
Alfredo Griz Cruz Miércoles, 12 de Febrero del 2025
Héctor Armando Esquinca Avilés, padre abusador, no solo de su hija mayor. Entre sus primeras víctimas también están dos de sus hijos.
Despacho 14
El violento oficio de escribirA la caza del monstruo
Por Alfredo Griz
Dicen que al corazón no se le puede negar la razón, que hay que aprender a sufrir para después poder amar y, al final, partir. Pero hoy, a mis 46 años, por fin me siento liberada, me siento escuchada, me siento viva. Estas fueron las palabras de la psicóloga Gina Gabriela Esquinca Rincón, quien en una entrevista exclusiva con Los Ángeles Press denuncia valientemente a su agresor sexual.
Entre lágrimas y un evidente dolor, producto de años de abuso sexual, físico y psicológico, la hoy psicóloga se atreve a revelar el infierno que vivió desde los 3 años hasta los 22, cuando por fin logró salir del seno familiar y alejarse de quien debía protegerla y guiarla en la vida. Su violador fue su padre biológico, a quien, a partir de diciembre de 2024, comenzó a denunciar públicamente. Héctor Armando Esquinca Avilés, quien hasta hace unos días era el director de la Escuela de Ciencias Químicas de la Universidad Autónoma de Chiapas (UNACH). Violó, golpeó y manipuló desde la infancia a su hija mayor.
La psicóloga rememora cómo, en su natal Tapachula, su padre biológico comenzó a violarla desde los 3 años, convirtiendo su vida en un verdadero infierno. Entre sollozos, narra de forma vívida cómo su padre, el afamado investigador de la prestigiada Universidad Autónoma de Chiapas, la preparaba para ser un objeto sexual y normalizaba todo tipo de violencia. A esa corta edad, la obligaba a ver pornografía y le relataba experiencias de índole sexual, con el fin de normalizar esas conductas y prácticas.
Gina Gabriela menciona que, cuando se es niño, se confía en el cuidador, y si quien te cuida te dice que ver pornografía o tener tocamientos sexuales está bien, para el niño también lo está. No hay punto de comparación en su corta experiencia para discernir que eso está fuera de lo normal. Pero si a eso le sumas violencia psicológica y manipulación, el menor termina siendo presa de ese supuesto cuidador, que en realidad es un depredador.
"Mi vida fue un infierno. Tuve más que miedo, me daba terror enfrentar el tema. Lo que me hizo denunciar públicamente esto es la congruencia que debo tener como ser humano. Soy psicóloga y tengo pacientes que también fueron abusados, y yo les recomiendo que denuncien. Pero por dentro, eso me hacía sentir avergonzada y enojada, porque yo fui durante muchos años abusada y no me había atrevido a denunciar. Ésa fue la principal razón por la que decidí denunciar este infierno que viví en la casa de mis padres", acotó la psicóloga Esquinca Rincón.
Héctor Armando Esquinca Avilés no solo abusó de Gina Gabriela Esquinca Rincón, sino de muchas otras personas, niños, niñas y adolescentes. Le daba igual el sexo, la edad o la condición social; los prospectaba hasta que lograba abusar de ellos. Entre sus primeras víctimas están dos de sus hermanos, quienes también fueron violados por este monstruo. Pero hubo más familiares, conocidos y alumnos que fueron ultrajados por esta persona. De hecho, la ahora víctima recuerda que Héctor Armando Esquinca Avilés se refugió en la religión cristiana y, en una prédica, reconoció frente a toda la grey religiosa que había violado a sus hermanos. Sí, así, con todo cinismo, narró esos horribles sucesos frente a la feligresía, pero no reconoció la violencia física y los abusos sexuales cometidos contra sus propios hijos, en este caso, su hija mayor.
Recuerda que la última vez que su padre intentó abusar físicamente de ella fue a los 12 años, cuando en su casa de Tapachula se le acercó por detrás y le dijo: "Con esa falda te ves bien sabrosa". La respuesta fue directa: "Me voltee y le dije que la próxima vez lo iba a abrir en canal". Desde ese día, dejó de tocarla sexualmente, pero las agresiones físicas y psicológicas continuaron por diez años más.
Con mucha angustia y visible ansiedad reflejada en su rostro, Gina Gabriela recuerda cómo, a los siete años, Héctor Armando Esquinca la golpeó fuertemente en el rostro y la estrelló contra la pared. Entre sollozos, la víctima narra que uno de los castigos preferidos de su entonces padre era subirla a una bicicleta estática y dejarla ahí por mucho tiempo, mientras le decía cosas como: "¡Ojalá mi cara fuera el asiento de la bicicleta!".
"A mí me daba asco y me aguantaba las ganas de llorar. Me llenaba de rabia y me frustraba mucho la situación porque yo ya entendía claramente lo que me estaba diciendo. En su brutal enfermedad, mi padre se excita a través de la transgresión. A las personas como él, con ese grado de perversidad, transgredir a otros les causa satisfacción, especialmente cuando se trata de alguien muy cercano, como los hijos, en este caso, yo", relata.
"Mi padre es un ser perverso, un narcisista, un manipulador. Sabe cómo hacerte su víctima, cómo hacerte sentir culpa, sabe cómo elegir a sus presas, cómo hacerte su víctima perfecta. A los trece años, ya no me violaba, pero me compraba ropa muy sugerente, como la que usan las trabajadoras sexuales (prostitutas). Me obligaba a ponérmela y modelársela, y cuando me negaba, la respuesta era violenta, acompañada siempre de una golpiza", señaló.
Su nivel de perversión era tal que impulsaba a su hermano menor a tener relaciones sexuales con ella o de incesto con su madre, todo siempre aderezado con insultos o violencia psicológica, señaló tristemente la víctima.
Por otro lado, su madre siempre estuvo consciente de todo lo que pasaba, pero fue de cierta forma permisiva. También ella sufrió violencia vicaria y psicológica. Incluso, en el año 2010, Héctor Armando Esquinca Avilés estuvo detenido en el Ministerio Público del Fuero Común por violencia. "Nos golpeó a todos en la casa, pero en ese momento no nos atrevimos a denunciar los abusos sexuales, por lo que el tema se quedó ahí y, en unos días, legalmente todo estuvo olvidado", relató.
"Pero el hecho de que mi madre no me apoyara o ayudara, a sabiendas de todo lo que mi padre me hacía, me decepcionó mucho. Me sentí traicionada y muy avergonzada", confesó.
En esa tesitura, la psicóloga y víctima menciona, sin justificarlo, que su padre fue abusado sexualmente cuando era niño, un tema que se conversó en la casa de sus abuelos. Sin embargo, eso no le otorga el derecho de violentar a otros, mucho menos a sus hijos. Gina Gabriela Esquinca menciona que el mundo está lleno de personas malas que nos hacen cosas malas, pero eso no nos da el derecho de volvernos malos y romper a otros.
Toda esta cadena de eventos traumáticos generó en la víctima una enorme depresión y diversos trastornos que, en conjunto, derivaron en varios episodios de suicidio, los cuales, afortunadamente, no se materializaron. El último de ellos sucedió en la ciudad de Puebla en el año 2018. Menciona que desde entonces ha librado una tenaz batalla interna para recuperar su salud mental, emocional y física, pues ha sido muy desgastante lidiar con todos estos eventos traumáticos desde los 3 años, es decir, 43 años de su vida.
En el aspecto legal, Gina Gabriela Esquinca Rincón menciona que, hasta hace unas semanas, venció el miedo que le provocaba hacer la denuncia penal. Le costó mucho hacer público este escabroso tema, pero se liberó de la culpa que la embargaba y, con los puños bien apretados y llena de congruencia, se dio el valor de hacer la denuncia penal. Menciona que, hasta el momento, en la Fiscalía General del Estado de Chiapas le han dado seguimiento y la han tratado bien, pero está segura de que la justicia tardará mucho en llegar. A pesar de que, al hacer público el vía crucis que ha vivido, salieron a la luz muchas otras víctimas que se han manifestado primero en redes sociales, pero también se contagiaron del valor de Gina Gabriela y se sumaron a las denuncias penales.
A ese respecto, prefiere no hablar mucho, dado el sigilo de la investigación. Sin embargo, menciona que Héctor Armando Esquinca Áviles ha tratado de contactarla, pero ella no ha dado pie a ningún tipo de acercamiento. Incluso, en algún momento, el victimario le solicitó que se hiciera justicia sobre este caso en particular, a lo que la víctima respondió que él lo que necesita es misericordia, piedad y perdón, porque si se hace justicia, le irá muy mal.
Es prudente mencionar que el catedrático de la Universidad Autónoma de Chiapas ha querido desestimar las declaraciones públicas y penales de su hija, señalando que está loca, que padece trastornos mentales y que es una adicta a las drogas. A lo que la víctima mencionó: "Las personas con el nivel de perversidad que él tiene, cuando no pueden aceptar sus actos, les queda la opción de denostar y tratar de matar la credibilidad de sus víctimas. Y en ese sentido, podemos apreciar que, si fuera una sola persona la que lo está señalando de tan deleznables actos, cabría un dejo de duda. Pero desde que el valor de Gina Gabriela afloró y se hizo pública la denuncia, salieron muchas víctimas, por lo que no deja lugar a dudas de que la sociedad en Chiapas y la Universidad Autónoma de ese estado están a merced de un verdadero depredador, una oscura persona que padece el trastorno de personalidad antisocial (TPA), que se caracteriza por un patrón de comportamiento manipulador, engañoso y criminal, lo que no es otra cosa que un peligroso sociópata".
Entre lágrimas, Gina Gabriela deja entrever a la niña que está dentro de ella, herida y rota, sobre todo cuando menciona que sabe que posiblemente no se haga justicia legal, pero tiene la firme convicción y la esperanza de que, por lo menos, él cargue con la culpa y la vergüenza que ella ha tenido que soportar durante 43 años. Que su caso se visibilice y todos entiendan y sepan que afuera hay personas destruyendo vidas, y que la mejor forma de evitarlo es que se vean en su espejo, que no esperen 43 años para denunciar, que lo hagan de inmediato y que a esos depredadores no les dé tiempo de romper otras vidas.
La psicóloga Gina Gabriela Esquinca Rincón señala que esto ha sido muy traumático y difícil. Por parte de la familia paterna, nadie quiere decir nada ni opinar al respecto, pues es obvio que hay tanta podredumbre que ocultar que lo que mejor les resulta es el silencio. Pero en su familia, sus dos hijos han sido un pilar que la ha ayudado a sostenerse todo este tiempo, y aunque también han sido afectados, ellos están de su lado y se siente segura.
Entre evocaciones de las pocas cosas bonitas que puede recordar de su infancia, Gina Gabriela menciona que ella lo único que quería era tener un papá, como todos en la vida, que no quería ser la niña a la que violó su padre. Sin embargo, la vida y sus derroteros la llevaron por ese camino. Pero ahora es la mujer que lucha, la que habla con la fuerza de la razón y de sus ideas, la mujer que busca y quiere justicia, la que, por primera vez en su vida, se siente sin temor o miedo.
"A pesar de que hoy en día, la violencia sexual hacia menores sigue siendo un tabú y se investiga o se escribe muy poco sobre ello, en lo particular, estoy haciendo mucho trabajo hacia mi interior para poder salir adelante de todo esto, pues es un tema muy duro que me ha causado muchos daños", señaló la psicóloga.
"Yo no lo odio. No puedo renunciar a mi sangre, ni mi árbol, corte y pode mi linaje. Para mí, no es mi padre, es un extraño, una persona perversa, un enfermo mental, un monstruo".