
Juan Alberto Vázquez Viernes, 20 de Octubre del 2023
Un jurado de la Corte Federal del Distrito Este de Nueva York encontró culpables a cuatro mexicanos que regenteaban red de explotación sexual de menores.
La jueza LaShann DeArcy Hall dictará sentencias que irán de los 40 años para Roberto Cid Domínguez, a cadenas perpetuas para Luz Elvira Cardona, Blanca Hernández y José Zárate, por su papel en la red de explotación sexual.
Por Juan Alberto Vázquez / Nueva York
Por explotar a sus propias sobrinas y familiares a las que mandaban traer de su país, la tarde del jueves, los mexicanos Luz Elvira Cardona (35 años), Roberto César Cid Domínguez (60), Blanca Hernández Morales (53) y José Facundo Zárate Morales (34), y lo que los fiscales de la Corte Federal del Distrito Este de Nueva York identificaron como la "Organización de Tráfico Sexual Cid Hernández", fueron hallados culpables por un jurado en Brooklyn de nueve cargos criminales entre los que se hallan la explotación sexual de menores y extorsión.
El matrimonio formado por Roberto y Blanca, el hijo de élla, José, y su esposa Luz Elvira, los tres primeros oriundos de Córdoba, Veracruz, y la última de Tapachula, Chiapas, se ostentaban como “los dueños de las rutas” en los condados de Portchester, Yonkers, Ossining y Brewster, en la vera del río Hudson al norte de la ciudad de Nueva York. La sentencia para cada uno de los cuatro será dictada a finales de este año y, podrían alcanzar penas de entre 40 años de prisión en el caso de Cid Domínguez y hasta cadenas perpetuas para los otros tres reclusos.
Vulnerables, sin estudios ni estancia legal, las víctimas eran llevadas a casas particulares en los sitios mencionados donde a cambio de 30 dólares, eran obligadas a tener relaciones sexuales con desconocidos. Al jurado de doce ciudadanos le llevó apenas cinco horas deliberar para confirmar los cargos presentados por los fiscales. Durante las tres semanas del juicio que arrancó a finales de septiembre. ofrecieron su versión al menos una docena de testigos entre ellos mujeres que narraron episodios con los que se reconstruyó la narrativa que las convirtió en esclavas de la prostitución en beneficio de sus familiares.
Nacida en México, tras ser llamada a testificar una mujer de 31 años, recordó la relación muy cercana que tuvo con su tía Luz Elvira Cardona. “Íbamos a la iglesia y pasábamos mucho tiempo juntas”. Tiempo después, mientras Cardona partía hacia los Estados Unidos, la sobrina abandonaba la escuela en el tercer grado de primaria para iniciarse en el oficio de la limpieza de casas. En esa encomienda llegó a vivir a la Ciudad de México donde ayudaba con el aseo a una señora mayor que le daba un cuarto donde vivir. Luego su tía Luz la invitó a viajar a los Estados Unidos a trabajar de lo mismo, pero ganando en dólares.
“Quería más dinero para ayudar a mis papás”, dijo la testigo para justificar haber aceptado el dinero de su tía Luz Elvira con el que viajó primero a Tijuana. Ahí un pollero la cruzó a Los Ángeles y la dejó con un chofer que la trasladó luego a Manhattan. En la Gran Manzana, Cardona la recogió y luego de algunos días de descanso la pusieron a repartir tarjetas en los condados donde la organización operaba.
“¡Chicas… chicas!”
Ése era el pregón que debía repetir la mujer al entregar las tarjetas a, quienes, según le ordenaron, “parecieran hispanos”. Ella duró poco como tarjetera pues se sintió intimidada cuando los hombres le comenzaron a preguntar si también iba a trabajar “de eso”. Pero le fue mal al quejarse pues como no podía estar sin hacer nada, su tía le impuso una labor en la que nadie objetaría que tuviera 15 años, edad a la que no se permite trabajar en Nueva York.
–¿Cuál fue ese trabajo? Le preguntó la fiscal Rachel Shanies en el interrogatorio directo.
–La prostitución, respondió secamente la sobrina.
–¿Tu tía Luz te había hablado de eso anteriormente?
–Nunca.
La testigo recuerda que al llegar a Nueva York confesó a su tía, a la que consideraba su amiga, que nunca había tenido relaciones sexuales. Cardona le hacía bromas al respecto pues no podía creer que fuera cierto. Alguna vez que estaban presentes su esposo José Facundo y Blanca, la tía Luz les anunció “tenemos una virgen”. Y con esa etiqueta comenzaron a promocionarla entre los clientes. Enseguida surgieron interesados que pujaron en lo que devino en una cruel subasta. Previo a su primer día de trabajo, Luz le explicó qué hacer durante el primer encuentro y José Facundo la llevó en su auto donde ella recuerda haber recibido la recomendación de “tratar bien” a quien iba a pagar por desvirgarla.
Al llegar a Portchester, el chofer marcó al que había solicitado los servicios de la virgen. Un hombre salió de su casa y pagó al proxeneta quien recomendó al otro: “Trátala bien ya que la vas a romper”. Tras la hora del servicio pactado en ese su debut, ella salió a encontrarse con José Facundo quien la llevó a otras citas ya acordadas. La testigo siempre reiteraba a sus familiares que no estaba de acuerdo con ese trabajo, pero ellos la chantajeaban por el lado de la deuda que tenía con la tía Luz quien, presuntamente, había desembolsado miles de dólares para traerla a Estados Unidos.
“Me sentía sucia, triste pues nunca había estado con nadie hasta que me obligaron”. Debía la testigo -cuyo mote al dar servicios era “Anai”-, dar todo el dinero a sus tíos José Facundo y Luz Elvira; ella nunca se quedaba con nada pues hasta las propinas que a veces le daban las decomisaba la tía. Trabajaba todos los días de la semana sin descanso durante “mucho tiempo, no recuerdo cuánto”.
Si menstruaba le compraban pastillas para que dejara de hacerlo. Le empacaban los condones en uno solo y al final de la jornada contaban los sobrantes para espejearlos con las ganancias. Trabajaba de 4 de la tarde a 3 de la mañana. Los peores días: fines de semana pues había muchos tipos ebrios. La maquillaban para hacerla ver mayor y evitar problemas. El término delivery aplicado a la explotación en Nueva York: “Cuando los choferes recogen niñas para llevarlas a ver clientes”.
Me llevaban en un auto a Port Chester, Yonkers o El Bronx a casas de clientes o en edificios con servicios de 15 minutos. Entre 20 o 25 clientes por día. A veces dos o más clientes por vivienda y luego con hombres limpios o en otras con algunos muy sucios. Uno de ellos, en una ocasión, la amenazó con un cuchillo. Quería tener sexo sin condón, pero un compañero de cuarto de ese individuo, la defendió y pudo escapar. Cuando se quejó con sus familiares le dijeron “suele pasar en este trabajo”.
Ante su insistencia de que ya no la siguieran explotando, la enviaron a vivir con un tal “Omar”, conocido de Blanca, suegra de la tía Luz que resultó muy sombría. Al parecer la vendieron pues las primeras ganancias con Omar iban a dar a su tía. Ya luego se las comenzó a quedar ese hombre que después la ingresó a un burdel en Manhattan que regenteaban dos chinos. Estando ahí fue cuando se celebró un operativo policiaco donde detuvieron a la mujer quien debió contar su historia entera.
De prostituirse a fichar
Otra de las víctimas, de las que se solicitó reservar su nombre, presentó su testimonio el 12 de octubre en el juicio contra la Organización Cid Hernández. Ella cuenta que en Córdoba, Veracruz crecieron todos juntos. Su hermana y sus primos José Facundo, Héctor y Dulce. Después sus tías Raquel y Blanca Hernández viajaron a Estados Unidos y en el 2008 la invitaron a cruzar también. Ya toda la familia se había trasladado hacia el norte y aunque ella se resistió pues tenía a sus dos hijos en Veracruz, finalmente cruzó el desierto con José Facundo y Dulce en el 2008 y llegaron a Santa Bárbara, California. De ahí a Nueva York.
Al mes de haber llegado a Nueva York, su tía Blanca le dijo que ya se tenía que poner a trabajar y que tenía el sitio para hacerlo.
–Cuál era ese trabajo?– la atajó la fiscal que la interrogaba.
–Chicas, chicas work– aclaró la víctima.
–¿En qué consiste ese trabajo?
–En ir de casa en casa teniendo sexo con gente. Ellos me pagaban. Y luego regresaba al auto para ir a otro pueblo u otra casa.
En el negocio estaban envueltos todos, pero quien daba las órdenes era la tía Blanca, pues su esposo Roberto tenía su negocio aparte, ya que él manejaba otras rutas y a otras chicas. Ivonne igual comenzó como tarjetera repitiendo el “chicas...chicas” pero pronto la comenzaron a explotar. En las rutas de Port Chester, Yonkers y Ossining, Brewster que era la que manejaba Roberto Cid. El dinero se lo daba a Dulce, aunque se lo repartían entre Blanca y Facundo igualmente. Los choferes eran la misma Blanca, José Facundo, Adolfo y Antonio, otro chofer al que le decían “Canicas”.
Un día su tía Blanca la llevó a la casa de un señor que tenía el pene muy grande. De regreso a Queens donde vivían, ella les dijo que ya no quería prostituirse y entonces comenzó a llorar diciéndoles que tenía su vagina muy hinchada. La tía Blanca enfureció y le dijo que debía seguir en lo mismo. Luego en una junta de las que tenían a diario a la medianoche y en la que participaban Roberto, Raquel, José Facundo, Luz, Dulce, Galo, Gustavo y Adolfo, Blanca les dijo que la joven había estado con el señor del pene grande y comenzaron las burlas y risas.
Finalmente, a esta testigo dejaron de llevarla de casa en casa, pero no de explotar. La llevaron al bar "La Perlita" sobre la avenida Roosevelt en Queens donde la modalidad cambia a bailar y beber con clientes. “Fichar”, se le conoce desde hace mucho. Tras una corta temporada ahí, ella regresó a Veracruz con la tía Raquel, quien invertía en bienes raíces el dinero que la familia, al mando de Blanca, ganaba en Nueva York en la explotación sexual de mujeres.
Igualmente testificaron algunos de los choferes que trabajaban para la organización y, que por primera vez en estos casos, fueron nombrados conspiradores y coacusados. Uno de ellos fue Carlos González, un inmigrante ilegal que ha sido detenido y deportado al menos media docena de veces. Él trabajó en una pizzería, de albañil, en la limpieza de un nightclub y como parte del equipo de servicio en "fiestas para ricos", hasta que conoció a Roberto Cid Domínguez quien lo introdujo al negocio de la prostitución en la modalidad de chofer. Explicó González que “el señor Roberto” le enseñó las rutas y los detalles del oficio. La forma que debía hablar con los clientes y darles la dirección de un departamento donde podían ir a ver a la muchacha.
En este caso se declaró culpable el oficial de policía del condado de Putnam, Wayne Peiffer, a quien Cid Domínguez le llevaba mujeres para que tuvieran relaciones sexuales a cambio de protección, para que dejara trabajar a las mujeres y los choferes. El chofer Carlos González era uno de los que llevaban mujeres a Peiffer, quien actualmente espera que la juez Dearcy Hall le dicte sentencia.
También testificó el agente del Buró Federal de Investigaciones, Mark Lubin, especialista en lavado de instrumentos monetarios y encargado de seguirle la pista al dinero de los acusados, excepto de Luz Cardona a la que no se le probaron tener cuentas bancarias para tal efecto. En dicha investigación financiera la cual le aprobó un jurado, Lubin halló más de diez cuentas en dos distintos bancos JP Morgan Chase y Citi, con decenas de depósitos de dinero en efectivo que entre el 2010 y el 2018 ascendieron a 652 mil 766 dólares, casi doce millones de pesos mexicanos al tipo de cambio actual.
En la audiencia del veredicto, y mientras el presidente del jurado repetía “culpable” a los cargos y acusados que le iba describiendo la jueza LaShann DeArcy Hall, ninguno de los ocho familiares que acudieron ni tampoco Blanca, José Facundo o Luz parecieron sorprendidos por lo que se iba anunciando. Aunque el resultado los pueda enviar varias décadas a prisión. Quizás el único que parecía abrumado era Roberto César Cid Domínguez, quien movía su cabeza en señal de desaprobación por lo que escuchaba. De pronto, se quedó mirando fijamente hacia la mesa totalmente abstraído por sus pensamientos.
Y es que, sus 60 años, es muy probable que no salga con vida de prisión.
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El comunicado oficial del Fiscal de Nueva York está disponible aquí.