
El estrecho de Ormuz, por donde circula una quinta parte del crudo mundial, se ha convertido en un foco de atención estratégica, mientras las tensiones geopolíticas elevan los costos del transporte y agitan los mercados energéticos globales.
Por Álvaro Merino Márquez
El estrecho de Ormuz, situado entre Irán y Omán y de apenas 34 kilómetros de ancho, es la puerta de salida del 30% del comercio global de petróleo y el 20% de gas natural licuado.
Eso lo convierte en el principal 'choke point' o cuello de botella de hidrocarburos del mundo y en una ruta de abastecimiento indispensable, además de insustituible, para Europa y sobre todo Asia, que es el destino de hasta el 70% del petróleo que cruza Ormuz. Si el paso queda bloqueado, la producción de Kuwait, Baréin y Catar y gran parte de la de Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos e Irán no tendría forma de alcanzar los mercados internacionales.Consciente de su importancia, Teherán ha vuelto a activar la baza de Ormuz tras ser bombardeado por Israel y Estados Unidos. Se trata, sin embargo, de una estrategia que repite a menudo como respuesta a las sanciones internacionales que ha recibido por parte de Occidente o en disputas con otros países.A pesar de ello, conviene recordar que nunca se ha producido un bloqueo total y que el tráfico marítimo nunca se ha detenido en el estrecho de Ormuz. Ni siquiera durante la guerra de los petroleros que se produjo entre 1984 y 1988, cuando Irán e Irak lanzaron ataques contra buques mercantes en el golfo Pérsico y el estrecho de Ormuz.Un cierre total perjudicaría su propia exportación de crudo, un pilar de su economía, y motivaría probablemente una intervención directa de Estados Unidos y la OTAN.