
Luis Fernando Mendoza Castellanos, desde los 90, ya era autoridad penitenciaria, hoy volvió al Cefereso #1 como director.
SEGUNDA PARTE
Por Alejandro López Ponce de León
Fui nuevamente detenido en un estado distinto, y estuve en dos prisiones estatales, Me aislaron y segregaron de inmediato por haber estado previamente en los centros federales de máxima seguridad.
El 20 de noviembre del año 2001, fui trasladado nuevamente al Centro Federal de Readaptación Social Número 2, en Puente Grande, Jalisco. Poco después de la mencionada fuga de dicho centro, llegué a un penal completamente diferente al que había estado, ya que en ese entonces estaba al mando el comandante Luis Fernando Mendoza Castellanos de los Ceferesos. Este comandante tenía un equipo de choque de custodios, tres de Matamoros, encargados de llegar y someter a cualquiera en otro penal, como el de Puente Grande y el de Almoloya de Juárez.
El comandante del equipo de choque que me torturó en Guanajuato era Almar Meneses Rodríguez. El equipo de terror funcionó hasta el cierre de centro federal, es decir, era el equipo del terror que en su momento llegó a someter y humillar sin distinción de rango y posición económica a todos los reclusos de los centros federales, personas de todas las índoles.
Con la experiencia ya vivida en los Ceferesos, me percaté de cómo, con pleno conocimiento de causa, las autoridades administrativas penitenciarias que integraban el Órgano Administrativo Desconcentrado de Prevención y Readaptación social, poco a poco, iban violando sus propios reglamentos. Fue una alerta de un giro de 180 grados en perjuicio de las personas que estábamos privadas de libertad. En su reglamento, por ejemplo, no podía haber una persona sin una cama asignada. Sin embargo, a partir del 2007 y hasta el 2012, llegamos a vivir de siete a once personas por estancia. La realidad era la extrema sobrepoblación, pues un penal destinado para 800 personas llegó a tener casi dos mil.
Fue entonces cuando, el 21 de marzo de 2013, fui trasladado al Cefereso Número 12, en CPS Guanajuato: una verdadera bodega humana con la que iniciaba la privatización de los centros federales. Ésta fue la peor forma de cumplir una pena de prisión, bajo un régimen completamente violatorio de los derechos humanos. Llegamos a ese centro después de permanecer más de 24 horas con las manos en la nuca sin bajarlas, y seis meses después de haber ingresado, con más de mil personas en dicho centro, todavía nadie había realizado una llamada telefónica.
"Permanecimos más de 24 horas con las manos en la nuca sin bajarlas".
Ante esta situación, tuvimos la oportunidad de presentar un amparo por comparecencia de noventa y seis internos en una notificación. Este amparo fue firmado por mi compañero Eliodoro Ababera Vázquez, y yo tomé las riendas para su seguimiento. Recayó en el Juzgado Séptimo de Distrito en León, Guanajuato, bajo el número de juicio 696/2013, del cual se dio la concesión para que se usaran todos los efectos que violaran los derechos humanos.
Por tal motivo nos autorizaron una llamada, cinco minutos directamente con la persona que nombraras era la que tenía que contestar, o tres minutos si la llamada era a quien contestara. Y siempre con el altavoz encendido, es decir, el oficial que realizaba la llamada tenía que escuchar por fuerza la conversación.
Las celdas eran pequeñas, de tres metros por dos, dos camas de aluminio, una mesa y dos bancos, y desde su inicio una persona siempre dormía en el suelo, era cama A, cama B y el suelo denominado cama C. La taza de baño estaba pegada a los pies de la cama y a la puerta de la celda. Es decir, siempre que la usabas estabas a la vista de todos tus compañeros y de las tres cámaras que había en el módulo.
A la hora del baño, todas las paredes del dormitorio sudaban por el calor. Así mismo, dicho módulo estaba cerrado herméticamente con dos aires acondicionados de aproximadamente 10 toneladas, con lo cual el dormitorio era un edificio de humedad permanente, lo que ponía en riesgo la salud de los internos. La comida era muy poca y asquerosa. En una ocasión llegó el pollo en el plato hirviendo burbujas, y todos los internos y trabajadores nos pusimos muy enfermos.
El remedio fue darnos agua con azúcar y sal a manera de suero, por falta de médicos y medicamentos. Sólo nos ponían agua potable de 6 a 6:30 am, de 1 a 1:30 pm y de 7 a 7:30 pm. En esos horarios teníamos que enjuagar la taza y usar el agua para el consumo humano, es decir, directamente de la taza. Más tarde volvíamos a enjuagar la taza y hacer lo mismo y así en las tres ocasiones. Hasta que después de cinco días determinaron darnos un vaso de agua a cada interno de garrafón en un vaso de 400 ml.
Sin embargo, con el amparo número 696 antes mencionado, nos sirvió esa suspensión para que se nos proporcionara llamada, tienda, agua, sobres, timbres, hojas, y para otras diferentes cosas.
Como lo reitero, todo era una coalición de los servidores públicos en perjuicio de todos los internos, basado en eso, nos fue asignada a dicho amparo una defensora pública federal de nombre María Soria Flores. Quien a base de engaños recopiló la firma de los noventa y seis internos para la ratificación del mismo, y al siguiente día se desistió del juicio a nombre de todos nosotros sin nuestro consentimiento, lo que ocasionó a partir de ahí mi defensa en contra de un sistema de una coalición y de un monstruo de mil cabezas que hoy poco a poco hemos ido conociendo.
Ante tal violación de la defensora pública mencionada, me dispuse a promover un recurso de queja en su contra y, posteriormente, un segundo recurso por el cual fue removida de su cargo y trasladada al Instituto Federal de la Defensoría Pública en el estado de Durango, por orden del director general, Saúl Francisco García Rodríguez.
La represalia para mi audacia fue la tortura dentro de las instalaciones del Módulo Bravo Tres, donde realizábamos llamadas. Primero me obligaron a colocar mis manos en la pared. Luego dos oficiales me golpearon varias veces con los puños en las costillas y posteriormente me propinaron una patada entre las piernas, lo que me hizo desmayar. Desconozco por cuánto tiempo estuve inconsciente. Al despertarme, me encontraba en el área médica con la directora de dicha área, de nombre Kisanyi Evangelista Rivero, quien me proporcionó medicamento únicamente para el dolor.
Tiempo después, cuando estuve en el Cefereso de Oaxaca, un especialista en urología determinó que tenía un tumor en el testículo izquierdo del tamaño de una pequeña canica, causado por un golpe.
Edición: Guadalupe Lizárraga
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