
La posición de Sheinbaum sobre los aranceles le obliga a tratar de eludir los que imponga Trump, mientras ella misma los impone a China.
Sheinbaum también celebró como un triunfo el "super-peso", a pesar de que hace más difícil que México exporte a otros países.
Los Ángeles Press
La actividad de este lunes 15 de diciembre en Palacio Nacional, dedicada a defender contra viento y marea la imposición de aranceles a productos provenientes de países con los que México no tiene un acuerdo comercial, repitió muchos de argumentos, de muy dudosa solidez, que Donald Trump y su equipo de gobierno en Estados Unidos han utilizado para justificar sus propias medidas proteccionistas.
Como ocurre en Estados Unidos cada que Trump defiende sus aranceles, el planteamiento tanto de Claudia Sheinbaum como de Marcelo Ebrard es que estas medidas no elevarán los precios de los productos que México importa de esos países y que, por el contrario, fortalecerán la creación de empleos en México.
Eso podría ser cierto, parcialmente, en el caso de las industrias de los textiles, el vestido y el calzado, pero se antoja difícil imaginar a empresas de otros países que optaran por venir a México a crear plantas, por ejemplo, para la producción de circuitos electrónicos, por citar sólo el caso más evidente, únicamente como respuesta a estos aranceles.
Sheinbaum y Ebrard no tuvieron dificultad en eludir cualquier pregunta incómoda sobre el tema porque en Palacio Nacional pocos hacen preguntas incómodas. De hecho, lejos de que hubiera alguna pregunta difícil, los asistentes al Salón Tesorería dieron pie a la titular de la Presidencia de la República a insistir en el discurso que ella y su administración defienden.
Ello fue especialmente notable cuando alguien le dio la oportunidad de regresar a la idea del “super-peso”, es decir, de un peso mexicano que aparentemente se fortalece frente al dólar de Estados Unidos, pues hoy se encuentra ligeramente por debajo de las 18 unidades por cada dólar.
Lejos de reconocer los problemas que genera el supuesto “super-peso”, el tono en Palacio Nacional fue de celebración, sin considerar que lo que en realidad genera un “peso fuerte” es que las exportaciones mexicanas al exterior sean significativamente más caras, especialmente a Estados Unidos que, a querer o no, ha sido, ya desde mucho antes de que se creara el antiguo Tratado de Libre Comercio, el principal destino de las exportaciones mexicanas.
La línea oficial establecida por Palacio Nacional, como la de la Casa Blanca, es que el aumento en los aranceles protege al empleo y, sobre todo, que no genera aumentos en los precios.
Los datos disponibles en Estados Unidos, afectados por el desdén de Trump hacia la evidencia que generan las agencias del propio gobierno de su país, dejan ver que incluso si no hay un dramático aumento de la inflación en ese país, la inflación sigue en los mismos índices en que estaba en 2024, alrededor del tres por ciento y sin visos de reducir, como se puede ver en la imagen a continuación con datos de Trading Economics.
Aunque Sheinbaum y Ebrard evitaron repetir la idea absurda de Trump de que los aranceles los pagan los países por tener la oportunidad de hacer negocios en Estados Unidos, el espíritu del argumento fue exactamente el mismo en lo que hace al posible impacto en los precios: no subirán, según dijeron tanto Sheinbaum como Ebrard.
La realidad es que las plataformas digitales desde las que en México se pueden comprar productos de China o Corea del Sur muestran que incluso si el precio pudiera ser el mismo antes y después de los aranceles, ahora se agrega un componente de “gastos de importación” que, tal y como sucede en Estados Unidos y en cualquier país que toma este tipo de medidas, los pagan los consumidores finales.
Ebrard, uno de los protagonistas de la actividad de hoy, incluso presentó a los aranceles como una medida propia, integrada en el Plan México. Según dijo, la intención es elevar en 15 por ciento el contenido nacional; impulsar la sustitución de importaciones; relanzar el sello Hecho en México; elevar la inversión en 25 por ciento del Producto Interno Bruto para 2026 y generar 1.5 millones de empleos bien remunerados.
Qué tan viable sea esto es difícil de estimar pues México está en la difícil posición de defender la idea de Estados Unidos no debe usar contra México las mismas armas que México usa contra los países con los que México no tiene acuerdo comercial alguno.
Ebrard presentó un listado de nueve de esos países que por razones que sólo él comprende incluyen a países con los que México difícilmente ha tenido una relación comercial digna de mencionarse en los últimos cien años, como Rusia, Ucrania, Tailandia o Turquía.
Incluyó, en cambio, a otros países que si conviene considerar en cualquier análisis. Los dos más obvios son China y Corea del Sur, seguidos de India y Brasil, además de Indonesia.
México podría olvidar a cualquiera de esos nueve países menos a China y Corea del Sur, pues China es el segundo socio comercial de México. Pensar que se pueden fijar el tipo de aranceles que Sheinbaum y Ebrard defendieron hoy en Palacio Nacional, resulta difícil de comprender.
China es el segundo país de origen del total de las importaciones de México. En 2023 se tuvo un déficit comercial de poco menos de 115 mil millones de dólares y, sólo en septiembre de 2025, ese déficit fue de poco más de once mil millones de dólares.
¿Quién paga?
Pensar que no habrá un efecto en las compras que los consumidores mexicanos hagan de los productos chinos es esperar un salto de la imaginación similar al que el gobierno de Trump le pide a los estadunidenses cuando insiste en que “será China” quien pague por acceder al mercado de Estados Unidos.
Sheinbaum matizó en al menos dos momentos de la actividad la posición de su gobierno al insistir en que “México no busca enemistad” con ningún país. Sin embargo, resulta difícil imaginar un escenario en el que México no reciba un trato similar por parte de China para los productos que le exporta. Algo semejante puede decirse de la relación con Corea del Sur, país del que México depende para el acceso a componentes de electrónica y computación, así como a productos terminados en ambos rubros, los cuales difícilmente podrían ser sustituidos en el corto plazo por manufactura nacional.
En lo que hace a la idea del “super-peso”, Sheinbaum insistió en celebrar esa fluctuación en la tasa de intercambio, sin reconocer los efectos negativos que tiene para México al encarecer el costo de las exportaciones mexicanas al exterior.
Hacia el final de la actividad Sheinbaum respondió una pregunta acerca de las facultades ampliadas del Centro de Investigación Nacional, heredero del antiguo CISEN, que ya no limitará su esfera de operaciones a la seguridad nacional, sino que entrará de lleno también a las tareas de seguridad pública.
Sheinbaum dijo, finalmente, que “revisará” la propuesta de algunos de los antiguos presidentes del Instituto Nacional Electoral y su predecesor, el Federal Electoral, para crear un nuevo partido.
No es claro por qué tendría que ser ella quien revisara esa propuesta dado que el Ejecutivo no es la autoridad competente para determinar si un partido puede constituirse o no.