
La experiencia vivida por el autor en el penal de Almoloya de Juárez, destaca los horrores y desafíos que enfrentó durante su tiempo en prisión.
PRIMERA PARTE
Por Alejandro López Ponce de León
El 13 de diciembre de 1991, fui trasladado, junto con otras 23 personas, del Cereso Preventivo de Puente Grande, en Jalisco, al penal de Almoloya de Juárez, Estado de México. Este traslado fue una novedad, ya que ese penal representaba una nueva área en el sistema federal en el estado mexicano y, por consecuencia, la primera institución penitenciaria federal denominada "Prisión de Máxima Seguridad". Ese día, llegué al recién inaugurado centro aproximadamente a las 4 de la tarde.
El traslado de los 24 internos inició a las 7 de la mañana bajo un fuerte operativo de más de 300 guardias de diferentes corporaciones policiacas. Nos mantuvieron horas en el Aeropuerto Internacional de Guadalajara. En ese momento, nos drogaron a todos. Nos dieron una pastilla y nos pusieron una inyección, lo que nos causó síntomas de sueño y mareo. Así permanecimos esposados en un camión urbano, dos internos por asiento, hasta llegar a lo que sería nuestro nuevo destino.
Fue alrededor de las 13:50 horas cuando llegó un avión relativamente pequeño, de unas 12 a 15 plazas, y alcancé a ver que era de color blanco y tenía un enorme letrero que decía "Ave Paraíso". En ese momento, realizaron una gran movilización y subieron a los primeros 12 internos que iban en el camión de adelante. Ésa fue la última vez que vimos a esos compañeros en Guadalajara. Posteriormente, unas dos horas después, el mismo avión descendió en el Aeropuerto de Guadalajara, donde llegaron los otros 12 internos sin saber que íbamos directo a la primera prisión federal de máxima seguridad.
Esa prisión significó el comienzo de la tortura, el hacinamiento y las violaciones graves a nuestros derechos humanos, bajo el amparo de una coalición de servidores públicos destinados a imponer miedo y terror a los internos. En esa ocasión, la directora técnica Celina Oseguera Parra, quien actualmente está privada de su libertad en el Centro Federal de Readaptación Social Morelos número 16, nos señaló que nos portáramos bien para que pronto nos regresaran a nuestros lugares de origen. Nos dijo que esas cárceles federales estaban diseñadas para volver locas a las personas, ya que nadie podía durar más de cinco años bajo la tortura física y psicológica que prevalecía en esas prisiones.
Yo soy un sobreviviente de ese sistema de terror; pasé más de 21 años en prisiones de máxima seguridad en México.
Fue entonces cuando llegamos al Aeropuerto de Toluca, donde nos entregaron a un cuerpo de custodios de la primera cárcel de alta seguridad en el estado mexicano. Ahí comenzó el terror físico y psicológico, ya que desde ese momento jamás pude caminar con la cabeza levantada. Era un sometimiento psicológico constante, con castigos prolongados en áreas completamente cerradas, por donde solo entraba aire por una pequeña ventana que estaba en la puerta de la celda, por la misma que nos entregaban los alimentos. Estas áreas estaban conectadas a través de pasillos largos y fríos, con una línea amarilla en el suelo que debíamos seguir sin desviarnos ni un centímetro, ya que cualquier desviación significaba un nuevo sometimiento.
En ese momento, nos informaron que habíamos ingresado a una cárcel de máxima seguridad y que las únicas palabras que podíamos decir eran "sí, señor" y "no, señor". Nos llevaron al área de aduana de vehículos, nos sentaron con las piernas estiradas y la frente pegando a las rodillas, con unos perros de la raza rottweiler ladrándonos en la cara. Nos iban levantando de uno en uno y nos iban pasando a un escritorio, lo que significa que los últimos pasaron largos periodos en esa posición.
En el primer escritorio al cual llegué siguiendo la línea amarilla, me obligaron a firmar un documento sin leer, lo cual me señalaron que eran mis pertenencias. Me llevaron por la línea amarilla hacia un segundo escritorio y al lado de éste, una segunda línea amarilla que me conducía a una rampa de madera de unos 50 cm de altura. Allí me obligaron a subir completamente desnudo. Un hombre y una mujer me obligaron a abrirme los glúteos con mis manos, y me introdujeron algo en mi ano para abrirlo y revisarlo.
A todos nos sometieron a estos registros corporales invasivos que constituyeron agresiones sexuales. Nadie de mis compañeros, ni yo, pudimos omitirlos. Después de bajarnos de la rampa, me entregaron unos calzones, un par de calcetines, una playera blanca, un pantalón y una camisa café, una chamarra y una gorra. Las cuales me hicieron que me vistiera en ese momento en un tiempo récord y me ingresaron por un pasillo largo al centro. Siempre era sometido por dos custodios que me tomaban uno de cada mano, la otra mano en la nuca y me llevaban casi corriendo con la cabeza a unos centímetros del suelo, así hasta llegar a lo que ahora sé que era el área de COC (Centro de Observación y Clasificación).
La misma área estaba conformada por cuatro pasillos; dos tenían ocho celdas de tres metros por dos, las cuales contaban con cuatro ventanas que daban a un pequeño patio de concreto en la parte de atrás. Cada celda tenía una cama de concreto pequeña, una mesa de aproximadamente sesenta centímetros y un pequeño baño también de concreto, con una regadera de setenta u ochenta centímetros cuadrados y una pequeña taza de concreto.
Dos pasillos más contaban con solo cinco celdas, a los cuales denominábamos los pasillos del terror, pues al final de las cinco celdas mencionadas había el final, con dos celdas cuyas puertas eran de metal y en su interior estaban forradas con hule espuma de aproximadamente veinte a treinta centímetros de ancho. Había dos pequeñas ventanas en la parte de atrás que siempre estaban cerradas. Estas celdas eran acolchonadas. Yo fui ingresado a un pasillo de los de ocho celdas, siendo la última la que me correspondió. En el momento que ingresé, me dieron tres minutos para bañarme y afeitarme. Lo cual comencé a hacer de manera inmediata. Los nervios eran tantos que, al momento de afeitarme, me corté la cara en varias ocasiones, lo cual me causó un fuerte regaño y una nueva humillación.
Cinco minutos después de haber ingresado a mi instancia, me encontraba ante diferentes áreas técnicas del centro, como el trabajo social, área médica y la toma de ficha individual, hasta las cinco de la mañana. Al regresar a mi estancia, encontré un plato de comida, un vaso de agua de color rojo en mi cama, otro cambio de ropa, un termo, un pants, un pijama de color anaranjado y un cesto de basura que contenía en su interior una pasta dental, un cepillo de dientes, un jabón, un desodorante, un pequeño espejo, papel de baño, una toalla, una almohada y un colchón. Nada más que eso.
Apenas estaba acomodando las cosas cuando llegó la primera lista a las seis de la mañana. Una hora más tarde, llegaron a repartir el desayuno. No puedo decir si fue la resaca de que todos procedíamos de un centro estatal donde usábamos diversas drogas, pero lo que sí puedo decir es que después de que llegaron a repartir el desayuno, que consumimos una hora después prácticamente los siete compañeros de mi pasillo, todos comenzamos a delirar.
Unos empezaron a comerse el jabón Lirio que nos habían dado; otros masticaban el desodorante, y otros gritaban cosas incoherentes. En mi caso, empecé a gritar mientras miraba al patio, pidiendo ayuda porque literalmente veía cómo mi celda se llenaba de agua poco a poco sin haber una salida aparente. En ese momento, uno de mis compañeros comenzó a gritar diciendo que nos iban a matar, y otros que nos iban a preparar para una guerra. Fue entonces cuando escuchamos una voz fuerte que decía "¡Puerta!" y, en ese momento, escuchamos el sonido de una puerta eléctrica. Entró un grupo aproximado de treinta personas vestidas de azul, encabezado por Luis Fernando Mendoza Castellanos.
El individuo que portaba tres insignias doradas en el hombro y una gran insignia en una gorra azul, todo en color dorado, estaba acompañado por su superior, el comandante adjunto de entonces, el director de seguridad de nombre Enrique R. Gándara Achacón. En ese momento, el director general del penal era el Dr. Juan Pablo de Tavira Noriega, la directora técnica era Celina Oseguera Parra, y el jefe de COC era el Licenciado Edgardo Aguilar. Estas personas eran quienes tenían el control absoluto del centro.
Todo el tiempo debíamos mantenernos en silencio, no podíamos hablar de celda a celda, la cama tenía que estar completamente tendida, y no podíamos siquiera sentarnos en ella, solo caminar y pensar en silencio. Fue entonces cuando entendí cómo se sienten los animales encerrados en una jaula. Solo nos entregaban la comida para que pudiéramos dormir y amanecer al día siguiente; los días se hacían largos y las noches cortas.
Quince días después, comenzaron a reubicar a algunos de mis compañeros, y solo quedó uno de ellos que en aquel entonces tenía mi edad, veintiún años. Al entrar al pasillo cuatro, colocaron un letrero que decía "área de procesados", es decir, nos separaron de la población general. Ese mismo día, al llegar la noche, vi cómo entraba un grupo de ocho oficiales con una persona vestida de beige, robusta y de tez morena. Posteriormente, lo conocí y supe que su nombre era Mario Alberto González Treviño, el segundo comandante de la entonces Policía Judicial Federal y primo hermano del difunto comandante Guillermo González Calderoni, el titular de esa institución.
Un poco más tarde llegó otra persona de tez blanca y completamente calva, quien nos dijo que su nombre era Fernando Vásquez Chelvius y que fungía como delegado de la PGR en el estado de Veracruz. Vivimos casi cuatro meses en ese pasillo, y hasta el patio de dicha área entraban las visitas del comandante González Treviño, muchas personas de traje, de elegante apariencia. Algunas veces escuché mencionar entre ellos el apellido Coello Trejo. No recuerdo haber visto a directivos del centro en esas visitas. Lo que puedo recordar es que la mayoría de los oficiales mostraban respeto ante el exfuncionario detenido, una situación que resultaba significativa para mis veintiún años de edad y los primeros cuatro meses en esa prisión de máxima seguridad.
Del comandante González Treviño jamás olvidaré que fue quien, a través de su familia, me hizo el primer depósito para “mi tienda”, como se le llamaba a la compra de los artículos de primera necesidad que nos vendían en el mismo centro. Todos los internos contábamos con una tarjeta Bancomer que sólo usábamos para esas compras, y los depósitos se hacían a través del banco, sin límite de recursos.
Así pasaban los días hasta que me enviaron a la población de sentenciados, donde estuve por los tres meses siguientes. Era una experiencia similar a un manicomio. La mayoría de mis compañeros estaban sentados solos bajo un sol implacable, y unos pocos caminaban de un punto a otro. Dos o tres parejas de compañeros conversaban por separado. No podíamos caminar en grupos de tres o más internos juntos, ya que eso se consideraba un intento de fuga; tampoco podíamos jugar al dominó en grupos de cuatro, ya que eso resultaba en castigos que consistían en ser colocados en las celdas acolchonadas, en completo aislamiento.
También estuve varias veces en esas celdas. Al ingresar, nos ponían una camisa de mangas muy largas que envolvía varias veces nuestro cuerpo y tenía dos fajos de cuero de color café. También nos administraban dos inyecciones cada tres o cuatro días, durante los cuales teníamos que orinar y defecar en la ropa si estábamos vestidos. Las celdas no tenían cama ni baño, y así sin limpiar las celdas sacaban a unos y metían otros. Eran una especie de bodegas humanas.
Esto es sólo una parte de la historia que viví en ese centro penitenciario, y fui el primer interno en salir de ese infierno y regresar al centro de mi reclusión original, junto con otro compañero. Posteriormente, me trasladaron nuevamente al Centro Preventivo de Guadalajara, donde meses después me involucraron en un motín que resultó en más de veinte muertes, lo que llevó a mi traslado a las oficinas de Averiguaciones Previas de la entonces Policía Judicial, donde permanecí veintisiete días junto con otras personas.
Luego, fui ingresado al segundo Centro Penitenciario de Máxima Seguridad en el estado mexicano, el Centro Federal de Readaptación Social número dos, ubicado en Puente Grande, Jalisco, donde me registraron con el número 009. Esto significa que, dentro de las estadísticas del sistema penitenciario federal en México, soy el primer mexicano en estar en los dos primeros centros de máxima seguridad en el país.
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SEGUNDA PARTE: Mi tortura en Guanajuato
Edición: Guadalupe Lizárraga