado en mayo de 2026. El propio Rubén Rocha la señaló públicamente en abril de 2025 al presumir que, antes de ser diputada, “era una meserita de una lonchería”.

Hoy, esa misma “meserita”, con estudios en Trabajo Social, es la responsable de tomar decisiones cruciales para millones de sinaloenses. Su carrera legislativa, aunque incluye presidencias en comisiones de Justicia y Seguridad, difícilmente puede considerarse un currículo robusto para liderar un estado en una de sus horas más complejas.

La reforma judicial y el estándar de la “abuelita”

Los requisitos para impartir justicia en México han caído a niveles ridículos. La convocatoria para la elección judicial establece que cualquier persona puede concursar para ser juez si cuenta con título de abogado y un promedio mínimo de 8.

El filtro de selección no es mucho más riguroso: basta con presentar cinco cartas de referencia de vecinos o colegas para justificar la candidatura. Eso permite que gente sin experiencia profunda aspire a modificar las leyes que rigen a más de 130 millones de mexicanos.

Jaime Cantón Rocha: el congreso más caro en manos de un inexperto

Jaime Cantón Rocha, con apenas treinta años, preside la Mesa Directiva del Congreso de Baja California, una de las legislaturas más caras del país. En 2023, su presupuesto fue de 787.8 millones de pesos; la cifra alcanzó los 838.4 millones en 2025, con un gasto de 439 millones 392 mil pesos solo en servicios personales durante 2024.

Este joven, sin experiencia de vida que incluya generar empleos, sostener una familia con hijos o gestionar responsabilidades adultas, protagonizó un accidente que refleja su falta de carácter. El 30 de octubre de 2024 volcó su vehículo Suzuki Jimny —cuyo valor ronda los 600 mil pesos— tras pasarse una luz roja en Mexicali. Pese a que los reportes señalan que no portaba el cinturón de seguridad, Cantón prefirió culpar a su asistente, responsabilizando a su acompañante, Karen Paola Ramírez, de la volcadura.

Si no fue capaz de controlar su propio vehículo ni de asumir la responsabilidad del accidente, ¿cómo se espera que controle uno de los congresos más costosos del país?

No por nada las tradiciones más sabias, como la judía, establecieron que para interpretar la Torá se requiere una edad mínima de cuarenta años. La edad no es un dato vacío: es experiencia acumulada, errores aprendidos y juicio formado.

Directores improvisados en la Oficina Presidencial

En la más alta esfera del poder ejecutivo, la falta de preparación es alarmante. Una revisión documental de Eme Equis encontró que en la Oficina de la Presidencia hay más de sesenta servidores públicos en puestos de dirección y subdirección sin contar con licenciatura. Algunos apenas cuentan con bachillerato o secundaria, y su única experiencia laboral ha sido trabajar en Morena.

Los casos documentados incluyen desde un chofer de la presidenta, Alberto Daniel Rojas Márquez, con solo secundaria y un sueldo bruto mensual de 51 mil 361 pesos, hasta un subdirector de área con estudios de bachillerato que percibe 46 mil pesos mensuales. Personas sin la formación básica están dirigiendo áreas y manejando presupuestos millonarios.

El Centro de Inteligencia: el cuartel de los favoritos

Uno de los nombramientos más graves es el de Francisco Almazán Barocio al frente del Centro Nacional de Inteligencia. Este cargo estratégico exige un perfil de élite: experiencia consolidada en inteligencia estratégica, análisis de riesgos nacionales, geopolítica y contrainteligencia.

Sin embargo, Almazán llegó al puesto por ser “la mano derecha” de Omar García Harfuch. Su experiencia principal proviene de su etapa como jefe de la Policía de Investigación (PDI) de la Fiscalía de la CDMX, un cargo muy alejado de las necesidades del CNI. Aunque es licenciado en Derecho y cuenta con una maestría, su trayectoria es de corte policial, no de inteligencia estratégica nacional.

Los reflectores y el oportunismo sin límites

A esta lista se suman los perfiles mediáticos que Morena ha colocado en puestos clave sin que medie la experiencia:

· Luisa María Alcalde llegó a la Secretaría del Trabajo a los 31 años. Su currículo se limitaba a una diputación plurinominal, aunque después construyó una carrera política que la llevó a Gobernación y a la presidencia de Morena.

· Sergio Mayer saltó de los escenarios de Garibaldi a una curul en San Lázaro, donde presume una licenciatura en Administración de Empresas que difícilmente lo faculta para legislar.

· Cuauhtémoc Blanco pasó de las canchas de futbol a la gubernatura de Morelos y luego a una diputación federal, sin formación política ni administrativa de por medio.

· Gustavo Macalpin, personaje mediático que ha recorrido todos los partidos buscando desesperadamente una candidatura, parece dispuesto a servir a quien le dé un hueso político.

La fabricación de monstruos de ambición

Lo que estamos presenciando es la fabricación sistemática de una nueva élite ávida de poder. Al colocar a figuras mediáticas, jóvenes inexpertos y oportunistas sin preparación en puestos de poder, se está llenando el gobierno de gente cuya única motivación real es el dinero y el poder. Morena ha priorizado las lealtades personales sobre las reglas institucionales.

Poner a personas tan poco preparadas en posiciones de tanta responsabilidad no es inclusión —como algunos intentan venderlo—; es una irresponsabilidad histórica. Nos hemos convertido en un país donde los menos capacitados llegan al poder y, una vez ahí, perpetúan los mismos vicios que dicen combatir.

Mientras la lealtad siga valiendo más que la competencia y el “quedó de ver, quedito” prevalezca sobre la aptitud, México seguirá siendo gobernado por improvisados.

Aquí entra el dicho aquel de: “tenemos el gobierno que merecemos”.

Realmente, ¿México merece esta clase de gobiernos o solo es la falta de voluntad de la sociedad para exigir lo que, durante décadas, veníamos mejorando y que ahora vemos en detrimento de nuestro país?