
Alfredo Griz Cruz Miércoles, 24 de Septiembre del 2025
El auge turístico en Tulum convive con una escalada de violencia y corrupción que desafía la capacidad del gobierno local para garantizar seguridad y transparencia.
Por Alfredo Griz
El relevo silencioso
Marzo de 2023. Tulum era un municipio en plena ebullición turística, con hoteles de lujo, fiestas interminables y terrenos cuya plusvalía subía como la espuma. Ese mismo escenario era también un caldo de cultivo para la disputa de grupos criminales y para la corrupción que huele a pólvora y a dinero sucio. Ese mes, Diego Castañón Trejo asumió la presidencia municipal. Su llegada fue discreta, sin discurso fuerte, apenas el relevo de un poder que en Quintana Roo se acostumbra a cambiar de manos como si fuera botín. Desde entonces, cada movimiento suyo quedó marcado por una constante: la sombra de la violencia y las denuncias de dinero perdido.
Tulum bajo fuego
Los números no mienten. De acuerdo con reportes locales y datos compilados por observatorios, Tulum vivió entre 2023 y 2024 uno de los incrementos más pronunciados en homicidios en toda la Riviera Maya. La disputa por el control de la droga en playas, bares y discotecas derivó en ejecuciones casi semanales.
En 2023, apenas iniciado su gobierno, se reportaron decenas de homicidios dolosos en un municipio que ni siquiera rebasa los 50 mil habitantes. La tasa de asesinatos, comparada con la población, alcanzó niveles de guerra. Para finales de 2024, Tulum figuraba entre los primeros lugares en violencia de alto impacto en Quintana Roo. Y los cuerpos, lejos de ser cifras, eran trabajadores de bares, meseros, taxistas, mujeres confundidas en ajustes de cuentas y turistas que tuvieron la mala suerte de estar en el lugar equivocado.
La narrativa oficial hablaba de “reducción” en ciertos delitos, pero la realidad callejera estaba teñida de sangre. Los boletines de la presidencia municipal presumían descensos porcentuales, mientras los cementerios seguían llenándose.
El golpe más alto: el asesinato del jefe policial
El 22 de marzo de 2025, el crimen mandó un mensaje directo: ni el propio aparato de seguridad de Castañón estaba a salvo. Ese día, hombres armados interceptaron a José Roberto Rodríguez Bautista, secretario de Seguridad y Protección Ciudadana de Tulum. Lo acribillaron a plena luz del día. Sobrevivió unas horas, pero murió en un hospital de Playa del Carmen.
La ejecución del jefe policial no fue sólo un crimen más. Fue la demostración pública de que la administración municipal había perdido el control. La ciudad estaba a merced de organizaciones criminales capaces de ejecutar a la máxima autoridad en seguridad sin que hubiera respuesta inmediata. Para la ciudadanía, fue la confirmación de lo que ya se sospechaba: el poder político estaba desbordado y la línea entre autoridad y criminales era tan delgada que casi desaparecía.
El dinero que se escurre
No solo la sangre corre en Tulum. También el dinero. En enero de 2025 salió a la luz una denuncia explosiva: el tesorero municipal, Bernabé Antonio Miranda Miranda, fue acusado de un presunto desvío de 23 millones de pesos. Los señalamientos apuntaban a un esquema de pagos inflados, adjudicaciones a empresas fantasma y recursos desaparecidos de la Tesorería.
La sombra cayó directo sobre Castañón. Aunque el dinero habría sido manejado por su tesorero, ningún movimiento de esa magnitud se hace sin conocimiento del alcalde. Regidores y colectivos ciudadanos exigieron auditorías y cuentas claras. La administración respondió con silencio y con comunicados vagos que no convencieron a nadie.
El caso nunca se tradujo en cárcel ni en imputaciones judiciales claras. Pero el señalamiento se convirtió en símbolo de la opacidad que rodea a la administración municipal: contratos sin licitación, adjudicaciones directas, empresas vinculadas con personajes cercanos al poder local. Documentos que existen, pero que pocos han querido mirar a fondo.
La colisión entre turismo y crimen
El modelo de Tulum se volvió perverso: lujo para los visitantes, precariedad para los trabajadores, y un vacío institucional que los grupos delictivos aprovecharon con precisión quirúrgica. La droga fluye en las playas y bares como parte de la oferta no oficial del turismo.
Los taxistas, que durante décadas fueron apenas un gremio fuerte, terminaron convertidos en engranajes de la disputa territorial: algunos trabajaban como halcones, otros como distribuidores. Y la policía municipal, debilitada, terminó señalada por permitir, cuando no por colaborar.
En este contexto, el alcalde Castañón fue señalado públicamente —sin pruebas judiciales firmes— de cerrar los ojos, de hacerse de la vista gorda o de tener algún tipo de acomodo político con quienes realmente mandan en las calles. Rumores, denuncias ciudadanas y columnas locales construyeron la narrativa de un presidente municipal atrapado entre el turismo millonario y el crimen organizado.
Las muertes que pesan
Desde que Diego Castañón asumió el poder, Tulum ha sido escenario de ejecuciones múltiples, hallazgos de cuerpos en brechas y ataques en zonas turísticas. Aunque las cifras varían según la fuente, los registros extraoficiales hablan de decenas de asesinatos en 2023 y un repunte en 2024.
Casos emblemáticos:
- Balaceras en bares de la zona costera con saldo de turistas lesionados.
- Ejecuciones en pleno centro, frente a transeúntes.
- Cuerpos tirados en caminos hacia Cobá o Chemuyil, con huellas de tortura.
- El asesinato del propio secretario de Seguridad en marzo de 2025.
- La administración nunca pudo ocultar lo evidente: Tulum se convirtió en tierra de nadie, con sangre derramada como telón de fondo.
El doble discurso
Mientras los boletines municipales hablaban de “reducción de la incidencia delictiva en un 15%” en ciertos meses, las notas periodísticas exhibían lo contrario: cifras que mostraban a Tulum entre los municipios más violentos de Quintana Roo.
Esa contradicción refleja el doble discurso: por un lado, la narrativa de un gobierno que asegura tener el control; por otro, la realidad palpable en las calles, donde los habitantes viven entre miedo y desconfianza.
Un legado manchado
A septiembre de 2025, el nombre de Diego Castañón ya está marcado por los escándalos. No hay una sola acusación penal firme en su contra, pero su administración carga con una herencia de sangre, opacidad y denuncias de corrupción que difícilmente podrá limpiar.
En Tulum, la gente resume la situación con frases contundentes: “Aquí manda el narco, no el alcalde”. Y aunque no exista carpeta judicial que lo incrimine directamente, la percepción pública pesa más que los comunicados oficiales.
El asesinato del secretario de Seguridad, el desvío millonario denunciado, las adjudicaciones sospechosas y las muertes que se acumulan son el verdadero retrato de un gobierno débil, señalado y bajo sospecha.
El otro Tulum
Tulum sigue siendo un paraíso para los turistas. Pero debajo de la postal de playas cristalinas y fiestas interminables, hay una ciudad rota. Una ciudad donde las familias entierran a sus muertos en silencio, donde los trabajadores caminan con miedo y donde el dinero público se evapora en cuentas que nunca cuadran.
El nombre de Diego Castañón quedará escrito en esa historia no por logros, sino por la incapacidad de contener la violencia, por los millones desaparecidos y por haber gobernado un paraíso convertido en infierno.