
Las fisuras en el círculo cercano de Maduro se producen en un escenario en el que la posición del país dentro de la OPEP añade presión y dimensión geopolítica al conflicto.
Por José Luis Camacho y Armando Guzmán
La operación quirúrgica del Departamento de Justicia de los Estados Unidos, que tuvo el respaldo de las Fuerzas Armadas para capturar a Nicolás Maduro y a su esposa por considerarlos narcotraficantes, terroristas e imputarles otras acusaciones igualmente serias, es ya un hecho consumado e irreversible.
Sin duda que las protestas de organismos internacionales, por considerar que pudo haberse realizado una invasión a la soberanía de un país, mismos reclamos que serán acompañados por las que emitan los países simpatizantes de Maduro, se producirán de manera tan obligada como puramente institucional.
Pero, como todas las protestas que se hacen por la vía de la diplomacia, las que se hagan en torno al derrocamiento de Maduro no tendrán ningún efecto real para revertir lo ocurrido en Venezuela.
Jurídicamente, dicen los especialistas, se realizó la captura de unos delincuentes y no se ejecutó ningún golpe de Estado en la autollamada república bolivariana.
Pero lo cierto es que para Venezuela viene una etapa de transición en su forma de gobierno.
Mientras esa transición llega en forma “ordenada”, Donald Trump confirmó que serán los Estados Unidos quienes gobiernen a Venezuela.
Existen elementos para considerar que los personajes políticos venezolanos más allegados a Maduro estuvieron de acuerdo, desde las fechas cercanas a la Navidad, en el derrocamiento del dictador.
El Ejército venezolano, que comanda realmente Diosdado Cabello, no realizó ninguna respuesta al ataque de los misiles norteamericanos, a pesar de que cuenta con el equipamiento militar para hacerlo.
Los analistas venezolanos aseguran, así, que existió cooperación de la gente de Maduro en la operación que ejecutó el Departamento de Estado para aprehender al dictador y a su esposa.
Los helicópteros norteamericanos volaron la madrugada del 3 de enero por el cielo de Caracas. La capital venezolana es una ciudad ubicada en un valle que obliga a los helicópteros a volar a muy baja altura, y el Ejército venezolano no aprovechó esa circunstancia para repeler el ataque.
Durante el gobierno de Hugo Chávez como presidente de Venezuela, ese país tuvo una sensible baja en su importancia dentro de la OPEP.
Los países árabes fueron tomando mayor relevancia en la medida en que Venezuela se declaraba partidaria del gobierno ruso.
Con la captura de Nicolás Maduro y su esposa por parte del Departamento de Justicia de los Estados Unidos, que los investigaba por estar relacionados en operaciones de narcotráfico, Venezuela estará en posibilidades de que el gobierno que surja después del derrumbe del dictador vuelva a ser un país que, a partir de sus recursos naturales, como el petróleo, regrese una calidad de vida digna a su población.
Venezuela está ante una gran oportunidad de abrirse a una nueva era de inversiones, tanto nacionales como del exterior, que revitalicen su economía y, con ello, la mencionada calidad de vida de los venezolanos, que ahora está seriamente deteriorada.
Lo cierto es que la transición en Venezuela ha comenzado.
Anexo
Fundación de la OPEP
Entre el 10 y el 14 de septiembre de 1960, representantes de cinco países productores de petróleo se reunieron en Bagdad. Entre ellos destacó Juan Pablo Pérez Alfonzo, delegado de Venezuela, quien expuso una serie de principios orientados a proteger el interés colectivo sobre los recursos petroleros nacionales.
Los países fundadores —Irán, Irak, Arabia Saudita, Kuwait y Venezuela— aprovecharon la década de 1960 para construir progresivamente una conciencia de cooperación y de interés común. Ese proceso transformó el rumbo de las negociaciones petroleras, hasta entonces dominadas por compañías transnacionales, y abrió paso a una mayor presencia y capacidad de decisión de los Estados.
En respuesta a este fortalecimiento del bloque productor, y bajo los lineamientos del Plan Marshall, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) impulsó en 1973 la creación de la Agencia Internacional de la Energía (AIE), una iniciativa promovida por el entonces secretario de Estado de los Estados Unidos, Henry Kissinger, con el propósito de contrapesar la influencia de la OPEP.
Padre fundador: Juan Pablo Pérez Alfonzo
Antes de la creación formal de la organización, Pérez Alfonzo advirtió ante el Congreso de la República que era imprescindible vigilar los precios del crudo, pues estos representaban la porción legítima de ingresos que correspondía a cada país por la explotación de su petróleo. Su postura respondía a las presiones ejercidas por varias naciones industrializadas —grandes consumidoras de energía— que buscaban imponer un sistema dual de precios orientado a mantener valores artificialmente bajos.
En ese contexto, Pérez Alfonzo expuso los resultados del Primer Congreso Petrolero Árabe, celebrado en El Cairo y considerado el preámbulo de la OPEP. La principal recomendación de aquel encuentro establecía que ningún cambio en los precios del petróleo debía adoptarse por decisión exclusiva de las empresas privadas, sino previo estudio y aprobación de los respectivos gobiernos.
El traslado de las decisiones estratégicas al ámbito estatal fortaleció la soberanía de los países productores y limitó el margen de acción de las compañías transnacionales, que hasta entonces habían fijado los precios, en muchos casos, atendiendo únicamente a sus intereses corporativos.
Desde entonces se consolidó una política de defensa de precios razonables, acompañada por la necesidad de ajustar los volúmenes de producción a las demandas reales del mercado. Para Pérez Alfonzo, esta fórmula constituía una política energética responsable y una condición esencial para garantizar el desarrollo progresivo de la industria petrolera en naciones propietarias de un recurso no renovable.
Aquel congreso abrió también un espacio de entendimiento entre dos grandes regiones productoras de crudo: la Cuenca del Caribe —con Venezuela a la cabeza— y la Cuenca del Golfo Pérsico, integrada por los países de Medio Oriente.
Firme en su convicción, Pérez Alfonzo defendió la regulación de los precios del petróleo como una prioridad permanente. Su visión, sostenida en el diálogo y la cooperación internacional, dejó un legado decisivo tanto en la arquitectura energética global como en la evolución de la industria petrolera venezolana.