
Juan Ricardo Montoya Benítez Viernes, 05 de Mayo del 2023
La tortura a sus víctimas llegó a incluir mujeres y niños
Por Juan Ricardo Montoya
La tortura sistemática que Los Zetas ejercían sobre los vendedores de drogas al menudeo que no trabajaban para ellos, supera a cualquier obra de ficción.
Un ejemplo lo ofrece lo ocurrido la madrugada del 16 de junio de 2011. Esa mañana fue rescatado con vida Ricardo Pineda Álvarez en un operativo realizado por policías estatales y ministeriales de Hidalgo, que dos días antes había sido secuestrado junto con otro hombre identificado como Eduardo Rosas Moreno, conocido como 'El Barny', por una célula de Los Zetas.
A Pineda Álvarez y Rosas Moreno los llevaron al Bar Divas, ubicado en el municipio de Mineral de la Reforma, conurbado a la capital Pachuca. Ahí los golpearon y torturaron psicológicamente y posteriormente, lo trasladaron a la "casa de seguridad" que tenían Los Zetas en el número 2011 de la Privada de San Gabriel, de la popular y peligrosa colonia Santa María La Calera.
En su declaración ante el agente del Ministerio Público, Pineda relató que el martes 14 de junio, alrededor de las ocho y media de la noche había salido de su casa ubicada en Avenida de los Cisnes, de la colonia Villas de Pachuca, y fue a visitar a Rosas.
La casa de Pineda se encontraba cerca del lugar donde, en 2008, habían sido vistos por última vez dos de los cuatro policías municipales que desaparecieron tras enfrentar a balazos y abatir a un mando de Los Zetas en el estacionamiento de Plaza Galerías.
Su amigo le dijo que lo acompañara "a cobrar un dinero" al cercano fraccionamiento La Colonia, en el municipio de Mineral de la Reforma. Ambos caminaron a ese lugar.
Al llegar a un parque de ese fraccionamiento, que se ubica detrás de una Bodega Aurrerá, sobre la calle Quetzalcóatl, Rosas desde un teléfono público (por años inservible, que aún se encuentra en el lugar) llamó a una persona desconocida a quien le dijo: "Quiero material, ¿dónde te veo? ".
Los dos se sentaron cerca del teléfono, en una escalinata de cemento que hay en la esquina del parque, donde también hay un centro cultural del municipio.
Minutos después llegó un joven como de 26 años de edad; delgado, moreno, de 1.65 metros de estatura y vestido con sudadera verde y bermudas negras con cuadros. De acuerdo a las investigaciones posteriores que hizo la policía, el individuo era ni más ni menos que Rito García Castillo, exconvicto y vendedor independiente de droga al servicio de Rocío Nieto Hernández, conocida como 'La Gorda', quien vivía cerca del parque, en la calle Calli.
Rocío Nieto Hernández había heredado el negocio de la venta de droga de quien fue su pareja sentimental, Roberto Rivera Almaraz, conocido como 'El Cosas'. Rivera había sido ejecutado y descuartizado en abril del mismo 2011.
Rito García se sentó junto a Eduardo; le tomó una mano aparentando saludarlo. Así entregaba la droga oculta en un envoltorio de papel periódico y al mismo tiempo tomaba el dinero para después marcharse.
Minutos después, los dos amigos dejaron el lugar, pero a la vuelta del parque, los alcanzó un taxi blanco, conducido por Baltazar López Pérez, del que salieron cuatro hombres con pasamontañas, quienes con armas de fuego los obligaron a subir al asiento trasero del vehículo.
Unas cuadras más adelante, en una calle solitaria, uno de los hombres le dijo al taxista: "Párate, vamos a cambiar el mueble", y le ordenaron a Pineda agacharse, mientras escuchaba cómo, con golpes e insultos, sacaba a Rosas, para meterlo a otro auto.
Ya sin Rosas, el taxista reanudó la marcha hasta llegar al Bar Divas al que ingresó por una entrada trasera. Pineda fue sacado a golpes del vehículo por los encapuchados, quienes lo obligaron a bajar agachado y entrar al bar.
Lo metieron a un pequeño cuarto, desde donde se alcanzaba a escuchar la música del bar amortiguada por las paredes. Lo tiraron al piso, cerca de un rincón.
Al rendir su declaración al Ministerio Público dijo recordar "que eran tres tipos los que estaban en esa sala; uno de ellos vestía unos pantalones deportivos blancos con rayas azules; entre todos me patearon, primero en la cara y después en las costillas".
Luego le quitaron su cartera y un celular Iusacell. Uno le preguntó: "¿Sabes quiénes somos? ¿Tienes una pinche idea de quiénes somos?". A lo que Pineda respondió que no.
"¿Sabes cuál es la última letra del abecedario?", le volvieron a preguntar. Pineda respondió que era la zeta.
"Entonces, ¿quiénes somos?", le dijeron de nueva cuenta. Pineda volvió a responder que no sabía. "Somos de la organización, somos Los Zetas y ya te cargó la chingada", le reviró el sujeto que lo pateó en dos ocasiones en el rostro.
En eso llegó otro hombre y les dijo a los que estaban en el cuarto: "éste es el chapulín", es decir, el vendedor independiente de drogas, al señalar a Pineda.
"Sí, pero se está portando muy bien, porque me regaló su teléfono y su cartera", dijo en tono de burla quien le había quitado sus pertenencias.
De repente, el que estaba vestido con los pantalones deportivos, arrastró a Ricardo hasta un baño que había en el cuarto, sujetándolo por el gorro de la sudadera que vestía.
Allí, el tipo sacó un enorme y filoso machete; tomó y jaló los cabellos de Pineda; puso su barbilla en uno de los bordes del sucio y pestilente retrete, lleno de orines y heces fecales.
"Te voy a cortar la cabeza, hijo de tu puta madre", le gritó amagándolo con el machete en el cráneo, lo que causó la risa de los otros sujetos.
Tras golpearlo, sacaron a Pineda del bar, lo subieron a la cajuela de un auto Pointer azul y se lo llevaron a un terreno baldío bardeado, situado en un paraje desolado.
Allí tenían a Rosas, arrodillado con las manos en la nuca y encañonado con una pistola por uno de los hombres, al mismo tiempo que otros lo pateaban y lo golpeaban.
A Ricardo le ordenaron colocarse a un lado de su amigo, en la misma posición y tras esculcarle los bolsillos del pantalón donde no encontraron nada, pues ya había sido despojado de su cartera, llaves de su casa y teléfono celular en el Bar Divas, comenzaron a golpearlo también.
Mientras, otro hombre, por teléfono, le preguntó a alguien identificado como 'El Doce', clave de uno de los mandos de Los Zetas en Hidalgo, qué debían hacer con Pineda y Rosas.
"¿Ya los cocinamos o los cambiamos de punto? Por favor, responde", fue el mensaje grabado que envió.
"Cocinar" era la clave para hablar de disolver los cuerpos de Pineda y Rosas con ácido y otras sustancias en un tambo. La orden no llegó.
Al no recibir instrucciones, decidieron llevárselos a la casa de seguridad de la colonia Santa María La Calera.
Para ello los amordazaron y les vendaron los ojos. A golpes, los metieron en la cajuela del Pointer.
Al llegar a la casa, los metieron a un cuarto donde los despojaron de los tenis que calzaban y les ataron las manos y pies con las agujetas.
Tras poner música en alto volumen para que los vecinos no escucharan lo que pasaba, Los Zetas comenzaron a interrogar a Eduardo para que les informara quién le vendía la droga, dónde vivía y para quién trabajaba.
"¿Quién es tu contacto? ¿Quién es tú proveedor? Cuidadito me mientas, porque te descargo la pistola", amenazó uno de los desconocidos.
Rosas, con voz temblorosa, respondió: "¡Por favor, no me maten! Voy hacer todo lo que usted me diga, pero ¡por favor, no me mate!".
Al final, Rosas, invadido por el pánico y terror terminó por revelar que quien le surtía la droga era Rito García.
El Infierno
La noche del 14 de junio Pineda y Rosas vivieron un infierno de torturas psicológicas y de brutales golpizas. Pineda reveló que llegaron incluso a obligarlo, bajo amenazas a pelear con Rosas. "Nos dijeron que quien ganara se iba vivo, no sin antes matar al que perdiera con un disparo en la cabeza".
Tras obligarlos a pelear por varios minutos, en medio de risas y burlas, un sujeto apodado 'El Gordo' le dijo a otro al que llamaban 'El Negro': " Ya bájale, mejor dales de comer; ya los torturaste toda la noche".
A lo que 'El Negro' contestó: "¡No estés chingando! ¡Estos perros que se mueran de hambre! Mejor ponme el Corrido de El Baleado".
De las risas, los captores y torturadores pasaron a confrontarse entre ellos. Discutían quién tenía más autoridad en el grupo. Poco faltó para que ellos se liaran a golpes.
"Ya mejor date una línea (una dosis de cocaína)”, dijo otro de Los Zetas.
"Lo que debemos hacer es darles a éstos y no pelear entre nosotros", agregó.
Al final, los ánimos se calmaron. Sin embargo, para entretenerse y no dormirse, porque les tocaba velar, siguieron golpeando a Pineda y Rosas hasta las primeras horas de la madrugada.
Por algunas horas, Los Zetas dejaron en paz a Ricardo y Eduardo, a los que aventaron en el piso, con las manos atadas a las espaldas y los ojos tapados.
Cuando ya era la mañana del 15 de junio, Pineda escuchó las voces de unas mujeres que hablaban entre sí y a las que pudo ver luego de que la venda que le colocaron en los ojos se le bajó un poco.
En eso, dos hombres se acercaron a Pinera y a Rosas y luego de golpearlos de nuevo, los jalaron para que se pusieran de pie.
Escuchó que uno de Los Zetas preguntó qué iban almorzar los dos secuestrados a lo que otro contestó: "pregúntale a las visitas".
Entonces, uno de los sujetos, tras acercarse y patear a Eduardo y a Ricardo, les preguntó con tono autoritario "A ver, ¿qué quieren desayunar? Van a pedir a la carta. Hay huevos, ¿Cómo los quieren?".
Instantes después , les preguntó que si estaba bien que les sirvieran para desayunar huevos rancheros, café y un pan, a lo que a ambos asintieron con la cabeza.
"Al rato vamos a hablar con ustedes dos, para saber si quieren vivir o morir aquí mismo", les advirtió.
Pero lo del desayuno fue sólo una forma más de tortura, un pretexto para burlarse de ellos. "Ya pónganse a almorzar", les ordenaron. Pero como tenían los ojos vendados, no podían ver dónde estaba la comida.
"Busquen sus platos y coman", les volvieron a decir. Pero en ningún momento les sirvieron. Cuando, a tientas, encontraron los platos, se percataron que estaban vacíos. Al final se quedaron sin saciar su hambre y su sed. De forma burlona, uno de los sujetos les dijo que tuvieran "buen provecho" y les preguntó sí les había gustado el desayuno a lo que Pineda y Rosas guardaron silencio, lo que motivó que los volvieran a golpear y patear hasta tirarlos al piso.
Ya por la tarde, le ordenaron a Pineda que se levantara y le dijeron: "Tienes misión".
La encomienda consistía en que los ayudara a ponerle una trampa a Rito y a su jefa, Rocío Nieto para secuestrarlo; quienes se identificaban como parte de Los Zetas les advirtieron que la vida de Pineda dependía de que todo saliera bien. A partir de ese momento, Pineda dejó de saber de Rosas.
Lo que se supo después, según el testimonio de Ariel Fernando Cabrera Vázquez, uno de los sicarios detenidos ante el agente del Ministerio Público es que Rosas no sólo aceptó ayudar a secuestra a Rito García y a Rocío Nieto; pidió unirse y trabajar para la banda delictiva.
Así que la noche del 15 de junio, según Ariel, Rosas citó a Rito por teléfono, como lo había hecho la noche anterior, para comprarle más droga.
Rito García, sin sospechar, llegó al lugar acompañado por Anahí, la hija de Rocío Nieto, su jefa y dueña del auto Grand Marquis blanco que usó para llegar ahí. Su idea era hacer la venta y aprovechar la tienda cercana para comprar diversas cosas, como se relató en la entrega anterior de esta serie.
Luego de que Rito García fue secuestrado y llevado al Bar Divas le cortaron un dedo de una de sus manos. Poco después Los Zetas también secuestraron a Rocío Nieto y a sus otros dos hijos, ambos menores de edad, a quienes llevaron a la casa de seguridad de Santa María La Calera.
Durante el saqueo de la casa de Nieto, realizado por otros integrantes de los Zetas, se apoderaron de la droga y el dinero que la mujer tenía en ese lugar. Ahí asesinaron también a Braulio Alberto Prado Salazar a quien, de forma brutal, le destrozaron el cráneo con un pesado mazo de metal.