La expulsión de los poetas (última parte)
Detalle de la imagen de Edgar Allan Poe, de autor desconocido; restaurada por Yann Forget and Adam Cuerden derivada del archivo Edgar Allan Poe, circa 1849. Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=77527076

Abelardo Gómez Sánchez

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.Los poetas son desplazados desde la filosofía clásica hasta la economía industrial, en un proceso histórico de exclusión del campo productivo y cultural.

Por Abelardo Gómez Sánchez*

(Tercera y última parte)

Para Fátima y Edgar

Al principio aludí, a las nuevas sociedades industriales y urbanizadas, como escenario de un deseo cumplido de Platón: el destierro de los poetas. Pero, en todo caso los capataces de la producción en serie (al ritmo de la organización del trabajo tayloriano) son muy distintos a los “guardianes de las Leyes”, censores que aplicarían el mandato de la utopía platónica: “…en lo relativo a la poesía no han de admitirse en la ciudad más que los himnos a los dioses y los encomios a los héroes”; dice en el “Libro X” de La república (1959, UNAM, México, D. F.) texto en que se dialogan razones metafísicas, políticas, pedagógicas y éticas que obligan a desterrar de la polis, a los poetas, y defender el valor supremo de la verdad. Es decir el expulsante es un filósofo.

Ahí mismo Platón (427-347 A.C.) refiere que para su época, la disputa entre los poetas y los filósofos, “es ya antigua” y alude a las abundantes y ya antiguas, para él, descalificaciones; describir al poeta como “el hombre grande en los vaniloquios de los necios”, o a la poesía como “la perra aulladora que ladra a su dueño”. Pero contundente también es lo que de su propia cosecha dijo Platón contra los poetas y pintores (recuérdese que en su juventud el filósofo escribió poesía y que repetidamente confiesa sucumbir al “hechizo” del arte). Dice Platón en boca de su personaje Sócrates quien mayeúticamente, habla con Glauco sobre la poesía: “…todo arte imitativo, hace sus trabajos a gran distancia de la verdad y que [“el arte en general”] trata y tiene amistad con aquella parte de nosotros que se aparte de la razón, y ello sin ningún fin sano ni verdadero”.

Respecto a las obras de los trágicos y otros “poetas imitativos”, afirma: “…esas obras parecen causar estragos en la mente… si no tienen como contraveneno el conocimiento de su verdadera índole” —este saco le quedaba a Sófocles, Esquilo y Eurípides para citar a algunos contemporáneos del filósofo, y además son nuestros frecuentes conocidos en los bachilleratos de todo tipo. En resumen: el poeta es un imitador, un falseador de la verdad, es un mentiroso porque copia los objetos concretos (en el caso del pintor una cama, que no es más que una copia de la idea perfecta de cama) es decir es doblemente falsario, y se le destierra dice Platón porque “la razón nos lo imponía”.

En la sociedad decimonónica occidental ya no se trata de los argumentos de un filósofo político, sino del funcionamiento de una racionalidad económica que, fiel a su lógica productivista, simplemente no incluyo —en su emergencia, y de la única manera probable, como actividad productiva— el campo poético: el de la creación literaria, y la artística en general. Si en el primer caso se trata de un acto enérgico de salvaguarda de la República ideal; en el de la naciente economía industrial y su acelere acumulativo es más bien una elusión: la nueva economía se autonomiza y rinde cuentas sólo a los criterios de su reproducción y crecimiento, y en esta magna refundación de la esfera económica; el campo del arte será, en principio, lo impensado, sólo un conjunto vacío, respecto a lo central de la economía.

Por ello, si no es el deseo platónico, tampoco se trata de la vieja expulsión monárquica o en general engendrada por un autoritarismo estatal o eclesiástico, aquí sí, sin argumentos, y que supone al poeta, un doméstico vasallo inspirado, o al pintor como decorador de mi retrete. La centralidad de la producción capitalista inicial, provocó un divorcio, tematizado frecuentemente, con el arte: que sí era, parte del viejo régimen. Los artistas simplemente no tenían cabida (en su calidad de artistas puros) ni siquiera en el ejército de reserva industrial. Sin embargo, en los resquicios de los viejos salones cortesanos, o en los salones de la nuevorricracia burguesa una minoría literaria mantendrá canonjías y prebendas: pensiones, acceso a los teatros, cargos burocráticos y premios.

Es comprensible una naciente sociedad industrial excluyente, y su respuesta miope, por la imposibilidad de enfocar un hecho inédito: la ruptura economía/cultura. Paulatinamente surgirá en esos años el periodismo industrial y el folletín, únicos espacios para una nueva “inteligencia proletaroide” dice Bordieu. Pero, la autofundación de la esfera del arte no fue sólo una petición de principio tipo, así soy y qué: la seducción y el horror del estilo de vida bohemio, que en aquellos años creció masivamente.

Fue la construcción (desde la obra o la reflexión), del perímetro de la Literatura en la cartografía de la cultura; lo que implicó diversos trabajos: el concepto y la delimitación de los géneros literarios, el plantearse el uso de la Lengua en términos no utilitarios, el reordenamiento discernido de las múltiples tradiciones, y el abrevar desde ese sustrato, el barro para los medios idóneos de una expresión artística contemporánea y más… y eso con una sensibilidad y competencias intelectuales acreditables como modernas, es decir dignas de sitio en ese presente de mediados del siglo XIX. Estas operaciones artísticas y antiartísticas, marcan nuestros actuales hábitos, usos y costumbres de diversa índole, ciento setenta u ochenta años después, y de muy distintas maneras. Los imitadores, los falsarios, los hacedores de ficción, quienes a todos nos han inoculado un personaje favorito, frívolo o excelso, parecen estar entre nosotros.

Sin embargo, hay que apuntar que el síndrome de Poe, persiste. Y la lumpenización, con casos de talento, es real. Así, los versos de Rubén Darío, del poema “Cantinela” se actualizan:

“Que en el siglo del vapor

es un crimen inaudito

persistir en el prurito

de gastar tiempo, señor,

en cantos de pajarito”.

Julio 2013.

*El autor es narrador, ensayista y periodista cultural en México.

Para leer Primera parte de La expulsión de los poetas. Segunda parte.

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